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caricia

Qué significa una caricia. Tumbado en el sofá, haciendo ver una película, me acarician.

Escalofrío.

Extrañeza.

Cierro los ojos, y ya no sé dónde estoy.

Y sigo sin saber qué significa una caricia.

Extraño huele perfume que permanece cuando vuelvo después de un paseo. El perfume me recuerda lo que no olvido. Flota en el ambiente como sobre una balsa de aceite. Me pregunto qué siento, porque durante mucho tiempo no me dejé sentir nada en ciertos (dolorosos) aspectos, y ahora tardo en interpretar los impulsos nerviosos que acuden al cerebro.

Recuerdo qué buena es la conjunción de velas, guitarra, piel y dedos justo sólo mientras está sucediendo. Me extraña encontrarme a mí mismo en el punto exacto en el que confluye mi conciencia con la suya. Extraño sigo cantando, mirando (ojos) enfrente mío. Las canciones son parte de mí mismo, y lo percibo (no necesito pensar en ellas para tocarlas, para cantarlas, lo hago igual que levanto el brazo para rozar una mejilla que anhela).

Y quiero que no acabe nunca quiero que no haya horarios quiero no tener que acompañar ni salir del clima subtropical de mi home sweet en este momento me doy cuenta de lo vivo que estoy y de lo vivo que he estado y de todo lo que tenía dentro enquistado por miedo a por miedo a por miedo a hacerme daño y comprendo que de nuevo las cosas sucedieron sin tenerme en cuenta y ahora ya no ahora es tarde mucho tiempo acumulado no puede ser que un horario separe, fracture, sesgue, dicotomice, ahora necesito otro año metido en home sweet con la guitarra y las velas y los dedos y las voces y los ojos los ojos y una mejilla que anhela.

la educación

La revolución maniquea. Eso voy a proponer para el siglo presente. Nada de medias tintas, nada de matices de grises, ni hablar de intervalos. Parece mentira que sigamos dudando después de tanto escrito y tanto pensado, tanto tan bien escrito y tan bien pensado.

Releo un post de otra bitácora sobre las ong’s y los estados, y estoy de acuerdo. Solución: ni un puto duro para las ong (y lo digo casi en serio). Si cualquier macroempresa no se la juega a ver por qué yo, que no llego ni a mitad de mes, tengo que donar unos míseros cincuenta céntimos que al cambio (todo cuesta) deben ser unos dos céntimos y medio.

Eso estaría bien. Si el estado no dona el 0,7, yo dejo de pagar impuestos. Ya está. La ley del Talión. Si mi empresa no me paga bien yo dejo de trabajar bien, equiparando niveles. Si mi casa cuesta de más me vuelvo con mis padres. Si en los garitos la cerveza cuesta nueve veces más dejo de ir a garitos (hacienda les nubla la vista a impuestos que vayan a donde vayan nunca sabré con claridad dónde van), y que se hundan. Que protesten en condiciones. Que hagan algo si desean sobrevivir. Si el pollo es caro no compro pollo, y que se les pudra en los almacenes, que les coja polvo. Si en el supermercado los sueldos son una mierda aceptaré encantado que los reponedores me traten de gilipollas cada tres pasos y cuarto. Es lo que debe ser. Así deben hacerse las cosas.

Porque mientras se manipula la educación (en el sentido de las normas básicas de convivencia y respeto mutuo) muchas manos muertas no hacen más que llenar bolsillos. Así que nada, la revolución maniquea. Dona, cubre, da, esmérate, alcanza la paz interior que el consumo compulsivo de toallitas higiénicas íntimas no te da (pero sí frescor, paradójicamente), cómprame un coche y lega un retrovisor para el tercer mundo, que andan faltos de espejos. De cada paquete envía certificado dos cigarros que habrán de fumarse lejos. No. Se acabó, me niego. Ya esta. Me he enfadado. Que ya no juego.