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Despertar

Yo estaba allí.

Me sentía extraño.

Eso lo recuerdo.

Como si él estuviera ya inmóvil
en un todo circundante que mutaba.

Como si él quisiera estar allí,
pero no pudiera.

Recuerdo bastantes cosas,
las pecas de su mano.

La ironía de su voz.

Cojo siempre la cámara para tener un lugar
en el que guarecerme.
Normalmente nadie me ve.
A veces alguien me mira mientras le enfoco.
Es una situación extraña,
porque dejo de ser invisible.
A veces alguien mira al objetivo.
Soy evidente para alguien.

No me gusta demasiado que me vean,
por eso me escondo al hacer fotografías.

Siempre me sentí así con él,
pero sin cámara. No había lugar
donde esconderse.

Nunca lo hubo.

Cuando me miraba a los ojos,
sabía exactamente lo que tenía que mirar.

Desde que se fue,
siento que soy mucho más invisible.
Debería alegrarme.
Objetivo cumplido.

Él estaba ya inmóvil
en un todo circundante que mutaba.
Yo le miraba.
Consciente de que no había excusas.
Él sabía donde mirar.
Nadie está ahora donde él estuvo.

A veces, a medianoche,
despierto con su mirada en mis ojos.

Un segundo después de despertar
él se desvanece.

Yo aprieto una almohada y me voy media vuelta.
De nada sirve pedir respuestas
a la nada.

Despierto frío, solo, aterido,
inexistente.

Un tipo

Un tipo normal,
con la casa limpia,
con el corazón limpio,
con el alma limpia,
con el amor limpio,
con la vida limpia.

Un tipo completo,
con los ojos clavados en el fondo de un bar
donde las cosas siguen existiendo.

Como si no hubiera fuegos que apagar al otro lado,
como si todo estuviera resuelto,
como si en la cabeza
dentro de la cabeza
por toda la cabeza
no hubiera un después,
un siempre después.

Un tipo que se escribe como puede,
que sobrevive encontrando perlas.

Soy un buscador de perlas.
Siempre estoy buscando perlas.

Un tipo que espera, y teme.
Teme.

Detrás de todo lo limpio hay un camino
que no va a ninguna parte, un sendero que esquiva
todas las miradas,
un ojo ciego que penetra sin preguntar y que siempre
está.

Detrás de mi vida ordenada existe un germen
que espera. Un crisantemo extraño. Una palabra
que no se pronuncia y que no es palabra alguna.
Un tipo normal. El tipo va al trabajo,
alimenta a sus peces, habla de todo un poco.
El germen está ahí, debajo.
El tipo limpia el coche, enciende la radio,
limpia la ceniza de la mesa.

El tipo cocina,
compra el atún, el ajo, la carne y el pescado.
Espera su turno.
No se impacienta. No tiene prisa.
El tipo es consciente del germen.
No le preocupa.
Lo que deba ser.
Las preocupaciones, si han de venir,
que lo hagan de una en una.

El tipo teme. Sabe la forma que tiene lo que teme.
El tipo conoce todos los puntos del escorzo.
Los memoriza.
Cuando está con más gente, los recita.
Da el pego.

Parece ser lo que no es ni por asomo.
Ha comprendido que quiere ser lo que cuenta,
lo que narra.

Pero no lo es.
Por eso teme.
Teme y aguarda.
No sabe cuánto tiempo.
No sabe dónde.
Sabe que tarde o temprano las cosas retornan
a su lugar.
Lo comprende.
Un tipo que desea ser lo que cuenta,
lo que narra.
Daría la vida por ello.

Debajo, detrás, en el fondo, entre líneas,
de algún modo,
se reescribe el germen constantemente.

Está esperando.
Quizá dentro de un rato.
Quizá ahora.
Complicado.
Es cuestión de tiempo.

Termina el cigarro y lo aplasta con cuidado
contra la pared del cenicero.

No quiere enturbiar la mesa.
Después, sin más, se acuesta.

El vendedor

Después de mucho tiempo comprendí
que, al fin y al cabo,
el tipo sólo era culpable de sentirse
todo lo culpable que era.

Y eso muchas veces es más de lo que puede
soportar un hombre en su sano juicio.

No tenía muchas ganas de navidad,
iba refugiándome en las esquinas suplicando
un cambio de estación, una sorpresa sin contraprestaciones
o un limbo en el que cobijarme.

Iba rezando a dioses que no tienen oídos
y esperando que el sonido de los pasos de mi
huida
llamara la atención de algún modo a algo.
O quizá que me dejaran tranquilo,
no puedo precisarlo en este momento.

Nunca es tarde para dejar de llamar a casa,
nunca es suficientemente tarde para romper la maleta
al salir del hotel. Nunca es demasiado tarde
para dejar la mesa puesta, a los invitados sonriendo
y coger la puerta con prisas y sin señales aparentes.

El tipo sólo pasaba por allí.

Yo no pensaba en nada más que en seguir corriendo hasta
que fuera pronto de nuevo para algo. Deseaba
llegar temprano a alguna parte.

El tipo sólo pasaba por allí vendiendo algo
o mostrando alguna especie de catálogo.

Y se encontró con una huida y con mis gritos.

No replicó.
Bajó la cabeza al suelo y se escondió detrás
de las orejas. Años, muchos años más tarde,
comprendí que el tipo aquel sólo era culpable de sentirse
todo lo culpable que era.

Y eso muchas veces es más de lo que puede
soportar un hombre en su sano juicio.

Pero eso no lo sabía entonces.
Y a duras penas lo entiendo ahora.