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dentro y fuera

La primavera parece querer llegar pero no lo hace. O quizá es que se me ha olvidado qué es, con eso de que las estaciones pasen del verano al invierno y de este otra vez al verano. Quizá ese quiero y no puedo, te hago sol pero te lluevo, hace calor hace frío te asas con tanto abrigo te hielas con tan poco abrigo, es lo que siempre ha sido aunque la costumbre no me haya dejado darme cuenta.

La suerte de tener una terraza grande (esta es algo más de la mitad del resto de la casa, lo cual no quiere decir mucho porque todo es pequeño aquí menos la planta callera, la tele que no uso y mi cuerpo) es que puedes tener tu pedazo de calle al lado de la puerta del dormitorio, del salón, de la cocina. Puedes salir y regresar en tres segundos si llueve, si hace viento, si la cosa se pone desagradable. Puedes estar dentro y fuera como si pudieras teletransportarte sin pasar por bajar escaleras mirar el buzón saludar al vecino abrir puerta. Llueve, ok. Abrir puerta saludar al vecino mirar de reojo al buzón subir escaleras. Mucho más inmediato.

La suerte de tener tu propio pedazo de calle es que puedes sobrevivir tanto en un confinamiento como cuando es primavera y el tiempo está loco porque ella parece querer llegar pero no lo hace —o quizá es que ya se me ha olvidado cómo es y lo normal es que sea así, dentro y fuera, allí y aquí, omnipresente y en ninguna parte—.

cultura y escenario

Releer La política de los chimpancés de Frans de Waal 22 años después de la primera vez me deja loco. El mismo texto, pero lo que entonces interpreté como curioso y animal ahora me parece tan humano como lo humano (marcando de un modo laxo animal y humano porque en el fondo no se puede hacer de otro modo). Me está pareciendo que la cultura no reinventa ni redefine, sólo modifica el escenario.

orden y concierto

Recuerdo que mi abuela Asunción, la madre de mi madre, en el pueblo, fregaba todos los cubiertos cuidadosamente y los metía en un barreño. Después los secaba despacio y terminaba metiéndolos en el cajón a lo burro. Recuerdo que eso me hacía muchísima gracia de pequeño, porque en mi casa cada cubierto tenía su espacio y no se mezclaban. Tenedores con tenedores cucharas con cucharas cuchillos con cuchillos cucharillas aparte y todo lo demás en otro cajón. Mi abuela pasaba de todo eso y después del curro que se había pegado los metía en el cajón a cascoporro, jamonero con carnicero con la cubertería más del día a día. De niño se me hacía muy divertido tener que buscar una cucharrilla apartando cubiertos, porque no estaba acostumbrado a eso.

Ahora no hago lo mismo, claro, porque yo los meto en el lavavajillas y yastá. Tengo compartimentos para separarlos en el cajón, pero no lo hago. Los tiro dentro y cuando quiero un cuchillo tengo que buscarlo. Me hace recordarla al mismo tiempo que recuerdo todo aquello. Me pregunto qué es la eficacia en comparación con los recuerdos, qué es lo mejor posible en comparación con lo que fue.

A veces no encuentro algo y me cago en mi abuela. Y le mando una sonrisa también y me acuerdo mucho de ella. Eso importa un montón, mucho, pero mucho, mucho más que mucho.