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la amenaza de la cuneta

El tiempo en el meollo. El que tengo, el que no, el que le puedo dedicar a algo. El que necesito para qué. Todos los días lo mismo, siesta, no siesta, tocar, no hacerlo, comprar, la cena, limpiar la casa, hacer alguna chapuza para arreglar algo que ha llegado a su momento, cosas así. Sentir, tener que conseguir sentir, a la vez, que estoy yendo a alguna parte, que he movido las piezas de algún modo para acercarme a algo que no suelo tener claro tampoco más que como ideal abstracto como idea, por más que sea general en lo básico que supone. Vivir sin currar, vivir de otra cosa, no quedarme sin curro ahora, ahora no sin curro. Conseguirme pasta para la jubilación, para la casa que no he podido comprar ni puedo, para tener un futuro en el que la sociedad no me arrolle dejándome en la cuneta. La cuneta es el lugar en el que te conviertes en una molestia para otros, en el que dejas de tener el dinero suficiente como para pagarte vivir, que no es sino comprar comprar comprar el tiempo de otros para que te provean de lo necesario y que tú no puedes. Tú no eres fontanero mecánico médico personal del ayuntamiento dueño del techo que te cubre de la carne que comes del tomate y la lechuga ni siquiera de tus propios zapatos.

Siempre es septiembre (llegará al canal y no sé si quiero que llegue. Me duele oírlo y quiero, no quiero y me duele oírlo).

Ese tipo constante de angustia en el día a día. Hoy puedo, mañana no tengo ni idea. Ni siquiera dependo realmente de mí en eso. Leía esto de Merino y no lo sentía tan diferente de lo que sentía cuando yo entonces era ellos. Ni siquiera de ahora. No saber, no tener claro, tener que preocuparse de cosas que se te escapan tanto y sí dependen de gente tan tan tan centrada en la maximización del beneficio que ya me siento entre los engranajes que van a desmembrarme entero. Estoy entre los dientes. Lo percibo claro y distinto. Es un hecho.

Y, entre tanto, sigo haciendo, convenciéndome de que quepo por el agujero de salida de una ola que colapsa conmigo dentro. Sigo haciendo, sigo haciendo, sigo haciendo sin parar, sigo componiendo, escribiendo, conociendo gente, charlando, cantando, cantando, cantando como si todo eso fuera a conseguir salvarme de algo (ese agujero del techo que colapsa conmigo dentro y que no puedo dejar de ver con prioridad sobre todo lo demás).

Y eso en el centro, siempre en el centro de todo lo que soy y hago, de todo lo que siento, de todo lo que experimento, ese hueco siempre moviendo las agujas del segundero.

Impidiendo un rato de calma, de tumbarse en el sofá, de dejar el tiempo pasar sin más. De dejarse vivir.

Y, sobre todo y lo que más duele, de todo eso que podría haber hecho y que podría estar haciendo y que podría estar haciendo mañana si no tuviera esa angustia en la boca del estómago que me pronostica una situación terrible en el que el artificio no pueda sostenerse más y colapse. Conmigo dentro, a cámara lenta, gritando. No sé si pediría ayuda porque todos estamos igual y tu descanso es la carga de otro. El que no caigas va a ser un hueco más en otro que ya se sostiene a duras penas. Qué habría sido de mí y de lo que hago sin ese veneno desvastándome minuto a minuto durante toda mi vida.

Un montón de gente que no se ha visto tan cerca del abismo en su vida se pregunta por qué avanza la derecha. Se da ese absoluto e indescriptible miedo y sólo se quiere poder pasar por el agujero de salida cuando todo colapse. La gente se vuelve egoísta, corta, diminuta y violenta como maniobra defensiva. La izquierda es el bienestar de todos. La derecha el de los míos y el mío. Si esto último no está asegurado, robamos, restamos, quitamos. Y eso sólo lleva a la guerra por los recursos, que es el trasfondo asqueroso y salvaje de lo que va todo esto. No puedo dar lo que no tengo (hay otro montón de gente egoísta que lo que quiere es diferenciarse mediante la exclusividad de la posesión, pero esta es otra historia, aunque imbricada totalmente en la misma historia).

El último recurso al que se acude es la violencia, es el último juez. Todo lo demás es un acuerdo y no tanto un combate singular. El dinero, los titulos de propiedad, lo que se te ocurra que no sea romperle un brazo al de enfrente. Hay recursos de sobra para todos, la escasez sigue siendo artificial a día de hoy. Coge lo que hay y repártelo. Saca de mi cabeza saca de mi cabeza saca de mi cabeza la idea de que la ola colapsa conmigo dentro y de que, si no me defiendo, voy directo a la cuneta.

No es que seamos violencia, la violencia es el fondo del vaso. Una solución desesperada cuando ya no hay más y, en realidad, ganes o pierdas, ya no te juegas nada y puedes ganarlo todo. La violencia es en lo que nos convertimos cuando ya no somos nada más.

por un churro

A veces odias al tipo que tienes enfrente. Le odias con fuerza. Piensas que no toca tan bien, si es que toca, que no pinta tan bien, si es que pinta, que no canta tan bien… bueno, creo que se entiende el punto.

Una cosa que he ido comprendiendo después de un par de años con la eléctrica y los pedales de efectos es que lo que hace personal un sonido en concreto es la manía de perseguirlo y la constancia en él. Pequeños matices en la configuración del pedal y en la forma de tocar la guitarra terminan configurando una marca difícil de imitar, porque o has estado circunvalando por desvíos parecidos o te va a llevar al menos lo mismo que le llevo al tipo hacerlo fluir con naturalidad.

Y, sin tener ni idea sobre ello, entiendo que en pintura y el uso de técnicas y materiales, en escultura, en performances y en cualquier otra cosa suele pasar más o menos lo mismo. El viejo y manido mantra de que tu arte es tu visión única del mundo resulta que es viejo y mantra por algo.

Cuando el arte no se sostiene a sí mismo ni en casito ni económicamente se compite por el espacio, se detesta al que ocupa el tiempo bajo los focos que tú no estás ocupando. Y es una verdadera pena, porque precisamente el arte parece ser, en tanto que trabajo de otros a los que observamos, escuchamos, sentimos, un modo de evitarte todo el largo proceso para ir directamente al resultado. El arte de otros te lleva a lugares a los que no vas a tener tiempo de ir por ti mismo, incluso en los casos en los que además carezcas de la habilidad para hacerlo.

Pero no tenemos tiempo. No tenemos dinero. No merece la pena si no está en. Nos venden lo mismo pero en masa, invirtiendo pasta para sacarnos la pasta, haciendo cosas genéricas en las que quepa el mayor número de gente posible, machacando las pequeñas ideas, las pequeñas manías, los pequeños gestos que construyen un mundo desde una forma de atacar las cuerdas.

volviendo a los escenarios

Estoy en el escenario, en la primera canción de un concierto, cantando la estrofa grave de un tema que crece en tono en el estribillo. Los monitores me devuelven pequeño, casi no me oigo.

Veo que el tipo de la mesa se acerca, despacio, saliendo del recuadro, avanzando entre el público, llega hasta mí.

Yo sigo cantando, sin oírme.

El tipo llega a mí, se sube al escenario, me pone la boca en el oído y me dice:

«Proyecta».

Proyecta. Maldito jabrón, súbeme el puto volumen. Si cuando después sube la voz tienes que bajarme para eso estás en la puta mesa. Tienes una colección de faders que mover, muévelos y déjame en paz. Haz tu lo tuyo y déjame a mí con lo mío.

Enhorabuena, tío. Jamás he recibido un comentario tan contraproducente, en un peor momento, de un tipo que tiene literalmente la solución en sus dedos.