¿estás?

He estado pensando acerca de un buen montón de cosas hoy. He tenido tiempo. Me he levantado tarde comparado con los madrugones en los que estoy últimamente instalado, he limpiado la casa, he puesto el tándem lavadora-lavavajillas. He podado, he trenzado la planta melenuda de troncos múltiples largos y blandos. Una trepadora, supongo. Pero cómo va a trepar si no tiene modo de agarrarse a nada. Me he peleado con los cambios de la mini bici que le me prestó Carol hasta que he conseguido ajustarlos bien. Son sólo seis piñones, pero tengo los dedos de la mano izquierda taladrados por el cable de freno. Pensé que no iba a conseguirlo. He comido, he dormido la siesta, me he ido a andar un par de horas, me ha pillado la parte benigna de la tormenta, la que incluye truenos que no se oyen y viento huracanado. Diez kilómetros a solas con mi cabeza. Ha anochecido a las nueve menos cuarto. He abierto un par de cervezas después, el olor a barbacoa entra por la puerta de la terraza y me está dando hambre.

He pensado en David Foster Wallace. Ayer estuve viendo una entrevista suya que aún no había visto. Hace algo más de un año leí la biografía y me gustó, y me aburrí con La escoba del sistema. Ese gusto por los detalles me maltrata bastante. Supongo que de cuando en cuando hay que encumbrar a alguien que hace el esfuerzo de hacer un esfuerzo supremo. El tipo se suicidó, pero eso lo sabe todo el mundo. No comprendo cierto tipo de actitudes.

Igual que los juegos que empiezo y abandono cuando comprendo lo que me están pidiendo, el nivel de compromiso que me requieren.

He pensado en Mario Levrero, malmetiendo con su ordenador y perdiendo las horas preciosas con algo demasiado parecido al buscaminas. Para escribir hay que… tener algo que querer decir. Que no es lo mismo que tener algo que decir. Que no es lo mismo que saber cómo decir algo. Que ni siquiera es lo mismo que disfrutarlo.

El viento tremendo del borde de la tormenta, mi cuerpo que lleva algo más de hora y media andando y se siente bien. Respiro profundamente. Huelo, oigo, veo mejor que nunca. Es una sensación primaria. Inmediata. Resulta que no estás reflexionando sobre lo que significa estar vivo, dándole vueltas al sentido. Estás simplemente experimentando lo que es ser un ser vivo.

La segunda parte de Huim sucedía en mi cabeza al mismo tiempo que yo iba medio corriendo al coche para evitar que la tromba de agua me cayera encima. Las historias sólo son importantes en la medida en la que les das importancia. La cerveza, como siempre, sabe bien. He hecho un par de diagramas, el desarrollo ha crecido en mi interior y estoy más cerca del punto.

Voy a liarme un cigarro mientras intento fijar lo que sigue.

He conducido a casa, disfruto mucho conduciendo. DFW es un personaje que se me escapa, me hubiera gustado tener una conversación con él. O quizá no. Quiero decir que la vida no es tan complicada, aunque lo digo desde mi postura afortunada. Afortunada a mi nivel. Tener el tiempo y el espacio para recorrerte, el dinero escaso que cubre justo el alquiler, la comida, la libertad del tiempo libre. Queda bastante ñoño, pero es eso. No sé si me gusta lo que soy, pero me gusta lo que hago. Lo que soy es una cosa de irse metamorfoseando.

Si quisiera más de eso que tengo estaría bien jodido.

Llevo una vida bastante solitaria, pero no me doy demasiada cuenta. Me doy cuenta sólo porque vivo en el mundo y veo lo que son las vidas de otros.

Yo soy más como Levrero, que hablaba de lo mal que le iba para puntualizar, en el párrafo siguiente, que seguiría así eternamente si le dejaran. Centrarse en uno mismo es complicado, porque no tienes el entretenimiento que supone ocuparse de otros. Pero al mismo tiempo tiene un tacto blando, asequible. ¿Qué seré yo mañana, si me dejan? Pues no puedo saberlo, pero me gusta jugar a imaginármelo. Quiero decir que la vida es estúpida, en todos los sentidos. Y eso no es ni remotamente malo.

Bueno.

Quiero decir que no hay que darle tanta importancia. Definitivamente no estoy del lado de DFW. Definitivamente estoy del lado de Levrero. Mancharse las manos de la grasa de la cadena está bien. Sudar está bien. Notar cómo cada día caminas más y más rápido está muy bien. Después te quedas a solas contigo mismo y piensas en esa historia que quieres escribir, esa historia que no es nada pero que se va instalando poco a poco en tu cabeza mientras la creas.

La vida es estúpida sólo desde un concreto prisma que, congénitamente… no, no hay nada congénito en eso. La publicidad se encarga de ello. Que la vida tenga que regirse por unos parámetros de lo que se considera importante hace que la gran parte de la gente se frustre y viva frustrada hasta que se muere. Algunos están tan frustrados que se quitan la vida a medio camino.

La vida es estar aquí, escribiendo esto, mirando al tablón de corcho en el que tengo los diagramas de la siguiente novela, que terminaré o no. La vida es mirar la bici de Carol y pensar que mañana voy a probar ese cambio en la calle. La vida es apurar esta lata de cerveza. Y todo ello gratis (el hecho de vivir, no lo que cuesta pagarse una vida sin ajustar parámetros aquí y allí en función de tu circunstancia). Y todo ello para nada. La vida es pasarlo bien. Y sobre eso no hay ninguna regla escrita, le pese a cualquiera de las redes sociales que nos dan lecciones sobre lo que significa llevar una vida plena, panfletos prehechos a los que aferrarse si no tienes el valor de andar tu propio camino. Tu propio camino no da premios cada quinientos metros. Ese escaparate es largo de explicar, y lo haré otro día.

Mis pies en una playa, bajo un cocotero, mojados por la resaca de las olas, no significan nada. Haber escrito La broma infinita tampoco. No hay recetas porque no hay ningún destino al que llegar.

Se llega al ahora, y el ahora llega sin ayuda. Pero el ahora al que se llega sin percibirlo como tránsito es un ahora que llega para siempre. Dejar de vivir el sueño. La vida no es sueño, la vida es vivir. La vida es estar aquí. Ahora. ¿Estás?

Claro que estás, lo veas o no. De eso va la cosa.

¿Lo ves?

una noche con sabrina love, pedro mairal

Pedro Mairal, *Una noche con Sabrina Love*

Argentina tiene 2,780,400 km2 y, sin embargo, 43 millones de habitantes

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La hermana, la abuela, el hermano, el cable robado, la pasta que le deben como salvavidas en medio de la tormenta. Este va con spoilers. De algún modo, que luego tampoco es para tanto. Pero va.

El sueño de un adolescente y un concurso… loco, muy loco. Una noche con una actriz porno. El tipo prueba a llamar desde el trabajo y gana. El tipo parece vivir en una zona de Argentina en la que caben más estrofas que sueños. Eso es lo que pasa.

¿Ves lo que pasa? Eso es lo que pasa. Eso es justo lo que termina pasando. El accidente, perdió a sus padres. Trabaja en un matadero de pollos. Bueno, pues a tener acceso a lo que no. El cable, los canales, la dispersión, el programa de Sabrina Love. Eso es lo que pasa, qué si no. Tengo demasiadas ganas de escribir esto, aunque no termine de parecerlo. El hermano que duerme porque no tiene trabajo, largas horas desde ninguna parte en la que despertarse al final. Nada de nada. Un préstamo, mierdas, todo mierdas por todas partes.

Lo que hay cuando es esto.

Tiene que estar dentro de un par de días en el punto de encuentro, limpio y dispuesto. Pero no tiene cómo ir, así que se monta en una barca que cruza el río hasta la autopista, a partir de ahí hará dedo. Su hermana quiere limpiar su cuarto y le dice que no se va a escandalizar por los póster de desnudos. Él prefiere retener su espacio. Qué si no. Le hacen descuento si se baja de la barca en marcha, así que se desnuda, avergonzado, y se mete en el agua. La senda del que parece ganador.

Me debato entre hablar de lo que sucede y hablar de lo que pasa. El par de soldados y lo que hacen. El camión. Los tipos con el ganado. El uruguayo. Entre eso y lo que sucede, que es la angustia por no poder culminar habiendo conseguido ya lo más difícil. Una oportunidad por una vez. El estar siempre tan al límite del filo que seguir en pie es un verdadero milagro.

No por mérito, por un sorteo. El tipo de la estampita, las loterías. Todos juegan, todos pagan, y el premio para alguno. Mientras, los loteros siempre ganan. Hace algún tiempo, en una novelita tonta sobre un juego al que estaba jugando, llegué a la conclusión de que las estafas funcionan por la avaricia del que es timado, no por el esfuerzo del timador. Y me quedé tan ancho, sin terminar de enlazar del todo que a veces la avaricia no es más que pura y dura necesidad. Necesidad de tener derecho a algo, de ganar alguna vez.

El camionero tenía un amigo que sufrió una lesión en un accidente de tráfico, que es justo en el que murieron sus padres. Él piensa en decir algo, pero calla. Y el dibujo de la historia trenzado en el revés deja claro que decir para qué. No existen los culpables cuando no hay más que víctimas.

Eso es lo que pasa. Que cuando estamos todos jodidos lo único que hay es gente en un lado del filo y gente en el otro.

El camión y el comedor, le vitorean porque va a follar. Suena muy tonto, pero es lo que hay.

No hay más. Le recoge un hombre en un renault ranchera que le envidia al saber dónde va. Eso es todo, gente apresada en la misma masa pegajosa de la que no se puede salir. En la que todos vivimos, de un modo o de otro. Las mismas necedades simplonas, las mismas estupideces que se desvanecerían sólo si fueran más accesibles.

Llega por los pelos, pero retrasan la cita. Va a ver al tipo que le debe pasta y le encuentra en medio de una situación incompatible con las mentes del lugar del que ambos vienen. Hay una fiesta, se emborracha, conoce a una chica. Queda con ella. Duerme allí, noqueado por el alcohol. Pasean. Hacen cosas.

Quedan, no hay mucho más que decir, excepto quizá que le coinciden las dos promesas al mismo tiempo y no puede llegar a las dos. Bien.

Resuelve. Los sueños que no lo son lo son menos cuando los miras a la cara. Resuelve de nuevo al día siguiente. Después se va a casa, con promesas de algo.

Premio de algo de novela hace veinte años. No vendió demasiado en España, aunque relanzó las ventas después de La Uruguaya, libro que… no. O quizá sí, pero desde luego no tanto.

La pesadilla. Esa argamasa pegajosa en la que nos movemos, o intentamos hacerlo. La gente. Todos nosotros. Reflejar eso y hacerlo sin pesadez. Ser capaz de dibujar un ambiente tan rarificado sin dar lecciones de nada. Ser capaz de reflejarlo y de dejar un final que podrá ser tomado como esperanzador para el que aún crea en que las cosas no están mal del todo. Que con esfuerzo y tesón y con ganas y con fuerza al final todo sale bien.

La pesadilla. La competición aberrante. La falsa escasez. El discriminar según qué cantidad de papelitos de colores tengas en la cartera, qué cifra refleje tu cuenta bancaria. El haber vivido algo emocionante. El volver a casa con recuerdos en la cabeza que durarán eones y serán parte de la mentira de ahí en adelante. Los sueños rotos por la medianía que se revela tremenda. Medianía que es real, sueños que se hacen reales y pierden relumbre. No es “relumbre” lo que quiero decir ahí, pero no sale otra cosa.

Me he debatido entre hablar de lo que sucede y hablar de lo que pasa. Lo que pasa es más o menos una historia tierna que transcurre entre dramas de andar por casa y alegrías pequeñitas. Lo que sucede es la pesadilla, el lento reguero de aniquilación en el tiempo que nos atrapa y hace de nosotros lo que terminamos siendo. Si he de quedarme con algo, sin dudarlo un segundo, me quedo, me escandalizo, me duelo y me quito el sombrero con el decorado.

plop, rafael pinedo

portada de plop, rafael pinedo

La historia no es lo importante. Los hechos, lo que sucede, lo que se está narrando, no importan en absoluto. Círculos viciosos que no van a ninguna parte, que orbitan una intención, una voluntad. La voluntad de subrayar con un rotulador fluorescente algo que el que escribe quiere resaltar.

Quién hizo qué, qué sucedió, cómo se llegó del punto A al B. Dificultades, aporías, caminos descendentes al abismo y retorno a la superficie de la vesánica cordura que flaquea, siempre flaquea. Usado, repetido, manido, ya toqué esto mañana, amigo mío, ya lo hice y no quiero repetirlo más. No quiero volver ahí, me aburre.

Un rollo, a veces y en cierto modo, costumbrista. Te voy a contar los detalles. Quiero que tu alma curiosa y tu personalidad cotilla se mueran de ganas, que lo estén deseando. Te meto un cliffhanger y cambio de tema. Me aseguro de que aunque la historia sea una mierda tu interés quede cautivo de mi voluntad, y me río. Te veo presa de patas en él mientras me aseguro que sigas un capítulo más, un par de páginas, un diálogo, una descripción, te doy maná mientras me aseguro de que lo que quiero decirte se extienda por tus venas sin que te des cuenta. Eso es lo que sucede entretanto. Un escritor es siempre y sobre todo un prestidigitador: mientras te hago mirar aquí te cuelo todo lo demás. Te lo hago tragar.

Ocho reglas, doce. Un decameron de lo que debe hacerse. Estructura, norma, recetas. Las doce maneras de mantener a tu lector absorto en la nadería que estás contando y… la soledad del solipsoide. Es mentira, pero una mentira hermosa (¿dónde está ese relato?, sé que por aquí, pero ¿dónde? ¿Dónde ese viejo gritando “todo es mentira” mientras me jodía un concierto que daba en alguna parte, para terminar sonriendo mientras decía “pero una mentira hermosa”?).

Pinedo pasa absolutamente de los engranajes. El tipo era un informático que quemó lo que escribió a los dieciocho y después escribió tres novelas, de las cuales sólo he leído, de momento y no sé todavía si, la primera. “Plop”, un madmax minimalista. Una cosita tonta de yo nací en esta desgracia y me hice desgracia, y tras mis delirios de grandeza me vuelvo consciente de que no he dejado de ser desgracia nunca. Frases cortas. Párrafos cortos. Intenciones cortas. Elongamientos cortos. Descensos cortos. Hechos duros cortos. Un casi nada, una excusa, un ya vendré mañana y lo remato. Tengo que acabar esto antes de que se haga tarde.

Pues vaya. Se hizo.

Lo que me gusta, si es que algo lo hace, es que prescinde de la marca de la casa. De la casa humana, quiero decir. La humanidad no es de por sí grande. La humanidad no es de por sí absoluta. Nada en la humanidad le garantiza seguir siendo para la eternidad. Los grandes valores no van a venir a salvarnos al final, porque somos nosotros quienes tenemos que salvarlos a ellos (por favor, no me refiero a la patria, la raza, los Valores, no me refiero a cosas tan insignificantes y tan ensanchadas artificialmente por otros motivos). Todo es mentira, pero una mentira hermosa. Una mentira tan hermosa que merece dedicarle un esfuerzo. El esfuerzo es lo único que la mantiene en pie, y no al revés.

Un mundo que se ha roto. Contaminado, como casi siempre. Y con el mundo se ha roto todo lo demás. ¿Pero la humanidad no tenía grandes valores que iban a venir en su auxilio cuándo?

Ni siquiera lo pueden hacer ahora, en condiciones casi ideales, así que por qué puedes suponer que van a poder hacerlo luego. Cuando ya no. Te estás engañando, como lo hacemos todos. Me imagino al tipo escribiendo. ¿Por qué narices murió a los 48 años? No lo sé, no puedo saberlo. No lo he encontrado. Me he inventado una regla casi mística: si no lo descubro en media hora, es que no tengo por qué hacerlo. Me imagino al tipo escribiendo, acojonado. Todos estamos en el filo, pero no todos son conscientes.

El problema es que para qué vamos a defender lo que es eterno. Sólo se defiende lo que peligra.

Después de eso hay un par de tipos severamente acojonados, en el filo, sabiendo que lo que está en movimiento tiene poco de finalista. Pero nadie les cree. Para qué hacerlo, es desagradable. En ese abismo en el que se pierde la transmisión cultural eficiente nos vamos a la mierda una y otra vez, nos levantamos un segundo, nos perdemos después. No acumulamos. A hombros de gigantes, mientras los gigantes se recuerden. Los gigantes están muertos y sólo guardamos de ellos los conocimientos que nos legaron.

Lo que la novela pone en valor, sin ser original en ningún momento en el planteamiento y sí en la forma (o no en la forma, dudas, Ödön von Horváth grita y no sé, él más logrado desde mi punto de vista, pero… ¿no es, en el fondo, lo mismo?), es la fragilidad de esta cosa que nos rodea y que damos por segura. Meterse en las páginas de la novela es colocarnos en un lugar incómodo, es sentir angustia. No una torcida y sesgada por la idea de que al final lo bueno se impone. Una menos teleológica y, por ello, mucho menos satisfactoria.

Eso siempre merece un rato. El tipo murió a los 48. ¿Una enfermedad rara?, ¿bebía demasiado?, ¿se desvelaba todo el rato? No puedo saberlo.

En todas las novelas apocalípticas hay algo de la humanidad que una moral concreta ensalza y engrandece, pero… ¿está en nuestros genes, realmente? ¿No nos ha demostrado la historia que está en la cultura, en esos gigantes de los que ocupamos los hombros cuando generamos las condiciones para poder hacerlo, sólo entonces?

¿No es todo lo demás repetición, pereza, quién hizo qué, qué sucedió, cómo se llegó del punto A al B? ¿Dificultades, aporías, caminos descendentes al abismo y retorno a la superficie de la vesánica cordura que flaquea, siempre flaquea?

¿No deberíamos ser conscientes, de una vez y para siempre, que lo único que mantiene ciertos valores dentro de la humanidad es mantenernos en todo lo posible lo más lejos que nadie pueda concebir de la necesidad, del aplastarte por quedarme tu pelo, para que alguien me aplaste para quedarse mi pelo, para que alguien le aplaste para quedarse su pelo, en una repetición idiota e imparable? ¿Que esos valores que nos “humanizan” nacen necesariamente de esa distancia y mueren necesariamente sin ella?

Un viaje a la locura. No, no a la locura. Un viaje al revés del tapiz. En frases cortas, párrafos cortos, diálogos cortos, vidas cortas, destinos minúsculos.

Vidas sobreescritas, una tras otra.

Dos millones y medio de años de hominidos o lo que sea. Dos millones y medio de años. Si lo que nos define era esto, ¿por qué tardó tanto?

Dejemos de idealizarnos, aprendamos qué es lo importante. Dejemos de darlo por hecho. Si cuando miras al abismo el abismo te devuelve la mirada, habrá que.

La novela, en sí, no me ha gustado. Todo lo demás.