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despertar con un ojo cerrado

Comía salchichas directamente de la nevera.
Tenía tus ojos clavados en el modo
inoperante de sonreír de los días sin mí.

Había decidido, después de años de
negarme a mí mismo, saltar
de una vez al abismo.
Pero ahora no lo encontraba.

Me limitaba a comer salchichas,
eso es evidente,
y a romper distancias contra los muros acolchados
de mi falsa impresión de seguridad.

Típico tópico: había un niño que lloraba,
un rescate imposible. Un tipo que era yo
que estaba anclado en el pasado,
sin verme. Sin sentirme. Sin saber nada de mí.
Ese tipo no podía hacerme nada,
se limitaba a estar allí.

Con eso era más que suficiente.

Ese tipo tenía claro dónde estaba el abismo.
No sé si tenía pruebas fehacientes.
Sólo sé que lo sabía.
Eso escuece.
Para bien o para mal,
ese tipo supo dónde ir y no lo hizo.
Y yo quiero ir y ya no sé a dónde.

vuelta al cauce

Al final no fue todo tan complicado, tan grave, tan importante.

No cambió nada, sólo que dejó de parecerme tanto. No era nada. Era lo que es. Conducir un rato. Una buena comida. Un buen encuentro. Después todo lo demás se diluye, se esfuma. Va desapareciendo con el lucir de lo que no es transcendente. Lo que trasciende es que de algún modo estamos aquí, haciendo esto.

Nada es tan bueno, nada es tan malo. Todos hacemos lo que podemos desde lo que somos.