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bienvenidos a mi salón

Esa caja negra es el museo ahora.

En las vacaciones de octubre del año pasado empecé a trastear con la raspi, con la idea de montar un servidor en ella. Con la remota idea de alojar este museo en ella. Ha sido un tiempo complicado, he tenido que aprender muchas cosas, pero por fin el museo está en mi salón.

En amazon sólo monté una imagen de debian y sobre él apache, mysql y php, así que en cierto modo ya estaba aprendiendo lo que necesitaba.

El problema es que en amazon tienes un montón de seguridad, se puede joder tu server pero siempre quedarán copias (¿quedarán?), pero ahora, en la raspi… bueno, todo depende de lo que pueda hacer en un momento dado, y la posibilidad de que todo esto se pierda es más factible. Tengo una copia de todo lo que sucede en mega a través de mega-cmd, pero es una copia sincronizada. Si fastidio algo en local, fastidio algo en remoto. Si por algo todo se borra en local, todo se borrará en remoto.

Ahora todo está aquí, en cosas tangibles. La raspi, la tarjeta sd, el usb. Bienvenidos al museo, aparentemente más precario que nunca. Si algo se jode me llevará más tiempo y conocimientos que nunca solucionarlo.

Pero es hermoso. Lo es. Es hermoso que cada vez que entréis a verme os sentéis en mi salón. Sed bienvenidos. Coged una cerveza de la nevera.

Ha hecho falta un montón de conocimiento. Gran parte de ello, aunque me temo que no todo, está en r4sp1. Ha hecho falta saber un montón de cosas que siempre quise saber. Veremos qué sucede. La aventura continúa, la historia no lo tiene tan seguro. Pero la aventura continúa y eso es lo desternillante.

ser un gordo es una mierda

Parece mentira que hace poco más de un año, quince días más, andar un cuarto de hora en cualquier dirección y volver al coche fuera un esfuerzo tremendo. Un esfuerzo casi inhumano. Un año después y tres pares de zapatillas la cosa es muy diferente.

Y es que ser gordo es una mierda, y por muchos motivos. El primero que se me ocurre es el médico. No importa cuándo vayas ni por qué, el problema siempre es que estás gordo. Quizá tengas algo chungo que te roe por dentro, quizá tengas cualquier cosa que pueda tener cualquiera, pero lo tuyo será siempre que estás gordo. Siempre es ese el motivo de lo que te sucede, no hay más jackpot. No importa que los análisis estén más que bien, no importa en absoluto (el médico encarando los resultados con un suspiro de ya verás ahora y le cambia la cara tras empezar a leer, tú te dices a ti mismo estoy muerto y de repente te dice están muy muy bien, debe ser difícil computar que estás gordo por motivos diferentes a ponerte hasta el culo de grasa, azúcar y productos industriales, debe ser muy complicado computar que estás gordo pese a comer bien).

El segundo es que siempre estás gordo por pereza. Siempre estás gordo porque eres un vago, porque no te lo trabajas lo bastante. Siempre estás gordo porque eres un mierda. Nunca estás gordo por nada ajeno a tu control. Nadie parece capaz de evaluar las pesas que llevas encima por estar gordo, y no me refiero en concreto al peso ahora mismo (aunque también, claro). A mí, por ejemplo, se me irritaba la entrepierna. ¿Cómo caminar una hora al día cuando a los quince minutos un dolor insoportable te taladra? Y eso no es todo. Cuando descubrí que la vaselina puede ser una ayuda, me dolían las rodillas. Horriblemente. De forma incapacitante. Cuando se pasó el dolor de las rodillas empezó el de las espinillas, el de las caderas, el de los tobillos. Los pies se me abrían. No sé como se traduce eso a lenguaje médico, pero los tendones de los pies me dolían hasta impedirme caminar.

Eh, ¡es cuestión de ponerse en marcha! No. No lo es.

Siempre he montado en bicicleta porque todos esos dolores y la irritación se atenúan, pero nunca he estado menos gordo por ello. Una hora al día cada día, desde primavera hasta el fin del otoño, mientras seguía engordando. Estaba haciendo las cosas bien, pero no funcionaba.

Cuando tienes diez kilos de sobrepeso ponerte a caminar puede ser estupendo, ¿pero qué pasa cuando tienes cuarenta? Pues que a cada paso te encuentras dolores que te incapacitan y te impiden seguir adelante. No son agujetas, no es ese rumor de agotamiento que es casi agradable. No. Son dolores que te impiden caminar el resto de la semana. Porque estás gordo, y lo estás intentando, pero todo sigue siendo culpa tuya. El dolor cuando superas esa fase sin ningún tipo de apoyo puede ser algo casi disfrutable, pero antes es una tortura que te impide seguir adelante. Te ata a casa.

Un año después, y sin más ayuda que la idea de, pese a todo, querer seguir adelante, esta mañana he caminado veinte kilómetros (ayer 21, tampoco es una novedad). Y, excepto por una sensación curiosa en la piel de los pies de estar… rosegada, no rozada, algo maltratada quizá, no tengo ningún rastro de agujetas, dolor o cansancio (de hecho ahora mismo tengo un montón de energía). Ahora entiendo lo que querían decir con eso del cansancio fenomenal. Pero ha sido un año más que difícil en muchos sentidos y no me ha ayudado nada de lo que encontraba alrededor. No me refiero a la familia o a los amigos (aunque en cierto modo también y de muchos modos inocentes) sino a todo lo que me rodea.

Y sigo estando gordo. He perdido diez kilos el último año, pero ha sido últimamente y tampoco tengo muy claro por qué, no hay nada que haya cambiado drásticamente. La mayor parte del tiempo no he perdido ni un gramo. Pasas de caminar cero a setenta kilómetros a la semana y no pierdes nada. Y te sigues sintiendo fatal. Y todo el mundo te dice que es culpa tuya que te sientas así.

Esta mañana he caminado veinte kilómetros y me siento bien. La mayor parte del tiempo notaba cómo mi cuerpo fluía con el camino, como elásticamente mis piernas agradecían el esfuerzo y mi cuerpo segregaba drogas endógenas que me daban placer al seguir caminando. El resto del tiempo era lo mismo pero me aburría un poco. Aún así, a la cabeza le va bien caminar. Ha sido una experiencia estupenda. Pero sigo gordo. Escandalosamente gordo. Cuarenta kilos por encima de mi peso ideal. Cuarenta kilos. Camino con una mochila de ese peso encima que me viene de serie. Me noto en forma, mucho más que en los últimos años. Cuando cojo la bici hago cosas que pensé que no podría (las manos siguen sufriendo, el culo más, no importa cuántos kilómetros me haga al día, es una simple cuestión de exceso de equipaje), pero sigo estruendosamente gordo.

Y sigo sin tener la más remota idea de por qué. Si mañana voy al médico, tenga lo que tenga el problema es que estoy gordo. Al comprar el pan esta mañana un conocido me ha mirado y me ha dicho joder, es que hay que moverse un poco… ¡y comer menos pan! Moverse un poco. La semana pasada completé 115 kilómetros. Me gustaría saber cuánta gente delgada hace aunque sea la mitad. Me gustaría saber por qué alguien que jamás ha sufrido el problema de estar gordaco, gordazo, enorme, se cree con la clave que va a solucionar el problema. Tío, esta nunca ha sido tu guerra. Deja en paz a los que la están librando.

El ejercicio hace que tus capacidades aumenten. Estoy de acuerdo. Pero nada más. Gracias por el consejo, pero parece que en esto debo seguir solo, buscando respuestas más allá de la cerrazón general.

Hasta donde sé, yo no estoy gordo. Yo soy un gordo. A partir de ahí, escucho. No soy un vagazo, soy lo que soy. No tengo los ojos azules, el pelo rubio. La piel negra. Soy gordo. Eso es todo.

dos veces

La vida solía ser mucho más complicada. Solía constar de otras partes, de otras energías, de otros esfuerzos.

De eso iba todo esto entonces.

Solía generar muchas decepciones.

Sucintamente, para explicar el entorno: me he levantado temprano, he recogido la casa, he barrido. Lo he dejado todo listo. Todo. Me he ido a lavar el coche. He ido a recoger a mi madre a su casa, me he encontrado a algunos vecinos que me conocen desde qué nací, hemos charlado un rato, le he recordado a Ángel que venía a vernos en navidad cuando éramos críos disfrazado de papá Noël, me ha dicho con la mirada tristenta que no era él, sino su padre. Le he regalado una radio pequeña Sony a mi madre porque la quería y en esta familia no somos de comprar sin traumas. No somos de tirar sin traumas tampoco, y ambas cosas están muy relacionadas. Nos hemos ido a caminar entre olivos con Mary, que tenía la piel rara al principio pero al final brillaba. Hemos comprado trozos de empanadilla y unas palmeras pequeñas para comer con Carol. Cuando volvió al curro he dejado a mi madre en su casa y me he ido una hora a caminar, me he quedado un rato viendo los coches de un rally. Después a comprar: unas deportivas iguales a las que tengo y que compré hace un mes (o menos), una mochila también para caminar, tierra y macetas. Agua. He vuelto a casa y he empezado a cocinar una ensaladilla ruso-vegetariana para mañana.

Y mientras tanto el tipo que soy y no soy yo o que ya no quiero ser yo estaba ahí, esperándome. Mirándome curioso. Preguntándose qué cojones estaba haciendo. La casa limpia, el coche limpio, cuidando las plantas. ¿Qué narices estás haciendo? Te esfuerzas en darle sentido al sinsentido. Ese tipo, acuclillado en la terraza, no se cree nada de lo que está pasando. Tiene motivos para no hacerlo, tantos como yo para ignorarlo.

Así que miro hacia otro lado.