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camino ascendente

El peligro es que perder demasiado, perder por debajo de un mínimo básico, puede activar tus mecanismos de supervivencia y convertirte en alguien con un objetivo muy claro. Perder demasiado lleva al mismo sitio que ganar demasiado.

Cuando el miedo a la escasez se mete en una cabeza la deja hueca para otra cosa que no sea proveerse de lo necesario. De ahí la necesidad de una renta básica universal. No me valen los argumentos en contra que utilizan la pereza, no me sirven los que dicen que la gente ya no luchará por nada.

Si lo que necesitamos para que la gente se active es la amenaza real de la muerte por inanición es como si lo que necesitamos para que la gente camine una hora diaria es amenazarles con cortarles las piernas. El gran reclamo de la meritocracia es mentira y lo seguirá siendo mientras parte de la población quiera esconder la inexistencia de la diferencia real entre los que están arriba y los que no, justamente esa que se cultiva en el imaginario colectivo y conlleva la explotación de los segundos por los primeros. Perder seguiremos perdiendo, pero hacerlo tiene que tener un límite inferior, un punto a partir del cual no.

No sólo por recomendación estética, sino por coherencia. ¿Una civilización que permite que parte de su población pase hambre es avanzada?, ¿realmente el futuro era estar encadenado a un trabajo precario tras otro hasta caer reventado? ¿El único medio que tenemos para hacer que la gente contribuya es la amenaza? ¿Aún no nos hemos dado cuenta de lo productiva que puede ser una sociedad en el que toda su población, y no sólo un pequeño porcentaje privilegiado, esté en posición de aportar realmente algo más que fuerza de trabajo?

Si nos miras con esos ojos, ¿cómo nos ves, hemos marcado tanta diferencia con el pasado?

la tercera

Me gusta lo bien que funcionan las cosas sencillas. Estoy utilizando Xed como editor de texto, es el que viene instalado por defecto con linux mint cuando buscas en los programas por "editor de texto". Tengo un montón de buenos recuerdos de un montón de editores más o menos específicos para markdown, pero al final para lo que yo hago no hace falta demasiado y me compensa mantener las cosas bajo mínimos para que no me ocupen espacio mental.

Muchas veces al cerebro le gusta buscar culpables cuando las cosas no salen como quiere y frente a lo perdido que estoy a la hora de escribir es fácil que le dé por echarle la culpa a la herramienta, como si con ese maravilloso editor que aún no conozco las novelas fueran a escribirse solas. Cuando sucede reviso si se me ocurre alguna funcionalidad que me falte y, si no es así, lo olvido y sigo.

Y estoy empezando a utilizar Ulauncher con ganas. Se agradece cuando dudo del significado preciso de una palabra hacer ctrol+espacio, escribir r palabra y que lo busque en la RAE, o w palabra cuando lo que quiero es más información sobre algo en la wikipedia. Acabo de configurar m palabra para buscar en el museo y de encontrar una entrada que no conseguía localizar de otro modo (no mejora nada de lo que hay, pero usar un modo diferente me hizo buscar una frase diferente y acerté).

Supongo que ese es el camino del samurái, primero intentas obtener las mejores herramientas para hacer lo que quieres y descubres que algunas son demasiado y que no compensa tanto aprendizaje: al fin y al cabo es tiempo que no estás haciendo lo que realmente quieres hacer. Luego reduces funcionalidades hasta tener un modo limpio y sencillo de hacer lo que quieres y descubres que lo único que sucede es que no eres capaz de hacerlo.

boletos

Hay un viejo mantra en este blog que dice que la victoria está sobrevalorada, que siempre es temporal. Uno gana de momento y pierde para siempre. Eso es así porque la derrota es una especie de estado natural, mientras que la victoria es una situación excepcional que hay que esforzarse por mantener. Si tienes aliento es porque respiras, y nadie puede negarme que la derrota en seguir respirando depende sólo del cuándo.

No estoy hablando de que haya romanticismo en perder, no lo hay. En perder hay seguramente algo de lucidez, un cristalino mezcla de realismo y pesimismo en proporciones que no conozco. Perder, además, según el caso me muestra cierta honestidad. Ganar suele requerir sacrificar convicciones.

Nos pasamos la vida perdiendo. Los momentos se acaban, las cosas se estropean definitivamente, las oportunidades pasan, la gente que queremos ya no está cerca y los que están cerca parecen estar aún más lejos. Aún así seguimos comprando boletos compulsivamente para la lotería de la victoria.

Hay pocas más urgentes que la sensación de escasez. El mejor método para evitar que te domine es esforzarse en necesitar menos y en imponer menos necesidades a la realidad. La victoria no contribuye demasiado en eso. La victoria suele engañarte al hacerte pensar que puedes ganar y que puedes hacerlo cuando te apetece. No puedes.

Lo más simpático es que la gente tiende a obviar o incluso a odiar las cosas que no parecen tener intención de terminarse. Lo que permanece a nuestro lado se va volviendo paulatinamente invisible.

Para mí, en este momento, la victoria está en disfrutar de lo que hay cuando lo hay. Algo así como comer fruta de temporada con todas las cosas. Como ir a un restaurante en el que no hay menú, sólo la comida del día. No vas a un menú sin carta a comer este plato que quieres tanto, vas porque te gusta el sitio, la comida y la compañía y vas a disfrutar lo que haya.

Menudo atardecer hoy, qué brisa después del calor de todo el día, cómo me picaba el cuerpo al caminar por el sudor acumulado desde la ducha de primera hora de la mañana. Eso ya ha terminado, no podría hacerlo volver ahora que disfruto del frescor de la noche que entra por la terraza mientras escribo esto. Un par de patatas medianas y un par de huevos se cuecen en la cocina, oigo el agua crepitar entre el sonido del teclado. Hay pimentón picante y sal en el armario, aceite de oliva sobre la encimera. Mientras termina de cocerse todo regaré un poco las plantas. Olerá a noche y tierra mojada.

Y todo eso me importa porque me da la gana.