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Amigable.

La civilización del Encuentro (también llamada del Consejo) arranca en los albores del descubrimiento del motor warp y los portales interestelares y se expandió por la Vía Láctea a un ritmo imparable regida por los principios del CER, que pretendía funcionar como una solución a la amenaza de una posible civilización alienígena. En su comienzo las corp compartían orbitales y se disputaban la supremacía en el Consejo mejorando sus resultados casi a cualquier precio.

Enciclopedia Raspibérrica.

1.

–Tirador… la mugre te come si no te comes la mugre.
–Ya, claro. Conozco ese rollo, Blindado, pero este bocadillo tiene otras cosas dentro.

Habían apuntado al suelo, justo un poco antes del sitio en el que protestaban los prospectores, pero aún así un par de ellos quedarían tullidos durante una buena temporada. Poco a poco fueron comprendiendo las cosas y alejándose y empezando a mantener la calma. Tirador estaba cansado y sorprendido, y no tenía muy claro a cuál de las dos cosas dejarle un mayor espacio. Decidió rápido que mejor a ninguna de ellas mientras el encargo no hubiera terminado. Blindado y Narrador se quedaron con los detenidos y él entró en la acreción con mucho cuidado. No estaba dispuesto a demasiadas cosas, pero una de las prioritarias a evitar era acabar con un feo agujero de parte a parte. El encargado estaba en el comedor, con una taza de café humeante que apestaba a alcóhol y una pistola a su derecha. Las manos las tenía en el regazo, lo que le ponía nervioso. Quizá la pistola no fuera más que un tranquilizante visual. Había tomado demasiados de esos.

–Espero una explicación, barrendero –cuando se enfadaban les gustaba llamarles así. Solían pensar que podía molestarles.
–Equipo de lipieza de LaFed 3.27.4, sargento Tirador.
–Prospección de la CW 35, encargado de primera John. Yo no doy un mote, como puedes comprobar.
–John me dice tanto como Tirador, y además es el nombre con el que estoy registrado. Si tienes algún problema con ello puedes poner una reclamación.
–¿La relleno, la firmo y la tiro a un incinerador yo mismo?
–A tu gusto.
–¿Se puede saber en qué estáis pensando?
–Nada serio, cumplir órdenes, volver a casa, tomar un par de cervezas con tranquilidad. Preferiría ver tus manos cuanto antes, John.

Las sacó de debajo de la mesa y las dejó caer pesadamente. La izquierda sobre la taza. La derecha sobre la pistola.

–No parece que estemos avanzando demasiado, John. ¿Podrías alejar la pistola hacia delante y retirar la mano?
–Podría, pero, ¿por qué iba a hacerlo? Si nadie está dispuesto a seguir las reglas…
–¿Qué reglas?
–Las reglas, las costumbres, qué más dará.
–Hay un par de secciones enteras de legajos entre esas dos.
–La cortesía…
–No me pagan por ser educado. Pueden amonestarme por no serlo, desde luego, pero no van a darme un ISK más por comportarme como un caballero.
–A mí tampoco.

Le disparó. El impulso sónico vació un agujero de un centímetro de diámetro entre las cejas. Vio su cabezón caer sobre la taza y derramar su contenido, el líquido caliente bordeando una cascada a la derecha de la mesa. No estaba bien calzada.

2.

La lanzadera se mantenía entera por la fuerza de la fé. Él quería volver a casa y ese era su único medio de hacerlo pronto, así que esperaba que aguantase lo suficiente como para meter su gordo culo en el hangar antes de convertirse en un kit de montaje barato para aficionados. Como cada vez que lo conseguía suspiró, pensó que ahora sí que era obligatorio reservar parte del bonus para comprar la suficiente cinta como para obligar a la estructura a no perder forma un par de encargos más y aplastó el botón de la rampa, bajando por ella lo suficientemente tranquilo como para no dar la impresión de estar huyendo de algo y tan rápido como para callar el grito de todo su cuerpo llorándole que dinamitase la sensación de peligro que su cerebro estaba repartiendo a discreción. Tenía que pagar por alguna reparación en algún momento.

También como cada vez, todo eso se le olvidó en cuanto sus botas repiquetearon el suelo metálico del hangar.

–¿Qué me traes, Tirador?
–Gente.
–¿Gente?
–¿Dónde está el equipo de seguridad que pedí?
–Bueno, si fuéramos a traer uno cada vez que se pide… ¿Gente, dices?
–Detenidos.
–Ah, vaya. Creo que debería llamar.
–Estoy de acuerdo. Mientras tanto… ¿qué te parece si dejo el portón subido?
–Espero que aguante. Si nadie respira demasiado fuerte… Creo que sería lo más conveniente, sí. Esto… Tirador, ahora vuelvo. Voy a lo mío.
–Gracias.
–Tardarán unos cinco minutos.
–Lo tendré en cuenta.

Mientras el técnico se alejaba Narrador y Blindado empezaron a bajar. Narrador con la misma pinta de concentrado en lo que hacía que siempre, Blindado ensimismada y silbando. Siempre era lo mismo cuando terminaban un encuentro y volvían. No tardaría ni media hora en salir de las polivalentes borracha y acompañada de alguien con el que liarse a cabezazos y meterse en la cama, no siempre por ese orden pero sí más o menos con el mismo resultado. Al día siguiente el tipo tendría una sensación ambigua de haber pasado un rato estupendo y de haber descarrilado en una mina profunda y llena de rocas puntiagudas.

Narrador giró alrededor de la lanzadera y revisó las junturas del portón, profesional como una hormiga maestre de un gremio de hormigas profesionales. Le miró con un gesto positivo y eso le dio algo de calma. Si Narrador pensaba que la cosa iba a aguantar significaba que había margen. Terminaría cediendo tarde o temprano, pero no antes de tiempo. Apretó el hombro de Blindado con una sonrisa y le ordenó que vigilara la parte trasera de la nave.

–¿Disparo a matar, jefe?
–Qué más quisieras. Quédate ahí, grita si pasa algo. Esa gente está desarmada, si consiguieran salir y les diera por correr déjales hacerlo. Alguien con más incentivos se encargará de atraparlos. Tu trabajo está hecho, y hoy has hecho uno especialmente bueno.

Blindado, nombre que era una abreviatura de Carro Blindado, tenía la propiedad cualitativa de que cuando sonreía su cara se convertía en la de otra persona, una que cuidaba amapolas en el jardín, iba a misa los domingos y se encargaba de que su comunidad prosperara en alegría y armonía. En cuanto dejaba de hacerlo todo volvía a la normalidad y uno empezaba a preguntarse con intensidad qué hacer para no cabrearla nunca. Narrador regresó de la parte trasera de la lanzadera y se puso firme a su lado.

–Aguantará, Tirador.
–Estoy convencido.
–No. Yo lo estoy. Tú lo deseas. Tienes que meterle ISK a esta chatarra o acabará con nosotros.
–Lo sé, lo sé. No han sido buenos tiempos.
–Junta pasta. Pide un crédito. Ahora más que nunca necesitamos que este trasto funcione. ¿Qué ha sido todo esto?
–Tengo la misma idea que tú. Creo que me va a tocar hablar con Ella.
–Vaya. Lo siento. No te lo tomes a mal, pero no lo siento menos por estar de acuerdo.

3.

El orbital giraba sobre 3, que fue el planeta elegido por ser el más rico y por tener un generoso campo magnético en el que meterse dentro. Unas cuantas décadas más tarde las prospecciones se diversificaron y ya fue tarde para moverlo a un lugar más conveniente, porque seguía estando bien protegido y lo suficientemente cerca de la estrella como para ordeñar su energía. Se quedó allí. Podían haberlo movido a los planetas exteriores condenando un par de lustros de beneficio y empleando miles de horas de trabajo, pero la energía era demasiado importante como para hacerlo. Y los beneficios de mínimo esos cinco años que terminarían siendo quince, claro. Quizá el Síndico hubiera pasado por ello, pero los asistentes de las tres corporaciones se habrían amputado los brazos y las piernas antes de recomendárselo en serio a su consejero. El CER marcaba el paso y no había forma de saltárselo sin penalizar. Si tenían que quemar los motores WARP para que la noria no parase invertirían en las industrias que los fabricaban. Antes se quedarían sin materia prima, si eso fuera posible, y abandonarían el sistema que pararlo durante 30 segundos.

Martes, cinco y media de la tarde, octubre. No tenía mucho sentido, pero era lo que había. Durante algún tiempo se discutió si modificar los horarios para adecuarlos al sistema actual tendría algún sentido, pero se desechó por dos motivos. El primero es que habría que decidir uno alternativo, y cada corp encontraría en ello un campo fértil en el que desollarse unas a otras. El segundo es que el ser humano estaba hecho a lo que estaba hecho desde hacía millones de años y, al fin y al cabo, en el orbital escaseaban las escotillas exteriores y abundaba la iluminación regulable.

Así que en la recepción del despacho de Ella, justo encima de su secretaria, un reloj de pared decía justo eso: martes, cinco y media de la tarde, octubre. El año no sólo no importaba sino que podía llegar a ser un impedimento a poco que alguien decidiera preguntarse cuánto tiempo llevaba allí metido, así que era mucho mejor no incluirlo. La brillante solución era no hacerlo.

La secretaria le invitó a pasar. Cuando tuvo a Ella delante pensó que no terminaba de acostumbrarse a aquellos cabezones. Seguramente porque no sabía como hacerlo y, también, porque no estaba dispuesto. Mientras siguiera viéndolos monstruosos seguiría sintiéndose afortunado. Sabía que era una compensación ridícula, pero qué no lo es.

–Me alegro de verte, Tirador.
–Me alegra que eso alegre al menos a uno de los dos.
–Ja. Ja. Ja. ¿Tengo que echar ISK?
–No, con tu aplauso me es suficiente. Pero los ISK son bienvenidos, por supuesto.
–Ju, ju, ju, hoy estás sembrado. ¿Podrías apagar el volumen de tu caja de risas y decirme qué ha pasado hoy? Explícame por qué estoy delante de este montón de informes ocupada en rellenarlos en vez de irme a mi cómodo camarote y meterme en la bañera.
–Pues… venía a preguntarte sobre ello.
–¿Sobre mis informes?
–Sobre lo que ha pasado.
–Me tomas el pelo.
–Es demasiado pelo.
–Acerca de esa caja de risas…
–Espera, reconfiguro. No pensé que fuera en serio. Las órdenes decían que teníamos que capturar a quien estuviera en el asentamiento ilegal.
–¿Decían algo de terminar con la vida del encargado?
–No del todo. Ahí estaba más o menos improvisando. Más o menos quiere decir que tomas algunas decisiones cuando hay una pistola que no es tuya en el escenario.
–¿Tenía una pistola? ¿Iba a usarla?
–Eso ya no podremos saberlo, lo lamento.
–Pues hala, adiós.
–¿Adiós?
–Tengo que consultarlo.
–¿Tú tienes que consultarlo?
–Quién si no. Has hecho tu trabajo. Vete a celebrarlo y vuelve mañana.
–¿A celebrar qué, exactamente?
–Ve a celebrar que estás vivo y en libertad. Si todo es como me cuentas vete a emborracharte porque has hecho un buen trabajo. Si no lo es del todo, y no tengo datos para pronunciarme sobre eso, vete a celebrar lo otro, lo de vivo y en libertad. Es algo que la gente suele considerar importante. ¿Te parece importante a ti?
–Oye, Ella, guardo el registro de…
–Suficiente, ¿no te parece? Hemos confraternizado un montón. Mañana seguimos. Cierra al salir.

4.

La vida es sagrada en el orbital. Todas y cada una de las vidas lo son. Pero hay cosas que se consideran vida y otras que no tanto. El portal se mantuvo abierto constantemente en los primeros años, hasta que algún lumbreras decidió que el gasto de energía no compensaba lo suficiente. A partir de ahí empezó a abrirse semanalmente, y esa pequeña ficha de dominó movió todas las que tenía delante para crear ecosistemas nuevos e interesantes. El pago por el uso de las instalaciones, por ejemplo, cayó detrás. Si conseguías mantener tus pagos en orden el día de la apertura habías ganado una semana más allí dentro. Y eso hizo que la gente con dinero, básicamente los que tenían un trabajo que rindiera, y los que no lo tenían, básicamente los que lo habían perdido, empezaran a bailar al ritmo de la música en un salón con suelos pulidos y luces de neón.

Ese era el caladero de Blindado. De algún modo su hábitat natural.

Tirador entró en las polivalentes y buscó la mesa de siempre. No debía, pero solía compartir las órdenes con Narrador. Era un tipo sensato y existían un montón de ocasiones en las que un par de ojos atentos podían ser una buena ayuda. Mientras Blindado tendía las redes Tirador compartía con Narrador una cerveza.

–Ella no tiene ni idea de lo que está pasando.
–Me tomas el pelo.
–No me tomo ni el suyo. ¿Guardas la copia?
–¿Crees que van a borrar la tuya?
–No tengo ni idea. ¿Guardas la tuya?
–La guardo. Pero.

Narrador era enjuto y fibroso. Narrador tenía gente en casa.

–Envíame una copia.
–¿De la copia?
–De la copia.
–Haz una de la tuya.
–Joder, Na.
–K, por favor. Sabes que no puedo.

Narrador era un tipo extraño. Podía imaginarse uno como él detrás de cada acontecimiento importante que hubiera pasado en la historia. Atento, eficaz. Lastrado. Si pensaba un poco en ello la palabra que salía era lastrado. Pese a pensarlo mucho, no podía concluir culpándole por ello. Era lo que era, y lo había sabido desde un principio.

–Hazme un favor. Mete mi envío en un archivo y déjalo en mi casillero.
–Es el primer sitio en el que van a mirar.
–Es el primer sitio en el que tú mirarías. Ellos no son como tú.
–Lo haré.

Blindado estaba apostando pulsos en la mesa central. No había forma de ganarla sin contratar un servo hidráulico, así que ganaba.

–Ella es el principal motivo de las vueltas a casa.
–Bah –respondió Tirador– depende del retorno. Sin él a estas alturas quien quedaría para apostar con ella.
–¿Estamos bien, Tirador?

Le miró a los ojos y le dio la mano, apartando un par de vasos vacíos de cerveza al hacerlo.

–Estamos bien. No tengo nada que reprocharte, amigo.

5.

Pasa por el comedor, coge algo para llevar y recorre los pasillos hasta su camarote. Hace tiempo que decidió utilizar un individual. No es bueno para su cuenta pero sí lo es por todo lo demás, así que no se ha arrepentido nunca hasta ahora. Deja la comida sobre la encimera y se mete en la ducha. Las prospecciones hacen que conseguir agua no sea un problema para el orbital, pero toda la que consumen es la que no mandan a casa, así que no le sale barato. Cuando termina mete la comida en el calentador, pone algo de música en el reproductor y se sienta en el sofá con un tenedor y un brick de cerveza. Detiene su cabeza y se preocupa sólo por la comida.

No le funciona demasiado bien.

Si alguien ha decidido empezar a cambiar las reglas sin previo aviso las cosas se van a poner complicadas. Si empieza a hacer el recuento de la gente que, por un motivo u otro, va a empezar a estar seriamente mosqueada puede estar contando sin parar hasta mañana. Intenta medir las implicaciones cruzadas, lo que van a pensar unos que han hecho otros y lo que esos mismos otros van a pensar sobre los primeros. Le da un sorbo a la cerveza. Va al refrigerador y coge otra. El polvorín de mantener a tres corps en el mismo orbital dentro de la distribución de recursos regulados ya es, de por si, un buen dolor de cabeza, no es necesario eliminar la cortesía para que se equilibre siempre a un par de malentendidos de reventar. Los prospectores, como de costumbre, no tienen culpa de nada, pero van a sufrir las consecuencias. Si van a empezar a mandarles de vuelta a casa no se lo van a tomar bien. Le da un sorbo a la cerveza y vuelve a empezar.

¿A quién le puede interesar, y por qué? ¿Quién puede haber decidido que es un movimiento interesante?

Suena el zumbador de la puerta. Sólo puede ser una persona, y es precisamente la que menos necesita ver ahora mismo. Por un momento piensa en fingir que no está, o que se ha dormido, pero sabe que no va a servirle de nada. Se acerca a la puerta y la abre. Ella está al otro lado.

–Hola, campeón. Te dije que salieras a tomar algo.

Levanta el brick de cerveza y se lo enseña.

–Sabes que no me refería a eso. ¿Te importa si paso?
–La verdad es que ahora mismo preferiría estar solo.
–Vaya, lo siento, K, te he preguntado. ¿Podrías hacerte a un lado y aprovechar la inercia para cogerme una de esas? Tengo buenas noticias. Quizá no tan buenas. Quizá ni siquiera buenas. Digamos que tengo noticias y no son malas. Al menos no para ti a corto plazo. ¿Te interesa?

primavera

La primavera de la liberación. Eso es lo que repetían todos, como ecos sin voluntad propia.

San tenía algo de cecina que echar al bote sobre el trébede en el fuego, y no se lo pensó dos veces. La cecina no era algo que se pudiera cenar cada día. Aquello había sido todo menos eso, un cuento que contarse para calentarse. O quizá sí lo había sido cuando empezó, pero no duró demasiado.

Los animales mugían fuera, rodeados y ateridos por el viento. Se alegró de estar dentro. ¿Cuánto duraría, unos días más? Fuera lo que fuera, se prometió disfrutarlo todo lo que pudiera. Esperó a que el guiso terminara de cocerse echando pequeñas ramitas al fuego que desaparecían retorciéndose y crepitando. Le gustaba verlas arder y convertirse en cenizas. Le reconfortaba ser capaz de provocarlo.

Añadió el envoltorio de plástico de la carne, que se derritió y se derramó entre los carbones apagando algunas brasas. Era el último y encontraba reconfortante mirar cómo se fundía mientras lo hacía.

Una vez que, era distinto.

Abrió el comunicador sólo para comprobar que seguía repleto de estática. ¿Qué demonios estaba pasando con los satélites? Pensó que seguramente nada. El clima estorbando las ondas, distorsionando y deformando la información hasta diluirla en ruido. Las piernas le ardían, la espalda se helaba. Esperaba que los demás estuvieran bien. Carraspeó para sí mismo y justo después esperó que aún estuvieran, fuera del modo que fuera. Lo dejó abierto.

Padma había vuelto de aquel viaje. Había dejado el equipo en Alfa Centauri y se dio la vuelta. Hizo lo que debía. Y cuando llegó dijo lo que tenía que decir. Y ahí se había terminado todo. Los que se enteraron empezaron a discutir sobre qué era lo que iban a hacer a continuación, a Padma le recluyeron en aquello que convirtió lentamente en un laberinto de ladrillos y el resto de la humanidad siguió haciendo lo de siempre, ignorante. A su ritmo.

Cavaron bien la tierra, desde luego. Hicieron un montón de refugios sin saber para quién los estaban haciendo. No era una pregunta que pudieran permitirse formular. Los comunicaron entre sí con galerías, cables, tuberías. En los arrabales encontraron mano de obra hambrienta más que de sobra. Para eso los mantenían.

Los ideales desembocan en el mar de la necesidad y se convierten en agua salada.

Después empezó la primavera, y durante un pestañeo pareció que había cambiado algo.

Todo el mundo comentaba a todos los demás que Padma había abierto el grifo. Que había repetido lo que ya había dicho, poniendo en marcha todo lo que sucedió después. Los meses en los que se unieron bajo un grito en común.

Tenía que haberse traído más cervezas, o haberse asegurado de que duraran un poco más. Se dio la vuelta para entrar en calor, y mirando la negrura de las paredes pensó que no hay nada que hacer cuando todo está ya hecho. La primavera de la liberación le pilló en un punto muerto, así que tuvo el tiempo para implicarse a fondo.

Escuchó el crujido seguido de voces distorsionadas. «¿San?, joder, dime que estás aún por ahí. Las cosas no van bien, necesitamos ayuda. Tenemos más heridos de los que podemos transportar. Hemos dejado a los que estaban en peor estado en un refugio improvisado, pero no teníamos viv…»

La estática volvió.

Un mes, quizá dos si se organizaba bien y se había equivocado. Quizá tres, si no le importaba pasar hambre de verdad. Quizá para entonces, si para entonces todavía estaba, se atrevería a mirar el establo con otros ojos. La despensa era lo que era. En vez de botes de conservas, de envoltorios de plástico, el veía días. Sumaba días.

Después vino todo lo demás. El Encuentro, al hacerse público, se magnificó. Nadie sabía qué quería decir eso. La primavera de la liberación, la guerra del pueblo. La causa justa de los pobres. El camino de una nueva humanidad o algo así.

Pero duró poco.

Todo dura lo que dura todo. Un mes, de repente, era una eternidad en su cabeza. ¿Por qué no?, ¿quién soy yo?, ¿por qué debería…?

«Eh, San, ¿sigues por ahí? Por favor, contesta, dime por favor que estás escuchando esto. Ayer mismo recordaba aquella vez que íbam…»

La estática se lo traga todo.

El problema es que no sabía exactamente qué hacer con los bichos. Quizá podía simplemente meterlos bajo la nieve e ir después cortando trozos de algún modo. Los cuchillos que había encontrado no tenían muchas posibilidades de enfrentarse con ello. Sus manos mucho menos. Su cerebro de ningún modo. Y se daba cuenta de que habría cosas con las que no sabría muy bien cómo tratar. Intestinos, órganos, cosas realmente feas. Quizá alguien sabría como hacerlo. Pero eso significaba pensar en, no pensar en, darse cuenta de no darse cuenta.

Se dio la vuelta. La espalda ya estaba caliente y las piernas heladas. El guiso estaba terminado. Se echó una porción en un cuenco y saboreó la primera cucharada relamiéndose.

«Espero que estés ahí, vamos de camino. Si puedes oírme mantén el fuego encendido, no importa cómo estés, nosotros sabremos qué hacer y te encontraremos. Aguanta. Estamos a unos dos d..»

Y la estática se lo tragó todo de nuevo. Cerró el comunicador. Lo conmutó a la señal de contaminación grave. Volvió a llenar el cuenco. Tragó saliva. Metió la cuchara. Escupió sangre. Una más no dolería tanto.

milímetros exactos

En el centro de la habitación, gracias al cordón umbilical del cable que serpenteaba hasta el pequeño hornillo desde una de las paredes del fondo, Tan preparaba algo que parecía comida. Sintió hambre, pero no quería tentar la suerte. Todo lo demás, todo lo que no era Tan y su improvisada cocina, era pintura. Marla, desnuda de la cintura a los hombros, daba brochazos a tres lienzos colocados uno al lado del otro, en éxtasis.

–¡Ha venido tu amigo! ¡Ha venido tu amigo!

Pero ella no se dio cuenta durante algún tiempo, no al menos hasta que girando la cabeza escorándose en una nueva perspectiva sus ojos toparon casualmente con él.

–Oh, estupendo. Tan, fuera. Necesito rebotar un poco.

Había algo en esos lienzos que no era capaz de descubrir. Algo en la sinceridad con la que le hacían entender cierta parte del mundo mientras los miraba. Él se esforzaba en evitarlo, y lo hacía de verdad, pero no conseguía más que sentirse atraído sin remedio por el modo en la que las formas y los colores dibujaban mentiras. Lo que había allí no era la realidad, él había visto y pensado lo suficiente como para saber que esos no eran los colores, que aquellas no eran exactamente las medidas, que era imposible que pudiera encontrarse con algo como lo que estaba mirando en ninguna parte más que allí. Y sin embargo… Sin embargo miraba, no perdía el contacto.

–Es buena, ¿eh?
–No tengo ni idea.
–Sí la tienes. Por supuesto que la tienes. Tú lo comprendes, y eso es lo que ella ve en ti.
–Lo que ella ve…
–Sí, rebotador, sí. Lo que ella ve en ti. Ella es una natural.
–¿Y yo?
–Esa es fácil. Tú eres un afortunado.
–¿Un afortunado?
–Claro. ¿Quieres saber en qué lo eres?
–Por supuesto. Sorpréndeme.
–En que seguridad está abajo. Y tú estás aquí.
–Seguridad no está abajo.
–¿Cómo lo sabes?
–Porque ya habrían llegado aquí.
–Oh, bien. La serpiente se muerde su propia cola. ¿Qué harías si ya hubieran llegado?
–Entregarme.
–Oh, ohoh, falso. Tenemos que huir, iluminado.
–¿Estoy soñando?
–Bueno, quizá estás imaginando que estás soñando que estás soñando. Pero desde luego no estás soñando.
–Me estás tomando el pelo.
–Te estoy tomando el pelo.
–Seguridad no está abajo.
–Por lo que sé, seguridad está abajo.
–Me aburres. Quiero seguir mirando los cuadros.
–¿Para qué? No son nada que no conozcas. Yo voy a salir por la ventana. Si sales rápido, te estaré esperando. ¿Ves aquella luz? Estaré detrás, en los callejones. ¿Podrás encontrarme?
–No.

Intentó no mancharse demasiado las suelas de los zapatos con pintura, le sería difícil explicarlo luego. Ella dormía, desnuda, en un precario equilibrio. La sábana le cubría la mitad izquierda del cuerpo, y la mitad derecha se protegía con los flecos de tela sobrantes. Se movía ligeramente al respirar, y cada vez que lo hacía trozos de piel aparecían y desaparecían aleatoriamente en cada uno de los movimientos. Bajó al portal, miró en las pequeñas grietas. Dentro no había agentes. En los buzones no había agentes. Registró en cada peldaño de la escalera y no encontró a ninguno.

Si alguien les había llamado lo había hecho mal. ¿Quién podría haber allí, de todos modos?

Volvió a subir y se sentó al lado del hornillo, después de apagarlo. Todo el conocimiento parecía surgir de aquella pequeña unidad eléctrica. Podía haberse dejado llevar por la situación y conferirle más poder del que tenía, pero no era nada más que eso. Algo humeando.

Ella despertó y le preguntó que dónde se habían dejado la realidad. Él le dijo que esa conversación le aburría, así que ella volvió a pintar. Y cada trazo que daba le pareció que estaba en el milímetro exacto en el que debía estar.

–Ha sido Tan, ¿no?
–Creo que sí.
–De acuerdo, entremos.

Ya estaban dentro, pensó. Lo importante debía ser salir.