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despiece – dos

En el vertedero no hay día ni noche. Hasta hace no mucho no había ni luz. Alguien pensó que si los coleópteros eran los que tenían que llevar los focos no iban a descubrir nunca a nadie, así que encendieron otros enormes que instalaron a lo largo del techo de la instalación. Un gasto inasumible que tuvo la rentabilidad pendiendo de un hilo durante meses. Sobre cómo llegaron a ser un factor relevante, cómo se las apañaban para encontrar cualquier cosa los que vivían allí antes, no tengo ni idea y no puedo ni imaginármelo. Intento hacerme una idea de cómo revisar el montón de desechos sin ver siquiera dónde estás pisando, pero no encuentro el modo. Me lanzaron en un momento interesante.

Llegó una pareja camino de la salida, con las mochilas cargadas y sonriendo. Ella me susurró "cuidado". No la conocía lo suficiente, pero llevaba allí más tiempo que yo y me convenía hacerle caso. Cuando se acercaron los golpeé con la porra hasta matarlos. Metí las mochilas en el agujero. Al volver arriba ella estaba sobre los cuerpos, llorando. Quizá había cometido un error.

Me acerqué, le toqué el hombro. No apartó mi mano.

Le pregunté qué íbamos a hacer con los cuerpos. Se giró.

Me respondió que si había sabido qué hacer antes sabría que hacer ahora y se marchó dentro. Registré sus bolsillos, cargué a la mujer y la alejé lo que pude. Volví e hice lo mismo con el hombre. En sus bolsillos no había más que trozos largos de cuerda, tres raciones de comida y dos botellas de agua. Cuando acabé me tumbé junto a ella, pero no pasó nada. Sentí que algo se había roto. Todavía me quedaban un montón de cosas que aprender. Cuando despertamos todo parecía haber vuelto a ser como siempre. Abrimos una ración y nos la comimos. Después salimos a buscar.

El pequeño almacén del agujero se estaba quedando sin espacio.


Estoy haciendo tonterias aquí.

el movimiento

1.

Últimamente siempre me estaba enganchando las camisetas con el tendedero. Tenía un par de remaches sueltos y cada vez que lo movía para salir al pasillo y cada vez que volvía al salón me hacía un agujero. Mear me solía costar siempre, al menos, un desgarrón. Las camisetas negras, de tanto lavarlas, hacía tiempo que se habían convertido en andrajos que se rasgaban sólo por meterlos doblados en el cajón. Me sentaba frente al portátil, me intentaba convencer de que escribía un rato, iba a mear, volvía, seguía intentándolo.

Últimamente no quería que la calefacción estuviera mucho rato funcionando. Entre la pasta en gas en la que no quería pensar y la sensación de que el calentador estaba a punto de joderse prefería esperar a que el termostato lo activara para salir al pasillo y bajarlo. Se dice que uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, pero hay un momento de mayor lucidez: cuando aún lo tienes pero sabes que no va a durar mucho. Cada encender de la llama significaba situarme en el momento en el que no volviera a hacerlo más, lo que implicaría llamar al casero, discutir, pasar lo peor del invierno helado mientras alguien que no pasaba frío decidía si le convenia arreglarlo. Ese no saber cuándo pero estar seguro de que pronto es una montaña rusa de angustia que no para nunca. Al final marca con más precisión el paso del tiempo que el segundero haciendo lo suyo.

Ultimamente ya no disfrutaba las cervezas, al menos no tanto. Habían dejado de ser ese estado en el que la bombilla se enciende y todo empieza a llenarse de significado para convertirse en la resaca del día siguiente. En el sueño raro de no tener sueño pero estar muy lejos de estar despierto. En el recordatorio de que lo que había sido había decidido dejar de serlo sin tenerme en cuenta en el proceso. Incongruente.

Pensaba mucho, quizá demasiado, en lo que supone no tener red. Comprendía que mucha gente estaba en esa situación y estaba convencido de que eso me hacía algo blando, pero cada uno mastica lo que tiene cerca para morder. No es que yo no tuviera red, sólo pensaba en lo que supone no tenerla. En deslizarte por un tobogán cuesta abajo en el que es posible que un remache medio suelto te saje el brazo o una curva demasiado rápida te lance disparado contra un muro. Mi red no sé si es mejor o peor que otras, pero no es omnipotente: a mi red le iba a costar un montón de esfuerzo mantenerme a flote si me hundía. Eso me agobiaba de un modo con muchos más filos que lo del calentador.

2.

Hacía un par de meses que había perdido el trabajo. Un viernes, a ultima hora, nos lo dijeron a todos. Para hacerlo menos urgente nos dijeron que el lunes quedaríamos juntos para firmar los papeles. Nadie se pone nervioso un viernes a última hora, todos estamos tan cansados y con tantas ganas de vegetar un par de días que, bueno, el lunes era casi otra vida. Durante el fin de semana nos fueron llamando para ir concertando citas a diferentes horas. "No, al final contigo va a ser a las diez", de forma muy educada. La educación es el privilegio del que no puede perder. El que no puede perder está justo en el punto contrario del que no tiene nada que perder, aunque gran parte de las veces no parezcan darse cuenta.

Fui, firmé, recibí buenos deseos, me fui a comer un pincho de tortilla al bar al que nunca podía ir porque siempre estaba trabajando. Estaba allí, de pié en la barra, hundiendo el bigote en un café con leche templado, mirando de reojo a la camarera, arrebujado en el abrigo porque la calefacción no estaba puesta. Allí fue cuando me sentí idiota. Un gran, viejo y helado idiota, un recién llegado a la situación de sin futuro, un gran viejo helado sin futuro idiota más masticando patatas duras revueltas con huevo reseco.

—Hace algo de frío. ¿Cómo es que no ponéis la calefacción?

La camarera me miró con cara triste y me dijo que el dueño no tenía dinero suficiente ahora mismo. Que en la situación actual ya era difícil mantener el local abierto y funcionando. Que si había suerte y la cosa no iba mal volverían a ponerla. Viendo el color de sus manos tampoco parecía haber para el agua caliente, así que no dije nada. Con la pinta que tenía el polígono, llegaría antes la primavera que el dinero. Cuando piensas que eres la manzana del fondo del barril a veces la cosa te sorprende demostrándote que tienes la capacidad de aplastar a otras sólo por estar donde estás. Eso no es ni bueno ni malo, pero a mí suele aumentarme la tolerancia y hacerme pensar que todavía me queda recorrido. Aún no hay tablas debajo.

3.

Cuando intento buscar aparcamiento en un sitio petado no suelo ser de los rápidos. Ni tengo la inercia de pegar un acelerón para meter el morro en un sitio imposible ni puedo quedarme quince minutos interrumpiendo el tráfico esperando a que ese coche que parece salir y no sale salga definitivamente. Mi estrategia siempre es aparcar lejos y caminar. Y es una buena, tengo la sensación de que el tiempo que pierdo caminando lo gano en salud mental. Es tan habitual que mi pulsera de actividad suelta pitidos de alegría cada vez.

Otra cosa es cuando no hay más sitio donde aparcar. Cuando tiene que ser ahí. Cuando no queda más que dar vueltas y más vueltas hasta que encuentras la suerte que nunca tienes o, lo más frecuente, cuando todos han hecho lo que habían venido a hacer y se van y tú te quedas con los aparcamientos para ti solo. Al salir del coche ya no hay nada que hacer allí, así que vuelves a montarte y te vas. Te sientes un poco estúpido, de eso va la cosa.

4.

Decidí hacer un curso de pago, uno de esos que te dan el papel que tú luego puedes enseñar en alguna parte para que te den un trabajo. No soy de los que están habilitados para buscarse la vida, de los que tienen ganas de comerse el mundo aplastando manzanas y manzanas en el barril. Estoy convencido de que no he venido aquí para eso. Yo sólo quiero que alguien saque de mí lo que quiera y, a cambio, me dé lo que necesito para pagar el alquiler, arreglar el calentador y comprarme camisetas de vez en cuando. Los habilitados son lo mismo, pero normalmente cobrando menos. Los habilitados son la grasa del engranaje que nos va machacando regularmente a todos.

Yo no es que haga cosas que sean más importantes que eso, hago cosas que son importantes para mí. Y vaya si lo son. Miro por la ventana, escribo esto, salgo a caminar, tomo unas cervezas, dibujo. Ese tipo de cosas. Ese tipo de cosas que me resultan muy incompatibles con centrar todos mis esfuerzos en mantener la cabeza fuera del agua todo el tiempo y por encima de todos los demás. Es sencillo, dame tiempo, tírame algún hueso que roer y saca de mí lo que te parezca. Me va a parecer mal, pero no tengo tiempo para llevarte la contraria y hacer algo al respecto.

El curso estaba lleno de adolescentes tardíos, y yo los comprendía a medias y a medias me sentía tan fuera de sitio que no sabía si sentarme en mi pupitre o en la silla del profesor. No porque tuviera algo que aportar, sino porque de algún modo parecía lo más normal. Aprendíamos cosas muy tontas, pero de eso va precisamente la cosa. Hace falta algo para algún proceso y alguien ve muy oportuno cobrar por formar para ese algo, hace las formaciones, se llena el bolsillo, extiende el papel y alguien te contrata para exactamente lo que has aprendido. Para cuando eso no signifique nada ya habrá más cursos. Todos ganan, menos los mismos.

Cada día, en el descanso, me comía un montado de tortilla con un tercio en la barra del bar más cercano. Era mi única comida del día y aunque cara era satisfactoria por muchos motivos, y aunque no me sentía feliz del todo al menos pensaba que estaba acercándome a algo. Marcaba los días en el calendario del móvil cuando terminaba cada uno de ellos. Uno menos. Esperaba llegar a tiempo a la línea marcada en rojo que delimitaba el momento en el que ya no podría hacerme cargo del alquiler.

Cada día volvía a engancharme las camisetas y a bajar la temperatura del termostato cuando el calentador y miraba por la ventana y me sorprendía pensando en algo. Algo recurrente. Pensaba en lo de la red y en lo duro que es para todos, y en las manzanas del fondo del barril y las opciones. Pensaba que quizá, en algún momento, alguien con la fuerza suficiente se daría cuenta de que no nos quedaba mucho recorrido. Pensaba que si los que no pueden perder no tenían demasiado interés en cambiar las cosas quizá alguien que no tuviera ya nada que perder terminaría sumando dos y dos y decidiendo que con toda seguridad daba cuatro.

Ya lo había visto antes y no me hacía ilusiones. En ese momento alguien vería negocio en construir aparcamientos un poco más lejos y todos nosotros haríamos pitar de alegría nuestras pulseras de actividad y todo seguiría más o menos igual para ellos y más menos que igual para nosotros.

Terminé el curso. Encontré un trabajo por la ausencia de última hora de otro. Mi falta de sentido crítico se encargó de lo demás. El casero arregló el calentador cuando amenacé con irme. Una tarde fui a Decathlon y compré una docena de camisetas nuevas a algo más de un euro cada una. Ni se me ocurrió preguntarme lo que habría cobrado el que las había hecho, soy mucho más que consciente de que no puedo permitírmelo. Por las tardes miro por la ventana, dibujo, me siento frente al portátil, me intento convencer de que escribo un rato, voy a mear, vuelvo, sigo intentándolo. El contrato de trabajo es de seis meses, la renovación del alquiler toca dentro de un par de ellos. El casero acaba de enviarme un whatsapp diciendo que el nuevo calentador es una mejora significativa en el servicio. Todo sigue tan habitualmente mal que si no le doy muchas vueltas parece que va fenomenal. Lo que tienes cerca para morder es lo que delimita tu espacio infinito. Lo demás es otro distinto.

gente

Doscientos sacapuntas siete muelas y aún en el punto de partida. Doscientos sacapuntas, siete muelas y todo el mundo nervioso mientras, de fondo, suena el himno a la alegría por los altavoces para mantener todo en su sitio. Doscientos sacapuntas incautados, siete muelas de gente nerviosa sacados a golpes, cuatro reglas, dieciséis cartabones y catorce escuadras. No hay más punto de partida que el punto de partida, pero a partir de ahí todo se complica. Parece fácil mientras te vas preguntando qué hacer a continuación, y lo que importa sobre todo lo demás suele ser el instinto, que es algo indeterminado en el que doscientos sacapuntas siete muelas cuatro reglas dieciséis cartabones catorce escuadras no importan nada y lo que realmente importa es lo que te va pareciendo, y a mí no termina de parecerme nada mas que un jodido asco. Tendría que haberme quedado en casa.

La idea era otra. Se suponía que iba a ser más divertido. Tengo en la cartera los dibujos de mi hermana en la que yo aplastaba los bichos y los convertía en papilla y eso que me pareció tan divertido entonces es, ahora, presenciándolo en directo, otra cosa. En los dibujos aparece un letrero sobre mi cabeza que dice el tate acaba con ellos y ellos son horribles y está bien que los mande a la mierda, pero aquí delante no lo tengo tan claro porque respiran y sangran y se mean y se cagan y sudan y huelen a miedo y son horribles y parecidos y se parecen a mi y a mi hermana y me da cosa seguir presionando una vez que el daño les alcanza. Quizá deba seguir con el asunto por ella sobre todo. Mantenerla a salvo. Pero me cuesta mantener la cabeza centrada. Doscientos sacapuntas y ojos colgando del nervio sobre las mejillas y gritos y súplicas y por favor y un montón de costrones más. No es tan limpio como cuando lo era entonces, no es limpio, no lo es ni de cerca no lo es en absoluto es tan sucio.

Cada vez que quiero hacer un respiro me dicen que no se puede que tenemos que seguir en ello que estamos cerca de conseguirlo y que tengo que tomar la decisión correcta y yo firmo y continúo y es eso sobre todo y mi hermana y firmo y