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demolición

Lo curioso es que no había nadie más con el que compartir nada. Se habían ido los principales, se habían ido los secundarios, se había ido incluso el personal de mantenimiento. ¿Y en qué parte del asunto estábamos nosotros? Éramos el equipo de demolición. Éramos los encargados de no dejar nada detrás.

No teníamos mucha información de lo que había sido aquello. Quedaba equipo que destruir, catalogar y recopilar las piezas pequeñas más manejables.

Eran las cosas que habían sido siempre y no nos importaban lo más mínimo.

No teníamos nada que decir sobre ello.

Nuestro único trabajo era demolerlo de un modo eficaz. Eficaz en el sentido de no dejar restos, nada detrás era el único criterio aceptable. Teníamos el tiempo contado y una tarea por delante. La tarea era destrozar, no dejar huellas. La tarea era que, cuando nos fuéramos de allí, sólo hiciera falta que la vegetación creciera un poco para dar la cosa por acabada. Nos reuníamos por las noches a matarnos a cervezas en otro tipo de lenta demolición, lo de fuera era sólo la parte evidente del asunto. Lo de dentro era el trabajo mental de conseguir que todo aquello no nos afectase. Demolíamos a conciencia. Lo hacíamos fuera, lo hacíamos dentro.

Follamos sin conocimiento, sin conocernos, sin importarnos demasiado, sin darle demasiada importancia, nos ejercitábamos en ello. Después de un día entero demoliendo el area tres nos dedicábamos a jodernos hasta quedarnos sin aliento. Nos reventábamos enteros en el lento camino de evitar guardar algún recuerdo. ¿Has jodido, hasta el culo de cerveza, rodando por el suelo intentando evitar las arcadas? Entonces eres de los nuestros. Si no lo has hecho nunca tampoco te des por salvado, es un asunto mental, una cuestión de tiempo. Teníamos el cuerpo y el cuello y la boca y el asunto aquel de que no teníamos que dejar restos por encima de la fina línea de seguir en nuestro sitio.

Me encontré con Paula en medio de la sección cuatro, atascada en un escritorio repleto de fotos, con un martillo en la mano izquierda y una bolsa de basura en la derecha. Babeaba, daba un paso hacia delante y otro hacia atrás, dentro y fuera de la mesa, la resaca del día anterior estaba haciendo un tremendo trabajo en lo que quedaba de ella, un trabajo de desaparición completo, un duro esfuerzo de orfebrería. Me detuve un momento y le pregunté si podía ayudarla en algo. Me dijo «joder, jefe, lo intento». Pensé que estaba cerca de conseguirlo, que quizá podría ser de ayuda quedándome allí en medio, ser soporte de algún modo. Quizá sólo estar por allí le ayudase a terminar de una vez por todas todo aquello, pasar al siguiente escritorio. Pero el caso es que estaba la cuestión de esas putas fotos. Niños haciendo cosas uno al lado del otro. Diferentes escenarios, los mismos niños. Niños y la madre de vez en cuando, abrazándolos.

Me vino su imagen la noche anterior, complicada con un cadete y arañándole la espalda hasta que se le tupían las uñas. Recordaba los parones en los que se hurgaba con un palillo para evacuar los trozos de piel y carne arrancada y hacer sitio para continuar. Recordé cómo se reía cuando terminaba y volvía al asunto de bombear, hacer de él una estación de bombeo. Y acababa de ver a ese mismo cadete reventando a cabezazos una taza de porcelana con el mensaje «el padre más a mano del mundo».

La mandé a la enfermería. Pero antes cogí su mano del martillo y fui acabando con todo lo que quedaba sobre el trozo de madera. Cuando terminamos me dio las gracias, llorando. Había sido capaz de algún modo. Nadie es más débil por recibir ayuda. Todos la necesitábamos.

Es cierto que ninguno podía ignorar mis informes periódicos al registro de sucesos. Sabían qué estaba en juego.

Yo también. No quería mandar a nadie a la enfermería si no había más remedio, por supuesto. Por un lado me restaba eficacia, por otro les estaba enviando al origen, a una especie de infierno más depurado que el actual. Allí estaban los restos, envueltos en bolsas de plástico, que escondían los agujeros que habíamos hecho nosotros mismos. Agujeros de agujeros en agujeros bajo agujeros de la medida de resistencia sobre nuestros intentos. Agujeros ventana, agujeros puerta, agujeros exclusa por los que había ido encauzándose la sangre hacia fuera, ríos que terminan en el mar de dejar de una maldita vez de existir. Ese vacío. Esa represa. Tenía a toda esa gente esperando una respuesta, tenía a esa gente esperando sobre todas las cosas que al menos yo pudiera mantener el tipo. Cogí lo que quedaba de mí, la bolsa y el martillo, y le di duro a lo que quedaba, gritando por encima del rumor sordo de mi cabeza perdiendo peligrosamente el equilibrio.

volver mañana

La puerta estaba entreabierta, como casi siempre, por lo que dedujo que estaba aún durmiendo. Entró haciendo el menor ruido posible, dejó la chaqueta en el perchero vacío y fue a la cocina. Apartó platos sucios del fregadero y llenó un vaso de agua. La casa entera olía a pintura, a disolvente y a sudor. Se fijó en el lienzo en el que ella estaba trabajando en ese momento, apoyado en la pared. Figuras estilizadas entre nubarrones de óleo, golpes de color. Volvió a sorprenderse al ver hasta qué punto era capaz de arrancar formas aporreando la tela.

Le presintió y se despertó, estirándose sobre el colchón. Le sonrió, saludó. No sabía hasta qué punto le decía la verdad cuando insistía en que empezaba los cuadros sin una idea predeterminada, tan sólo pintando hasta que lo que tenía que salir aparecía entre los trazos. Eso a él le parecía fascinante, no se podía contar entre una de sus capacidades. Él tenía que saber lo que iba a hacer antes de hacerlo, de otro modo el resultado siempre era desesperantemente vacío. Se encogió abrazando sus piernas, bostezó. Le lanzó un beso mientras él se acercaba para sentarse a su lado.

–¿Vas a buen ritmo?
–Estoy casi terminando.
–¿Cuántos te faltan?
–No lo sé. No puedo saberlo. Quizá este sea el último.
–¿Ya?
–No lo sé. Creo que puede. Veremos cuando termine este.

Ella se levantó, enjuagó uno de los platos que él había apartado antes, sacó algo del congelador y lo metió en el microondas.

–Estoy muerta de hambre.

Y él se quedó con esa escena. Ella allí, de pié, con la ropa y el cuerpo salpicados de pintura seca, mirando con atención al plato dar vueltas bajo la luz amarillenta. Se habría quedado allí para siempre (quizá no), no le habría importado seguir allí sentado mirándola esperar (quizá sí), le habría gustado que el tiempo se detuviese en ese justo momento hasta que él le diera permiso para seguir adelante.

Pensó que le gustaría decirle que se estaba enamorando de ella. Lo pensó casi justo hasta que la campanilla sonó. Cuando lo hizo tuvo la fuerza como para romperlo todo, destrozar su ensoñación y recomponerla hasta darle la forma del mundo en el que estaba inmerso viviendo. Ella sacó la comida y él obtuvo una rotunda composición de lugar. No todo había ido mal, había podido quedarse con la escena para el recuerdo.

–Te veo pensativo hoy, amigo.
–Nah, no es para tanto. Un día difícil en el trabajo.
–No sé qué sigues haciendo allí de todos modos.
–Creo que sí lo sabes. Creo que hasta yo lo sé.

Ella le sonrío, dejó el plato sobre la encimera y se acercó a darle un beso. Las luces de alarma se encendieron como de costumbre.

–He vuelto a tener un sueño que se repite desde hace un tiempo –le dijo.
–¿Sí? Cuéntamelo.
–No sé. Creo que escuchar sueños es aburridísimo.
–A mí no me aburren los tuyos.
–Ya. Claro. Tú no has estado allí. La gente se inventa ese tipo de cosas para contarte mierdas que no saben cómo contar de otro modo. Y eso es lo menos malo.
–¿Lo menos?
–La gente se centra en los sueños cuando ha dejado de vivir. En el momento en el que dejan de vivir despiertos empiezan a vivir mientras duermen. Cuando no queda más, cuando todo lo demás se ha perdido, siempre te quedan los sueños.
–Aún así me gustaría escucharlo.
–OK. Yo era un tipo en una caja. Recibía componentes de una cinta transportadora y los ensamblaba. Estaba constantemente atento a un panel que me marcaba la evolución, y siempre estaba por detrás de la planificación. Yo aceleraba y aceleraba pero seguía estando detrás. Cuando terminaba mi turno me llevaban a una sala donde alguien me decía que no estaba evolucionando bien, que tendría que hacer un esfuerzo o dejarlo.
–¿Dejar el trabajo?
–No, no es eso. No era eso. La sensación es que yo había tomado una decisión que hacía que fuera menos eficiente, y que podría volverlo adecuado simplemente cambiando esa decisión. Estaba en mi mano abandonar lo que me retrasaba.
–¿Y crees que tiene que ver con la exposición, con los cuadros?
–No lo sé. No sé si… no parecía ser eso. No, definitivamente no es eso.
–¿Entonces?
–Yo qué sé. Creo que de algún modo soy ese tipo. Pero no en el sueño, sino en realidad. Creo que en alguna parte yo soy ese tipo, y de algún modo estoy allí trabajando mientras estoy aquí pintando. Imagina que… ¿ves?, ya me estoy aburriendo incluso a mí misma.
–¿Cómo vas a ser ese tipo? No tiene sentido.
–Es una sensación.
–No, no es nada. Vaya, espero que dejes de soñar con ello. Es bastante raro.
–Sí, sí que lo es. Pero al mismo tiempo…

La miró levantarse y coger los pinceles.

Tendría que revisarlo todo otra vez. Recomponer la situación, controlar las variables. Se estaba quedando sin ideas, se estaba quedando seco. Volver al punto de partida.

Retomar el recuerdo, centrarse en ella allí, esperando mientras el plato da vueltas. Coger ese pedazo de eter y darle consistencia, reforzarlo, construir los andamiajes que le den la densidad suficiente. Esa nada que se esfuma, que se escurre entre los dedos, esa aparente irrelevancia que gana sentido según se moldea. Volver mañana.

los misterios de la puerta y la serpiente

Mythic lo mantiene congelado mientras que Bamba le golpea la cabeza con un totem y sonríe. Astil juguetea con una de sus garras en el borde del ojo de Dhor, haciendo brotar gotas diminutas de sangre nerviosa. Desde sus dos metros veinte, Tronador, algo apartado, mira al prisionero con la misma preocupación con la que el Destino del Universo le presta atención rigurosa a la mosca de la fruta.

—Dhor, por última vez, necesito respuestas. Y cuando necesito respuestas me cuesta hacer bien la digestión y tiendo a cornear rápido.
—Por favor, no tengo ni idea. ¡Entré en servicio hace una semana!
—El enano estaba borracho y la puerta abierta cuando llegamos, ¡de eso seguro que tienes que saber algo! Cuando un barbilargo se emborracha y llama a un par de golems a su lado la gente tiende a empezar a morir alrededor, ¿no te llamó eso la atención?
—No lo sé… por favor… yo sólo tenía que vigilar la escalera. Un trabajo sencillo, me dijeron. Vas y miras los escalones. Si te aburres, los cuentas. Ocho horas al día seis días a la semana y podrás jubilarte en la playa de Feralas. ¡Eso era todo! ¿Quieres saber cómo es cualquiera de esos escalones, cualquier detalle?
—¿Le saco el ojo?
—No, gato, por tercera vez, no. Bamba, deja de pegarle todo el tiempo en el mismo sitio, se está amoratando. ¿Mythic?
—¿Jefe?
—Prepara un portal a Orgrimmar, vamos a presentarle a algunos amigos. ¿Te apetece un viajecito a Orgri, Dhor?
—Oh, no…
—Cuéntame aunque sólo sea lo de los elementales del tipo serpiente. ¿Por qué aparecen a veces sí y a veces no? ¡Dímelo!
—No lo sé, señor toro, no lo sé…

Nehebkau observa la escena sentado en una piedra al fondo. Las súplicas de Dhor. El gato con la garra pinchando ya la cornea. La montaña morada que ha hecho brotar Bamba. El portal-farol a Orgri. Tronador riéndose como un meteorito despeñándose por un pozo. Bebe maná, se retira el sudor de la frente y se pregunta cómo ha sido posible que haya acabado siendo el sanador de este grupo de psicópatas. Empieza a pensar que en una vida anterior fue alguien detestable.

—¿Nehe?

Suspira. Asiente a Tronador y lanza a Dhor un destello curativo un segundo antes de que muera. Se da cuenta de que no lo ha hecho antes porque en el fondo él también tiene un puntito psicópata. Se relaja, sonríe. Acaba de ser consciente por primera vez de que va a encajar perfectamente.