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mientras escribo

Acabo de terminar «Mientras escribo». Acabo de terminarlo y de empezarlo, porque me lo comí del tirón con un par de desplazamientos intermedios. La parte de su vida personal me interesó pero… ¿qué va a contar nadie de sí mismo? Hay que mirarlo con intención, fijándose más en lo que no dice que en lo que sí. La parte de la escritura me gustó bastante, fuera adverbios, formas verbales pasivas. King es un escritor de brújula, no de mapa. Sabe a dónde quiere ir pero no lleva una descripción pormenorizada de lo que hay y lo que va a pasar. Investigación de fondo que se muestre de fondo, pero que se muestre. La parte final de la recuperación del accidente bastante azucarada (aunque vete a saber cómo te enfrentas a escribir sobre algo así).

El tema es cómo trata la intuición en la escritura. Para él la intuición es un sentido inconsciente que vibra cuando algo no resuena bien. Se alimenta de todas las historias que hemos escuchado, leído y visto a lo largo de nuestra vida. Cuando algo se tuerce lo notamos: aunque no sepamos con precisión qué está mal, sentimos algo fuera de lugar. Del mismo modo, pese a no saber dibujar, notamos cuándo una perspectiva no es correcta porque estamos diseñados para sabernos mover por el mundo. Es difícil escapar de un depredador de otro modo.

Una primera versión con la historia. Relectura, a las seis semanas más o menos, en la que sacamos conclusiones sobre el fondo y lo que queremos decir. Las incluimos. Es decir, que se deja llevar por lo que le apetece decir en la primera escritura, por el gusanillo en los dedos de ganas de escribir, y en la segunda le da cuerpo e intención mirando a ver con qué puede enlazarlo, dándole profundidad. La justifica en la relectura, no en origen.

Interesante, curioso, afortunado por hacerlo así y que funcione tan bien.

la ciudad y la ciudad, china miéville

La Estación de la Calle Perdido me parecío inacabable, sólo quería llegar de una vez al final para que dos cosas pendientes dejasen de molestarme. La ciudad y la ciudad no sé si es más corta, pero desde luego se hace más corta. La historia de novela negra muy meh, con un par de deux et machina que… bueno, muy pasable raspado todo.

Pero la idea de las dos ciudades es grandiosa. Cómo el protagonista habla sobre ello (cómo describe el movimiento de la Brecha ya casi al final, por ejemplo) y cómo hace que lo vivan los personajes es muy interesante.

Es la demostración práctica de la idea que, para mí, mejor define a la ficción: en ella puede pasar cualquier cosa, todo lo que se te ocurra, no importa que sean super heroes voladores o sillas con ojos, lo único de lo que tiene realmente que preocuparse es de ser coherente. Parte de las respuestas a GoT que critican a las críticas negativas es qué puedes realmente criticar en un mundo en el que hay dragones, y lo esgrimen como si fuera el argumento definitivo. Pues no, amijo, en la ficción me monto la película que quiera, pero tiene que ser coherente, no puedo cambiar las reglas de juego cada vez que me convenga sin una razón convincente. Es una obra de ficción, no el delirio de un niño de cuatro años mientras juega. Móntate un delirio si te apetece, pero no esperes que me interese.

China en La ciudad y la ciudad se inventa un motor de juego que parece estúpido en principio, lo mantiene coherente durante toda la novela y el resultado es espectacular, por mucho que el resto no haga más que acompañar el ritmo a trompicones.

nos vamos a la mierda

Acabo de terminar la lectura de Las partículas elementales, de Michel Houellebecq. Ha sido una lectura un poco apresurada, en dos sesiones (no sé cómo llamar a eso), lo que quiere decir que me ha interesado bastante, pero aún no sé por qué. Quizá por el ejercicio morboso de ver la disolución de los personajes. Nos vamos a la mierdísima, es la conclusión lógica que rezuma por todas partes. Tanto por las medidas (la sociedad tendente al individualismo como herramienta del mercado para apropiarse de la mayor cantidad de espacios posibles) como por las contramedidas (espiritualidades superficiales que intentan reconstruir un mundo de unidad o algo así), que al fin y al cabo no son más que apropiaciones dentro de la misma corriente, pero con un baño ligero de humanidad tapando a duras penas el armatoste.

Es un poco burro, y a veces gratuitamente. Quiero decir que cualquiera puede imaginar burradas, no creo que nadie deba concederse demasiado mérito por haber imaginado unas cuantas. Lo que me parece más estimulante es, al menos, encajarlas en un mensaje, eso requiere hilar algo más fino. Los personajes, rotos por diferentes motivos, todos ellos relacionados con la forma en la que hemos/han, nos hemos/nos han, algo así… empiezo de nuevo: relacionados con el modo en el que nos organizamos, intentan reconstruirse de algún modo. Todos tienen en torno a los cuarenta años, y casi todos se suicidan. Ellas cuando enferman y no son capaces de verse como una carga para los demás. El científico cuando ha acabado su tarea, y el follarín cuando voluntariamente se interna en una institución psiquiátrica (el suicidio es ingresar, no quitarse la vida). Vivificante. La generación anterior, sin embargo, no se suicida, se muere siguiendo el curso habitual de estas cosas.

La vida es un aburrimiento que a veces se dispara y entonces es ya cuesta abajo y sin frenos. Bueno. Nadie sabe qué pinta en medio de todo esto. Está bien. Casi todos necesitamos sentirnos amados como tabla última de salvamento: si para alguien importamos, lo hacemos. Dacuerdo. El sexo como obsesión, el conocimiento como obsesión, el amor como obsesión, la búsqueda del sentido con herramientas burdas y romas que sólo levantan torpes construcciones que se derrumban rápido. Pos fale.

Un montón de conocimiento científico metido de rondón, como para darle al libro una cierta aura de algo importante. La ciencia como nuevo dogma, nueva fe, nuevo elemento unificador (somos esos que hacen ciencia y creen en ella) de la raza humana. El libro que cae en eso mismo una y otra vez, dando grititos de eh, esto es importante, esto es revelador, esto puede cambiarte la perspectiva. Pues fenomenal.

El mercado que nos convierte en objetos de consumo, que convierte nuestras relaciones sociales en tratados de compra-venta. Las espiritualidades que levantan una esfera de humanidad después de pasar por caja. El culto el cuerpo, el culto a la juventud, el horror de la decrepitud muy por encima del terror a la muerte. La búsqueda de uno mismo cuando ni siquiera está demasiado claro que algo así como ser uno mismo sea algo más que una frase sintácticamente bien construida. A ellos no se les levanta demasiado, ellas están hartas de que se las follen sin que eso vaya más allá de una muesca en el cabecero de la cama y a otra cosa. La decrepitud, que es un horror, hace que el cerebro mueva el eje de coordenadas. No a la felicidad, sino a otra cosa. Los encuentros y reencuentros tardíos, truncados por la enfermedad y la muerte. No tarde, porque hemos cambiado y no hubieran sido posibles antes de hacerlo, pero sí tarde porque esto se ha acabado: tu cosa mortal muere.

La existencia como sinsentido, el alejamiento de los hijos porque nos hacen sentir viejos, ya pasados (la decrepitud, el horror, ya sabes de qué va esto), la juventud que llega ignorante con fuerza y la madurez que te deja resignado y dispuesto a largarte. El suicidio, en la novela, es lo que sucede cuando ya no eres estúpido, cuando has alcanzado la iluminación de lo que realmente sucede, ya sabes, la decrepitud y su horror, vueltas y vueltas sobre lo mismo.

Todo para decir que la falta de una comunidad en la que la gente tenga sentido por ser lo que es, y no por los resultados obtenidos, por venderse y ser comprado, admirarse y ser admirado, hace que nos volvamos huecos, vacíos. El eco de nuestros pensamientos resuena atronador en el cerebro y no somos capaces de soportar lo que repite incesantemente. El carpe diem es para los vivos, para los que acaban de llegar.

La sociedad no nos prepara para lo que rehuye, porque por algo lo está haciendo. Si el fin se mueve de ser a parecer, o a conseguir, o a cualquier variante por el estilo, tendremos que vivir rápido, comprar lo que es debido y dejar un achacoso cadáver. No nos estamos dando las herramientas para ser funcionales más allá de un punto en el que dejamos de ser elementos viables, y aunque nada nos obligue a morirnos todo nos recuerda que ya no tenemos ningún sentido, no somos capaces de hacernos interesante el seguir vivos. El universo del pa qué.

De cuando en cuando te preguntas qué piensa el autor de todo esto. Qué línea se puede abrir para cambiarlo. Supongo que no lo sabe, o no quiere escribirlo. Querrá que leamos entre líneas. El epílogo nos dice que gracias a las investigaciones de uno de los protagonistas hemos desarrollado un modo de clonar nuestros genes para crear individuos eternos, sin achaques, que vivirán para siempre perfectos (todos clonados de uno, mutando en las clonaciones [infiero de uno de los párrafos tochocientíficos, lo prefiero así porque unos bichos sin mutaciones son especialmente incapaces de adaptarse a nuevas amenazas, y sería un error muy de bulto por parte del autor]). Ya sabemos, el culto el cuerpo, el culto a la juventud, el horror de la decrepitud muy por encima del terror a la muerte. Solucionado. Ahora qué.

Pues los que aún quedan de entre los humanos no modificados les llaman dioses y dicen que viven en el paraíso. Pero como el personaje clonado que escribe el epílogo no lo dice más que de aquellos sobre los suyos, parece que quiere introducirte la idea, sin decirlo abiertamente, de que esa no es la solución.

Muy sutil, amigo. Es lo que llevas diciendo todo el libro.