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nos vamos a la mierda

Acabo de terminar la lectura de Las partículas elementales, de Michel Houellebecq. Ha sido una lectura un poco apresurada, en dos sesiones (no sé cómo llamar a eso), lo que quiere decir que me ha interesado bastante, pero aún no sé por qué. Quizá por el ejercicio morboso de ver la disolución de los personajes. Nos vamos a la mierdísima, es la conclusión lógica que rezuma por todas partes. Tanto por las medidas (la sociedad tendente al individualismo como herramienta del mercado para apropiarse de la mayor cantidad de espacios posibles) como por las contramedidas (espiritualidades superficiales que intentan reconstruir un mundo de unidad o algo así), que al fin y al cabo no son más que apropiaciones dentro de la misma corriente, pero con un baño ligero de humanidad tapando a duras penas el armatoste.

Es un poco burro, y a veces gratuitamente. Quiero decir que cualquiera puede imaginar burradas, no creo que nadie deba concederse demasiado mérito por haber imaginado unas cuantas. Lo que me parece más estimulante es, al menos, encajarlas en un mensaje, eso requiere hilar algo más fino. Los personajes, rotos por diferentes motivos, todos ellos relacionados con la forma en la que hemos/han, nos hemos/nos han, algo así… empiezo de nuevo: relacionados con el modo en el que nos organizamos, intentan reconstruirse de algún modo. Todos tienen en torno a los cuarenta años, y casi todos se suicidan. Ellas cuando enferman y no son capaces de verse como una carga para los demás. El científico cuando ha acabado su tarea, y el follarín cuando voluntariamente se interna en una institución psiquiátrica (el suicidio es ingresar, no quitarse la vida). Vivificante. La generación anterior, sin embargo, no se suicida, se muere siguiendo el curso habitual de estas cosas.

La vida es un aburrimiento que a veces se dispara y entonces es ya cuesta abajo y sin frenos. Bueno. Nadie sabe qué pinta en medio de todo esto. Está bien. Casi todos necesitamos sentirnos amados como tabla última de salvamento: si para alguien importamos, lo hacemos. Dacuerdo. El sexo como obsesión, el conocimiento como obsesión, el amor como obsesión, la búsqueda del sentido con herramientas burdas y romas que sólo levantan torpes construcciones que se derrumban rápido. Pos fale.

Un montón de conocimiento científico metido de rondón, como para darle al libro una cierta aura de algo importante. La ciencia como nuevo dogma, nueva fe, nuevo elemento unificador (somos esos que hacen ciencia y creen en ella) de la raza humana. El libro que cae en eso mismo una y otra vez, dando grititos de eh, esto es importante, esto es revelador, esto puede cambiarte la perspectiva. Pues fenomenal.

El mercado que nos convierte en objetos de consumo, que convierte nuestras relaciones sociales en tratados de compra-venta. Las espiritualidades que levantan una esfera de humanidad después de pasar por caja. El culto el cuerpo, el culto a la juventud, el horror de la decrepitud muy por encima del terror a la muerte. La búsqueda de uno mismo cuando ni siquiera está demasiado claro que algo así como ser uno mismo sea algo más que una frase sintácticamente bien construida. A ellos no se les levanta demasiado, ellas están hartas de que se las follen sin que eso vaya más allá de una muesca en el cabecero de la cama y a otra cosa. La decrepitud, que es un horror, hace que el cerebro mueva el eje de coordenadas. No a la felicidad, sino a otra cosa. Los encuentros y reencuentros tardíos, truncados por la enfermedad y la muerte. No tarde, porque hemos cambiado y no hubieran sido posibles antes de hacerlo, pero sí tarde porque esto se ha acabado: tu cosa mortal muere.

La existencia como sinsentido, el alejamiento de los hijos porque nos hacen sentir viejos, ya pasados (la decrepitud, el horror, ya sabes de qué va esto), la juventud que llega ignorante con fuerza y la madurez que te deja resignado y dispuesto a largarte. El suicidio, en la novela, es lo que sucede cuando ya no eres estúpido, cuando has alcanzado la iluminación de lo que realmente sucede, ya sabes, la decrepitud y su horror, vueltas y vueltas sobre lo mismo.

Todo para decir que la falta de una comunidad en la que la gente tenga sentido por ser lo que es, y no por los resultados obtenidos, por venderse y ser comprado, admirarse y ser admirado, hace que nos volvamos huecos, vacíos. El eco de nuestros pensamientos resuena atronador en el cerebro y no somos capaces de soportar lo que repite incesantemente. El carpe diem es para los vivos, para los que acaban de llegar.

La sociedad no nos prepara para lo que rehuye, porque por algo lo está haciendo. Si el fin se mueve de ser a parecer, o a conseguir, o a cualquier variante por el estilo, tendremos que vivir rápido, comprar lo que es debido y dejar un achacoso cadáver. No nos estamos dando las herramientas para ser funcionales más allá de un punto en el que dejamos de ser elementos viables, y aunque nada nos obligue a morirnos todo nos recuerda que ya no tenemos ningún sentido, no somos capaces de hacernos interesante el seguir vivos. El universo del pa qué.

De cuando en cuando te preguntas qué piensa el autor de todo esto. Qué línea se puede abrir para cambiarlo. Supongo que no lo sabe, o no quiere escribirlo. Querrá que leamos entre líneas. El epílogo nos dice que gracias a las investigaciones de uno de los protagonistas hemos desarrollado un modo de clonar nuestros genes para crear individuos eternos, sin achaques, que vivirán para siempre perfectos (todos clonados de uno, mutando en las clonaciones [infiero de uno de los párrafos tochocientíficos, lo prefiero así porque unos bichos sin mutaciones son especialmente incapaces de adaptarse a nuevas amenazas, y sería un error muy de bulto por parte del autor]). Ya sabemos, el culto el cuerpo, el culto a la juventud, el horror de la decrepitud muy por encima del terror a la muerte. Solucionado. Ahora qué.

Pues los que aún quedan de entre los humanos no modificados les llaman dioses y dicen que viven en el paraíso. Pero como el personaje clonado que escribe el epílogo no lo dice más que de aquellos sobre los suyos, parece que quiere introducirte la idea, sin decirlo abiertamente, de que esa no es la solución.

Muy sutil, amigo. Es lo que llevas diciendo todo el libro.

Imperial Radch

En epublibre.

Supongo que eso de un primer libro conclusivo (al menos hasta cierto punto) más otros dos que son como uno solo partido por la mitad es algo así como una mecánica, porque lo he visto en varias lecturas. Ahora mismo, que recuerde, en la cosa esa de Aniquilación y en la cosa esa peor de La quinta ola. En todos ellos el primer libro me atrapó y me contó cosas interesantes al oído, y los dos siguientes me aburrieron hasta encontrar repentinamente estimulante limpiar la parte trasera de la taza del váter ahora mismo.

No sé quién es Anne Leckie. He leído desde que fue teleoperadora hasta que era una madre aburrida que se puso a escribir tras haber sido una fan de la ciencia ficción toda su vida. No sé qué hay de cierto en cualquier cosa y no es relevante (aunque me pica la curiosidad), así que dejemos ese tema en paz. Hala, al siguiente punto.

[Spoilers]

En la trilogía Imperial Radch, compuesta por las novelas Justicia Auxiliar, Espada Auxiliar y Misericordia Auxiliar, todas ellas un tipo de nave en el Imperio Radch que lleva expandiéndose tres mil años bajo las órdenes de Alexander Minaii, omnipresente gracias a una multitud de cuerpos clonados en los que vive simultaneamente. El nucleo del imperio es una esfera de Dyson en el que poca gente ha entrado. Las naves son IA que me recuerdan mucho a las de la serie de La Cultura de Iain Banks, pero estas están programadas para no actuar libremente. Hace tiempo utilizaban cuerpos humanos para colonizarlos mentalmente a modo de extensiones de sí mismas, auxiliares, avatares, últimamente llevan tripulaciones humanas independientes.

La primera novela tiene una presentación curiosa, con saltos a dos puntos de la historia que están muy relacionados pero lejanos en el tiempo. El primero cuanta cómo la nave Justicia de Toren ayudaba a su teniente en el proceso final de anexión de una civilización, cómo descubren una pequeña rebelión, como aparece un Minaii y como este ordena eliminar la parte rebelada, a la teniente por no estar de acuerdo, y a la propia Justicia por dispararle tras verse obligada a disparar a la teniente. Sólo sobrevive una auxiliar de la nave, Breq, que será la protagonista del segundo hilo, en el que va tras la pista de un arma extraterrestre que puede atravesar los escudos de protección Radchaai. Por el camino se encuentra a un teniente que conocía y que tras un accidente pasó 1000 años hibernado y al despertar no tenía ganas de vivir porque todo lo suyo había desaparecido y se volvió drogadicto. O algo así. La verdad es que la parte del teniente Sevairden en la historia es algo que no he terminado de entender. En las siguientes novelas empeora aún más que las novelas en sí, por lo que intuyo un especial empeño.

El Radch no distingue entre masculino y femenino, la traducción que la autora hace en femenino al inglés no es más que una convención (ello está reservado a las naves y sus auxiliares, y eso no lo comprendo. Si no hay un el/ella, no sé cómo va a distinguirse de un ello). Lo que me interesó es que no solemos saber si un personaje es hombre o mujer, no solemos tener detalles sobre el color de su piel o de sus atributos sexuales (lo más que sabemos de un personaje es que es enorme y atractiva). Además la civilización es muy británica en las maneras y el omnipresente té y los juegos de té y las tazas de té y vale ya con el té, hablan con educación esmerada de las niñas (que no sabemos si son niñas o niños) y su diligencia, hacendosidad, debilidad de caracter. Cuesta bastante situarse, pero es fácil darse cuenta de que no hace falta, de que sólo queremos hacerlo por curiosidad.

El detonante de la historia es que la cabeza de Minaii termina teniendo partes de si misma enfrentadas contra otras debido a la decisión de hacer un genocidio sobre una civilización extraterrestre. Unas facciones empiezan a confabular contra la otra (o las otras), lo que hace que cosas tengan que ser eliminadas para no despertar sospechas hasta que pueda producirse la escisión. En ese contexto la Justicia de Toren se ve convertida en un sólo cuerpo y encuentra el arma que puede acabar con algún Minaii y se dirige al palacio imperial a hacer sangría. No voy a contar más, aunque no sé por qué.

Todo es algo así como una mezcla entre la aristocracia chupiguay de las novelas de Vorkosigan de Lois McMaster Bujold, las IA de La Cultura limitadas y el imperio necrofero de Riddick pero sin el rollo necrófero.

Si recuerdo esta entrada en el futuro espero escribir algo sobre la educación y el imperio, sobre la suficiencia moral del que cree estar ayudando por voluntad propia y no porque sea una obligación hacerlo y de por qué se dignifica una mano de hierro recubierta de plumas en relaciones de poder desiguales.

TL;DR. La forma de contar la historia en la primera novela es muy interesante (no novedosa, pero sí interesante), el asunto de las naves con avatares se ha visto en muchas partes pero está muy bien jugado. Esa primera novela merece mucho la pena hasta el momento en el que encuentra el arma. En las dos siguientes entregas todos los personajes se convierten en adolescentes hiperhormonados y se pasan el rato sintiendo muchas cosas y sufriendo por muchas otras mientras la protagonista pone orden y se dedica a ser estupendísima.

delicioso suicidio en grupo

Hurmaava joukkoitsemurha, 1990. Arto Paasilinna.

[Sin cuentoantes]

Los finlandeses se suicidan un montón, empieza explicando el libro. Por la luz, la apatía que surge de la falta de ella. Una vez que el autor plantea la premisa el entonces protagonista, un empresario acosado por su última bancarrota, se dispone a quitarse la vida de un disparo en la cabeza tras la noche de San Juan. Pero cuando está buscando un buen sitio para hacerlo se encuentra con un militar retirado que está a punto de colgarse de una viga, le grita, este trastabilla, se cuelga. Le salva la vida. Se presentan, el empresario le dice al militar que él estaba allí precisamente por lo mismo y le enseña la pistola para que no queden dudas.

Y deciden contactar con gente que esté en la misma situación. Ponen anuncios en los periódicos y esperan a ver cuánta gente responde. Y responde un montón.

El libro comienza, como dije, con esa premisa de que los finlandeses tienen una cierta tendencia a acabar con su vida antes de que el reloj biológico diga basta, pero en la loca carrera que empieza después no encuentro nada que hable particularmente de ellos en concreto. Y sin embargo sí de un montón de situaciones que se dan en cualquier parte en la que el juego desigual del poder ha metido su mano llena de mierda hasta el fondo. Mujeres maltratadas, personas que han echado toda la leña al asador para sacar adelante un proyecto que ha salido mal, sufriendo el escarnio de todos los demás. Gente atrapada en vidas pequeñas que no tienen ninguna oportunidad de zafarse por falta de pasta, gente con pasta que aún así sigue sin opciones y financian a los demás. Todos en el mismo cepo.

La idea que recorre como un hilo rojo todo el libro es que, de algún modo, hemos organizado todo esto para estar jodidos haciendo lo que había que hacer —aunque nadie sepa quién, nadie sepa por qué—, y el que quiere salir de la noria tiene que pagar un precio del modo que sea o se nos viene abajo todo el asunto.

La novela tiene un tono humorístico en el que no pude entrar en ningún momento, porque el trasfondo es espeluznante. Gente con ideas y sin recursos, gente que sólo tiene recursos que no evitan por sí mismos la cacería. Incluso las situaciones personales que tienen mucho más de irrevocables, como las enfermedades terminales, están influenciadas por la falta de oportunidades. De andar por casa, oportunidades de darse una vuelta, conocer a un par de personas, cambiar el rumbo, disfrutar los días que nos queden.

Aunque sea duro escribirlo, desde el prisma de la novela no importa demasiado si nos quedan tres o cincuenta mil días de vida, lo realmente relevante es qué manojo de opciones tenemos para ocuparlos de una forma libre y completa. No importa lo que tengas, lo que importa es estar jodido con lo que te ha tocado, como todos y cada uno de los demás hacen responsablemente. Estar atrapado en una habitación cerrada no es el problema, y solucionarlo es cosa de cobardes, de gente sin dureza. Lo realmente importante —parece ser en el desfile de personajes que entran a formar parte de la comitiva—, es sufrir. Apechugar con lo que te toca hasta que dejes de respirar.

Y si bien el propósito es lúdico, yo no he podido dejar de sentir terror en cada una de sus páginas. Y no es el sentido explícito del autor, que está haciendo escarnio precisamente de ello, sino el comprobar que las bases de las que se alimenta, el rosario de experiencias personales que necesita para contar este pequeño divertimento, están ahí y son una parte importante de nuestra sociedad, de lo que han construido para nosotros y que nosotros mismos apuntalamos día a día. De cómo no es fácil hacer un cambio sin hacer un salto de fé hacia el vacío, sin red y sin apoyo alguno. Sólo la necesidad como grupo de que no funcione. Porque nada debería hacerlo.

Siempre me ha resultado antipática, por decir algo, la gente que utiliza a los que le rodean para mantenerse en pie, que no aceptan un trabajo en un restaurante de comida rápida cuando lo necesitan porque no es lo que buscan y porque va a demacrarles, a casi aniquilarles por completo. Y aunque eso sigue siendo así porque está inscrito en mis circuitos cerebrales, y aunque yo ya llevo a mis espaldas tanto coste de oportunidad que casi no puedo ni levantarme por las mañanas… realmente no puedo culparles. ¿Qué van a hacer si es la propia política la que les/nos da la espalda, la que ha entendido la vida entroncada en un esfuerzo que nada tiene que ver con nosotros?

Vemos a gente perseverar en sus cosas, muriéndose de hambre y sableando a los que les rodean, y nos sentimos bien. Están en la mierda porque quieren. Mírame a mí, puteado en un esfuerzo que poco tiene que ver conmigo pero con la capacidad de tener mis facturas al día. Mis facturas al día. Me cuesta la misma vida y los únicos que ganan con mi imbecilidad son los que las emiten, que cobran regularmente.

Necesito que caigan porque son la constatación de que no me equivoqué, de que no me he equivocado, de que sigo sin equivocarme cada día en el que no hago más que equivocarme.

De vez en cuando alguno lo consigue, consigue que lo que le da aliento le dé también de vivir. No pasa nada, todo está escrito. Son la excepción que confirma la regla. Tenemos un montón de idiotas más a los que culpar y aplastar por nuestras miserias. Por cada uno que lo consigue hay miles que nos demuestran que nos estamos destrozando del modo adecuado y nos reafirman.

Escribí hace ahora veinte años, en Seis días impresos:

Es lo de siempre es
lo mío
lo tuyo
lo suyo
y lo nuestro,
y de ahí no podemos salir
y nos sentimos bien cómodos en
nuestros dominios porque tenemos
derecho,
que es una cosa muy seria en la
que nos podemos amparar para cometer los
mayores delitos, mucho más importantes
que fumar un porro en la calle
o tocar en un parque. Tengo derecho
a dejarte fuera porque ya
me he puteado bastante para conseguir
esto, firmé sus jodidos papeles y me obliteré
para poder decirte ahora:
eh, tío, no hay ni habrá sitio
para ti en esta parcela de mundo
manchada por mi sudor y mi muerte,
por ella perdí todo lo que era y ahora sólo puedo
decir que soy charcutero y dueño
de este pedazo de universo en el
que tú no cabes porque
aún
no
te
has
puteado
lo
bastante.