una noche con sabrina love, pedro mairal

Pedro Mairal, *Una noche con Sabrina Love*

Argentina tiene 2,780,400 km2 y, sin embargo, 43 millones de habitantes

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La hermana, la abuela, el hermano, el cable robado, la pasta que le deben como salvavidas en medio de la tormenta. Este va con spoilers. De algún modo, que luego tampoco es para tanto. Pero va.

El sueño de un adolescente y un concurso… loco, muy loco. Una noche con una actriz porno. El tipo prueba a llamar desde el trabajo y gana. El tipo parece vivir en una zona de Argentina en la que caben más estrofas que sueños. Eso es lo que pasa.

¿Ves lo que pasa? Eso es lo que pasa. Eso es justo lo que termina pasando. El accidente, perdió a sus padres. Trabaja en un matadero de pollos. Bueno, pues a tener acceso a lo que no. El cable, los canales, la dispersión, el programa de Sabrina Love. Eso es lo que pasa, qué si no. Tengo demasiadas ganas de escribir esto, aunque no termine de parecerlo. El hermano que duerme porque no tiene trabajo, largas horas desde ninguna parte en la que despertarse al final. Nada de nada. Un préstamo, mierdas, todo mierdas por todas partes.

Lo que hay cuando es esto.

Tiene que estar dentro de un par de días en el punto de encuentro, limpio y dispuesto. Pero no tiene cómo ir, así que se monta en una barca que cruza el río hasta la autopista, a partir de ahí hará dedo. Su hermana quiere limpiar su cuarto y le dice que no se va a escandalizar por los póster de desnudos. Él prefiere retener su espacio. Qué si no. Le hacen descuento si se baja de la barca en marcha, así que se desnuda, avergonzado, y se mete en el agua. La senda del que parece ganador.

Me debato entre hablar de lo que sucede y hablar de lo que pasa. El par de soldados y lo que hacen. El camión. Los tipos con el ganado. El uruguayo. Entre eso y lo que sucede, que es la angustia por no poder culminar habiendo conseguido ya lo más difícil. Una oportunidad por una vez. El estar siempre tan al límite del filo que seguir en pie es un verdadero milagro.

No por mérito, por un sorteo. El tipo de la estampita, las loterías. Todos juegan, todos pagan, y el premio para alguno. Mientras, los loteros siempre ganan. Hace algún tiempo, en una novelita tonta sobre un juego al que estaba jugando, llegué a la conclusión de que las estafas funcionan por la avaricia del que es timado, no por el esfuerzo del timador. Y me quedé tan ancho, sin terminar de enlazar del todo que a veces la avaricia no es más que pura y dura necesidad. Necesidad de tener derecho a algo, de ganar alguna vez.

El camionero tenía un amigo que sufrió una lesión en un accidente de tráfico, que es justo en el que murieron sus padres. Él piensa en decir algo, pero calla. Y el dibujo de la historia trenzado en el revés deja claro que decir para qué. No existen los culpables cuando no hay más que víctimas.

Eso es lo que pasa. Que cuando estamos todos jodidos lo único que hay es gente en un lado del filo y gente en el otro.

El camión y el comedor, le vitorean porque va a follar. Suena muy tonto, pero es lo que hay.

No hay más. Le recoge un hombre en un renault ranchera que le envidia al saber dónde va. Eso es todo, gente apresada en la misma masa pegajosa de la que no se puede salir. En la que todos vivimos, de un modo o de otro. Las mismas necedades simplonas, las mismas estupideces que se desvanecerían sólo si fueran más accesibles.

Llega por los pelos, pero retrasan la cita. Va a ver al tipo que le debe pasta y le encuentra en medio de una situación incompatible con las mentes del lugar del que ambos vienen. Hay una fiesta, se emborracha, conoce a una chica. Queda con ella. Duerme allí, noqueado por el alcohol. Pasean. Hacen cosas.

Quedan, no hay mucho más que decir, excepto quizá que le coinciden las dos promesas al mismo tiempo y no puede llegar a las dos. Bien.

Resuelve. Los sueños que no lo son lo son menos cuando los miras a la cara. Resuelve de nuevo al día siguiente. Después se va a casa, con promesas de algo.

Premio de algo de novela hace veinte años. No vendió demasiado en España, aunque relanzó las ventas después de La Uruguaya, libro que… no. O quizá sí, pero desde luego no tanto.

La pesadilla. Esa argamasa pegajosa en la que nos movemos, o intentamos hacerlo. La gente. Todos nosotros. Reflejar eso y hacerlo sin pesadez. Ser capaz de dibujar un ambiente tan rarificado sin dar lecciones de nada. Ser capaz de reflejarlo y de dejar un final que podrá ser tomado como esperanzador para el que aún crea en que las cosas no están mal del todo. Que con esfuerzo y tesón y con ganas y con fuerza al final todo sale bien.

La pesadilla. La competición aberrante. La falsa escasez. El discriminar según qué cantidad de papelitos de colores tengas en la cartera, qué cifra refleje tu cuenta bancaria. El haber vivido algo emocionante. El volver a casa con recuerdos en la cabeza que durarán eones y serán parte de la mentira de ahí en adelante. Los sueños rotos por la medianía que se revela tremenda. Medianía que es real, sueños que se hacen reales y pierden relumbre. No es “relumbre” lo que quiero decir ahí, pero no sale otra cosa.

Me he debatido entre hablar de lo que sucede y hablar de lo que pasa. Lo que pasa es más o menos una historia tierna que transcurre entre dramas de andar por casa y alegrías pequeñitas. Lo que sucede es la pesadilla, el lento reguero de aniquilación en el tiempo que nos atrapa y hace de nosotros lo que terminamos siendo. Si he de quedarme con algo, sin dudarlo un segundo, me quedo, me escandalizo, me duelo y me quito el sombrero con el decorado.

plop, rafael pinedo

portada de plop, rafael pinedo

La historia no es lo importante. Los hechos, lo que sucede, lo que se está narrando, no importan en absoluto. Círculos viciosos que no van a ninguna parte, que orbitan una intención, una voluntad. La voluntad de subrayar con un rotulador fluorescente algo que el que escribe quiere resaltar.

Quién hizo qué, qué sucedió, cómo se llegó del punto A al B. Dificultades, aporías, caminos descendentes al abismo y retorno a la superficie de la vesánica cordura que flaquea, siempre flaquea. Usado, repetido, manido, ya toqué esto mañana, amigo mío, ya lo hice y no quiero repetirlo más. No quiero volver ahí, me aburre.

Un rollo, a veces y en cierto modo, costumbrista. Te voy a contar los detalles. Quiero que tu alma curiosa y tu personalidad cotilla se mueran de ganas, que lo estén deseando. Te meto un cliffhanger y cambio de tema. Me aseguro de que aunque la historia sea una mierda tu interés quede cautivo de mi voluntad, y me río. Te veo presa de patas en él mientras me aseguro que sigas un capítulo más, un par de páginas, un diálogo, una descripción, te doy maná mientras me aseguro de que lo que quiero decirte se extienda por tus venas sin que te des cuenta. Eso es lo que sucede entretanto. Un escritor es siempre y sobre todo un prestidigitador: mientras te hago mirar aquí te cuelo todo lo demás. Te lo hago tragar.

Ocho reglas, doce. Un decameron de lo que debe hacerse. Estructura, norma, recetas. Las doce maneras de mantener a tu lector absorto en la nadería que estás contando y… la soledad del solipsoide. Es mentira, pero una mentira hermosa (¿dónde está ese relato?, sé que por aquí, pero ¿dónde? ¿Dónde ese viejo gritando “todo es mentira” mientras me jodía un concierto que daba en alguna parte, para terminar sonriendo mientras decía “pero una mentira hermosa”?).

Pinedo pasa absolutamente de los engranajes. El tipo era un informático que quemó lo que escribió a los dieciocho y después escribió tres novelas, de las cuales sólo he leído, de momento y no sé todavía si, la primera. “Plop”, un madmax minimalista. Una cosita tonta de yo nací en esta desgracia y me hice desgracia, y tras mis delirios de grandeza me vuelvo consciente de que no he dejado de ser desgracia nunca. Frases cortas. Párrafos cortos. Intenciones cortas. Elongamientos cortos. Descensos cortos. Hechos duros cortos. Un casi nada, una excusa, un ya vendré mañana y lo remato. Tengo que acabar esto antes de que se haga tarde.

Pues vaya. Se hizo.

Lo que me gusta, si es que algo lo hace, es que prescinde de la marca de la casa. De la casa humana, quiero decir. La humanidad no es de por sí grande. La humanidad no es de por sí absoluta. Nada en la humanidad le garantiza seguir siendo para la eternidad. Los grandes valores no van a venir a salvarnos al final, porque somos nosotros quienes tenemos que salvarlos a ellos (por favor, no me refiero a la patria, la raza, los Valores, no me refiero a cosas tan insignificantes y tan ensanchadas artificialmente por otros motivos). Todo es mentira, pero una mentira hermosa. Una mentira tan hermosa que merece dedicarle un esfuerzo. El esfuerzo es lo único que la mantiene en pie, y no al revés.

Un mundo que se ha roto. Contaminado, como casi siempre. Y con el mundo se ha roto todo lo demás. ¿Pero la humanidad no tenía grandes valores que iban a venir en su auxilio cuándo?

Ni siquiera lo pueden hacer ahora, en condiciones casi ideales, así que por qué puedes suponer que van a poder hacerlo luego. Cuando ya no. Te estás engañando, como lo hacemos todos. Me imagino al tipo escribiendo. ¿Por qué narices murió a los 48 años? No lo sé, no puedo saberlo. No lo he encontrado. Me he inventado una regla casi mística: si no lo descubro en media hora, es que no tengo por qué hacerlo. Me imagino al tipo escribiendo, acojonado. Todos estamos en el filo, pero no todos son conscientes.

El problema es que para qué vamos a defender lo que es eterno. Sólo se defiende lo que peligra.

Después de eso hay un par de tipos severamente acojonados, en el filo, sabiendo que lo que está en movimiento tiene poco de finalista. Pero nadie les cree. Para qué hacerlo, es desagradable. En ese abismo en el que se pierde la transmisión cultural eficiente nos vamos a la mierda una y otra vez, nos levantamos un segundo, nos perdemos después. No acumulamos. A hombros de gigantes, mientras los gigantes se recuerden. Los gigantes están muertos y sólo guardamos de ellos los conocimientos que nos legaron.

Lo que la novela pone en valor, sin ser original en ningún momento en el planteamiento y sí en la forma (o no en la forma, dudas, Ödön von Horváth grita y no sé, él más logrado desde mi punto de vista, pero… ¿no es, en el fondo, lo mismo?), es la fragilidad de esta cosa que nos rodea y que damos por segura. Meterse en las páginas de la novela es colocarnos en un lugar incómodo, es sentir angustia. No una torcida y sesgada por la idea de que al final lo bueno se impone. Una menos teleológica y, por ello, mucho menos satisfactoria.

Eso siempre merece un rato. El tipo murió a los 48. ¿Una enfermedad rara?, ¿bebía demasiado?, ¿se desvelaba todo el rato? No puedo saberlo.

En todas las novelas apocalípticas hay algo de la humanidad que una moral concreta ensalza y engrandece, pero… ¿está en nuestros genes, realmente? ¿No nos ha demostrado la historia que está en la cultura, en esos gigantes de los que ocupamos los hombros cuando generamos las condiciones para poder hacerlo, sólo entonces?

¿No es todo lo demás repetición, pereza, quién hizo qué, qué sucedió, cómo se llegó del punto A al B? ¿Dificultades, aporías, caminos descendentes al abismo y retorno a la superficie de la vesánica cordura que flaquea, siempre flaquea?

¿No deberíamos ser conscientes, de una vez y para siempre, que lo único que mantiene ciertos valores dentro de la humanidad es mantenernos en todo lo posible lo más lejos que nadie pueda concebir de la necesidad, del aplastarte por quedarme tu pelo, para que alguien me aplaste para quedarse mi pelo, para que alguien le aplaste para quedarse su pelo, en una repetición idiota e imparable? ¿Que esos valores que nos “humanizan” nacen necesariamente de esa distancia y mueren necesariamente sin ella?

Un viaje a la locura. No, no a la locura. Un viaje al revés del tapiz. En frases cortas, párrafos cortos, diálogos cortos, vidas cortas, destinos minúsculos.

Vidas sobreescritas, una tras otra.

Dos millones y medio de años de hominidos o lo que sea. Dos millones y medio de años. Si lo que nos define era esto, ¿por qué tardó tanto?

Dejemos de idealizarnos, aprendamos qué es lo importante. Dejemos de darlo por hecho. Si cuando miras al abismo el abismo te devuelve la mirada, habrá que.

La novela, en sí, no me ha gustado. Todo lo demás.

mario levrero, el diario de la beca (la novela luminosa)

la novela luminosa

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No sé por qué llegué a este libro en concreto. Había leído algo en alguna parte, por casualidad. No tengo muy claro qué es todavía. Algo de un tipo peleándose con Visual Basic y con diferentes versiones de Windows. Algo de relaciones con mujeres, de paseos en búsqueda de novela negra por cualquier parte. Algo de una paloma que murió en la terraza de enfrente y de lo que pasó con su viuda durante el año siguiente. Algo de la vida despoblada de un hombre prematuramente mayor, recluido, muchos sueños, muchos muchos sueños. Supongo que cuando uno no vive, sueña. O, al menos, le presta mucha más atención y los recuerda más.

Algo de una beca solicitada a y concedida por la John Simon Guggenheim Foundation. He llegado a leer que Levrero es más importante para la escritura que Bolaño. De eso no puedo saber nada. Bolaño siempre me pareció un escritor muy limitado. No en cuanto a su capacidad de escritura, o su técnica, sino a la temática. Era un tipo con un trauma enorme, supongo, y eso le condicionó absolutamente. No le quita, en mi opinión idiota, ni un centímetro de solidez a su obra, pero la… encuadra. Dejémoslo así. Que yo diga que Bolaño es un escritor limitado es de una estupidez demencial, pero es lo que pienso. Supongo que es el caso más evidente de aquello que dijo alguien de que un escritor se pasa la vida escribiendo una y otra vez el mismo libro. Lo peor es que, en mi experiencia, esa suele ser la diferencia entre un mal escritor y uno bueno. La diferencia en sí no es la que hace al escritor bueno, sino que quizá sin ese tipo de obsesión no se llega a escribir nada que realmente profundice en algo. Profundizar es conocer.

En algún blog de los que sigo en RSS, seguramente (al final lo recordé, fue en Pons Asinorum). Un hombre mayor. Creo que hice los cálculos y el diario de la beca, lo que escribió en vez de revisar y terminar la novela luminosa en el año de plazo que tenía para entregar su proyecto, se escribió cuatro años antes de su muerte. Miré un poco en google para ver si sabía de qué murió, pero no lo descubrí. No me importa demasiado saberlo, pero no me habría molestado. Coges cariño a alguien cuando te da las pistas suficientes como para entenderle. Eso engancha, desenredar la madeja, la coherencia existencial incluso en medio de la más absoluta incoherencia vital.

Las peleas por conseguir acostarse a una hora normal. Por levantarse a una hora normal, por vivir en un horario normal. Por no perder el tiempo en el ordenador. Por escribir. Las pequeñas cosas de vivir en una casa, montar un enchufe, limpiar los cacharros. El por qué seguimos como Rambos de andar por casa, día a día, qué pone todo en marcha aunque sea a medio gas.

A veces me atraen las vivisecciones. Sobre todo cuando son de una persona real, cuando no exponen una teleología detrás, cuando no son el espectáculo cirsense de la “marca personal”, uno mismo haciendo venta de sí mismo. Me recuerdan a la primera época de este museo, ese abrirse hacia fuera. Hacer público tu diario es siempre una guerra. Contra ti mismo, que no quieres decir lo que te deja en mal lugar en tu opinión. Contra los demás, que no siempre están dispuestos a oír lo que quieres decir de ellos. Contra el paternalismo, todos tienen algo que decirte cuando las cosas no te van bien. Y lo único real es que, sean como sean, nunca van bien lo suficiente como para que nadie interprete que no necesitas ayuda. En un mundo de esconder ciertas cosas y pleno del orgullo de narrarte como publicidad de ti mismo, es raro e infrecuente hablar de ti sin estar haciendo sonar un reclamo. Lo que la gente interpreta es que estás pidiendo ayuda, pero sólo estas registrando tus pensamientos en letras. Estás registrándote.

[…]Puedo escribir lo que se me antoje; nadie me molesta, nadie me interrumpe, tengo todos los elementos y toda la comodidad que necesito, pero simplemente no tengo ganas, no quiero hacerlo. Y estoy cansado de representar ese papel. Estoy cansado de todo. La vida no es más que una carga idiota, innecesaria, dolorosa. No quiero sufrir más, ni llevar más esta miserable vida de rutinas y adicciones.[…]

Un final de un capítulo expuesto como lo que no se debe hacer, o no quiere hacer, o no considera que sea honesto hacer. Algo para vender un buen libro. Un poco más tarde (¿o antes?) dice que espera tener salud durante muchos años y seguir viviendo del mismo modo. La depresión aletea por todas partes, pero una depresión como consciencia plena de lo que es, o de lo que hay. Con eso no le doy ni le quiero dar algún tipo de grandiosidad, porque no la tiene. Pero creo que un tipo que no ha estado deprimido (no me refiero a de un modo clínico, por supuesto y por favor) es un tipo que no ha rascado suficiente el decorado. “Estoy cansado de representar ese papel”. Por lo que cuenta ha habido muchos momentos en la vida en los que no ha tenido dinero para vivir. Uno quizá podría pensar que vivir es algo que tienes, pero no es así. Es algo que tienes que ganarte periódicamente.

La pérdida de tiempo, la pérdida insidiosa del tiempo que transcurre sin caminar hacia los grandes logros que tienes que conseguir y que constantemente se retrasan. Levrero quiere escribir y quiere hacerlo bien, pero siempre hay un programa de VB que no está funcionando o un juego que reclama su atención. No he buscado los juegos a los que juega para ver qué son, pero no son gran cosa. No es que nada fuera a cambiar si lo fueran, ojo, porque lo que le está sucediendo es la enorme satisfacción del tiempo perdido. El tiempo perdido ya no exige nada, el tiempo perdido es un tiempo que se ha ido. ¿Fue culpa mía? En absoluto. Fue culpa del tipo que yo era ayer. El tiempo perdido supone siempre y sobre todo menos tiempo que perder, una piscina algo más vacía, una responsabilidad menos.

Una concordancia del verbo con el complemento directo, pero no lo anoté. Me jodió bastante, no me esperaba eso. Y menos después de tantas revisiones.

El tipo está a cuatro años de su muerte y se pasa las madrugadas jugando a algún juego en el ordenador, hasta que ve el amanecer. Se levanta a las seis de la tarde y desayuna, sintiéndose culpable, mira por la ventana y sigue la historia del cadáver de la paloma. Más tiempo perdido, menos tiempo por perder. Un juego de vasos comunicantes entre el reproche y la satisfacción.

Escribir una novela (cualquier cosa que puedas poner entre portada y contraportada, o algo así dice) es otra guerra. Por qué esta historia y no otra, por qué esta perspectiva y no otra, por qué este orden y no otro. Por qué hacer esto. Una novela es un engaño, un juego, un truco para que alguien reequilibre su propio reproche y satisfacción. Él se siente muy lejos ya, no puede retomar la novela luminosa que escribió veinte años antes. Sólo puede escribir acerca de por qué no escribe, mientras cosas van sucediendo alrededor.

En el mismo artículo que me descubrió la novela leí que el diario de una beca ocupó cerca de 450 páginas. Lo he leído en epub, así que no puedo saber si es cierto o no, pero la verdad es que no lo parecen. ¿Se hace ameno? No diría tanto. Levrero no quiere escribir (estoy cansado de representar este papel), todo lo que hace es evitar escribir sobre lo que tiene que, y ajustarse a sí mismo escribiendo sobre lo que hay. Equilibrar los vasos comunicantes.

¿Es una buena novela? No lo creo. ¿Me ha gustado? Yo qué sé. ¿Es más importante para la literatura que Bolaño? Desde luego no por esto. Me ha dejado cierta desazón, ciertas ganas de conocer al tipo. No sé de qué hablaríamos, la verdad, pero las ganas, pese a todo, existen. Poca o nada política, poca y muy desperdigada opinión literaria. Ritmos cotidianos conocidos.

Porque es honesto. Y eso engarza en tu propia cosa. Te reconoces en él. Si lo pienso fríamente es un peñazo. Y sin embargo…

La cultura, los productos de la inteligencia y la sensibilidad, es algo que debe circular libremente, gratuitamente, porque no puede ser propiedad privada de nadie, ya que la mente no es propiedad privada de nadie.

Después lo empaña hablando un poco, someramente, de su experiencia con los editores. Pero bueno, está ahí.

Ya he reequilibrado mis asuntos entre el reproche y la satisfacción escribiendo esta entrada del blog. Por tanto todo está bien.

¿Lo recomiendo? No sé. Quizá. Quizá como un manual de iniciación para rascadores de decorados. Quizá para usarse como un modo de dejar de construir relatos dirigidos que poco tienen que ver con lo que realmente está pasando. Quizá como un regalo que hacerse a uno mismo. Un buen regalo en determinadas circunstancias.

Y no he hablado de Chl, ni de la doctora, ni de las caminantes, ni de en qué gastó el dinero de la beca, ni de qué significa lo de “novela luminosa”. No he hablado de casi nada de lo que merecía hablarse porque, bueno, es su historia y ya lo hizo él. No sé si lo recomiendo, pero espero haberte animado pese a no quererlo, así que puedes leerlo y averiguarlo por ti mismo.

No tengo ni idea de cómo podrá resolverse el problema de los artistas y los autores de software (ellos también artistas, a su manera), pero la cosa seguramente no viene por el lado de los porcentajes que se cobran por derechos de autor.

No he hablado de nada en realidad. Y al mismo tiempo he intentado hablar de todo con detalles pulcros y ordenados, con todas las pistas para que se me pueda interpretar. Quizá… es que la novela es un juego, un artificio, una especie de pasatiempo, aunque a veces intentemos que trascienda sus propias reglas y resuelva lo que no puede.