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raro

Perdido
en el marasmo
de los días
me pregunto
dónde
puedo
saltarme el segundo.

Es lo que tiene devenir en tiempos calmados, todo se regulariza, se hace rutina. Todo es leve, se mece al ritmo de las horas, todo sucede tranquilo, sin pausa, resbalando lánguidamente por el vivir y el estar vivo. Cosas que pasan, cosas pasando y tú en medio, cosas de aquí para alla tan lentas que puedes ver cómo salen y entran, como suben y bajan.

Termino
por concretarme en mí mismo
y decidir que
quiero agua,
baños eternos con sal leyendo algo líquido,
quiero cerveza
frente al monitor conquistando el universo,
quiero jadear
del esfuerzo en caminos de piedras, cebada y polvo.

No estoy en absoluto seguro de que eso sea todo lo que quiero,
pero sí de que eso lo quiero.

«Marasmo» es una palabra pedante, estirada
levantando el mentón al aire.

Lento. Todo lento. Todo lánguido. Todo ralentizado, casi detenido, semi estancado.
Todo raro, rarificado, extraño.

No sé si importa,
pero es algo.

Hambre

Ella sonreía como un aparato digestivo a punto.
A punto de digerir, supongo.
Me miraba con hambre mientras finiquitábamos
los litros y espumábamos las cervezas.
Qué difícil es escapar de la soledad.
Qué difícil es hacerlo con calma.
Qué difícil es mirar a otra parte mientras sucede.

Cuando no podías tenerte en pie
te llevé a la cama,
te quité la ropa. Te acosté.
Dejé mi teléfono sobre la mesilla
y me fui corriendo a otra parte.

En las calles de Malasaña la gente reía
y gritaba y remoloneaba en la noche que
no quería terminar todavía.
Andando hasta Cibeles. Autobús.
Otro autobús.
Casa.

2.

Caminos en el aire.
Te empeñabas en dibujar caminos en el aire.
Yo te esperaba abajo,
en la tranquilidad de nuestras sábanas,
de nuestros sábados,
observando tu mirada desenfocada
y la forma en la que te protegías con las manos.
Tarde o temprano
regresarías.
Yo tenía café con leche, una rosa y un abrazo preparados.