flotando

Solía clavar las mañanas en la pantalla del ordenador, fingiendo estar concentrado en el trabajo. Si no levantas mucho la cabeza nadie va a pedirte demasiadas explicaciones, y puedes dedicarte tranquilo a dejar la mente en blanco para evitar idiotizarte más y más como ser humano. Habíamos conseguido un par de idas al baño, un descanso de diez minutos para un café y un cigarro. Eso era todo. El resto de tu tiempo allí les pertenecía a ellos, y no parecía que hubiera nada que pudieras hacer al respecto.

lunas nuevas

Me dijo que quería volver a ver al tipo que fue, y yo no tenía realmente claro qué se podía hacer con eso, más que quizá no parar en esta especie de estar llorando sin manifestarlo que nos traíamos entre los dos. “Fumar mata”, repetía, “pero más seguir comprando esta mierda de pescado”. Y se reía, nervioso, sin hacerse demasiada gracia ni siquiera a sí mismo. Un alma penando en el purgatorio del paro, la nevera vacía, las opciones nulas, el futuro embargado. Y como ambos sabíamos que no había mucho más que hacer seguíamos empeñándonos en la cerveza y en arrancar algunos acordes de la guitarra de cuerdas inafinables de segundo uso, de vuelta al servicio para sustituir las nuevas según se habían ido rompiendo. Las cuerdas de “por si acaso” que se convierten en la única opción posible. Es una realidad como un planeta entero, pero también una buena metáfora de todo. Arrancábamos un par de acordes y cantábamos algo, le dábamos un trago largo a la cerveza, agotábamos la extensión del movimiento y lo dejábamos. Teníamos unos folios y un bolígrafo con el que íbamos anotando algunas frases que nos parecían mejor que las demás. “Pensar es un destino vacacional”. Algunos garabatos. Soluciones caseras de autoayuda que dudo que vayan a estar alguna vez en un libro. De cuando en cuando él se levantaba, iba al baño, meaba, tiraba de la cadena y volvía con la pernera del pantalón empapada, goteando lentamente hasta que dejaba de hacerlo. A la derecha de la pata de la silla de Ikea tenía un pequeño charquito que inspiraba una ternura infinita recogida en un hueco tan pequeño como un par de centímetros cuadrados.

Le prestaba algo de dinero de cuando en cuando, no mucho. Le llevaba algo de comida, no mucha. En ambas frases he querido escribir “lo que podía”, pero no hubiera sido justo. Lo que tiene ser un mierda con suerte es que, aunque no dejas de ser un mierda, tienes suerte. Es conveniente no olvidar que no puedes hacer nada para ponerla de tu lado, es conveniente ser sincero con uno mismo y recordarlo y, sobre todo, es conveniente repartir tu miseria para que la de los demás sea menos voraz. No pensando en que mañana esa silla y el charquito pueden ser tuyos, cosa que no sabes ni puedes saber, sino porque ciertas situaciones, simplemente, no están bien. Les falta legitimidad. No es legítimo que alguien lo pierda todo en un mundo hecho por humanos para humanos. Perder todo lo que tienes en un momento dado no es problema, perder el futuro sí lo es.

La miseria acaba con todo, y la caridad agudiza el problema. La miseria se aferra a tu garganta y te deja mudo y repiquetéa constantemente por tus neuronas, aniquilándolas, haciendo estragos por donde pasa, allanando el terreno que pierde profundidad y relieve. La miseria sin opciones es el castigo más terrible que nadie pueda sufrir jamás. Te queda tu cabeza, claro, y las canciones y las tardes de tomar unas cuantas cervezas con la guitarra y los papeles y el bolígrafo con el que ir anotando tonterías aquí y allí, pero sólo los más grandes genios pueden sacar algo decente de eso. Y genios no hay realmente demasiados. Lo que hay es gente normal, con sus cosas, con sus lamentaciones, con sus alegrías si todo va medianamente bien. De hecho, últimamente, realmente pienso que no existe ni ha existido ningún genio. Sólo tendencias, cosas que un cierto infantilismo en forma de mercado pone de moda de cuando en cuando y, si te pilla en medio, pues estupendo. Si no, puedes hartarte a probar mundo y comprobar que no te deja bocado. No hay nada más que los retos personales, que te llevarán a alguna parte o no te llevarán a ninguna. Lo importante es el viaje, dicen. Pero el viaje no se disfruta siempre. Hay muchas muchas cosas que pueden joderte el viaje.

La caridad es un regalo. No hacen falta regalos cuando tienes derechos. La caridad sólo sirve para limpiar un poco la ciénaga del que la ejerce, sin cambiar nada en absoluto. Soy muy consciente.

Los genios, quizá, tienen una fuerza mental que los demás no poseemos. Cabezonería. Tenerse en pie pase lo que pase. Pero descontando las horas empleadas no comprendo realmente qué tiene eso que ver con la genialidad. El desbaste del tiempo reventando contra la playa de tu autoestima. El preguntarte para qué, y por qué, y desde cuándo, y, sobre todo, y ahora qué. Ser capaz de sobreponerte a todo eso y al tiempo de descuento que es la muerte desde que naces, porque saber que cada hora no vuelve y sentirte responsable por cada una de ellas te vuelve loquísimo, y sé que es lo único que hay si no puedes relajarte cuando todo va mal, si la miseria te envuelve como una segunda piel. Cuando vas sobrado un par de días tomando el sol siempre es una buena opción, coger fuerzas. Cuando vas jodido y te han convencido de tu responsabilidad en el asunto cada minuto es el más importante de tu vida, y tú estás condenado a verlos irse uno después de otro sin nada de sustancia en el segundero. Ser un genio es quizá olvidar todo eso y ser capaz de enseñarle los dientes a tu vacío, agarrarte fuerte a lo que consideras importante y seguir ciego hacia delante sin reparar en las heridas que te están matando. No tengo ni la más remota idea.

Le gustaría ver al tipo que fue, me dice, para darle un par de consejos. No dejar este trabajo, no liarse con aquella tipa que le jodió una buena relación. A mí me gustaría decirle que eso no serviría de nada, que los caminos se pueden torcer por casi cualquier parte y no hay ninguna promesa de resultados mire donde mire. Pero para qué. Quizá ese pasado que se puede modificar es el único aliento que exhala entre calada y calada del cigarro. Yo no puedo saberlo y, al fin y al cabo, estoy siendo tan hipócrita como todos los demás, así que lo correcto es tragarme mis ideas tan dentro como pueda. Quizá ni él mismo se lo cree, pero quiere hacerlo. Y eso puede marcar la diferencia entre poco y nada. Entre este maldito frío y el cero absoluto. No importa lo que hayas hecho, en realidad. No importa cuántas veces te hayas equivocado ahora o entonces. Lo que sí importa y me reconcome es que la realidad sea capaz de entregar facturas como esta sin que la humanidad como conjunto tenga algo que decir.

¿Que me he equivocado? Mucho. ¿Qué podía haberlo hecho todo mejor? Y quién no. Pero a ver a qué viene todo esto, tanta saña. A ver a qué viene truncar lo que ya nunca va a ser por lo que se atrevió a ser. Son estupideces. Da igual. Palabras grandilocuentes. Lo que hay es lo que ves y lo que ves es lo único que va a haber. Podemos justificarnos horas todos juntos en una epifanía de amor mutuo, pero somos lo que hacemos, no lo que decimos. Ni siquiera somos lo que pensamos.

Somos lo que permitimos.

A mí esto no me salva ni por asomo. A él mucho menos.

La vida es otra cosa, pienso mientras vuelvo a casa para acostarme a una hora razonable para ser un tipo operativo mañana. Pero, sin embargo, esta vida que tenemos es eso, justo eso. No importa cual sea tu situación o lo bien o mal que te vaya, en esas grietas está la definición de lo que somos. Esas grietas lo contienen todo.

criaturas del pantano, 1

No ha sido demasiado complicado, mantenía el mismo número de teléfono. Ha sido llamarle y quedar en esta especie de franquicia gallega en la que registraremos la carta como si fuera la declaración de la renta para encontrar los platos más baratos y que más puedan llenar la barriga, mientras saltamos la banca de cerveza en la medida de nuestras posibilidades económicas. Siempre fue más o menos lo mismo, así que no importa demasiado que haga cuatro o cinco años que no nos hemos visto el pelo. Uno siempre reconoce a los viejos camaradas, y disfruta de reunirse con ellos mientras sigan jurando fidelidad al mismo ideal. Somos la misma carne, la misma mierda, básicamente los mismos. Con unas cervezas delante las canas dignifican y las carnes de más no están tan mal, son un derecho adquirido. Una prueba de solvencia. Cuando le conocí era bastante vergonzoso, pero tenía un par de cosas que le hacían bastante atractivo en ese momento: tenía algo de pasta que dilapidar y un montón de ganas de hacerlo. Con el tiempo fue espabilando y perdiendo esas ganas tontas de impresionar, lo que hizo que me sintiera mucho mejor conmigo mismo cuando le sableaba día tras día para encontrar esa cerveza especial que nunca termina de llegar cuando tienes sed. Siempre tienes que seguir buscando en la siguiente para ver si. Y después en la siguiente. Habíamos tocado juntos en un par de esos grupos que se tienen con una perspectiva dual: al mismo tiempo que eres consciente de que no vas a llegar a ninguna parte con esa gente, consuelas tus noches pensando que estás en el camino de salir de toda esta estupidez. Quizá estoy siendo algo cruel, pero en el fondo, pienso ahora, es cierto. Te juntas con otros cuatro tíos en un local que es de alguien que conoces y te lo deja gratis, berreas un rato aporreando la guitarra sintiéndote en la cima del mundo (a partir de aquí todo sera cuesta abajo, eres capaz de sentirlo), das un par de conciertos en los que te dan barra libre, te abrazas y con suerte conoces a alguna tipa que piense que tú, que no eres capaz de salvarte ni a ti mismo, la vas a salvar de todo lo que la rodea, y al día siguiente vuelves al ensayo con las mismas perspectivas y ni un palmo de terreno ganado. Y para cuando los cinco sois conscientes se disuelve el grupo y se empieza en otro proyecto con la capacidad de mantenerte calentito una temporada. Una perspectiva triste, pues quizá. Pero también una vía de escape inocua para esa cosa genérica y terraformadora que llamamos la sociedad, si me da por ser grandilocuente sin saber realmente serlo.

El caso es que no ha sido demasiado complicado, y eso está bien. Nunca sabes en qué estado mental van a estar tus compañeros de combate una vez que la guerra ha terminado y la paz reina. Deglutimos unas cuantas cervezas y vamos entrando en calor, empezando a notar el hilo tenue de la posibilidad colgando tímidamente del techo. Hacemos algunas migas con el camarero que tiene asignada nuestra mesa, que es gallego y ha venido sólo para trabajar aquí cincuenta o sesenta horas a la semana y morirse del asco el resto del tiempo. El tipo realmente agradece poder hablar con alguien, y nosotros, intuyendo algún tipo de descuento, le dejamos hacer. Una vez agustito Gordo me pregunta que a qué ha venido todo esto, después de tanto tiempo, y yo se lo suelto como viene.

—Quiero montar un garito.
—¿Dices?
—Quiero montar un garito. Nada serio, algo tranquilo. Conciertos, cervezas, ese tipo de cosas. Ya es hora.
—Estás de coña.
—No, tío. No lo estoy.
—¿Vas a montarte un puto negocio ahora?
—Cuándo si no, hombre. No quiero esperar mucho más.
—Estás zumbado.
—No, tío. Estoy sonado. Pero es lo que tengo que hacer. Tengo que hacer algo o volverme loco del todo.
—Demasiadas cervezas.
—No. Esto es cosa de Hyde.
—Peor me lo pones.
—Espero que no.
—¿Lo dices en serio?

Claro que en serio. A ver qué si no. El gallego terminó el turno y se acercó con unas jarras enormes de cerveza de medio litro, y nos pusimos a ello. Después de un par de rondas más fuimos por ahí, rompimos un par de cosas. Me caí sobre uno de los vasos que habíamos sacado del restaurante y me jodí una costilla para el resto de mi vida. No conocimos a nadie pero tampoco hizo demasiada falta, simplemente nos emborrachamos hasta perder consciencia de lo que nos rodeaba. Ni bien ni mal, ni perfecto ni terrible. Un día normal. Acompañamos al gallego a coger el autobús cuando llegó su hora y nos sentamos en un parque con un par de litros en vasos de plástico. Nos pusimos a ver cómo la noche golpeaba por todas partes. Gordo dijo que no teníamos ya edad para eso. Yo respondí que no la habíamos tenido nunca y jamás nos había importado demasiado.

Y se apuntó, por supuesto que lo hizo. No tenía tampoco más remedio que hacerlo. Me preguntó un par de cosas sensatas, pero le dije que era demasiado pronto, que aún tenía que ultimar los detalles. Eso está bien, me respondió. Lo dejé tumbado en el césped y me fui para casa, donde me esperaba el último litro y una cama. Abrí la ventana del salón, abrí la cerveza y me encendí un cigarro. Mirando a la pared me sentí bien por primera vez en mucho tiempo. No era algo que fuera a durar, pero había conseguido, al menos, conciliar los dos mundos un rato. Quizá mis dos protagonistas psicóticos iban a estar de acuerdo en tomar el mismo camino por una vez. Quizá incluso se ayudaran un poco el uno al otro. Quizá incluso se cayeran finalmente bien, quién sabe. Aplasté el cigarro contra el cenicero, cerré la ventana y suspiré un poco, lo justo para igualar presiones. Eché una larga meada bastante placentera y me metí entre las sábanas sintiendo que ya era hora de acelerar el tiempo hasta mañana.