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las cosas

«Pasa la noche. Y lentamente vuelve a hacerse de día.
Estoy cubierto de nieve. No me muevo.
Llega una señora joven, con un niño.
El niño me ve primero, aplaude, grita:
– ¡Mira, mami! ¡Un muñeco de nieve!
La madre me mira. Abre mucho los ojos.
Me observa aterrada. Chilla:
– ¡En nombre del cielo!
Tira del pequeño. La oigo gritar:
– ¡Socorro! ¡Socorro!
Vuelven. Y con ellos, alguien más. Un policía.
Se inclina hacia mí. Me observa atentamente.
– Sí -opina-. Sin duda alguna se ha congelado. No hay nada que hacer…
La madre no se atreve a mirar hacia aca, pero el niño apenas puede separarse de mí. Se vuelve una y otra vez. Me mira con sus redondos ojos llenos de curiosidad.
¡Vamos, mira! ¡Mira!
Hay un muñeco de nieve sentado en el banco. Un soldado.
Y tú… Tú te harás mayor y no le olvidarás.
¿O sí?
¡No le olvides! ¡No le olvides!
Porque dio su brazo por una mierda.
Y cuando seas mayor, tal vez los tiempos sean otros y tus hijos te digan que aquel soldado no era más que un vulgar asesino… Entonces no me insultes tú también.
Piénsalo. No pudo hacer otra cosa. No fue más que un hijo de su tiempo.»

Ödön Von Horváth. Un hijo de nuestro tiempo.

la luz

He perdido la luz y a veces, cuando te veo, la recupero. Pero siempre muy despacio, siempre después de un rato. La luz me preocupa, porque hace entenderlo todo de otra manera. Con ella hay importantes desgravaciones fiscales, y es una forma de erradicar los transtornos bipolares, los ritmos circadianos. Es curioso que sea así, porque nunca le di importancia cuando la tuve. Siempre me pareció lo normal, lo habitual, lo que es porque es. Pero siempre viene alguna situación capulla y te la arranca de cuajo. Entonces sí que se echa de menos.

No pude estar a la altura del bicho, porque él sólo pierde la luz cuando muere. Por eso me siento contento cuando, a veces, al verte, voy y la recupero de repente. Coincido en que no lo es todo, pero es mucho más que algo.

por eso

Qué complicado es rezarle a algo. Arroz en el fuego y una lata de atún, una de champiñones enteros, un brick de tomate frito, un par de huevos. Mirando la ebullición del agua, los granos de arroz dando tumbos, desorientados. Al fin y al cabo van a acaban en el estómago, no es para tanto. Mirando los goterones de grasa bien ordenados en el tubo del extractor. Por mucho que limpie, nunca llego a ellos. Están a un nivel supralunar, lejanos, distantes, inalcanzables; es fácil concluir que no sería malo rezarles. Pero qué complicado es rezarle a algo.