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termino medio

Tiene que haber un termino medio en alguna parte. Algún sitio donde un tipo que cree lo justito en todo como para disfrutar de las cosas con un cigarro, una cerveza y una guitarra se sienta cómodo. O no demasiado incómodo, al menos… Un lugar entre bizarrismos como los de Sostres y algunas alucinaciones idiotizantes de la campaña «Educando en Igualdad», como aquellas relativas a revisar los juegos para buscar aquellos que no hagan distinción de género. Educar en igualdad es más que correcto, pero pretender que todas las personas tengan los mismos gustos tiene otro nombre.

Un sitio tranquilo en el que tampoco nadie crea demasiado en nada. Lo justo para abanderar algo sin paroxismo. Para disfrutarlo sin que se cuele la recalcitrante idea de imponer tu verdad a los demás.

Un bar de ese estilo, una marea ligera como esa.

realidad última o consenso

Aconfesionalidad y laicismo… a vueltas con lo mismo una y otra vez. Yo soy más bien aconfesional declarado y… literal. El estado no se declara partidario de ninguna confesion y no promociona, apoya, financia a unas más que otras. Si soy aconfesional eso es lo que soy. Unir la historia del catolicismo a la historia de España no es más que reseñar un hecho, por supuesto, pero no debemos caer en la falacia naturalista: lo que fue no es lo que debe ser. Reconozco esa historia porque es indudable al revisar los acontecimientos, pero no la vinculo simplemente por ello a un futuro en el que todo deba ser como fue.

Y pese a no creer en nada no soy laicista porque me considero tan libre de escoger mis creencias como los demás de escoger las suyas, en el marco de la constitución y de esa cosa llamada respeto mutuo. Cada cual que crea en lo que quiera, pero sin molestar, tal y como yo me declaro aconfesional en vez de laicista, por ejemplo. Abramos el debate todo lo que se pueda abrir, y fomentémoslo, pero no construyamos un teleférico para que nuestra cabra suba la primerita al monte…

Esta derecha nuestra me sigue fascinando por su facilidad de abanderar el liberalismo en lo económico y despreciarlo en todo lo demás, sobre todo en lo moral, por supuesto. Somos libres de hacer con nuestra pasta y nuestras empresas lo que queramos pero no para creer en lo que queramos. Es complicado mantener este andamiaje sin sentir vergüenza por la tremenda ironía. Se apropian de la definición de matrimonio, por ejemplo, como si de nuevo volviéramos al medieval debate de los universales. Olvidando que las definiciones son un ente sólido que sólo se endurece en el consenso de todos, que no refieren a ninguna verdad última que resida en algún tipo de mundo de las ideas al uso. Si entre todos alteramos una definición, alehop, ya está hecho. Nada es inmóvil.

Ya, lo sé, esto da un poco de vértigo. Es normal. Pero es lo que es. Así funcionan las cosas. Si queremos detener esta realidad sólo podemos hacerlo aludiendo a otra realidad última que, en cada caso, depende de la confesión de cada uno. Y en el caso de las creencias no hay consenso, sólo creencias propias. No es que excluyamos las creencias del discurso, es que por su propia naturaleza se excluyen ellas solas. Por eso no deben entrar en la negociación de la convivencia más que como una opinión más. Sin más ni menos peso.

Cada cual seguirá creyendo en lo que quiera, pero la norma de convivencia será el conjunto de las opiniones de todos.

En un mundo sin realidad última demostrada, el único camino es el consenso a traves del debate. Otra sería abandonar toda concepción basada exclusivamente en la fé, pero eso no tiene mucho presente.

Aunque enriquecería el debate. Me quedo un poco hambriento cuando para defender algo se me argumenta: es que eso es lo que Dios manda. O que debo subir a otro nivel de conocimiento, o cualquier cosa por el estilo. La fé refrena el debate, lo detiene, lo paraliza. Y a medio plazo lo anula.

no me gusta el fútbol

No es ninguna novedad.

Ayer, mientras hacía que leía para engañarme a mí mismo, vagabundeaba por los canales hasta quedarme en el Madrid-Milan. No vi mucho, pero fue mucho más de lo que quería ver.

El fútbol es un deporte de masas. Mucha gente lo sigue, lo vive, se desespera y se emociona con cada resultado. Desde ese punto de vista es innegable que ejerce una tremenda influencia sobre gran parte de la población.

¿Y qué vi? A un tal Inzaghi empujando con saña a alguien del Madrid que ni siquiera tenía el balón. Un segundo después, o menos, gesticulaba intentando transmitir que él no había hecho nada, que el otro se había caído sin ayuda… un poco más tarde vi un gol y un estadio entero aclamándolo mientras todo el mundo veía en la repetición de las pantallas que no había sido gol, sino un evidente y flagrante fuera de juego.

No me alargo más, que no estoy en mi elemento. El fútbol no es un lugar donde haya justicia, sino más bien engaño, ocultación. Y gana quien mejor engaña.

Eso es lo que está transmitiendo, eso es lo que enseña. Que todo vale si nadie lo ve, que todo vale si no te cazan. Una lección estupenda para todos.

Evidentemente, eso viene tarde o temprano de vuelta, y retorna al fútbol en un círculo vicioso.

Durante unos segundos la sensación de Traje del Emperador fue tan tremenda, la angustia por el miedo al engaño colectivo tan sofocante, que tuve que apagar la tele y la luz, apretarme los ojos hasta ver círculos blancos e introducirme en el aletargante dolor de cabeza que llegó puntual y sin excusas.

Porque quizá, empecé a pensar, es al revés. Quizá nuestra imbecilidad comunal tendenciosa e ignorante es lo que se ha adueñado del fútbol como de todo. Esa falta de honradez a la hora de decir «me he equivocado» que nos lleva a enormes discusiones en las que la culpa se diluye, esas horas perdidas justificando lo justificable.

Porque la razón es una pero razones hay para todos. Y somos cada día más partidistas y menos críticos, más pasivamente idiotas y menos activamente gilipollas. Eso me puso triste.

Aunque al fin y al cabo yo ya soy un triste.