# perdiendo.org/museodemetralla

entraron en mi cabeza (201) | libros (20) | me lo llevo puesto (7) | pelis (2) | Renta básica (9) | series (6) | escasez (2) | frikeando (94) | arduino (1) | autoreferencial (11) | bici (1) | esperanto (4) | eve online (3) | git (2) | GNU/linux (4) | markdown (7) | nexus7 (2) | python (7) | raspberry pi (3) | vim (1) | wordpress (1) | zatchtronics (3) | hago (770) | canciones (161) | borradores (7) | cover (44) | el extremo inútil de la escoba (2) | elec (1) | GRACO (2) | guitarlele (11) | ruiditos (11) | Solenoide (1) | fotos (37) | nanowrimo (3) | novela (26) | criaturas del pantano (5) | el año que no follamos (12) | huim (5) | rehab (4) | poemas (362) | Anclajes (15) | andando (3) | B.A.R (7) | Canción de cuna para un borracho (38) | Cercos vacíos (37) | Cien puentes en la cabeza (7) | Conejo azul (6) | Contenido del juego (5) | De tiendas (3) | del pantano (3) | Destrozos (2) | Epilogo (4) | Fuegos de artificio (5) | Imposible rescate (15) | Jugando a rojo (7) | Libro del desencuentro (2) | Lo que sé de Marte (11) | Los cuentos (21) | Montaje del juego (5) | Orden de salida (4) | palitos (31) | Piernas abiertas (7) | Poemas medianos (12) | Privado de sueño (7) | rasguemas (5) | Tanto para nada (17) | Todo a 100 (2) | Uno (4) | relatos (97) | anatemas (9) | orbital (2) | prompts (8) | vindicaciones (103) | perdiendo (1.716) | atranques (1) |

de forma regular

“Nadie se entiende, ¿sabes?, nadie se comprende. Todos se miran desde sus propias vejigas humeantes y lloran de pena o se abrazan con pereza, todos golpeando la mesa desde el filo de sus inexactitudes pretendiendo sermonear algo grandioso y grandilocuente cuando no son más que babuínos empeñados en el ejercicio de seguir sentados, pese a todo y a todos seguir sentados en su propia mierda, abrazándola con cuidado como si fuera todo, como si fuera lo único, como si fuera el todo de lo único relevante.”

Habíamos estado en el cine viendo cualquier absurdo. Ellos habían dejado a sus hijos con alguien y venían a disfrutar de un rato de libertad o algo parecido, a vivir un momento intenso y grande. Ese tipo de estupideces existen siempre y en cualquier sitio. Parece que a la vida haya que forzarla para que sea vida, aunque la vida nunca deja de serlo. Otra cosa es que la perdamos de vista. Ellas se habían ido después de la película a mirar algo de ropa y Eduardo y yo nos pedimos unas cervezas y nos sentamos un rato en una terraza soleada de media tarde.

“Y no se dan cuenta de que esa mierda, esa mierda suya, les aniquila, les deglute, les envenena y les paraliza. ¡Joder, están tan llenos de su mierda que no hay forma de hacerles comprender que hay mucho detrás, después, antes y por todas partes! ¡Están tan enfermos de sí mismos que dudo que a estas alturas alguien pueda encontrar un remedio para devolverles al ciclo temporal!”

Está cabreado, no tengo muy claro contra quién dispara, pero está cabreado. Y así podemos seguir toda la tarde, hasta que vengan ellas. Después se tranquilizará y hablará de biberones con la mayor normalidad del mundo. Con soltura. Sin esfuerzo aparente. Se volverá otro. Sin grandes despliegues. Sin forzar el movimiento de tropas. Y a mí me seduce esa facilidad, ese trasunto de volverse otro de un momento para el siguiente. No es difícil embaucarme: dame un pequeño tirón y me tendrás contigo para siempre. En su trabajo seguramente tenga ideas bien informadas sobre política, economía, actualidad, tecnología… sobre cualquier cosa. Es una persona creativa. Hace un uso sorprendentemente creativo de la información de la que dispone.

“Y desde ahí mismo, siempre en movimiento dentro del estancamiento, las manos se entrecruzan en un apretón que no existe, ¡porque las manos están a kilómetros de distancia! ¡Es verdad! ¡Las manos no se han encontrado, son las cabezas las que presuponen que están compartiendo un mismo espacio! ¿Qué conversación es posible así, dime, qué conversación? ¿Es posible que alguien hable de algo? ¿Es posible que alguien entienda algo del otro, que mastique algo de otro, que meta la nariz en la axila del otro para poder llegar solamente a olerle?”

Y no sé qué responderle, por supuesto. Primero porque en realidad no me está hablando a mí, y segundo porque hace tiempo dejé de visitar ciertas habitaciones. Habitaciones que son como plantas carnívoras y, si no te andas con mucho cuidado, se cierran sobre ti y te atrapan para siempre mientras te digieren obsesionándote. Te inoculan sus jugos gástricos y te van asimilando transformándote en la pulpa del trauma en el que te vas convirtiendo. El trauma indistinto que se adueña de ti, como de todo. El trauma sólo tiene una esencia, pero muchas formas. Y al fin y al cabo lo más importante es vivir, y parte de ese proceso consiste en no pisar minas, en esquivar trampas, en no caer en las redes. En no entrar en ciertas habitaciones.

“Son los desconfiados, los putos desconfiados de los que más hay que temer. Esos que quieren convencerte, esos que te exigen pruebas de tus convencimientos, esos que discuten hasta quedarse afónicos, esos que jamás ceden un paso, esos que asquerosos llaman a tu puerta e intentan asediarte con la verdad que existe en sus pensamientos. Esa verdad, esa única verdad que les ha llegado de otros y ellos han metabolizado hasta hacerla indistinguible de sí mismos. Se han convertido en la verdad y la verdad en ellos, ¡porque la verdad sólo vive gracias a que ellos la reproducen como un gen traidor y vicioso que se multiplica! ¡La única verdad es que no hay verdad alguna! ¡Y ni eso es verdad! ¡La única verdad es inalcanzable, y por tanto no existe a efectos prácticos!”

La verdad es una puta palabra. Una puta, al fin y al cabo. Habitaciones. Veo mis pasos caminar en esta niebla. Entretenimientos de tarde con cerveza. Me aburro. Como una mona. He estado aquí antes, ya conozco este lugar. Esto ya lo toqué ayer. Y no tengo muchas opciones, callarme y dejar que pase el chaparrón, darle la razón y proseguir la conversación mediante la masturbación mutua, llevarle la contraria y entrar en un bucle estéril, pegarle fuerte con el vaso hasta que pierda el conocimiento, o cambiar de tema. O resumir.

Y digo.

“Solipsismo, es la teoría que buscas. Más o menos es: si algo existe, no se puede percibir, si se puede percibir no se puede comprender, si se puede comprender no se puede transmitir. Mezclado con un poquito de Pirrón, por supuesto, porque al fin y al cabo el solipsismo es una forma de escepticismo, o escepticismo depurado, o escepticismo actualizado, o el escepticismo moderno. Se dibuja una dicotomía entre el yo y el mundo, intuida en que sólo tengo los sentidos para conocer de forma inmediata lo que me rodea, pero los sentidos ya son un medio en sí mismos. Uno, no sé si algo existe porque lo único que me habla de ello son mis sentidos, que son míos, no el mundo en sentido estricto. Por tanto lo único que yo sé es que hay algo excitando mis sentidos, pero no sé si es el mundo o algo empecinado en excitar mis sentidos. O mis sentidos excitándose solos. Dos, si asumo que el mundo existe porque me da por ahí, al fin y al cabo lo que sé de el es que puedo verlo, oírlo, tocarlo, saborearlo y olerlo, reconocer imágenes, sonidos, texturas, sabores y olores. Pero yo no sé si el mundo se agota ahí, si eso es todo lo que es el mundo. ¿ Y cómo puedo pretender conocer algo a lo que sólo accedo de forma parcial? Tres, si presupongo que eso es todo lo que es el mundo y que lo he comprendido, cuando intento explicártelo me vuelvo a encontrar de lleno con la aporía de que tú eres parte del mundo, y por tanto de nuevo mis sentidos y los tuyos median en la interpretación y es imposible, por definición, que lo que yo sé se traslade a ti de forma exhaustiva. La gente se aferra a su propia mierda porque es lo único que realmente tiene. Y no ve más allá porque no puede. Pero la gente necesita la verdad tanto o más que la verdad necesita la gente para existir. Todo el mundo vagabundea hasta encontrar su sitio porque quieren tener una vida con sentido. Cualquiera, el que sea, Roma si fuiste romano, el Real Madrid si te gusta el fútbol y ese equipo, la reencarnación si tu ego te mola, la salvación mediante el Dios de turno si el sentido lo estableces en vivir para siempre de algún modo. O escribir una novela, o componer algo que cambie el mundo. La gente se aferra al sentido con los dientes porque el sentido justifica sus vidas, y contra eso no se puede argumentar ni discutir ni razonar (y eso en el caso dudoso de que sea factible realmente argumentar, discutir o razonar). Una vida sin sentido es una mierda pura, porque te aseguro que es un agujero tan frío que no hay forma de encender una fogata ahí dentro, de entrar en calor, de ponderar nada, no es un sitio al que puedas ir en vacaciones para luego volver a tu vida cotidiana, te aseguro que te destroza entero y te da la vuelta y te llena y te vacía hasta defenestrarte y convertirte en una masa babosa que repta por el suelo pidiendo una muerte rápida e indolora. Y lo del dolor da igual. Y lo de rápida también. Una muerte, la que sea, te bastará. No quieres entrar ahí, así que deja de hacer el imbécil.”

Me tiende un cigarro, con una sonrisa en la boca. Pide más cerveza.

Está poniendo la mesa.

Sacando el mantel, no sé si me explico, colocando los cubiertos, los vasos, los platos.

“La vida no tiene sentido…”, me dice, “universal. No es unívoca. Pero todos esos sentidos son válidos, mientras no los lleves al extremo, mientras puedas ponerlos en duda constantemente y repensarlos con cada nueva información que tengas”.

Entro en el juego. Le ayudo a poner la mesa. Le doy una calada al cigarro que hace temblar a una mariposa en Pekín.

“Arte figurativo”, contesto.

“Puede”.

“Simplemente arte figurativo”.

“Eres un enfermo, has pasado el punto y no sabes volver a casa”.

“No tengo casa a la que volver”.

“Por eso mismo”.

Sonríe de nuevo y pide orujo de hierbas. Está anocheciendo y el aire huele levemente a humedad, a noche y a la cerveza que se está resecando en las bandejas de todos los grifos de los bares. Ese olor es tan denso que no consigue cortar el aire, sino que lo empuja, haciendo el vacío.

“No tengo casa a la que volver, porque no hay duda ni pensamiento”.

“No… en sentido universal, amigo, sólo si en el fondo sientes nostalgia por la Verdad puedes perderte. Sólo así”.

Asiento, doy un trago.

“Esa Verdad cuya unicidad es parte de la definición. La verdad para uno no es Verdad ni es nada”.

Asiente, da un trago.

“Pero puramente no hay otra cosa”.

“Entonces no hay nada”.

“Se consciente de lo que la Verdad limita. No de lo que te suma, sino de lo que te resta. La verdad, con minúsculas, es mucho más flexible. La Verdad se agota en sí y no deja otros caminos”.

“Lo sé”.

“¿Y no te importa?”

“Claro que me importa. Pero no puede, ya no”.

Vuelven ellas, y pedimos una ronda más. La noche es más noche cuando me pierdo entre tus besos y razonablemente nos despedimos y nos vamos a un bar Eduardo y yo y empezamos tras la barra a aclimatar el cuerpo a la nada. No hay mucho que decir, nada más de lo que ya se ha dicho. Soy un enfermo, evidentemente, y mi propio mal impide mi propia cura. Ya dije que hay habitaciones que son como plantas carnívoras y, si no te andas con mucho cuidado, se cierran sobre ti y te atrapan para siempre mientras te digieren obsesionándote.

Y no fue hablar por hablar.

Yo ya estoy dentro.

Mirando cómo los días suceden uno detrás de otro. Uno tras otro.

De forma regular.

por las mañanas

En el fondo era lo mismo.
Nos teníamos el uno al otro
para mirarnos el ombligo.

Duplicábamos el exceso de
sales y soles,
el ritmo de las sábanas
aliméntandose de los sueños
rotos que caían de las
almohadas.

Era lo mismo.
Un instante detenido
en el que tú, cansada,
me besabas despacio,
te levantabas,
abrías la ventana
para que las cortinas

dejaran pasar
el aire.

miembro fantasma

Es una curiosa sensación. Una extraña deformación del vacío, de lo que no debería estar. Una pequeña intromisión de algo en la nada, supongo. Levantarme por la mañana con la imagen de otra casa, con otra sonrisa en el espejo. Con el pelo corto, más delgado, comiendo otra cosa. Luego me monto en el coche con ese indefinible en la cabeza. Siento que me cruzo conmigo mismo, en otro coche. En un A3 rojo, casi siempre. A veces llevo otro, uno más grande, más familiar, más nuevo.

Siempre me veo con el rabillo del ojo. Cuando enfoco me pierdo. Desaparezco.

Y sigo mi camino, nervioso.

Llego al trabajo y percibo que no estoy haciendo lo que hago, que estoy sentado en un escritorio revisando números. No, definitivamente no es lo que estoy haciendo. Me cruzo con pensamientos que no me pertenecen: pasar por la tintorería, no olvidar planchar las camisas. No sé qué es lo que se está adueñando lentamente de mi cabeza, pero no por eso puedo ignorarlo. Pensamientos de tirar a la basura cosas que no encuentro en un cubo que no está donde lo busco. Así de enfermo. El otro día estuve media hora intentando encender el home cinema que no tengo. Me costó esa media hora completa darme cuenta de que estaba palpando el vacío pretendiendo pulsar botones.

Después me puse en pie sacudiendo la cabeza. Fui a mear y abrí una cerveza. Compulsivamente busqué un vaso, y me pareció oír “¡ni se te ocurra beber directamente de la botella, y coge un posavasos!” Claro, no tengo posavasos. Miento, tengo uno de Forges que alguien me dio, pero no tengo ni idea de dónde está ahora mismo. Me pareció oír, de forma algo lejana, una voz que ya no recuerdo más que a duras penas, saliendo de unos labios de los que ya no guardo mapas ni rutas interesantes garabateadas con lápiz.

Coinciden las trayectorias a veces, y entonces lo siento más fuerte. A veces siento que estoy en el mismo restaurante en el que ya estoy, o en el mismo garito. En esos casos la sensación es tan fuerte que me revuelve el estómago. Tengo ganas de pedirme que salga de mi vida y me busque una propia, pero no sé dónde está el tipo al que debo dirigirme.

Porque sí sé quién es ese tipo. Por supuesto que lo sé. Es el tipo que no dejó a N. y que vive con ella en un piso de protección oficial. El tipo que tiene un sobrino que debe rondar el año ya. Ese tipo lleva otra vida. Es el yo mismo que no hizo lo que hice. Ese tipo a veces entra en mi cabeza después de hacer él el amor, y tengo la sensación de estar feliz y saciado sin estar especialmente feliz ni saciado. Supongo que para él debe ser muy incómodo percibirme cuando estoy borracho, o follando con alguien a quien no conoce.

Coinciden las trayectorias, a veces. El otro día estaba en Aki con mi madre comprando pintura, y supe que estaba ahí. Con N., comprando cosas para la casa de El Casar. Sabía que estaba ahí. Podía casi olerme, oírme respirar. No sabía detrás de qué esquina me iba a encontrar. Mi madre me veía cada vez más pálido y pensó que me estaba subiendo la tensión que y me estaba mareando. Me dijo “vamos a sentarnos aquí un rato”. Pero yo no podía sentarme, no sé si me explico, no podía arriesgarme. No podía arriesgarme a encontrarme a mí mismo ahí. Ni en ninguna otra parte.

Porque puede suceder, y entonces no sé qué me quedará de cordura. Es posible que en algún momento realmente me encuentre con el yo que ya no soy por haber tomado una desviación diferente. Y entonces qué.

Qué será cuando mis ojos se posen en mis ojos y me vea a mí mismo y me sonría. Ese tipo dispone de una información que yo no tengo, y él pensará lo mismo de mí. Seguramente nos vayamos a tomar un café y digamos que somos gemelos si nos preguntan. Gemelos con ganas de individualizarse, de ahí mi pelo largo y su delgadez. Seguro que nos hacen bromas, y nos dicen que pese a todo somos como dos gotas de agua. Al fin y al cabo no ha pasado tanto tiempo, dos años escasos… no es tiempo suficiente como para haber abierto brecha, como para haber generado fronteras definitivas. Las líneas de demarcación tienen la pintura aún húmeda, se pueden borrar con el pie…

Y entonces qué. Qué será de esa conversación. Y de nosotros después de tenerla. Que será del tejido de la realidad, que no puede permitir que nadie disponga de tantos datos sobre dos senderos diferentes, es competencia desleal… Qué será de mis ojos tras posarse en mis ojos.

Qué será de mis ojos, ¿supurarán daño? ¿Se moverán a otro nivel o algo parecido? No lo sé.

Y no puedo afrontarlo.

Cuando salí de Aki sentí un alivio inmenso.

Después de todo debería ser lo normal.

Pero no todo el alivio provenía de mí.

Parte provenía de fuera.

De ese tipo que no soy que piensa que yo soy el tipo que él ya no es.