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coronavirus, ¿riesgo o incertidumbre?

Se habla de riesgos cuando de un problema conocemos bien su origen, sus probabilidades de existencia y la cuantía de los daños que nos puede causar. Es el caso de un incendio, un accidente de tráfico, aéreo o laboral, incluso las enfermedades más corrientes. Situaciones para las que los aseguradores privados ofrecen sus servicios porque cuentan con estimaciones de probabilidades y de daños potenciales.

Pero existen variadas situaciones que no son de riesgo sino de incertidumbre. En ellas es frecuente no contar aún con una cabal explicación científica o racional sobre sus causas, o sobre sus probabilidades (se habla entonces de cisnes negros) de origen o expansión y, menos aún, sobre el volumen de daños potenciales (aunque suelan ser monumentales). En estos casos las compañías aseguradoras no quieren saber nada y solo el Estado estará allí (si no lo hemos tirado por el fregadero) para protegernos.

no me gusta lo que leo

Quería contar tres cosas hoy aquí, pero no doy con el modo. O me suena tonto o me suena pretencioso o no me suena. Las tres son:

Una, que caminar antes de entrar al trabajo es estimulante. Esta zona de pueblos pequeños no reifica lo suficiente como para que pierdas el contacto con la naturaleza, lo intenta pero no cubre todas las grietas. Las aceras terminan de repente en un camino de tierra, los parques en una colina. La realidad urbana no es consistente y la inmersión se derrumba. El resultado es una cosa mixta, te sientes en pero a cubierto, esquivando miedos (no es como estar en mitad de la selva, en lo bueno y en lo estúpido).

Dos, que la gente es idiota (no hay motivos para excluirme —punto— y sin embargo). ¿Son importantes los detalles, los casos concretos? No tengo ni idea, pero no merece la pena entrar por esa puerta, ahí dentro sólo hay barro.

Tres, que con la extracción de los dientes y la progresiva desaparición de la mierda que generaba la Oculta Muela Negra en las zonas del paladar y alrededores parece que estoy desarrollando superpoderes: esta mañana he tenido que dejar de fregar una sartén porque la mezcla de olor a huevo y a metálico me ha golpeado duro y no he podido con el ascazo.

binomio palatal

Ayer me comentaba mi hermana que una pareja que dejó de serlo hace 20 años se había reencontrado a raíz del aviso en caralibro de una mala noticia para uno de ellos. Ánimos, café y en menos de un mes ya están divorciados de sus ahora ex. La razón, y no la verdad, es una manta que te deja los pies fríos. Las emociones no tienen que lidiar con ese tipo de minucias. Llegan, te seducen, te arrastran con ellas y te hacen sentir más vivo de lo que has estado en tu vida. A ver qué puedes oponerle a eso que pueda mantenerse en pie y resistir más de diez segundos.

Lo racional, lo pragmático, lo útil y necesario… hasta escribir esas palabras es aburrido.

Dejarse llevar me parece bien. Nadie sabe cuál es el motivo por el que balbuceamos dando bandazos hasta irnos al otro lado, así que si tenemos que sentirnos algo sintámonos vivos. Hagamos lo que hagamos el cerebro va a estar día sí día no colocándonos trampitas para que lo que tenemos y lo que somos nos parezca apagado, gris, insatisfactorio, equivocado y poco. Menos que nada.

Pese a ello yo siempre pongo las emociones en un segundo plano. No sé, con ellas me siento como al lado de un vendedor en una tienda que está tratando de colocarme algo que está envejeciendo demasiado en la exposición. Algo recién pintado, limpio y con un bonito cartel que no es del todo lo que me están describiendo. Y al vendedor le brillan los ojos y me sonríe bajo el pelo con un bonito corte y desde unos dientes blancos y alineados, pero algo en su aliento apesta discretamente y me lleva a intuir agujeros en las suelas de los zapatos, grietas que se repliegan donde no llegan los focos como las cicatrices de una operación de estética.

Y sin embargo.