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el gobierno de las palabras

vuelvo a repetir lo del tiempo, pero como el reto me lo he impuesto yo, pues llanto desvirtuado:

tú que no sabes mentir, que te tomas la vida al despertar,
andas de aquí para allá, temiendo hacer eco con tu voz.
Tú, que te ríes sin ruido al decirte que no sé dónde voy,
escondes la risa en la mano y mueves la cabeza, no me niegas.

Vamos a ver dónde está tu enigma ahora: aniquilado entre tus miedos:
congelado por la escarcha.
Vamos a ver cómo sales de esta escena (encajonada en mis palabras),
tengo tu mano en mi mirada.

Tú que no quieres decirme que piensas que todo se hizo ayer,
que llegamos más tarde que pronto, cuando todo tenía un nombre ya.
Y tú que no sabes decirme (y lo intentas) que me paso queriendo mucho
escondes la risa en tu mano y mueves la cabeza, no me niegas.

Vamos a ver dónde está tu enigma ahora: aniquilado entre tus miedos:
congelado por la escarcha.
Vamos a ver cómo sales de esta escena (encajonada en mis palabras),
tengo tu mano en mi mirada.

Y vamos a ver si de una vez aciertas,
si me dices un no rotundo antes de la última cerveza.
Y vamos a ver si mantienes las piernas cerradas,
es difícil no rendirse cuando gobiernan las palabras.

las horas comprimidas

Vete a saber por qué motivo viven los demás, o tú mismo. Me he levantado feliz como una perdiz, me he hecho un café portugués que es como una coz en el estómago y me he metido corriendo en la ducha. Era tarde. Más o menos como siempre. Ayer estuve componiendo la primera canción del reto este, tomando algo de cerveza, fumando mucho, escribiendo poemas cuando me hartaba de intentar encajar algo digerible en la música, pensando en si imponerme el reto o no, en si significaba algo o nada, en si me iba a evitar estancarme en una patada perfecta que nunca acaba de llegar.

Y vete tú a saber por qué motivo viven los demás, si están felices habitualmente, o si sólo lo están cuando no están solos, cuando no se quedan con ellos mismos, se miran cara a cara, encienden un cigarrito y dicen «¿y ahora qué?». Y entonces se lanzan al bullicio frenético.

Creo que si tuviéramos las cosas claras no habría tanta febril actividad. Estaríamos más quietos. Pero cuando el del ático pregunta es mejor estar haciendo algo, supongo.

Me he encontrado con un amigo en la parada del bus, hace tiempo que no le veía. Se ha comprado con su novia una casa a medio minuto de la mía. María está en Málaga con un alemán. Torio vive por ahí lejos, con su novia. Vete a saber por qué enciende la barbacoa los sábados, o qué le echa al fuego para que prenda bien. Iban a Aki, a mirar azulejos. Bueno, no es tan malo. ¿Algo de melancolía? No, no en principio. Ellos iban a mirar baldosas, yo ya iré, en su momento. Ella era callada. Cuando a él le empezó a sonar el móvil y se enfrascó en una conversación, se hizo el vacío y ella y yo miramos el aire. Parecía ser sumamente interesante.

Por levantarme tan tarde y salir de casa medio dormido, me llevé el abrigo de invierno. Hacía un calor espantoso. Un verano bacilón, aún adolescente, haciéndose el gallito. Bien me reí de él cuando salí del curro y un fresquito estremecedor me recorrió el cuello. Verano principiante.

Mucho curro. No paré. El tiempo se comprime cuando te ocupas bien. Desde hace una semana tengo la sensación de que mi jornada laboral es de media hora, más o menos. No me entero de nada. Mañana ya viernes. Al mismo tiempo el hecho de evitar pensar, durante el trabajo, en algo que no sea el trabajo mismo me hace estar mejor engrasado después. Más rápido. Se comprimen las horas desde las 14 a las 22. Se comprimen y liberan a las demás. Excepto cuando duermo. Esa es la compresión absoluta.

Vi a Juan. Saliendo de un coche, trajeado. Juan es el del panda del instituto, ya lo dije por ahí. No voy a buscarlo ahora. Hay días de coincidencias tremendas que te dejan sin aliento. Preguntándote si es verdad que esta todo tan bien tramado como parece. Días fértiles, supongo, en los que te suceden cosas que en la medianía de los demás no ocurren.

No sé dónde voy, pero empieza a interesarme el tema.