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from wales (II)

from wales

Y aún hubo más (menuda pesadilla), porque Marcos quería un colgante y yo recordé que tenía una caja de duendes palmeros por alguna parte, con sus cuerdecitas y todo. Con sus nudos corredizos. Qué maravilla. Aún hubo más porque, casualidad de las casualidades, dentro también estaba y estuvo la cara de lele, enmarcada en un abono transportes color rojo de la zona B3. Era una cara extraña (entendiendo ajena), lejana, distante, espaciada. Era una cara que ya no era y eso fue terrible, un golpe de aguja entre las dos costillas flotantes. Eso fue mucho, mucho peor que el fuego o la imaginación. Se me rompió el recuerdo en dos mitades perfectas que encajaban admirablemente (pero estaban rotas, es decir, eran dos, no una, era un símbolo (pieza partida en dos utilizada por los griegos, entre otros, para reconocerse a lo largo del tiempo. Si las dos piezas encajan en una sola: nos conocimos)). Un símbolo inefable de una realidad inalcanzable.

Y después, sólo después, volvimos a la caja (que todo uno siempre tiene, donde guarda los recuerdos que no sabe tirar (no se lo han enseñado, probablemente; o no quiere, seguramente)). En esa caja, entre el primer paquete de tabaco y el primer mechero, o entre la primera tarjeta telefónica y el primer anillo de hierba, había una carta, que me escribió ella en su momento, que Marcos leyó en voz baja (yo no). Y lloró.

Dijo que era preciosa (¿lo fue?).

No sé por qué leyó aquello (más casualidades, la carta estaba escrita el día del cumpleaños del hombre de gales). Si hubiera tenido intimidad en algún momento hubiera sido esa. En cualquier caso ese era el efecto, la fotografía nitida del momento mientras la noche seguía avanzando y nos íbamos curtiendo de angustia y necesidad. Necesidad de estar en otra parte, de ser otra cosa, de no haber sido tanto ni de tal modo. Se comprenderá que, en tal estado, toda cerveza era escasa, rala, torpe. En la fotografía del momento se puede apreciar a un anticuario descolocado, sobrecogido por la cantidad de objetos dispersos en la mesa. Al lado un galés lee una carta con lágrimas en los ojos. Parece que la carta le pertenece. De algún modo, así fue. Sólo cambiaron los nombres.

Eso, precisamente eso y no otra cosa, es lo que estuvo detrás retroalimentando las energías el resto de la noche. Eso y no otra cosa. Sin eso no hubiera habido angustia y nos hubiéramos ido a la cama mucho antes. Sin fuerzas. Sin necesidad.

De ahí se entiende todo.

Recordamos un incidente reciente. Concluimos que cuando se juntan los cuerpos porque las almas buscan a otra alma, la intimidad se convierte en juguete. Niños emulando, mimetizando a personas mayores.

En aquel incidente reciente no eran dos personas over the palomar. Cada cual (ella, yo) tenía su propia alma buscando a otra alma. Nos mirábamos y no nos veíamos, queríamos ver otra cosa, otra maldita cosa. Por eso me sentí tremendamente incómodo. Compartimos un grado de conexión que de ningún modo es posible que tengamos. No nos conocíamos. No sabíamos quiénes éramos (pero yo no hable con ella, ni ella habló conmigo, sobre aquella cama no éramos dos, sino cuatro. Cuatro son demasiados. La atmosfera se hizo opresiva sobre todo sobre todo sobre todo porque todo era mentira).

Eso es casi todo.

from wales

En el principio de los tiempos era la cama. Yo estaba dormido cuando vino Koldo a invitarme a unos minis en el Cool. Los minis de vino-naranja-licordemora pasaron rápido, y conocimos a un par de pibas interesantes y lesbianas, o lesbianas e interesantes, o jóvenes y de conversación enérgica. Después lo dejamos todo detrás para volver uno a su dormitorio y yo a mi guarida. Era ya un poco más tarde cuando vino Marcos, the man who comes from wales, aparcando frente a mi ventana y tirando miguitas de pan a la sombra de mi melón. Yo desperté como en un sueño y le acompañe a una taberna irlandesa (que venía al pelo), donde hablamos de esto y aquello, pero sobre todo de esto. Después nos aburrimos y salimos. Estábamos fuera (fuera se podía oir aún), y anduvimos buscando un bar donde aposentarnos sin problemas. Pero no había. En realidad no debió haber nunca, a las tres de la mañana un jueves en alcobendas (the revenge). Él recordó que se había subsumido en el delirio de la compra esa misma mañana y como un mago sacó de la chistera del coche seis laticas de carlsberg (posiblemente la peor cerveza del mundo), y las congelamos en el congelador de mi salón (no les dimos tiempo) y seguimos hablando. Oímos a sepultura. Todo estaba bien. Comprendíamos. Nos comprendíamos.

Cuando ya el comprendernos hastiaba fuimos al 7eleven a por tabacos varios (yo ando con la tarjeta rota, así pues iba financiado a interés fijo), y decidimos ir a desayunar a los madriles. Nos adentramos en la castellana hasta acabar la derrota en sol. En montera nos asediaron las putas y nos insinuaron (es su trabajo) nos tocaron las pelotas (literalemente) y las eludimos en un after-hour que nos abrió las puertas previo pago de diez ebritos. Allí sucedió una historia que no quiero contar entre una muñeca de porcelana y un animal ebrio y demasiado joven. Bueno, ella también lo era. Una muñequita de porcelana (pasto de pastillas, seguramente, esos movimientos…) y una flecha dirigida. Después vimos a Chechu (el real, rous, el real) y nos acordamos de cuando vomité a una piba en el baño porque me confundí de puerta… y de cómo nos montamos en un bus para escapar de las ostias y, ya en plaza castilla, nos preguntamos qué coño hacíamos allí. Y cogimos otro de vuelta. Pero eso es otra historia y ya hemos quedado, además, para otro momento.

Volvimos justo antes de amanecer y en la dehesa de sanse nos encaramamos a un roble para ver al sol salir por antequera. Allí, con un cigarro, mirando el rojo naciente en el horizonte. Después caímos y hubo bronca de hormigas. Marcos recordó algo que juro hacer y no hizo y yo me vi con una chequera en un banco. «Quiero sacar», «no hay modo, ta roto, circule», «me voy a otro», «como si se la machaca». Cobré, tarde pero seguro, y compré huevos, bacon, salchichas, pan y pimientos. Desayuné a las diez pasadas. Puse una lavadora. Dormí hasta la una quince. Tendí la lavadora. Me metí en la ducha, me vestí y me fui reverberando al curro.

Allí fue donde, de repente, toda la noche empezó a parecer confusa. Donde empecé a apestarme a tabaco. Donde se me enrojecieron los ojos. Sucede que me canso de ser hombre.

Walking around
Pablo Neruda

Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.

No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena.

Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.

Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.

Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.

Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.

…………………………
Apuntes:
defenestrar.
1. tr. Arrojar a alguien por una ventana.

ciclotimia.
(Del gr. κúκλος, círculo, y θυμóς, ánimo).
1. f. Med. psicosis maníaco-depresiva.

psicosis maníaco-depresiva.
1. f. Med. Trastorno afectivo caracterizado por la alternancia de excitación y depresión del ánimo y, en general, de todas las actividades orgánicas.

(rae)

imagen tres

El tiempo, las cosas, el silencio
miraban tensos por la ventana
mientras un litro vacío,
sobre la mesa,
dejaba pasar la luz a ratos,
amontonando sombras chinescas
en las estanterías y

tenía las dudas más que contadas
en la cartera, pedí disponibilidad
y las hojas
cayeron
en el
frasco
vacío
del último cigarro, aún encendido.

No había señales, ni bocas, ni manos crédulas.
No tenía ombligos, ni penas ni fuegos ni miras ni
ansia ni paz ni lucha ni fulgor ni laxitud.

Girando en círculos concéntricos se olvido la voz,
se olvidó de sí misma y se llenó de atmósfera,
pulsó (pulsé) la herida con la yema de los dedos

no estaba fría.

Volví a ver la luz atravesar la botella
para hacer sombras chinescas en las estanterías,
fuí a por tabaco,
a por más cerveza,
me tumbé en la tarde eterna a esperar
algo indefinido, un algo inexacto,
un ruido, (un crepitar),
un algo borroso, especular de sí mismo,
la ventana de un tren a toda velocidad,
un maullido, un tierno gemido en el aire

detenido.