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bala

Y salió bala. Cuando todos cambiaron de pueblo yo me metí en casa. Hundido y refractado por los acontecimientos, por un comentario de Rous, que dijo «así te va». Así me va, rous, así de mal me va. No puedo negarlo. Salió bala y me puse a escribir, me llené de letras para no pensar en qué dicen las letras.

Sobreestimé la vida, pensé que era verdad. Pero es mentira.

Después, a las seis de la mañana, me di cuenta de lo triste que era todo. Y seguí escribiendo. Y era todo triste, de una tristeza infinita, de un color oscuro, muy oscuro. Y no me preocupó demasiado.

Nada lo hace. Ya no. Hubo un tiempo en que sí, pero entonces era todo muy diferente.

deivid de maría

Cuando vi por primera vez a David, antes de toda la vorágine actual, cuando ya componía para Los Caños, fue en el primer festival (y, lamentablemente, último) del Shakespeare in Rocks. Tocaban, entre otros, Kiko Tovar, Carlos Chaouen y Esperanza Grau. El concierto no estuvo mal, en el auditorio (ejem) del parque Cataluña, en Alcobendas. Tovar estuvo íntimo y pizpireto, Carlos borracho y distante, Grau inmensa. Y de repente nos meten a este buen hombre gaditano, que lo primero que dijo fue que venía de coger shirlas y después, lamentablemente, se puso a cantar. En medio de un montón de imágenes de sentimientos, me encontré con un traficante de sentimientos. No pude decir nada, la música era la esperada, ninguna novedad en el frente, las letras, de puro manidas, no conseguían transmitir nada. Excepto, claro, a un repertorio de tías con gran sentido crítico mal orientado, porque estaba dirigido a las greñas y la carita. Aunque hubiera cantado la internacional socialista le hubieran amado de igual modo. Chaouen sigue en la sombra, esperando, y de María está donde está. Nada nuevo bajo el sol, lo peor no es que no ganaran los buenos, sino que tampoco ganaron los hijos de puta, ganaron los cachorrillos de humano.

A mí, a ratos, me gustaría meter la cabeza en un agujero. Si estoy tan equivocado y tan en minoría, no sé qué coño pinto en estos trazos. La verdad es una cuestión de media estadística.

En tal caso, sobro. Me escondo. Me pliego en el bolsillo. Mientras todo siga así, no hay problema. Yo la verdad me la aplico a mí mismo, pero no arranco guerras santas. Que no lo hagan conmigo.

roncando en el árbol

Recorro el bulevar de siempre, con la cabeza vacía, las manos hueras, el corazón bajo estricto secreto sumarial, bombeando y recibiendo sangre a través de fontanería de seguridad, cañerías reforzadas con hormigón y plomo, un bunker inalienable. Entro en cada tasca siempre y sólo para tomar una cerveza y escuchar a gente humillada, soberbia, enfrascada en el fútbol y su as y su marca, gente viviendo al mismo tiempo que vive. Hiendo las manos en la carne lívida ya amortajada del recuerdo, al salir de cada cafetería, y por eso mismo busco siempre la siguiente. Volver a mirar con ojos nocentes caras diferentes que siempre hablan de lo mismo. Qué mal hablan. Pero qué bien lo hacen.

Después vendrá la noche y será de labios con el color y la textura de las fresas. Labios excluyentes o invitadores, según se tercie. Labios de un presente difuso. Todo es presente, porque todo está aquí cuando está. Pero hay cosas que se diluyen, se difuminan, están pero no estarán mañana. Y en cierto modo lo saben, que no es sino decir que en cierto modo lo sé. Hay partes del presente que están condenadas de antemano a ser recuerdo. A no ser presente mañana. Los labios siempre fueron más que simples labios, pero yo no supe verlo. O no quise. O dolía hacerlo.

Me juego la noche en el sufragio particular de la ruleta rusa de la melancolía.

Si toca bala me dormiré en las esquinas, borracho y hundido, y desearé que no llegue nunca un mañana como el que hoy que abandono entre sollozos. Si toca vacío sacaré al buzón ventrílocuo de mi maleta y reiré, gritaré, cantaré, acabaré las cervezas que nadie termine y será Una Noche Graaaaande. En realidad es lo mismo.

Eso es lo que no sé decir de ningún modo.

Empieza el fin de semana.