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noche de vuelta

Lo cotidiano. Nada cambia, pero de algún extraño modo todo ha cambiado cuando quedo, entro y me siento. Un año de por medio es mucho tiempo, y ha habido lazos que se han estrechado, otros que han desaparecido y otros que llegan de nuevas cuando yo entro en escena. Son los mismos, más o menos, soy el mismo, más o menos, pero de algún modo, ya digo, todo ha cambiado. Si fuéramos baldosas la yaga que nos separa (y nos junta, al mismo tiempo) se habría ensanchado algunos centímetros.

No es algo malo en sí mismo, es una realidad nueva.

Me alegro de ver a todo el mundo, me alegro de volver a reír con ellos. Les cuento mis miserias y mis lindezas y ellos me cuentan sus miserias y sus lindezas. En eso no ha cambiado nada, la confianza sigue intacta, es otro matiz, otro punto del camino el que se ha desleído.

Es curioso, supongo que fui yo el que siguió otro camino, y algo de reproche velado, quizá, algo de resentimiento sordo quedó en alguna parte, dentro de la conciencia. No lo niego, yo elegí desligarme. No podía ser de otro modo, por mera supervivencia, eficacia ecológica, mecanismos cognitivos de autodefensa. No sabemos dónde fueron las tardes y las noches que nunca sucedieron. No sabemos lo que nos hubieran dado, pero sí lo que, de algún modo (lamento ser tan vago en las explicaciones), nos han restado al no ser.

Cosas que pasan. Nuevo punto cero. De aquí en adelante.

dormir

Siempre devenir, siempre en movimiento, esa es la nueva máxima. Si en lo personal mis historias avanzan todas y cada una abriendo nuevos frentes constantemente, en lo parasimpático la cordura refleja los nuevos días dejándome el sueño, como recuerdo, y la imposibilidad de dormir. Dormir debe ser para otros.

He limpiado el baño, la cocina, el salón, todo el dormitorio excepto el escritorio (¡faltaría más!), buscando con ello la cama y el abandono. Después será noche y vendrá otra noche mágica, y yo relegaré la necesidad de dormir a otra parte, hasta que, supongo, llegue un momento en el que caiga y reviente.

el oído

Abre una cerveza, siéntate. Has llegado de alguna otra parte para aparecer en mi puerta, que siempre está abierta. Enciende las velas, yo me voy a quedar sentado, estoy tan cansado… No hace falta que te marches, no voy a dormir. Sólo quédate en silencio, cógeme la mano, si tú quieres. Hoy me gustaría hablar de la cultura sumeria, tan solo por aquello de la ciudad-dios, o el dios-ciudad. ¿No te parece increíble? Si tu vida es tener un lugar donde caerte muerto, tu ciudad es tu dios, marco de posibilidad de toda existencia. Pero es una gilipollez, no me escuches, no necesito que me comprendas, o que me prestes atención. Pon la tele, si quieres. Sólo déjame hablar. Así está bien. Perdóname que no te pregunte cómo estás tú, eso no será hoy, hoy no es posible, hoy no tengo fuerzas para más que para soltar lastre, broza. Perdóname que no me preocupe hoy por ti, aunque aún no sepas lo que debo agradecer que estés aquí. Eres una especie de hilo hacia la realidad diametral de los vivos. Un camino largo, estrecho y tortuoso hacia lo otro, que ya es mucho más que bastante.

Si me coges del pelo y me das un beso, como de hecho estás haciendo, me duermo despierto, zumbo. Llenemos los vasos mientras me doy tiempo para reubicar la situación, los pensamientos, las manos que se mueven nerviosas de la funda del sofá a tus caderas. Los vasos están llenos, encendemos unos cigarros y les dejamos prenderse en el cenicero mientras nos besamos, lengua mi que es lengua tu y vete a saber de quién es cada cual, porque no importa. Me vierto en tu boca de una forma que jamás podrán emular las palabras, la misma boca en contacto, aquella otra vez, con el oído, sentido del equilibrio (paradoja), siempre que se habla y se escucha el que habla intenta reequilibrar al otro, cambiar la proporción del líquido, invertir sistemas, reordenar procedimientos, uno cuando habla ataca, aún sin quererlo, al equilibrio del otro y al líquido, siempre al líquido, para hacer que el que escucha con atención mueva, mute, cambie, se transforme en algo parecido, un momentáneo sucedáneo. Porque eso es lo que trae consigo el oído, hablar, escuchar, ataque y defensa, homeostasis de líquidos para llegar a una suerte de equilibrio mutuo. Vasos comunicantes continentes contra el solipsismo.

Ahora ya es tarde y nos besamos mientras el día se retira tras el cristal de las ventanas. Ahora es otro el ritual y los cuerpos mandan a sus niños (neuronas) a la cama, y la piel es cerebro y orden y kaos y sentido y tolerancia, y ya no y ya no ya liberados de los conceptos (pequeñas cárceles de significado añadido) tomemos las cervezas y con ellas a otra parte y ya estamos borrachos y es bello, bello de un modo sublime (hermoso y terrible).

Y cuando vuelvan los conceptos ya se encargaran de contarnos lo que ellos dicen que hemos vivido.