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escribo

Siempre me he preguntado por qué no me arreglo las uñas después de una gran noche de guitarra, por qué las llevo desconchadas, rotas, heridas, siempre con un par de pellejos abiertos en la carne, que duele. Y me viene a la cabeza cierta historia que leí no sé dónde (en el club de la lucha, creo) según la cual las mujeres de cierto pueblo descubrieron que la ropa se lavaba mejor en una parte del río, casualmente donde iban a parar los restos de los rituales sacrificiales humanos, grasa-jabón-amoníaco. La guitara española es una blandez, porque no duele, no hace daño, y consecuentemente su sonido siempre es más burocrático, más fácil, menos hincado. La española me gusta como me gusta tenderme al caer la tarde, por puro hastío. La acústica, sin embargo, nunca deja de hacer daño si la preguntas con daño y violencia. Responde, destroza las uñas, saca pellejos de la piel tersa. Y supongo que después de eso llevo mis uñas con orgullo, sabiendo que responden a un kombate, sabiendo que están ahí porque hubo y se retuvo la vida, la sensación de atrocidad y de gesta. Uno destroza y es destrozado por la guitarra y, en consecuencia, toques lo que toques, el sonido es un bramido animal, vivo, enorme. Y mis uñas me lo recuerdan, arreglarlas es una pura blasfemia, una ignominia, vergonzante y falso. Están rotas, sí, porque se rompieron, ese es el hecho inviolable, se rompieron viviendo y la vida es una suma y acumulación de cicatrices, si es que has vivido. Si no quédate con la piel tersa, suave, eterna, lisa, burocrática, blanda, indiferente, inatacada, pura, incólume, vacía. Pura y vacía, sinónimos de lo mismo.

vivo

Es todo un placer levantarte por la mañana en el sofá, encontrar tus gafas en la cama, mirar las papeleras repletas de latas de medio litro de cerveza (en salón, dormitorio y cocina), la ropa alfombrando el parquet (ecos de otros combates del fin de semana), el camposanto del acuario, que una vez albergó trescientas vidas y ahora contiene trescientos cuerpos cartilaginosos mezclados con la mierda y la arena del fondo. Cd’s por el suelo, rallándose en rápida entropía, poner a sober en el reproductor, por ejemplo, dudaste si Grapelli o Davis pero hoy es día de cañita forte. De risa mesiánica. Es todo un placer porque sabe bien y sabe a mí, y me gusta mi sabor, es fuerte, acre, pero mío, ineluctablemente propio, íntimo, personal, refugio y no condena, hogar y no celda. Es una alegría inmensa sentarme aquí con un café y un cigarro (libros desperdigados en caótica y bella armonía), poner pose de broker y llamar a la inmobiliaria -ellos dan largas, porque están pillados éticamente pero tienen un contrato firmado, y lo primero les da igual, no es ninguna novedad al fin y al cabo-. Llamar al curro a ver si se sabe algo y no se sabe nada. Y ayer fiesta con marcos y el galego, y she en forma de sms. El club de la lucha, casi nos destrozamos los hombros, porque estamos aburridos de poner lavadoras y tender la ropa y de cuando en cuando apetece hacer algo que no sea filosofar y andar a vueltas con unos y con otros que escribieron esto o lo otro. Y no pasó nada pero bebimos como cosacos cabreados sobre sus monturas de viento. Y dio igual pero fuimos felices, y hablamos y hablamos de unas cosas y de otras y de esto y de lo otro y siempre y de todo y gritamos y nos vaciamos y nos vaciamos y nos perdimos en el ritual -no escrito- de beber y beber cuando todo va bien, cuando todo va mal, cuando a cada uno le va como le va. Y en esos días en los que todo está tan bien creado no puedo rastrear sombra alguna de resaca al día siguiente, porque se retira avergonzada de sí misma, no se gusta, no se cae bien, es pequeña comparada con, no es nada y nada parece y nada es. Y una llamada telefónica que hace crepitar mi vieja cafetera y hervir la sangre y alegría y vida. Risas. Sonrisas. Nos vemos. Claro. Qué día es. Hoy. Cuánto queda. Nada. En realidad nada. No mucho. Vale. ¿Sabes? Sí. Yo también. Claro. Qué raro. Mucho. Catorce años, regresión. Sí. Dígolo. ¿El qué? Lo mismo. Está bien. Cuídate. Igualmente. Te llamo. Cuando quieras. Claro. Tengo que… Ya. Click. Y volver a mi camposanto acuático y a los ecos de combates desperdigados por el suelo y ceniceros repletos y papeleras repletas y una vida magnificamente deshecha y bellamente desordenada y confusa y yo en ella me huelo, mi acre y fuerte olor de mí mismo para mí mismo, aquí en medio. Es todo un placer levantarte así, de este modo, tan vivo.

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Reguero de leche sobre la mesa del salón. Gotas blancas, un nervio que desemboca en el delta del borde para ir a morir al suelo. Me quedo mirando esta curiosa creación un rato, más porque era el último resto de leche que contiene mi nevera desvalijada y violada que por otra cosa, o al menos al principio. Resulta que he hecho una maqueta de un río por ser tan descuidado. Y de repente me pregunto si, en el caso de que hubiera un creador, no le pasaría exactamente lo mismo cuando echó todo a rodar. Y después se quedó mirando, como yo, los restos descontrolados de lo que iba a ser su desayuno.

Por si acaso, no lo limpio.

a veces

Cuando se saciaron los cuerpos, lo que ya fue, de por sí, insondable, las almas empezaron a hablar. Y no encuentro palabras para describir su canto. No es siempre así, iris-músculo activo pupila diminuta, sólo en determinadas circunstancias, con personas determinadas, segundos concretos que existen mejor y más intensamente, que concentran la vida en un punto y la multiplican.

La vida parece enorme entonces.

Y no se piensa, porque se vive. Pensar viene luego, más tarde, quizá con un café con leche y un cigarro, ya de mañana, sentado en el ordenador, preguntándome ¿qué leches ha pasado?

Addenda de lectura encarecidamente opcional
Rutinas, quiddidades. Como cada mañana no quiero ir al trabajo, como cada mediodía se me olvidará en cuanto entre por la oficina y salude. Como cada mañana quiero limpiar el salón, se me pasará cuando salga por la puerta de casa y me deje mecer por el frío incombustible e incólume de fuera. Rutinas, quiddidades de una vida despistada. Tengo una novela en la cabeza pero, de momento, no la escribo. El agujero es demasiado grande, no sé si me explico. He empezado a dormir mejor, más horas, profundamente, y me levanto nuevecito, pero con agujero. A la hora de comer aparto una porción para el ajujero, cuando me ducho le dejo bien limpito. Cuando beso en parte beso yo y en parte el agujero, y en parte acaricio yo y en parte él, desde su presión bajo el plexo solar, desde su carga de vacío (sobre todo) y angustia (más de lo mismo). Nunca desaparece, pero cuando beso y estoy agusto y estoy con quien quiero hace las paces conmigo, y me hace olvidar la angustia, el vacío. Quiddidades, rutinas de una vida despistada. Cuando trabajo entiendo que el agujero es mucho más eficaz que yo mismo, porque él busca sentido y casi cualquiera, según el momento, le vale. Cuando toco la guitarra, no me engaño, es el agujero quien la toca solito. Por eso lloro y me estremezco y reviento y me quedo afónico: su carga de rabia (defensa ante la angustia, el vacío) es infinita y necesita cauces por donde salir, o implosionaría dejándome herido y maltrecho. Cuando te sonrío es casi él quien lo hace, contento. El agujero no va a desaparecer jamás, pero estoy esperando a que, algún día, si hago lo que tengo que hacer, haga definitivamente las paces conmigo, levantemos embajadas juntos, abramos las aduanas, establezcamos relaciones comerciales firmes, sólidas, inquebrantables. Mientras tanto él está ahí, enorme, con su angustia y su vacío y defendiendose en la rabia que se encauza en las canciones, los versos, los besos que doy y que recibo, las noches insanas de kombate en la arena del circo. Creo que ya le caigo mejor, que es menos la necesidad de equilibrar las reaciones, pero no lo sé concretamente. De momento no escribo la novela, porque no puedo. Porque todo se transforma en mierda y en dibujos dementes de escenas concienzudamente terribles, dolientes, llorosas. Y las cosas no son del todo así, ni lo fueron, ni lo serán. Uno quiere escribir algo parecido a, con una intención precisa. Y de momento no puedo. Pero si sigo así, besando y viviendo y comprendiendo que todo y cada cosa tiene un lugar fijado en mi biografía personal, un cuadro que se va construyendo con segundos que ya murieron para darme a mí la vida (pagando yo el precio de vivir -muriendo despacio), quizá consiga ver la fotografía bien enfocada, con un buen encuadre, y entonces, y sólo entonces, escribiré algo que me merezca la pena. Lo escribiremos ambos, el agujero y yo, juntos, hermanados y bien avenidos.