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lo que siempre

La última tía que me follé en plan inocente me dijo que recogiera mis trastos y me fuera. Eso fue mucho de antes de tener un sitio donde guardar mis propios trastos. De hacer limpieza. Qué grande ese tipo, qué inocente era ella. Qué grande ese tipo, qué fuera de lugar estaba ella.

Hoy, gordo como un castillo y en medio de todo, abrí otra cerveza. Pensé en mí, y la serví en un vaso.

Goyo estaba borracho. Tanto que se fue a acostar, me quedé yo solo en la terraza. Mirando fuera. Me asomé.

Un amigo me dijo una vez: cuando estés realmente solo, no tendrás lugar en el que encontrar consuelo.
Si encuentras consuelo es que no estás realmente solo.

Supongo que estaba hablando de él mismo, yo nunca le entendí.

A mí no me he faltado nunca.

La gente hace eso todo el tiempo: faltarse. No tenerse en cuenta.

Debajo estaba la piscina, vacía. El césped cuidado.

Nunca he sabido cómo llamarme. Me llamé a mí mismo. Estaba cerca. Cerca de todo.

Como nunca he sabido cómo llamarme me serví otra copa. Me fui fuera. Donde estaba todo
lo que siempre
ha sido siempre.

En su sitio.
Perfecto.

El desfile de bragas nunca tuvo mucho que decir.
Jamás. Sólo estaba sobrando.
Sobraba.

(Él, mi padre, estaba mirando. Me dijo que todo andaba correctamente, aunque tenía que depurar el código.
Le di un beso.
Andaba cerca.
Después de todo, hay que saber dónde mirar.
Siempre hay que saber dónde mirar.)

Estaba todo dicho, de alguna forma. Te invité a un cigarro. Antes de meternos en la cama, te dije que roncaba.
«Déjame dormirme primero».
Qué recuerdos.

Quisiera acordarme de tu nombre. Por respeto.

Y eso fue todo al despertar. Y fue suficiente.

Y eso fue todo al despertar.

Un 13 de agosto

Un 13 de agosto de hace un par de años murió mi padre. Parece mentira, es verdad. Parece mentira, pero es lo que es. El alcohol y el tabaco no sirven ni para una mierda, pero ahí están, difuminando. Quise escribir esta entrada el 13, pero no pude. Tampoco es que ahora pueda, o que tenga algo que ahora pueda decir y entonces no. Simplemente el jueves no podía entrar en según qué puertas.

Yo estaba emborrachándome, un lunes por la mañana, con ricardo en un pueblo del sur de Madrid, mientras él compraba piedrecicas de fumarl. Me llamo mi hermana «he llegado a casa, le he encontrado tumbado boca abajo en el suelo del dormitorio, esta frío, tío, está frío». Lloré. Eso es lo que no cabe aquí. Decir «lloré» es sencillo. El por qué lloré es lo que no podré transmitir aunque lo intente. Las palabras se estrellan contra sí mismas. Se estorban, se molestan. No consiguen llegar a ninguna parte. No es posible explicar por qué lloré. Porque no lloré por mi padre (eso es fácil de explicar: mi padre murió y yo lloré por mi padre), lloré por el tipo que era mi padre.

Vine llorando desde el pueblo del sur en el que nos adocenábamos, mientras Ricardo (diosecillos te guarden) corría a tropecientos por hora en la autovía. Cuando llegué estaba la policía. Me enfrenté con un poli, que sólo pensando en mí no quería dejarme ver lo que quedaba de mi padre. Entré en la habitación y le vi, tumbado en el suelo, con los brazos en los costados, boca abajo. No me atreví a tocarle. No pude. No pude. No me arrepiento.

Días después, un día como hoy, 17, recogí sus cenizas del crematorio y me lo llevé de bares, a él y a su urna. Me pillé un buen pedo con él, con la juanita y con Ricardo. El último pedo con él. El primer pedo con él. Tarde, siempre tarde. Siempre demasiado tarde, padre. Menos mal que un año antes del óbito te pillé por banda y te conté todo lo que sentía por ti. Menos mal. Si no estaría jodido, bien jodido. No por mí, sino porque quería que tú supieras. Porque tú debías saber. Porque habías tenido mala suerte, pero tu hijo te admiraba. Eso marca la diferencia. Es más importante que nada. Tus ojos me lo dijeron entonces, yo no soy nadie, pero te admiro. Yo no soy nadie, pero soy importante para ti. Siempre lo fui.

No pienso en ti, no te recuerdo. NO. Tú estás en cada cosa que hago, en conversación conmigo. Hablo contigo. Tomamos las decisiones juntos. (Y al mismo tiempo que todo esto es cierto, ojalá que tomásemos las decisiones juntos, amigo mío, ojalá, sólo quiero que tomemos la decisiones juntos, joder)

Hoy, colega, cuando estaba comprando orujo de hierbas en el super de abajo para rememorarte (aunque no hace falta el orujo, aunque no hace falta la onomástica), me he encontrado con tu mejor amigo de la última época, de los últimos años. Te echa de menos. Sigue pensando en ti. Tiene los nombres de mis hermanas, aún hoy, en un papel en la cartera. Qué grande, padre, qué grande. Ha tenido un amago de infarto, pero está bien. Me ha contado un par de chistes tuyos, de los clásicos, él no sabía si llorar o no. Yo tampoco. Te echa mucho de menos. Joder. Es normal, eres de ese tipo de tíos a los que se echa de menos. Yo también lo hago, amigo, yo también.

Pero no hoy especialmente. Todo el tiempo.

No sabía muy bien qué decirle, lo único que nos unía eras tú. Y hay puertas que no quiero atravesar. No delante de él, frágil, en la puerta del ahorramás.

Un día como hoy, con tu urna, nos emborrachamos, dimos vueltas, pedíamos una ronda siempre para ti. Qué grandes y qué efímeros somos. Qué grandes y qué efímeros.

Te quiero, padre. Te quiero.

Cuidate siempre y… nos vemos.