la vida es eso que te jode mientras estás planeando otras cosas
Un hilo rojo recorre este blog. Un miserable pero, para mí, ineludible hilo rojo: nosotros estamos en medio. Las cosas sólo suceden. Y nosotros estamos en medio. (Y colateralmente, es una jodida hijoputada ser parte de unas cosas sobre las que ni tienes control alguno ni decides).
Hace muchos años, yo estaba atravesando una fuerte crisis de identidad con el único timón de una personalidad borrosa, confusa y desdibujada cuando se rompió el lugar en el que no estaba mirando. Entonces sí que fue una crisis de personalidad, un irle dando vueltas a las canciones que iban naciendo rotas porque yo estaba definitivamente roto. Centró el sitio en el que todo sucedía. La vida que rompe es la que rompe la vida. Aprendí de aquello, pensé que era importante, que me lo habían puesto delante para que yo sacara algo en claro.
Más tarde, cuando estaba mirando con atención la curiosa forma de suicidio que supone un divorcio con faltas tachables de educación por ambas, dolidas y dependientes partes, murió mi padre. Le estaba mirando, pero de otro modo. Pude haberle visto más en la última semana, pero no fue así. Un teléfono que suena y nadie contesta. Es casi lo último que recuerdo. Recuerdo más a mi hermana cuando me llamó al día siguiente, pero esa es otra historia que ya está contada. De nuevo la vida me jodía mientras yo miraba a otra parte.
Pero antes… mucho antes, fue nati. Yo estaba preocupado porque la Señá Gregoria había tenido que cerrar y estaba centrado en ello y era lo más triste que había pensado, sentido, vivido nunca porque todos estábamos encima de ello y no conseguíamos hacer de todo ello algo que pudiera existir de forma autónoma y… nati se estrelló en algún lugar de Galicia con el coche y murió. Fui al funeral y le di el pésame a su hermano aka Copito, nunca supe el porqué del alias pero yo le odiaba un poco porque en un concierto que dimos en el instituto puso en el título «concierto de nirvana» y me parecía detestable. De aquello recuerdo su mano blanda y sus ojos llorosos y desenfocados y heridos y abiertamente lacerados que me miraban con el pulso en otra parte, e igual podía haberle dicho «gracias por el pan» que «siento mucho lo de tu hermana», hubiera entendido lo mismo en ese asentir mecánico de cuando la realidad te supera de tal modo que es imposible no desconectar, guardar la ropa y largarse a otra parte que seguramente era un verano con su hermana en el que estuvieron nadando en el río y haciendo el tonto todo el día… la vida le jodió, seguramente, cuando él estaba en otras cosas.
Y después fue Jorge, ese grande e ínclito y enorme jorge que siempre ha sido algún personaje en mis últimas novelas, y que vomitó por la ventanilla conduciendo porque era tonto y porque no podía dejarme solo ni antes ni después y nos fuimos a Yanes y teníamos los días contados o eso pensábamos y joder, qué grandes eran nuestras conversaciones sobre filosofía (nunca jamás desde entonces las he tenido mejores) y ese relato que me pasaste, tarado, y yo perdí porque soy imbécil y ahora ahora ahora ahora sí que está muerto para siempre. Como tú. Yo estaba liado con un proyecto inefable porque hubiera sido delito de haberse realizado (sin mala intención por nuestra parte, pero sí con desconocimiento), y no me di cuenta de nada y andaba ocupado y perdido y cuando te prometí ir a verte nunca fui y al final te metieron en paliativos de buenas a primeras (sacamos mucha punta a esa frase, «de buenas a primeras», y por eso debe estar aquí) y cuando me di cuenta ya era tarde y sólo pude ver tu urna tras un cristal y un tú que no eras sino un tú deformado y sin vida mirándome a través del cristal y le di el pésame a tu madre y a tu padre y todo fue tan tonto que no supe no pude no quise no me salió no entendí no encontré el modo de llorar. Y sólo pude llorar después en mi casa con un par de cervezas y las fotos tétricas y últimas de Yanes de ambos juntos mirando paisajes y montando en putas bicicletas, que para eso fuimos allí. Mi bicicleta es la misma. Y está ahí, y me recuerda a ti y eso y todo lo que es y eso y sigues siendo parte de mi vida. No sé si es importante pero sigues siendo parte de mi vida.
Más tarde yo andaba pensando en como remedar una nueva relación para que fuera medianamente posible cuando me encontré de lleno con una claridad o estupidez no consciente o verdad revelada o conocimiento sintético a priori (Kant, te sobraste con eso, amigo mío, las categorías del conocimiento se quedan en lo anecdótico en comparación) de la ruptura: como la venus que tú quieras elegir ahora la verdad se presentó ante mí con fuerza apodíctica e ineluctable y me sobornó al oído con una morosidad obscena (mucho antes, amigo, ya debieras haber transitado esos caminos) la respuesta correcta.
De nuevo la vida me jodía mientras andaba con otras cartas entre manos. Decidí romper porque no había opción posible pero… estaba en otra cosa cuando todo se presentó.
Permitidme volver al estribillo:
las cosas sólo suceden mientras nosotros estamos en medio,
las cosas sólo suceden y nosotros estamos en medio.
Y hoy, la causa de todo esto y el lugar de encuentro y el porqué de las cosas que se están escribiendo y la confluencia de tanto link que inserto (de forma inusual en una entrada, pero anda por ahí lo del hilo rojo, y es el motivo y el destino), andaba resolviendo a mi modo (esto es, sin planificación y según las cosas se presentan y les da por presentarse, y, más paréntesis, pensaba que estaba resolviendo, porque vete tú a saber, yo no, no tengo ni idea, hago lo mejor que sé, I do my best) un conflicto con el tipo que más me ha enseñado en tantas cosas que podría odiarle del mismo modo que le quiero. Ese mismo tipo que si no fuera por todo lo que nos une tendríamos tal conflicto que no habría canal de Panamá que nos uniera. Un tipo que si no fuera por todo lo que nos separa tendríamos tal idilio (hetero, espero) que no habría Moisés que nos separara para que pasara nadie ni a golpe de excomunión. Y andaba centrado en esta disputa, en este disruptor, en esa diástole, en esa dicotomía, discordancia, salto cualitativo o pollas en vinagre, cuando la vida me golpeó justo allí donde no estaba mirando. De nuevo. Como colofón. Como para demostrarme que nunca he aprendido nada, que nunca he aprehendido nada.
Que yo pensé que la vida estaba en los bares y lo llevé hasta el final. Que yo pensé que la vida estaba en los otros y lo llevé hasta el final. Que yo pensé que la vida estaba en mí mismo y lo llevé hasta el final. Que yo pensé que la vida estaba en los libros y lo llevé hasta el final.
Y aún así, no comprendo nada de nada de nada. Y me odio por ello. Me jode por ello. Cuando todo estaba centrado en otra parte, tú reventaste, goyete, la última jodienda mientras estaba en otras cosas. No me ha servido tanto estudio formal e informal. Ser el primero de la clase y después el último, el alumno más aplicado y después el que menos. He pasado por todas las fases y sigo sin entender ni una mierda de nada. No he entendido nada. No he podido ayudarte. Ni puedo. Estoy bien jodido. Nada significa nada. Nada supone nada. Nada es nada. Parece ser que la nada es lo único que existe.
Y lo único que puedo esperar. Lo único que puedo entender. A estas alturas no sé qué lamento.
Pero lo siento, amigo. Al menos, al contrario que la mayoría aplastante de este post, tú estás vivo. Y sólo por eso me subleva más si cabe. Despierta. Amigo, despierta.
borracho como una cuba en mi coche
Cuando estoy tenso sólo puedo hacer una cosa: conducir borracho a la máxima velocidad posible, golpeándome con las barreras, fumando tabaco como si me lo fueran a prohibir mañana. Y eso he hecho, claro que sí. Borracho como una cuba a 260 km/h de velocidad media.
Pero como tengo miedo al dolor, al mío y al ajeno, lo hago a los mandos de mi PSP, en este caso con need for speed shift. He ganado muchas carreras. Es fácil cuando no tienes nada que perder a. porque es un juego b. porque estás quemado y todo te da igual (mis escarceos quemado con el burnout dominator pa otro día, que da pa mucho). En este juego tirar a un rival para que se estrelle tiene complicación, porque puedes acabar estrellado tú mismo… pero como le odias lo bastante, el rival acaba mordiendo el polvo, la barrera del arcén, o lo que se guste. O lo que se tercie. Cuando me he levantado a mear el mundo entero ha confabulado para darme la vuelta…y en un requiebro difícil de comprender he terminado vomitando dentro, pese a estar cabeza abajo mirando mis pies en el espejo. Lo que es de agradecer. Mañana cuando me levante no me daré cuenta de nada, porque todo se ha ido… Dioses idiotas que me hacen vomitar cuando me levanto, sabiendo que tarde o temprano tengo que ir a mear.
Tengo un corazón de hielo
que no se ofende.
Que no siente.
Tengo un corazón de hielo que no recuerda.
Tengo un corazón de hielo…
y una mierda.
Y una puta mierda.
Después de vomitar, el litro reposaba sobre la lavadora, enfrente de la taza. Ahí lo dejé.
Tengo que quitarme el mal aliento. El vómito apesta.
El litro es indoloro.
No por otra cosa lo bebo. Está ahí y es de nácar. Y el resto de la realidad duele. Eso no.
El resto duele, eso no.
Cuándo ( y por qué) el diálogo es imposible. Nunca lo es.
Reventarme contra los bordes. Eso es posible. Estallar en mil pedazos.
Escucha. El silencio.
Eso duele.
El silencio.
El silencio es lo más parecido a la nada.
Es la nada.
(Esta es la entrada poética-hortera-ñoña del año, ya está la cuota cumplida).