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vivir el juego

¿Convertiremos la vida en algo tan interesante como los juegos (y con eso de interesante me refiero exclusivamente a los parámetros que se citan en el video)?

Ya sé que ya lo puse en mi tumblr, y de ahí pasó a facebook. Lo sé. Pero es un tema que me fascina. Y tengo sueño. Y no quiero perder el hábito de estar por aquí. Y todo junto. No está tan mal así, ¿no? Enga… un poco de paciencia… Que no es pa tanto. Si no lo has visto te lo ves y si ya lo has visto lo ves otra vez.

Te pones tus subtítulos y tan agusto.

Y a imaginar consecuencias, estupendas (trabajo colaborativo a un nivel no conocido aún) o nefastas (formación desde el día uno de vida a través de juegos, con su consiguiente educación sesgada, orientación al consumo y homogeinización mental de cada hijo de vecino, es decir, el camino de la humanidad a la granja).

Menuda caja de Pandora si llega a abrirse. Cómo controlar eso. Cómo y quién lo vigila…

siete años

Hoy fue el día de la madre. Cosa que está bien. Cosa que es comprensible. Menos comprehensible, pero bastante comprensible. Es un gran aniversario. Yo fui el amor para mi madre. Eso es sensato, tiene su aquel. Sigue la línea.

Hace SIETE días de la madre nació éste blog, es decir, hace siete años que nació estó. El museo de metralla lleva siete años en sus pantallas. Poco se ha ganado desde entonces. Si miro a mi alrededor, sigo en la misma casa, con la misma bici. Los ordenadores son diferentes. Hay estanterías nuevas. Mi vida es completamente diferente. Toda la Galia está ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor. Ecos de guerras mayores. Resonancias.

Eso de estar aún aquí es mucho más de lo que esperé en un principio.

Sigo resistiendo, sin saber muy bien por qué. Sin saber muy bien cómo.

No conozco los engranajes, me limito a permanecer como una lapa.

He vuelto a coger la bici. Cuando me ven unos llaman a la poli, otros a la perrera. No es sencillo ver un ballenato en ruta y no hacer algo. Imágenes recurrentes que devuelven el saldo, que dejan mensajes en el contestador. Por aquí han ido pasando mujeres. Este blog es esencialmente de mujeres. No, este blog no es de mujeres.

Es, más bien, de mis problemas con las mujeres.

Si tengo que hacer un resumen y tengo que decir que hago literatura (idea que me gusta, aunque no sé si es correcta), diré que lo hice gracias a ellas. Pasaron por aquí y llenaron mis días de cosas bonitas, pequeñas y delicadas, de cosas perfumadas, de cosas preciosas que no comprendo pero me marcan. Si tengo que recoger un papel y hacer un almanaque de una sola frase que surgió aquí, escojo una:

Con el vaso medio lleno de los besos que me diste y todavía financio.

Porque siempre estoy pagando a plazos según qué besos.

Y un par de certezas: la limpieza es deshonesta, lo sincero es el desorden. La limpieza siempre esconde algo. Por ejemplo, en los hospitales, donde nadie tiene mucha idea de lo que está haciendo, la limpieza es obsesiva. La limpieza es una musélina que malcubre como un azogue podrido la verdadera cara de las cosas, que permanece debajo de ella esperando no ser vista.

(Me queda sólo un cigarro, no tenéis que tener mucha paciencia sobre la longitud de esto, en cinco minutos termina).

Y dos, enorme: los problemas, si han de venir, que lo hagan de uno en uno. En fila india. Así los esperaré, en mi propio y personal paso de las Termópilas.

Una frase y dos certezas es mucho más de lo que se le puede regalar a cualquiera para quedar bien.

No es casualidad que un blog como este naciera en un día de la madre. Es bastante coherente.

A todas: gracias y de nada. Está bien. Todo fue como tuvo que ser. Hubiera deseado que fuera de otro modo. Pero no pudo ser.

Hace siete años empecé esto sin una idea clara.

Sigo sin ella.

Pero todo lo que ha pasado ha significado algo.

De eso doy fé.

excentrar la cabeza

Estuve toda la tarde, de forma discreta, intentando que mi cámara capturase el cansancio enorme que sé tiene Zentu, por las cosas de la vida. Al final lo conseguí, y eso hizo que mi pene engrosara al menos dos centímetros.

Hay días en que el regreso a la vida es penoso y angustioso. Abandonas el reino de los sueños contra tu voluntad. Nada ha ocurrido, excepto la comprensión de que la realidad más profunda y auténtica pertenece al mundo de lo inconsciente.

Henry Miller. Sexus.

Despierto con la sensación de que algo ha cambiado ya. No lo tengo muy claro. No es fácil. Quizá todo viene por haber estado tirando casi 300 fotos en el ensayo de Listea. Quizá porque ellos estaban en ese reino de los sueños al tocar y yo lo estaba con mi cámara. Mi cabeza hoy se siente diferente, y me recuerda a algo parecido a lo que yo llamaba, tonto, pedante e idiota que era, «mis menstruaciones». Cada cierto tiempo, de cuando en cuando, mi cabeza se iba a otra parte y me tiraba un mes entero comiendo, durmiendo y escribiendo, con ella, gracias a ella, gracias a esos nuevos ojos que se habían abierto porque habían querido. Sin más. Sobre todo escribía poesía, porque sobre todo era casi lo único que escribía entonces. Algún relato. Pocos. Malos. Como los de ahora. El año que estuve en Pedagogía no siempre fui a clase. Algunos días me quedaba en una cafetería al lado de la parada del autobús, con una pluma de las que coleccionaba entonces y un cuaderno. Pedía un café, encendía un cigarro, y escribía.

No sé lo que escribía. Poco recuerdo. Pero no siento que fuera algo especialmente bueno. Simplemente escribía sobre todo lo que había visto, sentido y vivido. El hecho de estar escribiendo era suficiente. No hacía falta más. Sólo el salir de lo cotidiano para entrar en esa realidad más profunda que sólo existe en lo que no existe. Que sólo existe en su imposibilidad. Ese estado en el que realmente soy productivo, haciendo lo que me hace funcionar, lo que me engancha, lo que me hace respirar más que los pulmones (por eso es imposible, porque, como es obvio, realmente no hay otra cosa que me haga respirar más que mis pulmones).

Estábamos en una terracita tomando unas cervecitas con el nuevo del grupo, Guille, que como todavía no tiene ni medio año de edad no toma nada y se queda tranquilamente en su sillita. Zentu me comenta que se va a ensayar, le obligo a que espere a que termine mi cerveza y voy con él. Montamos en el coche, echamos una charlita. Al local se accede atravesando unas vías y andando un camino corto entre casas bajas. En una de ellas nos abren la puerta y me llega el sonido de las canciones que ya conozco. Como no tienen cerveza voy a comprar algunas y cuando vuelvo empiezo a tirar fotos. Me tiro así todo el ensayo. Cuando termina hablan sobre el orden de las canciones, yo miro.

Miro ese espectáculo en el que esa gente está realmente aportando algo al mundo y, sobre todo, a sí mismos. No cuando conducen un toro llevando palets. No cuando revisan números. No cuando paran para comer y se calientan el tupper en el microondas. Sus caras entran y salen de la realidad, y soy consciente. Las veo aparecer y desaparecer, como un holograma defectuoso. Y ese estado se ve limitado a una tarde a la semana, por falta de tiempo.

Eso sucede en general.

No por eso deja de ser triste. No por eso deja de ser un constante y tremendo desperdicio.

Es terrible que la vida permita sólo pequeños momentos de existencia.

Hay algo tremendamente equivocado en todo esto. Hay algo tremendamente erróneo.

Pero lo bueno es que aunque breves siguen existiendo. Yo les vi y me vi allí. Tengo fotos que lo cuentan. Lo bueno es que el sobre duro tiene solapa, y se puede abrir desde ahí. El tema es prestarle atención. Puedo entrar y salir. Aunque cueste entrar. Estar en el lugar que paga la casa, la carne, el ajo y el pescado. Que me compra el aire que respiro. Conseguir salir después, llevar la cabeza de nuevo a ese mundo que no existe, que no es tan real como la tienda donde compro o el lugar donde aparco el coche. Que no es tan directamente accesible. Al menos no hoy por hoy. Es una pequeña rebelión, un gritito, un diminuto puño desafiante al aire.

Hay días que eso me parece una mierda.

Pero, incluso en esos días, es algo.

Limpio el sensor de la cámara, enciendo el ordenador, traigo la guitarra al salón.

Es viernes, un pequeño remanso. El fin de semana da la continuidad. Si consigues excentrar tu cabeza en viernes tienes mucho ganado, mucho más por ganar.

Cierro los ojos. Respiro.

Enciendo un cigarro. Me sirvo un vino.