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el círculo de la borrachera

Estábamos borrachos, eso lo recuerdo.

Entre toda la confusión que había, recuerdo que estábamos borrachos.

Yo iba allí de gordo, de sobrepeso. Iba allí de sobrante: de sobrecargo. No tenía ninguna importancia. Estaba de más. Sobraba.

Eso era lo que tenía claro.

Todas las mujeres que compartieron mi vida me han dicho lo mismo. Que estaba gordo. Todas me han hecho mucho daño con eso. Ninguna me ha ayudado lo más mínimo con ello. Todas me hirieron con ello.

Excepto ella. Estábamos, cómo no, en el cool. Y ella estaba allí, buscando algo. Looking for something.

Estuvo en un recital de poesía que di una vez, antes de volverme descreído.

Y gracias a ello fue sencillo.

Un par de frases de «¿eres?», «soy», «estupendo», «ok, un par de cervezas».

Me cogió de la mano y el brazo fue su brazo y me dió un beso en la mejilla y lo siguiente que recuerdo es estar en mi cama con ella a la derecha.

Allí.

A la mañana siguiente, el sábado pasado, me preguntó cómo escribía mis poemas.

Le respondí: «borracho».

Me dijo lo que siempre me han dicho: «eres una parodia de ti mismo».

Claro. (No tengo nada mejor que hacer, entre dientes).

Nos fuimos a comer unos bocadillos. Empezaba a llover. Nos guarecimos bajo una terraza. Me dió un beso con sabor a tierra y a panceta.

Volvimos a casa.

Nos guarecimos.

Después la acompañé afuera. Lejos. Le di un beso que fue devuelto.

Me dijo: «haz un poema de esto».

Le dije que no podía.

Y me respondió:

«entonces, nos vemos».

Nos veremos, y será así, porque está escrito.

Me masturbé con ella cuando ya no pude ver. Cuando la distancia fue la única presencia. Cuando todo lo demás se volvió arena.

comunicación

Te pedí
un segundo
para mirar a otra parte.

A mi alrededor cerraron la calle
con precintos amarillos.
Mandaron a la gente a casa,
dijeron que no había nada que ver allí.

«¡Circulen, vamos, circulen!»

Terminaste el café y te fuiste,
esquivando el cerco.

Yo me quedé.
Observando el infinito,
rompiendo las tarjetas de crédito,
sabiendo que iba a echarte
jodidamente
de menos
de nuevo.

enfocar la fotografía

Me gustan las frases grandes y grandilocuentes, pero las pequeñitas tienen un algo especial. Me gustan las fotografías al escribir. Retorcer un segundo para sacar de él todo lo que tiene ya que él, el muy cabrón, no lo entrega de otro modo.

En una foto alguien está mirando a alguien con odio. Eso es todo lo que puedes saber. Pero si retuerces puedes buscar el momento y la situación en la que el odio nació. Si retuerces más puedes saber por qué motivos alguien termino haciéndose odiar. Si se dió cuenta. O si no. Si retuerces más puedes saber por qué hizo lo que hizo, y qué hizo el que odió para vengarse.

Es como entrar a una cueva. Cuanto más andas más profundo llegas (anda la genialidad).

Alguien me dijo una vez que la información no es nada si no tienes cajones donde ordenarla. O lo leí del tipo este de la crisis ninja.

Y es verdad, es una tremenda verdad. Quiero decir que la información te rodea constantemente, en cantidades ingentes, pero si no puedes ponerle un nombre y decir:

«árbol»,

si no puedes nombrar, no puedes comprender nada. Y como los extremos se confunden en el infinito, que es el lugar donde se encuentran las paralelas, tener un exceso de información es exactamente lo mismo que no tener ninguna. Es el mismo tipo de silencio.

Así que suelo escribir comentando fotografías, entrando cada vez un poquito más dentro, retorciendo un poco más, abriendo y cerrando cajones y metiendo en ellos trocitos de realidad y esbozos de vidas paralelas que nunca fueron, pero en las que me gusta detenerme a jugar. Estar por allí un rato. Pedir unos bocadillos y sentarme en alguna parte a almorzar.

Por eso siempre hablo desde mi vida, claro, pero raramente de ella. Se entremezclan cosas. Imaginaciones. Aparatejos. Cosas que me llaman la atención. Y ahí sí que no puedo evitarlo: me gustan las situaciones grandilocuentes. Me gusta el concepto extraño del pasado, lo inevitable de lo perdido, el dolor de la pérdida del amor. Lo que tiene de existencial, lo vacío que te deja si se va. El sentido tonto de la vida cotidiana frente a la enormidad que nos pensamos. Lo frío de una realidad plagada de aristas y espinas.

Este mundo bastardo y cabrón que nos acoge para que nos hagamos bastardos y nos contagiemos cabronadas. Y a veces dulces regalos, lo sé, los valoro, sería complicado no hacerlo. A lo largo y ancho de las civilizaciones ha sido el único resguardo. Esos pequeños respiros. Un abrazo, un domingo después de comer conversando y tomando café, un pequeño préstamo para llegar a fin de mes, un polvo inesperado, el desayuno casi siempre (y más tras el polvo, claro), leer un rato con un vino y un cigarro…

Para entender a un tipo, para hacerle ese tipo de fotografía sobre la que luego puedes entender por dónde respira, necesitas saber el porqué de dos cosas: qué es lo que le hace levantarse cuando suena el despertador y dónde le gusta pararse a coger fuerzas. Entonces tira la foto y llévatela a casa.

Es ya tuyo.