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viaje

Mañana cojo un vuelo a Menorca. Al proyecto de Menorca psicodélica. Estoy nervioso porque no dejo de ser un puto desastre, y a estas horas no he hecho la maleta. Es curioso cómo me gusta torturarme a mí mismo sin más motivo que sentirme vivo. Últimamente siempre tengo la casa ordenada y libre de mierda, y eso me hace sentirme limpio. Cuando salgo del curro con todo hecho me siento tranquilo, igual que cuando no hay nadie dispuesto a joderme a la vista, cuando no estoy en ningún proceso de guerra fría.

Tengo pensado echar un par de sandalias, otro de piratas, un par de calzones y un par de bañadores y media docena de camisetas. Ni desodorante ni colonia ni champús, que no facturo la mochila y no tengo ganas de estupideces. La réflex y la guitarra, un par de pendrives. El carnet de conducir para pillar un cacharro de 125 cc algunos días. Un libro de Nietzsche que aún no he escogido, tiene que ser él aunque no sé por qué. El ipod con lo que tenga dentro. No sé lo que tiene ahora mismo. Un cuaderno y un boli. Condones.

Y hace tiempo que no cojo un vuelo, un par de años por lo menos, y necesito esa sensación de estar a tomar por culo con las tres cosas que llevas en la maleta y la guitarra en su caja. En ninguna parte conocida. La sensación de comienzo. La sensación de empezar de cero, de haber dejado detrás todo lo que había y sólo poder ganar, porque venga lo que venga será más que nada, que es lo que tienes cuando lo dejas todo atrás: a la nada y a ti mismo.

Las vacaciones como carnaval, como el carnaval real. He hablado mucho sobre el carnaval. Carnaval es el pedazo de tiempo en el que las máscaras no se ponen, sino que se quitan. Nada importa, más que el presente que lo es todo.

Las máscaras se estratifican y solidifican en tu cara todo el tiempo, a fuerza de mantenerlas en alto. Me voy a por la mochila. Me voy a encender unas velas, a abrir un litro de cerveza, a liarme un cigarro y a ponerme al tema. El viaje empieza haciendo la maleta, echando cosas dentro para más tarde. El viaje empieza cuando realmente eres consciente de que no vas a estar aquí mañana, cuando eres plenamente consciente de que te vas a otra parte y dejas tu universo a medida y confortable para ir a lo que te encuentres. Cuando superas ese segundo de miedo por lo conocido perdido y abrazas ese limitado caos de no depender más que de lo que el mundo te vaya poniendo delante. Ahí sucede la primera preciosa sonrisa del viaje.

El sol tarda en irse en mi casa porque no tiene edificios delante, y aunque ya no esté un anillo de luz surge del horizonte y repliega las estrellas hasta más tarde.

Bienmesabe

El «bienmesabe» es un postre, y siempre he pensado que eso está decididamente bien. Sería raro un postre que se denominara «vayasaboramierda» o «provocaarcadas». No siempre es así, pero es verdad que a veces en el mundo te topas con cosas que están muy bien hechas. Con cosas que sorprenden por su coherencia, ejemplificado en el momento en el que Randy le pregunta a Earl «¿por qué se llamarán kilómetros?» (supongo que él dijo millas, por eso de la distancia, pero no puedo asegurarlo y no viene mucho al caso) y Earl le responde clara y tajantemente «¡pues porque lo son!, ¿cómo quieres que los llamen, pollos?» Y ante eso uno no puede hacer más que quitarse el sombrero y sonreír, porque sería bastante curioso comer kilómetros y poner pollos de por medio cuando a alguien le da por jodernos en el sentido desagradable del término. Se empieza por ahí y vaya usted a saber dónde acabaría uno, volviendo a fumar o dejando la cerveza o retirándole el saludo a los vecinos.

Pero no todo está tan bien montado, lamentablemente. Cuanto más tiempo pasa más cosas leo y veo de las multinacionales o transnac (por transnacionales, supongo), y más me siento desubicado. Cosas curiosas en Un anillo alrededor del sol, anécdotas, suposiciones, nada más, pero cosas curiosas y muy bien traídas. Otras más en Super size me, el petardeo del liberalismo en los comedores escolares. Bah, y sería un no acabar. Vemos por todas partes que liberalizar el sector que sea produce desajustes tremendos, porque sobre todo cuando el criterio es el dinero pues…

Pues eso. El único criterio es el dinero.

Y parece que no hay más recetas. La solución de la tragedia griega pasa, según la UE, por liberalizar sectores públicos.

Se privatizan los beneficios, las pérdidas se constituyen en deuda pública. Me siento un poco estúpido, porque a mí todo eso me suena a «daarcadasdeinmediato», pero se llama «soluciónalacrisis». Lo que se ha construido con el dinero de todos, ahora se privatiza.

Viendo cómo funciona el hambre en el tercer mundo por divina intervención de agentes como Monsanto uno se pregunta si privatizar necesidades básicas es una buena idea. El agua, por ejemplo. Privatizarla me huele mal mal mal. No sólo por beber, que ya es, sino porque ahora el hidrógeno se postula como el sustituto a medio plazo del petroleo y… lo privatizamos.

No digo, y no lo diría jamás, que las grandes empresas sean como un Doctor Maligno y que su objetivo sea terminar con el mundo. No. No es cierto. Lo que si digo es que la monetización de todas las empresas en una pugna por tener cada vez más beneficios es un cuello de botella que termina con el ser humano medio comiendo mierda cara, bebiendo mierda cara, pagando una hipoteca crónica, pastillas crónicas, un siervo de la gleba de sus propias necesidades. Y eso es así porque, sencillamente, es lo más rentable. Y lo rentable es lo único que se está poniendo en la balanza.

Y eso sin necesidad de que nadie trace un plan maligno, por la simple y propia inercia del sistema que hemos escogido para organizar nuestras acciones. Un sistema que hemos escogido nosotros, por acción o por inacción, pero nosotros. Un sistema en el que cuatro viven como dioses, en un nivel en el que el resto de las vidas mortales parecemos hormigas diminutas mientras vivimos y morimos como hormigas diminutas.

cocinar putos imposibles

Yo no soy nadie, y cada paso que doy me lleva conscientemente más y más lejos de ser alguien. No tengo ni puta gana de ser alguien. He emprendido la huída más imbécil porque he comprendido hace tiempo que el mundo está compuesto por cáscaras vacías que repiten lo que les interesa y no tienen ninguna intención de conversación alguna. Que no hay objetividad porque hace un huevo de generaciones que a nadie le importa qué son esas insignificantes cosas como la verdad. La verdad, en el mundo de hoy, es una soplapollez. La verdad es una cosa que le sopla directamente a la polla de todo el mundo. La verdad es lo que esgrimen ubícuamente cuando no tienen ni puta gana de encontrarla.

Estoy borracho, obvia decir, y lo estaré siempre y cada tarde mientras tenga que escapar de tanta miseria, de tanto gránulo infectado de acceso purulento.

Si la victoria es el objetivo te sientes vencedor cuando ella vence, independientemente de que esté contenida en tu postura o no. Esto es un hecho concreto para mí –y su contrario, esa puta y asquerosa falacia, está recogido por ejemplo en películas como «The last supper«, en la que después de matar sin sentido a todo el puto mundo un radical les presenta la teoría de que la verdad es consenso y para eso necesita de personas extremas que desarrollen las tendencias hasta el límite. Como si uno fuera independiente e instrumento de la verdad en el camino de mediarse. Como si uno no fuera parte de la verdad más que elongando la mentira hasta que el medio rehaga la cordura–.

Como si la verdad nos fuera ajena y no pudiéramos comprenderla individualmente, más que en la suma y aniquilación dialogada de contrarios.

Y una puta mierda. La verdad no existe como ente separado del mundo y autónomo, bien que lo sufro y lo sé, pero sí que existe una verdad subjetiva que entiende de pulsiones y argumentos, y no me hace falta enconarme con mi opuesto para llegar a un término medio intersubjetivo.

Que la cabra tira al monte es un hecho. Que justifiquemos que lo haga es una estupidez.

La radio se ha jodido en mi coche y sólo puedo escuchar la cope. Cuando he ido a por más birras estaban hablando de que hay que acabar con esa cláusula de que un convenio laboral sirva hasta que se firme el siguiente, porque genera perjuicio para el empresario, que no es, ni más ni menos, que pérdida para el trabajador (sic).

Yo era delegado sindical entre el segundo y el tercer convenio de Telemárketing y entonces bien que les gustaba que eso fuera así. Como la economía subía les encantaba que un convenio se mantuviera mientras se estancaba la negociación del siguiente porque siempre pagaban menos de lo que debían, bien que nos daban por culo con eso, bien que lo esgrimían como un consolador gigante con el que juraban darnos placer, bien que lo usaban para estancar convenios mientras iban robando más y más dinero del trabajador, engordando como buitres royendo cadáveres. Ahora que todo baja les jode, pero entonces les encantaba. Y ahora justifican la desaparición de esa cláusula del mismo modo en el que antes enconadamente la defendían. Enconada y brutalmente.

Pero no comprendo… ¿no sigue siendo la misma cláusula?

Joder… ¿no sigue siendo la misma puta verdad?

¿A quién ostias le interesa la verdad?

Yo no soy nadie, y no quiero serlo. Quiero mantenerme lejos. Quiero beber todo lo que pueda, comer todo lo que pueda y follar todo lo que me dejen, porque la conciliación del mundo da asco, es asquerosa, no significa nada, es hedionda. Porque vamos a jodernos en lo que podemos y en lo que no también. Porque esta sigue siendo una sociedad clasista que favorece que siga teniendo más el que más tiene y en el camino se nos ha olvidado que podemos llegar a un acuerdo justo.

Porque nada significa ya justo. Ni verdad. Ni acuerdo.

Nada significa nada, joder.

Esos mismos que entonces nos argumentaban que el mantener un convenio ya terminado era lo mejor para el trabajador, cuando con ello pagaban menos, para favorecer el empleo, ahora nos argumentan que reventar un convenio cuando termina es lo mejor para el trabajador, para favorecer igualmente el empleo.

Y yo no sé cómo cocinar eso. Hoy he reventado por aquí y parezco un sindicalista, pero es que, joder, todo es lo mismo. Esto es sólo un ejemplo. La educación es el privilegio del que tiene el poder. El poder es una sombra que crece cuando alguien cree en ella. El mundo es una mierda, pero sólo por culpa nuestra.

Y mi responsabilidad (que es la de todos y cada uno) en ello me destroza. Me revienta. Me jode. Me hace mierda.

Me prometi no ser nadie y por eso no tengo boca.

Y no tengo boca y debo gritar.