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está lleno de estrellas

y se nota. No puedes ir muy lejos sin encontrar una puerta estelar que te lleve al siguiente sistema. Después al siguiente. Después al siguiente. No sabrás si en alguno de ellos te están esperando para acariciarte, llevarte al éxtasis de la destrucción. Para eso deberías llevar un explorador delante.

No saltar de puerta estelar en puerta estelar sin más, teme la burbuja que dejará tu nave inoperativa mientras te vuelan el casco, recorre los sistemas y guarda localizaciones seguras aleatorias a las que poder saltar en caso de necesidad, en tu estación habitual guarda un punto que te permita atracar inmediatamente, cámbialo a menudo, no repitas lugares seguros, no repitas nada, no dejes huellas.

No te hagas predecible. Sobre todo no te vuelvas predecible. En ese segundo estarás muerto.

El espacio es enorme y no le importas a nadie. Eso es la experiencia radical que puedo sacar de tres meses como capsulero ocasional. El espacio es enorme y justo cuando entres en colisión con los intereses de otra persona puede que entres literalmente en colisión con ella. No te vuelvas predecible, no recorras la predictibilidad de los demás excepto cuando puedas —y quieras— aprovecharte de ella, vigila para no estar en medio cuando las cosas sucedan.

Eso es Eve Online. Un espacio infinito en un sólo servidor en el que pilotos compiten, se odian, colaboran, guerrean, se montan corporaciones enormes y alianzas de corporaciones que hacen política entre ellas, conversaciones que deciden el juego de miles de personas. Todo en un solo sitio.

Está lleno de estrellas y se nota.

Una pesadilla de la que aprender, en la que ninguna normativa te protege y la única fuerza reguladora es el poder. El tuyo, el de los tuyos. El del otro, el de los demás. Una pesadilla que, de hecho, es muy real hoy.

No vueles en nada que no puedas afrontar perder.

había barro

al otro lado del espejo.

Se habían ido quedando calvos de ganas,
huérfanos de cosas que mirar,
de sitios a los que ir y tomar algo.

Habían esponjado primero y triturado después
todos los puntos de interés curístico.
Ya no quedaban esos puntos rojos en el mapa.
Nada hubo mejor que nada y nada podía serlo.

Esclavos del
pan
la carne
el ajo
y el pescado

era milimétricamente eso lo que les había quedado.

Rotores, pernos, engranajes duros que machacan
tu llama
sitiando por hambre el cerebro.

Asfixia por sobredosis.
Sobredosis como pantalla de humo.

Puedes hacer lo que quieras.
Si eres capaz de permitírtelo.
Nada es gratis, ni siquiera el sol.

De entre todas las cosas,
mucho menos el sol que todas
y cada una
de las demás.

Y menos aún el tuyo.
El propio.

odio ciertas cosas

como

«si no lo hubiera hecho yo lo hubiera hecho otro».

Lo odio a muerte si es falso. Lo odio mucho más si es cierto.

O como

«el que no sabe cómo mantenerse a flote merece estar muerto, merece lo que le pase»

pero

¿de qué coño de humanidad estamos hablando?

Odio, con locura, que me pidan pasta a la entrada de los supermercados, porque me pregunto

¿cómo cojones permitimos que todo dependa de la caridad?

¿sabes a lo que me refiero?

La caridad es una voluntad, no un derecho.

Es un estado de ánimo.

La caridad es circunstancial, un derecho es siempre válido.

Odio cuando dicen, «lo básico, sí, excepto para los que no se lo merecen».

¿Quién cojones decide quién no se lo merece?

Odio a la gente que defiende el sistema de que los que más tienen van a ser los que más tengan siempre y

oye

que yo he entrado en el juego

que pago mi casa, y mi luz, y mi agua

y pago la ropa que llevo

y pago mis vicios, todos ellos, todos y cada uno de ellos

sacrificándome entero (¿negrita, cursiva, subrayado?)

Y aún así no comprendo cómo es posible que la gente no tenga ni siquiera derecho

a un techo.

Derecho a vivir.

Los convenios son la regulación de la esclavitud. Y tú lo sabes.

Es cierto.

La zanahoria del «quizá tú seas rico mañana»

y esas mierdas.

Jugamos a un juego horrible en el que vemos
cada día
a gente
en la calle
pidiéndonos algo
para poder
comer

(mientras compramos un juego online, nosotros lo hacemos,
yo, por supuesto, lo hago).

Alimentarse.

Y nos decimos «eh, nosotros no estamos en eso»

Sin preguntarnos
«¿por qué nadie tendría que estar en eso?»

Por qué cojones nadie, en un mundo como este, tiene que estar en eso.

Si esto es civilización yo me piro.

Yo lo dejo.

Me han educado para amar mis propias argollas. Para darles besos.

Pero quizá, algún día, no lo haga más.

¿Y entonces qué, seré un hijoputa,
un deshecho?
¿No seguiré siendo el mismo?

¿No seguiré siendo ese yo al que aman los que aman y odian los que odian?

¿Seré algo, en concreto?