# perdiendo.org/museodemetralla

entraron en mi cabeza (201) | libros (20) | me lo llevo puesto (7) | pelis (2) | Renta básica (9) | series (6) | escasez (2) | frikeando (94) | arduino (1) | autoreferencial (11) | bici (1) | esperanto (4) | eve online (3) | git (2) | GNU/linux (4) | markdown (7) | nexus7 (2) | python (7) | raspberry pi (3) | vim (1) | wordpress (1) | zatchtronics (3) | hago (770) | canciones (161) | borradores (7) | cover (44) | el extremo inútil de la escoba (2) | elec (1) | GRACO (2) | guitarlele (11) | ruiditos (11) | Solenoide (1) | fotos (37) | nanowrimo (3) | novela (26) | criaturas del pantano (5) | el año que no follamos (12) | huim (5) | rehab (4) | poemas (362) | Anclajes (15) | andando (3) | B.A.R (7) | Canción de cuna para un borracho (38) | Cercos vacíos (37) | Cien puentes en la cabeza (7) | Conejo azul (6) | Contenido del juego (5) | De tiendas (3) | del pantano (3) | Destrozos (2) | Epilogo (4) | Fuegos de artificio (5) | Imposible rescate (15) | Jugando a rojo (7) | Libro del desencuentro (2) | Lo que sé de Marte (11) | Los cuentos (21) | Montaje del juego (5) | Orden de salida (4) | palitos (31) | Piernas abiertas (7) | Poemas medianos (12) | Privado de sueño (7) | rasguemas (5) | Tanto para nada (17) | Todo a 100 (2) | Uno (4) | relatos (97) | anatemas (9) | orbital (2) | prompts (8) | vindicaciones (103) | perdiendo (1.716) | atranques (1) |

brama la llama

Hagamos poesía o algo.
Estamos allí sentados, con los ojos en las estrellas
mientras brama la llama.
Basura.
La llama no brama.
No brama nada más que el sobrecogerse por un cielo tan amplio.
Podría haber dicho enorme, o infinito.
Podría, pero no lo he hecho.
Amplio es más confortable, menos desolador.

Es un bramido interior en cualquier caso.
No es el espacio el que brama, es tu cabeza reventándose entera mirando
el espacio desnudo.
Frente al que tú estás y te sientes desnudo.

Tú querías comerme entero pero yo dudaba de tu embriaguez, aunque más bien, pienso ahora, dudaba por tu embriaguez. Al fin y al cabo es necesario apresar el momento siempre y sólo cuando el momento es lo único que te interesa. Bramaba la llama frente a nuestros pies, aunque ahora que lo pienso más bien crepitaba. Y tú estabas borracha, hasta el punto de vomitarme encima. Vomitarme encima era una especie de gesto de cariño, de reconocimiento, de quererme un poquito. Al fin y al cabo, no habías vomitado sobre nadie más. No habías vomitado sobre otro. No. Lo habías hecho sobre mí, y eso, de algún modo, me reconfortaba. Podría incluso haber levantado mi camiseta para enseñársela a los demás y decir “eh, sobre mí”. Silencio. “No sobre otro, sobre mí”.

Cicatrices de guerra, pasto de la lavadora mañana.

“Bramaba la llama” es bonito porque es musical, pero la llama desde luego no brama. Supongo que el fuego del herrero con la ayuda del fuelle enorme brama. Supongo que en ese caso sí. No es cuestión ahora de ponerse a discutir. El cielo amplio sobre nuestras cabezas dibujaba caricaturas en las que tú, y yo, y el resto del mundo perdía importancia paso a paso. No éramos nada en comparación con todo lo demás, pero nosotros no somos todo eso. Nosotros somos sólo nosotros. En esa escala joder si importaba lo que estaba sucediendo.

“Eh, sobre mí”. Silencio. “Sobre mí”.

Yo no quería decir nada y estaba empequeñecido dos veces. La primera frente al techo de estrellas que bramaba, en mi cabeza. La segunda frente a ti, que habías escogido vomitarme a mí frente al resto del universo (estelar) y a este mini universo (más local). Bah, no tenía ganas de enseñárselo a nadie. No tenía necesidad, en realidad. Me bastaba saber que ese vómito era para mí, y a la mierda los demás. Ese vómito era mio como el aire que respiro, al menos mientras está dentro de mí. Se multiplican las metáforas imbéciles, los caminos trillados de versos desgastados. Pero eso pasa ahora. Entonces, en ese momento, no pasaba. En ese momento aún no existían. La poesía viene siempre después, a remolque, a mitificar lo que ya ha sucedido.

Entonces era algo así como que mañana te iba a recordar no sé qué, y si todavía era qué, o era algo de algún modo, hablaríamos de negocios. Ya sabes, es necesario apresar el momento siempre y sólo cuando el momento es lo único.

La llama no bramaba. El resto sí. Volví a casa sordo, atontado.

atardece en Ajalvir

y yo tengo la sensación de que me he pasado la vida buscando un sitio donde comprar un paquete de tabaco y un par de cervezas. Bolaño y su 2666 repiquetea en mi cabeza y pienso que pienso que no entiendo y que hay cosas que se escapan a mi comprensión, más de andar por casa por parámetros de seguridad estandar. Porque entender entiendo. Porque comprender comprendo. Pero me pilla muy lejos, no sé si me explico: esos hijos de puta están tan lejos que no puedo ni hacerme a la idea de lo que sería estar cerca de ellos. Pero si el asunto existencial (¿dónde voy, quién soy?, y demás) se redondea al asunto local (estoy aquí y soy lo que son los demás a mi alrededor) hace tiempo que perdí la ubicación. No conservo mapas. No tengo gps. No puedo dar una respuesta clara.

Estoy perdido, hace mucho, en un mundo que no llego a comprender del todo.

Esto quiere decir: no me parece importante lo que para los demás lo es. Me parece significativo lo que para nadie lo es.

Y podría sentirme equivocado, en todos los planos (¿me das cambio para tabaco?, ¿está activada?), pero tengo una tremenda sensación de haber tocado la fibra y de que la fibra que se me vende, si se puede explicar así, no tiene nada que ver con las cosas, con el mundo. Con las cosas.

Porque pase lo que pase (dos litros, por favor, ¿tres euros?, aquí tienes, taluego) el fin en sí mismo del fin de todo no puede ser agrandar el agujero en el que todos estamos metidos. Culos y tetas de septiembre que están a punto de esconderse hasta la primavera. Llevo más de veinte años buscando un paquete de tabaco y un par de cervezas. Llevo más de veinte años y mi percepción se ha expandido pero, de algún modo, no ha cambiado en absoluto. Sigue manteniendo los mismos límites que siempre retuvo como propios.

Saludo, sonrío. Me dirijo a ti que saludas, sonríes. Todo capas, todo cubiertas. Todo invenciones, fuegos de artificio, artificiales, analgésicos convencionales.

Me vuelvo a casa. Satisfecho. Enfermo. Torcido. Con un paquete de tabaco y un par de cervezas, que parecen ser lo que he estado buscando siempre.

Las caras alienígenas, extrañas, en la terraza miran la tele. Podría encontrar referencias comunes en medio del patio si el patio, la tele, las sillas y las mesas tuvieran algo que ofrecer que no estuviera cubierto de mugre. Mugre es…

no ver nada. No es que no vean, es que no quieren ver nada. Porque…

y ahí me pierdo.

Si hay un porqué no lo veo. No soy capaz. Me muerdo.

Los labios.

Discreto.

Y entro en casa, a jugar a un juego.

tenía ojeras

y estaba buena, realmente buena, así que no me importaba nada más. Tampoco tenía fuerzas ni ganas de afrontar nada más, me limitaba a mirarla de cuando en cuando cuando no tenía nada mejor que hacer, porque al mismo tiempo sucedían centenares de cosas maravillosas. Caían servilletas al suelo, por ejemplo. Había un niño cabrón que lidiaba entre la cara de disgusto de su madre y la risa a medio camuflar de su padre, y se dedicaba a saquear el servilletero y tirar las hojas al aire, que planeaban con su propia cadencia y ritmo una a una, cada una un universo entero.

Entre una y otra yo la miraba.

Algunos pájaros volaban pidiendo migas, por ejemplo o también recuerdo —coge la que más te convenza pero una de las dos, elige tu propia disyuntiva—, y esos sí que parecían saber volar bien y controlarlo bastante. El aire tiene sus cosas, pero de algún modo a tipos como las servilletas y los pájaros les sostiene en él mismo. Con ganchos, ganchitos, cuerdas diminutas como liliputienses de Gulliver colgando de… ¿dónde?, ¿de las nubes es demasiado bobo? Yo pensé en las nubes. No había otra cosa en ese momento ahí arriba.

Qué tontería, pensé, y volví a mirarla. Había abierto el bolso, sacado un cigarro y lo había encendido. Boca de cenicero, me llegó de alguna neurona particularmente atenta del cerebro. Boca de cenicero, boca de cenicero, comenzaron a repetir las demás como niños pequeños saltarines y tontines. Boca hermosa de cenicero. Boca pintada de rojo de cenicero. Ella estaría pensando también en algo, todo el mundo lo hace. Nadie puede evitar hacerlo casi todo el tiempo. Qué tontería. Hay gente que se concentra, se funde con algo, y deja de pensar para intuir. Ese estado de gracia es el que busco todos y cada uno de los segundos de mi vida.

En la ducha, bajo el chorro caliente que me cae por la espalda mientras busco el jabón y me froto. Podría decir el alma, pero el alma no se frota. No con las manos. En el coche, después de un rato, cuando no pienso y la atención y la concentracíon es máxima. En un libro. En un juego.

La conciencia y el pensamiento son un subproducto de la autoconciencia, que no es más que ser consciente de los demás de modo que puedas aventajarles: la empatía. Pero no iba a por eso, eso lleva a no entender. Iba a que el pensamiento consciente es una mancha de aceite que se extiende y se come todo el tiempo, se hace omnipresente mientras los humanos sólo queremos deshacernos un rato de nosotros mismos. Dejar de pensar en todo y por todo.

(Sentir el sol en la cara sentado en la hierba con las manos detrás de ti apoyadas en dedos entrando en la tierra mientras una leve brisa mueve el pelo y tú estás con los ojos cerrados notando el calor en la piel y una especie de anaranjado sordo en los párpados, ¿de verdad quieres pensar ahí en algo?).

Al niño se le acabaron las servilletas y lanzó el servilletero, y el padre gritó saltando a la pata coja y la madre rió, le había pegado en el empeine. Después de reír con el padre ahora reía contra el padre, pegado a la madre. No entiende de lealtades. Sólo de la risa. Centrar la atención.

Me giré y no vi pájaros, ya no quedaban servilletas excepto en el suelo como… bueno, como servilletas en el suelo, ¿cómo qué otra cosa si no?, ¿hojas de otoño? Qué cursilada, y qué poco exacto.

Giré hacia ella y ya no estaba. Había dejado la colilla manchada de carmín en el suelo, tirada también. ¿Sería una señal, una señal de algo? No lo sabré. El momento había pasado. Este tipo de cosas existen así, sin más, como si no importaran demasiado pero tampoco quisieran hacer otra cosa.

(Cuántas preguntas, ¿por qué las ojeras, por qué cansada, por qué rojo?).