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la lista de la compra

Envejecer es extraño. Y mucho más aún ahora, en medio de todo.

Envejecer es como estar en una cola.

Estábamos todos allí, pegándole duro a las cervezas. Fuimos tanto hace tan poco que no nos resignamos a ser tan poco ahora. No, no tiene nada que ver con poco o mucho, ahora somos tan distintos…

Envejecer es como estar en una cola, esperando a que te toque el turno para algo que no recuerdas muy bien. Miras lo que llevas en el cesto y parece que no reconoces casi nada de lo que hay dentro.

¿Yo quería comprar eso? Ya casi ni me acuerdo. ¿Eso que está dentro? No, eso fue hace mucho tiempo…

No tener críos añade una especie de atemporalidad. Una especie de levedad, de falta de peso. Haces lo que haces porque lo haces, pero sin necesidad alguna. ¿De verdad yo quería eso?, ¿cuándo?

Ya casi ni recuerdo.

Envejecer es extraño cuando no estas envejeciendo, cuando como Peter Pan no sientes el paso apodíctico del tiempo. Cuando envejecer es algo de lo que hablan los demás, en una barbacoa de reencuentro mientras tú no sientes que te estés reencontrando con nada. Más bien estás perdiendo algo, algo que te quedaba, algo que pensabas que aún conservabas, algo nuevo entra en la cesta en la cola que no recuerdas haber tenido necesidad ni ganas de haber comprado. ¿Es esto mío, seguro?

Y sigues hablando: llamando a las cosas por su nombre: en ese momento absoluto en el que no hay nombres para nada.

¡Ei!

Pareces decirte.

Yo no estoy en la cola, aún sigo buscando.

Buscando qué.

Esa es la pregunta y lo es todo.

No sabes qué y sigues sin saber qué.

Llenando el carro, o la cesta, o lo que coño sea. Cosas que echar dentro, no sé si me explico. Para pasar por caja tienes que tener cosas en la cesta, de otro modo la dependienta te va a mirar como si estuvieras rematadamente loco. ¿Me puedes cobrar esta nada? No tiene sentido.

Estábamos allí, y yo le estaba pegando realmente duro a las cervezas, seguramente porque no reconocía a nadie, porque no quedaba a nadie a quién reconocer. Porque de esto se estaba tratando todo el tiempo. De no dejar que algo pasara… mientras todo estaba pasando. Olvidando olvidé lo que me juré recordar, decía Hierro, pero es tan difícil… aprehenderlo, que no se escape… en medio de todo esto que pasa… olvidando recordé lo que juré recordar, pero no estaba en la cola, ni en el carro, y ya no sé si en las estanterías.

No sé, tendría que mirarlo. ¿Tengo espacio para otra vuelta?

Me sentí extraño, dándole duro a las cervezas, pegando fuerte, resoplando. No he perdido nada. NO tengo la sensación de haber perdido nada. Pero es como si todo se estuviera perdiendo por todas partes, desaguando. Es como si todo se estuviera perdiendo constantemente, o como Vietnam o algo viendo como todo el mundo cae y se va a otra parte que no hacen más que decirme que es mejor pero yo no sé. Resoplando, gordo como un ballenato que quiere pasar el invierno con un oso en una caverna en la que no habrá nada absolutamente nada nada de nada nada en absoluto que comer hasta que no llegue de nuevo la primavera, que será el momento en el que saldremos o algo para recibir y sentir un mundo pleno y grácil y lleno de cosas que buscar para comer.

En todos estos tiempos a contratiempo es complicado envejecer, porque parece un viaje a otra parte cuando no quiero moverme. Cuando no siento en absoluto la necesidad de moverme a parte alguna. Cuando no tengo por qué.

¿Yo metí esto aquí, voy a pagar por esto? No sé, déjame pensármelo un rato. No, no llevo demasiado, seguro que aún tengo un rato. Para pensármelo. Para ver si lo que quiero no es otra cosa. No sé. No he sabido nunca. No puedo empezar ahora, creo, a decidir si ya he pensado bastante.

Luego todo el mundo se fue. Y me quedé allí con un par de cervezas, jodidamente caliente como un tizón oxigenado. Y no caliente en el sentido habitual, sino caliente: febril. Resoplando como un puto rinoceronte, sin objetivo fijado pero sintiendo que un objetivo tenía que ser fijado de una puta vez por todas.

Los rinocerontes es lo que hacen, se enervan, apuntan y cargan.

Preguntándome quién estaba equivocado como si pudiera saberlo. Como si fuera factible apresar algo ahí, en eso. Como si todo, independientemente de mí y mis elecciones, no fuera a seguir constante e inevitablemente sucediendo.

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