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conquistador

Es curioso como pueden ir cambiando las canciones con el tiempo, en función del proyecto en el que andes metido.

Cuando arrancó el proyecto de «el extremo inútil de la escoba», hace ya dos septiembres, Nano y yo íbamos a revisitar los viejos temas con la idea de darles, al menos, una grabación decente. Eso era todo.

Y, un día, trajo al chino al ensayo. Un buen bajista. Qué coño, un bajista excepcional.

Después dimos un concierto fracaso en El Cielo Lokal que, junto a otros recodos de cada uno, hizo que nos separáramos al siguiente enero.

Al siguiente septiembre, como las colecciones de los kioscos, nos volvimos a reunir.

Y derivamos un rato, un buen rato, por los viejos temas. Esta vez con otra idea. Ya que estaban hechos, íbamos a utilizarlos para conocernos entre nosotros e ir ganando confianza, con el propósito de empezar con los conciertos pronto y después ir incluyendo canciones nuevas deshechando paulatinamente las viejas. Las que son historia y ya tienen su recorrido. El hacha de guerra, conquistador, me destrozas, sísísísí, borrachos, tan a gusto sin el mundo, cada vez más ruín, piedras, disfraz de horas, la primera luz del día. No me atraía mucho la idea, porque al fin y al cabo son cosas ya hechas y hay otras pujando por salir. Y saliendo. Pero era una buena idea, sin embargo. Los sigue siendo. Pero derivamos. Nos íbamos gustando en los ensayos y eso hacía que no definiéramos nada en concreto. Metimos subsidio cash de rondón, porque salió nueva y era una buena cosa. Pero estábamos derivando.

Hasta el martes pasado, en el que nos reunimos, tomamos unas cervezas. Dijimos «eh, no estamos yendo a ningún lado» y cambiamos el concepto. Después nos fuimos a cenar, bebimos algo. Nos mareamos. Terminamos en un garito tocando de forma improvisada.

Y hoy hemos hecho el primer ensayo de la nueva época, con cajón y congas nuevas, más centrados. Hemos discutido, nos hemos gritado un poco. Y depués nos hemos puesto a tocar. Y lo que ha salido de ahí ha sido magia hoy.

Un conquistador que no es ni de lejos conquistador. Un cada vez más ruín que no se parece al original. Un hacha de guerra tremendo que nunca fue tanto. Y un borrachos que le daba la vuelta al cuadro. Después de un par de horas definiendo las hemos tocado, del tirón. Y han salido del tirón. Es curioso cómo pueden ir cambiando las canciones con el tiempo.

A veces me siento raro. Después de tanto tiempo la misma mierda. Después de tanto tiempo eso mismo. Pero es que hay una parte de mi vida que pedía ser cantada, las demás supongo que no. He hecho canciones después, por supuesto, pero no han calado igual en mi cabeza.

Supongo que, durante un tiempo, componer canciones era lo único que me mantenía cuerdo, en toda la extensión de la palabra. Después hubo otras cosas y fue más fácil. Endiabladamente más fácil vivir. Pero no entonces. Las canciones y el museo son lo mismo, y lo fueron durante mucho tiempo. Las canciones y el museo eran lo que me mantuvo en mis cabales cuando todo lo demás se desmoronaba.

Y ahora, al revisitarlas, descubro que ya no me dicen nada de lo que antes decían y, sin embargo, me cuentan historias nuevas. Es curioso cómo las canciones van cambiando. Es curiosa la capacidad de esponjar y reflejar situaciones que tienen. Es curioso cómo laten, pese a no poder hacerlo.

Laten.

Y ha sido bueno. Ha sido muy bueno. Ha sido jodidamente bueno. Ha sido especial. Durante un rato he salido del mundo y, al terminar, me ha costado volver a entrar. Mucho. He entrado rechinando los dientes. No porque la realidad sea mala, sino porque eso que estuvo vivo durante cuatro canciones parece infinitamente mejor.

Tremendo impacto.

Las ondas sonoras rebotando por todas partes.

(Todo aquello para intentar explicar todo esto ahora).

Toda mi vida sin creer en nada y voy empezando a resquebrajarme. Hay algo. No sé qué es y no es nada al uso. Pero a veces voy a sitios… que no están en ninguna parte. Me desplazo por un rato. Hay algo, he estado allí y voy de vez en cuando. No es ni mejor ni peor ni pollas. Es, simplemente, un lugar en el que me desprendo de mí mismo y pertenezco a otra cosa. Esto suena muy Iker. Pero así es. Existe un lugar al que voy de vez en cuando en el que me sumerjo en otra cosa en la que me diluyo y soy menos y más al mismo tiempo. Escalofriante.

Quizá ahora es cuando pierdo la cordura, no lo sé. Sólo sé que es gratificante hacerlo de cuando en cuando. Es una especie de abismo que me aterra y me atrae por igual, ¿era Kundera el que decía que el vértigo no es miedo a, sino necesidad de caer?

No recuerdo.

Pero ahora sé lo que es ese vértigo, eones después de leerle ahora creo saber de lo que hablaba.

Hay algo con las canciones, con su parte mecánica… como un mantra quizá, algo semejante. Como conducir cuando haces muchos kilómetros y sientes que te conviertes en el coche, o no sientes nada pero los pedales y el volante y la velocidad son parte de tu propio cuerpo. Diluirse, como lugar al que ir después justo de hacer el esfuerzo de expresarse, es un buen viaje. Compones primero y luego tocas los mismos acordes una y otra vez y puedes hacerlo sin poner nada de tu cerebro en ello, porque los has interiorizado de un modo absoluto, y algo fluye entonces, algo surge. Te desplazas. Y el tiempo se comprime, vas, estás allí un segundo, y cuando vuelves ha pasado media hora, una hora, una tarde entera en el mundo real. ¿Qué ha pasado con el tiempo? No lo sé. Se ha comprimido. Te invade una sensación de paz. Una sensación de paz no por ninguna estupidez ni chorrada metafísica, sino porque andas reconciliado con el mundo, que suele ser batalla y dureza y de repente te parece maravilloso y no ves el horror por ninguna parte. Ya no ves el horror. O comprendes que el horror es sólo una parte, diminuta, de todo lo que hay.

Terminas y vuelves y sólo estás tú, con un par de tipos delante, a los que sólo puedes decir gracias o algo parecido farfullando. Confuso. No sabes qué haces ahí, y has entrado rechinando los dientes porque sin tirón no te sacan de la otra parte. Sin tirón no hay dios que te emplace de nuevo en esto. Farfullas gracias o algo. O ha estado bien. O ahora sí. Nah. Dices algo porque algo hay que decir. En realidad quieres abrazarles, partirles por la mitad, meterte dentro de ellos de nuevo, besarles o algo. Les debes un huevo y no sabes cómo sacarte eso de dentro para que lo comprendan.

Y te montas en el coche, arrancas, enciendes las luces, metes primera y vas camino a casa adorando cada puto arbol y cada ceda el paso y cada badén por el que pasas. Así de tonto es el espectáculo. Y sabes que hoy vas a dormir. Pero no como el resto de los días.

Sabes que hoy vas a dormir.

No sé por qué estoy diciendo esto. No sé ni remotamente por qué si no tengo ni idea de cómo explicarlo. Es un abismo precioso que miras desde fuera pensando si no dejarás nada de ti dentro cada vez que entras. Bah, sabes que lo haces. Pero te da igual.

Y aún así lo sigues agradeciendo. Ese calibre de miedo es el que está justo delante.

Justo ese. Sin luces de neon, sin propaganda, sin campañas publicitarias. No lo necesita. Tienes ese tipo de abismo frente a tu cara que te atrae de un modo inevitable. No hay nada que puedas hacer al respecto. Y piensas que la cordura es una pequeña recompensa comparado con eso. Que no es casi nada. Que está sobrevalorada.

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