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Conclusión – Pensarse muerto

(Pon carita de pena,
que ya sabes que haré todo lo que tú
quieras).

1.
Penetro el infinito, puro y desfigurado
por el conocimiento. Esquilmo sus taras
hasta hacerlas desaparecer por completo.

Pienso que soy, y sigo siendo. No
por nada más me siento vivo. Por nada
más que por no pensarme muerto.

Sin nombre. Una oquedad. Un
elemento sin forma. Una imagen
esbozada en algunos cuadernos.

2.
Las verdades son como puños, las palabras
como los cigarros, se esfuman con el tiempo
y el espacio…

Las dudas contrastan la pugna,
el hombre perseguido y el
soñador empedernido. La imaginación
desbordada por el fuego y el
sentimiento. Viejas amigas circulando en
un océano de músicas indias y
espejos sin luz. Viejas cosas ya
inodoras, ya evaporadas.

Salgo a la calle, creo que esquinas, bares y
asfalto son mis amigos. Creo que
con ello hablo. Intuyo que no me
queda nada más. Intuyo que no soy
nada más. Creo que
me he perdido. Fundido en negro,
en miradas, en tus labios.

Y son ellos los que hablan, yo,
al fin y al cabo, estoy ya muerto.

Y todo lo que he sido no es ya sino
cuadernos apolillándose en algún sitio…

3.
Desciendo hasta la última calle, donde
el último día te besé
(allí donde me miraste por última vez,
despidiéndote),
fuerzo a mi alma para verte allí
donde te dejé, cuando huí de ti y
tu verdad a mi tumba (las
verdades son como puños en
nuestras mandíbulas…)

Yo ya estoy muerto, lo sé, pero tú
sigues allí, en el mismo sitio, diciendo:
“joder, no soporto
más esto”.

El tiempo
(que no ha dejado de avanzar)
es una frase ininterrumpidamente
poblando tu garganta;
yo, esperando,
recolecto cuentos
que, como hojas secas,
se deshacen sólo ante
mis ojos.

No comprendo demasiado bien los
hechos, me temo; quizá, si
pudiera sortear estas manos y
perderlas de vista un rato…

No,
las escenas son silencios expuestos
al velado.

No pretendo abrir,
sólo quiero no seguir cerrando…

4.
Tú mirabas al vacío, como si pudieras
abarcarlo todo con la mirada. No creo
que entiendas el daño que me causas.
Si así fuera, creo que serías otra, y
sería el fin del cuento.

Desplazabas los actos a fuerza de
palabras, todo tenía un nombre y, cada
nombre, un adjetivo. Todo pertenecía a
un sitio, una patria, un lugar de nacimiento
o de vida. Todo es así tan fácil
que hiede a febril.

(Pero tu mirada pendiente del
vacío, como si todo en ella
cupiera, nunca dejó de estar
ciega.
Si fuera de otra manera ya
no podría reconocerte).

Tú siempre creías poder llegar. Y
siempre llegabas. De ti, yo sólo
conozco tus palabras…

Tu alucinación fue la mas bella, la
más perfecta. Me enamoré de ti entre
cigarro y café y frases y arrebatos. Fue
así, de un segundo a otro y

te miré, como ahora te estoy mirando
(desde el otro lado, donde no brillan
tus remansos),
creo que lloré, que exprimí mi alma
exprimida para decirte algo. Dije: “¡joder!”
y todo y nada y el mundo fueron
juguetes en nuestras manos. Y

no hizo falta nada más; aún hoy
te sigo mirando… no sabes el daño
que me causas, si no, estarías llorando.

5.
Los días son las olas en esta nuestra
singladura circular. Subimos y bajamos,
perdemos el rumbo y nos encontramos.

Quizá pudiera llegar a romper
el ritmo, salir de estos giros sin
sentido.

6.
Una vez muerto abandoné el mundo de
los vivos casi por completo. A veces una risa,
una lágrima o un recuerdo me traen de
regreso. Pero esto dura poco tiempo, porque
ahora ya no pertenezco a este incesante
carrusel. En cierta forma, soy eterno, fugitivo
ya ni ayer ni mañana, ni proyecto
ni recuerdo. Sólo un segundo que no
muere, un presente que no entiende de
minutos ni franjas horarias.
Condenado a fumar eternamente este
cigarro que encendí justo después
del último beso, condenado a
quemarlo eternamente mientras
se van alejando eternamente tus pasos.

Mi cuerpo sigue vivo, lo sé y le
entiendo, le cuido y le alimento. A
veces le siento doliente o placentero,
pero cada vez menos.

Muerto, sólo existo para mí mismo.

7.
Muerto.
Las hojas caen y por fin conozco mi
último invierno, el único definitivo.

Sí, el invierno es un pensamiento huido.
No sabes el daño que me causas, si no,
estarías aquí conmigo. Pero tu mirada
y el vacío tienen una extraña conexión.
Quieres abarcarlo todo y no puedes ver
nada; de otro modo, no serías mi daño,
no serías cosa alguna. Al alma llegué por
el dolor, a él por tu ceguera.
No sé por qué a tu risa.

(Creo que cigarro y café,
frases y arrebatos. Pero, claro,
eso es como callar, como mirar con
ojos ciegos una realidad que no
sabemos si diminuta o inmensa nos
engaña con su grandilocuencia).

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