Caigo por un lado, caigo por el otro, no siempre hacia dentro.
Es difícil mantenerse vivo, cada uno en lo suyo. Hay días que las presiones me aplastan contra mí mismo y se hace complicado pensarme. Pero hay otros en los que me siento afortunado por no tener nada, por no tener nada que temer. Esos días me siento ligero y pienso en pasar la tarde a ratos con un buen libro, a ratos dibujando y a ratos con la guitarra.
En días como esos vivir es muy sencillo y muy bonito. El problema son los otros, cuando las presiones y el futuro como una presa en la garganta. Cuando tampoco puedes liberarte haciendo lo que amas porque eres incapaz de apreciar nada en medio del terror. Esos días inútiles, encerrados en sí mismos, de los que nada escapa, que te atiborran de peligros y no te permiten respirar un poquito.
Últimamente lo que me lleva a un día ligero es siempre algo que leo. Querría decir más sobre eso pero qué más decir sobre eso, o para qué. No es que sea algo nuevo.
Al final siempre llega una tarde sin calor ni frío con unos lápices, unos foleos, una guitarra y un libro. Tarda más o menos pero llega.