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la educación

La revolución maniquea. Eso voy a proponer para el siglo presente. Nada de medias tintas, nada de matices de grises, ni hablar de intervalos. Parece mentira que sigamos dudando después de tanto escrito y tanto pensado, tanto tan bien escrito y tan bien pensado.

Releo un post de otra bitácora sobre las ong’s y los estados, y estoy de acuerdo. Solución: ni un puto duro para las ong (y lo digo casi en serio). Si cualquier macroempresa no se la juega a ver por qué yo, que no llego ni a mitad de mes, tengo que donar unos míseros cincuenta céntimos que al cambio (todo cuesta) deben ser unos dos céntimos y medio.

Eso estaría bien. Si el estado no dona el 0,7, yo dejo de pagar impuestos. Ya está. La ley del Talión. Si mi empresa no me paga bien yo dejo de trabajar bien, equiparando niveles. Si mi casa cuesta de más me vuelvo con mis padres. Si en los garitos la cerveza cuesta nueve veces más dejo de ir a garitos (hacienda les nubla la vista a impuestos que vayan a donde vayan nunca sabré con claridad dónde van), y que se hundan. Que protesten en condiciones. Que hagan algo si desean sobrevivir. Si el pollo es caro no compro pollo, y que se les pudra en los almacenes, que les coja polvo. Si en el supermercado los sueldos son una mierda aceptaré encantado que los reponedores me traten de gilipollas cada tres pasos y cuarto. Es lo que debe ser. Así deben hacerse las cosas.

Porque mientras se manipula la educación (en el sentido de las normas básicas de convivencia y respeto mutuo) muchas manos muertas no hacen más que llenar bolsillos. Así que nada, la revolución maniquea. Dona, cubre, da, esmérate, alcanza la paz interior que el consumo compulsivo de toallitas higiénicas íntimas no te da (pero sí frescor, paradójicamente), cómprame un coche y lega un retrovisor para el tercer mundo, que andan faltos de espejos. De cada paquete envía certificado dos cigarros que habrán de fumarse lejos. No. Se acabó, me niego. Ya esta. Me he enfadado. Que ya no juego.

tránsito

En principio
fue el dolor. (Nace el cantar
del vivir). Y el dolor vivo
es vivir. Pero pregunto
por qué habrá sido preciso
el dolor para cantar,
el morir para estar vivo.
[…]

José Hierro. Episodio de primavera.

[…]
¿Quién rescata y borra una lágrima?
¿Qué sonrisa tiene esa fuerza?
[…]

José Hierro. Rescate imposible.

Se llama «potencia» al principio del movimiento o del cambio que se encuentra en otro ser o en el mismo ser en tanto que otro.

Aristóteles. Política. Libro quinto, XII.

Como no quiero entrar en detalles, porque cambié de actitud con la bitácora y porque, en este caso en concreto, me ha sido terminantemente prohibido por el dueño de los secretos, las citas son especialmente traídas.

En cuanto a Aristóteles, la referencia es clara. En mi caso en concreto el principio del movimiento siempre soy yo mismo (que me abro y, consecuentemente, recibo estímulos nuevos la mar de atractivos (en cualquier dominio)), y
siempre hay otro yo que se despide,
con el movimiento,
y me construye a mí ahora
matándose a sí mismo entonces.

Eso es sublime, bello y sobrecogedor.

En cuanto a la primera cita de Hierro siempre recordaré la frase (más o menos) de faemino y cansado: hay que pasarlo jodidamente para luego poder decir: «coño, ¡qué bien me lo estoy pasando!». Aunque no es tan sencillo. Esquemáticamente diré que el dolor nos encadena a la vida mucho más que la alegría. No sé por qué (no tengo ni idea) pero el dolor es peso, y la alegría levedad (que no frivolidad, jamás frivolidad). Las cosas no son nada sin medida (sin un rasante), y el rasante bajo el cual se ordenan jamás nos es dado a priori: lo educamos, lo aprendemos, habitualmente con dolor.

Ninguna sonrisa borra una lágrima. Nada en este mundo puede borrar una lágrima. No hay lugar donde reposen las lágrimas olvidadas por sus dueños, porque un lugar así no tiene sentido: estaría siempre vacío.

Pero los tiempos se superponen en capas, y aunque jamás se pierda una lágrima,

no siempre es presente. Está ahí, cuatro, o cinco, o infinitas capas después o entonces o allí.

Digamos que, en mi caso, en vez de pasar de la era de piscis a la era de acuario, estoy transitando del peso a la levedad. Pero con todo lo que aprendí en la era del peso. Del dolor.

Esquemáticamente, de nuevo: todo tiene mucho más significado. Transido de.

en todo

Al otro lado de la ventana
y entre la ventana y la puerta
y bajo las alfombras,
revestido de polvo,
sobre ellas,
con forma de hilos de lana

y tras los vasos pareciendo gotas de grasa
y en las lámparas ojeras pegadas
y entre
los dientes,

razón suficiente para seguir llamando sarro al tiempo,

y tras de sí y por sí mismo
sobre la mesa en forma de cercos, marcas de café
y ceniza esparcida en formas curiosas y casuales

y en mis ojos, y tras ellos,
en mi piel, ahora y ya y ya de ahora para siempre,
en cada poro,
en el nacimiento de cada cabello,

en mis pensamientos (siempre y sobre todo)
en mis palabras (que nunca se agotan del todo)
en mis gestos (¿recuerdan… los suyos?, seguramente)
y en la forma que tengo de cruzar una pierna sobre la otra
para cruzar la última sobre la primera.

Allí está, sentado. Sin moverse.
No le hace falta hacer nada.
No es parte, sino cuerpo.
Y todo camina sus propios pasos inconformistas,
traslúcidos, imagen
de fusión irreversible
(flecha del tiempo, dicen los que saben)

Sentado, tranquilo.
Esperando algo.