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parafraseando a Sartre

PRÓLOGO
En un principio fue el ruido.
O eso es, al menos, lo que ahora recuerdo.

En un principio los litros de vino
estampados sobre risas estentóreas,
los cigarros rápidos que fulminaban
el lento transcurso de las horas.

En un principio estabas tú,
y yo a tu lado.

En un principio quizá
corazones pegados que hacían su función
al unísono.

Bum. Bum. Bum.

O eso es, al menos, lo que recuerdo.

1.
El mundo empezó como si tal cosa,
como si nada especial hubiera sucedido.

Abríamos los ojos y allí estaba,
listo y preparado.

Nos cogimos de la mano y fuimos
a recorrer nuestros dominios,
paramos a comprar un bocadillo de calamares
y unos tercios.

Era agradable y todo eso.

Nos dimos una vuelta
cogidos de la mano, parando
en los parques a sentarnos, abrazarnos,
besarnos y tocarnos.

No estaba mal el invento.

2.
La mañana tenía tintes macabros
porque siempre nos cogía con resaca.
Era duro hacerte las tostadas con el
cráneo envuelto en fuego.

O al menos complicado.

Pero entonces te despertabas y
te acercabas a la cocina y
me dabas un beso de bolsillo
y te ibas a mear al baño.

Y eso podía con todo.

3.
Fuimos a testificar a aquel juicio
como si no tuviéramos otra cosa mejor
que hacer
aquella mañana.

Como si no nos hubieran citado.

Nos pillaron desprevenidos.

Dijeron que hacíamos ruido,
como si vivir fuera algo silencioso
para todos los demás.

Que hacíamos demasiado ruido,
como si vivir debiera tener
algún tipo de medida.

Que éramos unos malos vecinos
y ciudadanos y un montón
de chorradas parecidas.

Que teníamos que enmendarnos
y que pagar una multa iba
realmente a ayudarnos a comprenderlo.

Pero la verdad es que no entendíamos
nada de nada de nada.

Salimos de allí con 300 pavos menos,
preguntándonos por qué
alguien había conseguido tener
el derecho
de quitárnoslos.

No lo comprendíamos muy bien.

Paramos a tomar unas cervezas en un
bar tremendamente sucio que nos pareció
lindo,
y según iban cayendo los tragos
cada vez entendíamos aún menos
y cada vez nos importaba aún menos no hacerlo.

El dueño del sitio era realmente un freak
al que le terminamos contando
aquella historia del juicio,
y se ofreció a invitarnos
a unas cervezas para compensarlo.

Se lo agradecimos y le dijimos que él no
tenía que compensarnos por nada, pero
el tipo encogió los hombros
con una especie de lágrima en el ojo izquierdo
y nos dijo

“alguien tenía que hacerlo”.

Un gran tipo al que no hemos vuelto a ver nunca.

La vida tiene cosas de este estilo.

4.
Después de aquello empezamos a empeñarnos
en esforzarnos en no hacer realmente ruido.

Pero era complicado,
de un modo que no sé si hubiéramos
sabido explicarle a ningún juez.

No sé si algún abogado defensor
hubiera podido montar una defensa con aquello.

Pero para nosotros era meridianamente claro.

A veces venía Nano con el cajón,
o Miguelón con un disco que
no habíamos oído,
o Koldo con una peli,
o Hare con la guitarra,
o los compañeros del curro
o cualquier otro con cualquier otra forma
de vida en el bolsillo.

Y ahí estábamos. Sin quererlo.
Haciendo ruido.

Eso sí que no nos costaba esfuerzo alguno.

5.
Recuerdo las mañanas porque son,
de algún modo,
como volver a la vida de nuevo.

Como un punto de partida
en el que se borra el tablero y se reparten
de nuevo las fichas.

Recuerdo los cafés y los besos
algo intoxicados por el aliento y
cómo me rozabas levemente la mano
con la tuya
al pasar a mi lado camino de la cocina.

Recuerdo mirarte como si fuera lo más
normal del mundo y sonreír, para mí,
pensando que no estaba mal la historia
esta de estar vivo.

Te recuerdo a veces descubriéndome en ello
con el cazo de la leche en la mano
y sonriéndome tentándome con un
abrazo completamente nuevo. Nada
de saldos. Un abrazo recién hecho.

Un abrazo en el que podía disolverme
y desaparecer un rato. Y al volver a la realidad
tener enfrente tu cara era todo un aliciente
para seguir con ello.

Y ese ello eran las facturas,
el ducharme para ir al curro,
el embrague del coche roto de nuevo,
la comunidad y la fuga de agua
y el asunto ese del ruido,
que yo podía leer en todos
los rostros de
cada uno
de los vecinos
al cruzármelos en el portal.

Como en una peli de fantasmas
ninguno hablaba conmigo.

Sólo miraban cabreados esperando algo
que yo no sabía darles.

Era francamente terrorífico.

6.
Yo trabajaba de mañana y tú de tarde,
así que tu te esforzabas en madrugar
para desayunar conmigo
y yo en trasnochar
para emborracharme contigo.

Para mí no era un gran esfuerzo, la verdad.

Es curioso cómo la misma vida que te une
puede llegar a separarte voluntariamente,
cómo tomar la decisión de vivir juntos
puede mandar al traste tus expectativas.

Tienes que lidiar con el casero, que quiere cobrar,
y con el supermercado, que quiere pasta por los alimentos.

Eso nunca lo he tenido demasiado claro.

Se suponía que esto iba de estar juntos.

Se suponía que esto es lo que hace todo el mundo
para, precisamente, estar juntos.

Pero yo fui viendo como nuestras vidas
se iban relegando
al fin de semana, a los desayunos y las borracheras nocturnas.

No es que estuviera mal,
es que estaba lejos de ser suficiente.

Y me preguntaba si los demás sentían lo mismo,
pero cuando sacaba el tema en el curro
intentando incluirles en mi círculo de solipsismos
me daba cuenta de que hay muchas formas de ver las cosas.

Y no todas son parecidas.

Algunos me espetaban que necesitaban libertad
al menos unas horas al día.

Eso me dejó bastante confuso.

¿Qué tipo de libertad necesitas que consista en
estar ocho horas aquí
pegado a un teléfono de mierda?

Házmelo comprender, por favor,
porque harías mi vida mucho más fácil.

Otros me dijeron que las cosas son así,
y no se puede hacer mucho más.

Eso me dejó más confuso aún.

Pensé que este mundo era nuestro, tuyo y mío.
Así es como lo vimos en un principio.

Está el asunto ese del casero… me decían.
Y el del supermercado… seguían.

Mientras, yo, me iba mareando.

No iba a ser capaz de entender aquello.

Por más que me esforzara no iba a poder dar lo bastante,
así que me callaba y esperaba a la tarde
para volver a casa y esperar aún más.

Y esperarte.

Después, cuando por fin entrabas por la puerta,
tenía una sonrisa para ti
y unas cervezas sobre la mesa.

Mejor dejar eso de comprender nada para luego.

7.
Las tardes eran siempre diferentes.
Solía irme a dar una vuelta por el barrio.
Nada que resaltar, la mayor parte de las veces.
Caminar es de viejos, pero no está mal del todo.

Y eso que entonces era muy temprano.

Muchas otras tardes acumulaba fuego
en la cabeza
y me ponía a escribir, o a componer,
pero suele ser bastante difícil cuando eres feliz.

Sólo escribes tonterías idiotas.

Aún así, no es conveniente oxidarse.

Acumulaba fuego por costumbre, y tenía que matarlo
haciendo algo con papeles o con la guitarra
o matándome a cervezas, pero eso no era
frecuente. No solía gustarme

cogerte ventaja.

8.
Los fines de semana tenían mañanas más relajadas.

Al fin y al cabo no teníamos que ir a ninguna parte más tarde.

Eso sí que se parecía más a lo que yo había esperado,
hacerte un café y unas tostadas y esperar a que
te desperezaras,
verte aparecer en bragas hambrienta
lanzándote a por la comida y deglutiéndolo todo,

para siempre al final soltar un
mmm, ¡qué rico!
que me hacía el tipo más feliz del mundo.

O el de después, no sé,
nunca he sido muy competitivo.

Y entonces planear el resto del día.

Seguramente había muchas cosas que ver en Madrid.

Es sano ir a por ellas. Es sano estar en ellas, luego
le puedes contar a la gente que has ido y eso.

Pero es muy difícil salir fuera cuando
al fin y al cabo
dentro está todo lo que necesitas.

Mirarte era estupendo en esa época.

Bajar al supermercado y comprar algo de comida
y unas cervezas, besarnos haciendo cola en la caja.

Mirarte cuando sé que estás diciendo “quedémonos”.

Dejar de besarnos cuando alguien se aclara la garganta
y sacar billetes arrugados para pagarlo todo.

Volver a casa.

Poner a enfriar las cervezas.

Lanzarnos a la cama como si algún tipo de disonancia
fuera a disolverla pronto.

Y al terminar tener cerveza fría en la nevera
y comida lista para ser preparada.

Así que me pongo a cocinar mientras abres
las cervezas y me cuentas tu semana,
con la mentalidad del sábado volviéndolo
todo más divertido y mucho menos jodido.

Casi puedo sentir al despertador volviéndose
loco sobre la mesilla mientras me besas
y se queman los filetes.

Casi puedo sentir a los molinetes de entrada
al curro poniéndose pálidos mientras
me abrazas y perdemos a los filetes
definitivamente.

Habrá otros.

Sustituimos carne quemada por otra cruda
y empezamos de nuevo.

Te mando al salón a ver la tele o algo
y me gritas desde ahí que estás sola,
que vaya pronto.

Así que comemos carne prácticamente cruda
regada con litros fríos de cerveza,
y cuando terminamos nos amodorramos
en el sofá y nos preparamos
para la siesta.

Despertarse después es un
lujo al alcance de todo el que quiera.

Mirarte era realmente fascinante en esa época.

EPILOGO
Las cosmogonías son explicaciones
artificiales del origen y sentido del mundo.

(Esa frase no cabe en un poema)

Las cosmogonías son la teoría
plausible cuando no hay datos observables
más que a posteriori.

(Esa menos).

Son como el intento de encontrarle
el sentido a una peli cuando entras al cine
a punto de finalizar.

No tienes datos suficientes, y juegas.

Las cosmogonías son bonitas.

Las cosmogonías no son nunca puras, y sí
siempre tendenciosas.

Pero son bonitas.

Las cosmogonías son un intento
de darle sentido a lo que no lo tiene.

La verdad es una cosa fría y con aristas punzantes.

Las cosmogonías no.

El sentido del mundo no existe en cuanto algo universal.

(No le demos más vueltas, no existe y no podrá
existir nunca, dios manifestado mediante que nos
explique un poco de qué va el rollo,
y luego a fondo).

No son puras, son tendenciosas, pero son bonitas.

Reglas de juego:
En mi cosmogonía los personajes los pone el mundo.
En mi cosmogonía el sentido lo pongo yo.
En mi cosmogonía el significado lo pongo yo.
No podré nunca imponer mi cosmogonía a los demás,
pero puedo intentar hacerles ver mi tablero
y sus figuras.
Utilizaré canciones, poemas, relatos, novelas, fotografías
y todo lo que esté a mi alcance para ello.

Porque las cosmogonías son bonitas
y la vida,
sin ellas,
no.

de búsqueda

Y de eso estábamos hablando.

De eso precisamente.

De cómo las cosas encajan cuando tienen que hacerlo y

todo vuelve a su ser.

Porque ciertamente hay estados vivenciales que son mucho más intensos que ninguno que se haya dado. Pero me he dado cuenta de que estallan y se potencian cuando compartes. Cuando haces algo en común la vida arrasa.

Arrasa.

Y eso es, al fin y al cabo, lo que la vida busca cuando la vida busca algo. Lo que justifica los cientos de noches de garitos intentando pertenecer a algún sitio.

Lo que importa.

Lo que es,

como sentir

tu mejilla en mi almohada mientras, dormida,

puedo notar tu aliento en mi nariz.

Y la noche pasa despacio. Y yo estoy despierto. Y puedo notar cómo

tu aliento llega a mi nariz.

(¿Estás dormida, tanto?)

Lo que justifica los cientos de noches de garitos intentando pertenecer a algún sitio.

Porque al fin y al cabo todas las preguntas pueden resumirse en una. Todas las búsquedas del ser. Todo se reduce a dónde perteneces.

Dónde te sientes en calma.

una foto

Para la primera reunión y la primera foto, algo íntimo, solos los dos y un par de consoladores, vestuario diverso, algunos litros. Cuando le da la gana la vida se desliza y ronronea como una gata mimosa.

“¿Qué es lo que más deseo? Follarte a ti y a todas hasta quedarme sin aliento. ¿Para qué?, no tengo ni puta idea. Es más, lo desconozco tanto que tampoco tengo ni puta idea de qué hacer con ello, ni la tendría si realmente se hiciera hecho, o de qué hacer después o mientras tanto.”

Eso deambulaba en su cabeza mientras entró por la puerta.

Misma casa, mismo desorden, misma Ikea por todas partes, las mismas pintadas en las paredes, cerveza fresca, recién ahuecada, recogida de cebada limpia de campos eternos que nunca empiezan ni terminan y nunca tienen a un tipo diciendo “eh, que esto se ha acabado” dentro.

A las diez de la mañana de un domingo es difícil empezar con cervezas y no sentirse afectado. No sentir que el mundo tiene algo que es un regalo en el que han equivocado el destinatario, no sentir que es lo que es sin más, sin miedo a represalias.

No oler la trampa, no intentarlo al menos. No preguntarse dónde está la letra pequeña, el cepo que te va a condenar de una vez y para siempre a un resto de tu vida compuesto de miseria y mugre a partes iguales.

Así que entra por la puerta y ella está igualmente desnuda y sonriente, y sobre la mesa un par de vasos significativamente limpios en los que vierte ámbar con espuma a partes iguales porque no tiene ni idea de cómo hacerlo bien. Pero eso poco importa.

Él sonríe, alucina y sonríe, se despereza y sonríe, abre la boca y sonríe. La escucha hacer el plan de hoy para la primera foto y sonríe, mientras su cabeza está a millones de kilómetros de allí viendo la escena desde tan lejos que no tiene ningún sentido para él. Levanta el vaso y la cara y parece que sus ojos están mirando hacia delante, pero en realidad están invertidos hacia dentro, ahondando dentro. Escavando hacia dentro y preguntándose qué es todo esto al fin y al cabo. Viendo el encuentro desde millones de kilómetros a través de su cabeza, que no puede hacer más que ordenar a sus manos que acerquen y a su garganta que trague y a sus labios que sonrían y sonrían y no hagan nada más que sonreír a ver si el cervatillo se va a largar por una pisada sonora en la hierba a destiempo. Eso es lo que suelen hacer los cervatillos, sin duda.

Ella está maravillosamente compuesta de brazos y tetas y mejillas y un ombligo estupendo que es otra boca fagocitando hierro. Hay más bocas, y están todas presentes. No falta ninguna.

El hierro debe ser fagocitado siempre y en todo caso. Prioridad al hierro. Prioridad a las manos que lo tocan.

Él sigue como en un sueño cuando se levantan y van al dormitorio, y ella se viste y se desviste intentando encontrar lo que busca. El efecto deseado.

Su mente, desde una galaxia remota, le ha ordenado calibrar la cámara y él se esfuerza en concretar una apertura de diafragma y un tiempo de exposición que concuerde adecuadamente con la luz. El tema de quedar por la mañana era la luz natural. Es consciente. Su mente, desde otro universo paralelo en el que determinadas cosas no suceden gratuitamente, se esfuerza por cerrar los parámetros de una foto perfectamente iluminada. Así son las cosas. Ese es el esfuerzo. Periódicamente vuelve al salón a por más cerveza para intentar descentrar todo tanto que aparezca perfectamente centrado al otro lado del caos.

Donde se juntan las paralelas y el caos se convierte en un lugar ordenado en el que estar.

Donde toda la locura inimaginable se transforma en la materia de la realidad.

Al otro lado. El hierro no huele a nada. Son nuestras manos las que huelen a metálico después de entrar en contacto con él, y sólo porque decidimos por la experiencia que ese es un olor a metálico. Es una sustancia de nuestras manos la que se recompone de alguna forma en contacto con un metal y desprende ese olor.

Pero el hierro no huele a nada.

Aunque es imposible tocarlo sin acabar con las narices reventadas de olor. De olor a él.

Pero él no tiene nada que ver.

Acabar con el hierro es lo importante, cargárselo entero y llevar hasta el extremo al caos para que aparezca por el otro lado nacarado, divino e impoluto, convertido en un orden perfecto y con perfecto sentido. Lavado, salvado, exonerado.

Sólo cuando las cosas se agotan extenuadas pueden comenzar a ser otras. El límite no es más que un mercado, un punto de intercambio.

¿Es siquiera posible no dejar restos de uno mismo por todas partes? Se pregunta el tipo. ¿Es posible que me esté oliendo a mí mismo? Al fin y al cabo tiene los ojos volcados hacia dentro rompiendo el orden habitual, haciendo que sean estos los que filtren la información que le da el cerebro y no al revés.

Pero eso es por el asunto del hierro, en todo caso. Es por el maldito asunto del hierro y de no saber si hueles la barra o si no has sido capaz de dejar de olerte las malditas manos todo el maldito tiempo, impregnando la realidad de piel hasta no saber si has salido de tu cabeza en todo el proceso ni siquiera un solo, y significativo, momento.

Y ella le percibe raro y no hace más que preguntarle si hay algún problema, como si los problemas fueran algo capaz de situarse en un momento y un espacio concreto, como si los problemas no fueran algo atemporal que existe indistintamente de la vida o de las circunstancias que están sucediendo en una ubicación espacio-temporal dada.

Como si no fuera que los problemas constituyen los ejes de ordenadas y abscisas porque eso mismo es lo que son los ejes. Menuda novedad. El tiempo y el espacio no son más que una mierda irrelevante. Los problemas son los cajones donde la existencia de cada uno cobra sentido y se puede ordenar, como los calcetines limpios bien emparejados un domingo de colada. Cada uno en su sitio según su color y su grosor: estos para invierno, estos son más fresquitos y me van bien con los pantalones que me regalaste el otoño pasado.

Frente a eso el espacio y el tiempo no tienen maldita cosa que hacer.

Ella es feliz porque no puede ser otra cosa en este preciso momento, y por fin ha decidido qué traje se va a poner para la foto. Y el traje es unas medias que le llegan a mitad del muslo y un sujetador de encaje. Y con eso está más que suficientemente preparada para seguir adelante. Y le pregunta qué tal, y él, desde millones de kilómetros de distancia y casi completamente piel oliendo a hierro, le dice que está estupenda y casi le pide por favor, casi le ruega que hagan la foto de una vez, que la lancen y no se preocupen de más.

La luz se vuelve tenue tamizada por el grosor de las cortinas. Las partículas de luz rebotan aleatoriamente sobre la tela que cubre la ventana y la mayor parte de ellas vuelve fuera, al mundo exterior de donde vinieron. A contar otras historias en otra parte. Algunas ondas o algunas partículas consiguen pasar por los espacios atómicos vacíos de la tela y se vierten en la habitación, que no puede negar que está regada por la mañana. Un poquito más tarde la encuentran a ella, con las medias por encima de la rodilla, a mitad del muslo, con un sujetador de encaje, y la graban en retinas mientras introduce un consolador en la boca que necesariamente debe repudiar el hierro.

Debe hacerlo, porque el hierro no huele a más que nuestras manos después de pasar por él. Eso ya está dicho.

La luz que le llega a ella rebota por todas partes, poniendo el mundo de la habitación perdido de ella. Y sólo algunas ondas-partículas rebotan convenientemente y encuentran el objetivo de la cámara, donde son recogidas tiernamente para enervar el sensor el tiempo suficiente como para tomar una foto. El tiempo suficiente para permitir que el sensor reciba el estímulo necesario para tomar una fotografía de esa excepción en toda regla.

Entonces es cuando ella, realmente, sonríe.

Y pregunta “¿qué te pasa?”

Y el tipo no puede decir más que “esto no debería estar pasando, hay demasiadas cosas en contra y muy pocas facciones a favor”.

Ella concreta, porque tiene las cosas más fáciles, y responde “lo que está pasando de hecho lo está haciendo, no hay que darle más vueltas”.

Tan sencillo como eso.

Y se acercan al macbook y enchufan la cámara, y realmente contra todo pronóstico pueden ver la imagen, bañada de la luz de la mañana, en la que ella aparece con las medias y el sujetador y el consolador ocupando el espacio.

Ella se gira, feliz, y le abraza. Y él siente botones sobre su pecho.

Y se empalma.

Qué menos.

Nota como su alma quiere escaparse por su glande para hacer una vida en otra parte, para aprender una profesión, ver crecer a sus hijos y criar a sus nietos mientras todo lo que parece suceder sigue sucediendo: las estaciones, las cosechas, las limonadas en verano, los calcetines convenientemente colocados en los cajones.

Nota como su mente, transida de hierro y a mil millones de kilómetros en otra galaxia, pugna por volver, por encontrar el camino a casa, mientras su alma se escapa irremediablemente a través de su grande hinchado. Es todo una discordancia. Irreconciliable. No hay un lugar común al que llamar casa porque pese a todo su esfuerzo no ha conseguido revertir el caos, darle la vuelta. Es mucho más fácil con los calcetines. Mucho más.

Se sientan en el salón y ella está más que satisfecha. La primera foto para la exposición está hecha. Él está a punto de llorar del esfuerzo. Él está a punto de desintegrarse.

Derramarse en el espacio.

Ella le mira a los ojos, cogiéndole de las manos, y le dice “gracias”.

No quiere verlo al mismo tiempo que no quiere dejar de mirar, pero sus ojos brillan porque están encharcados. Una parte del caudal debe salir para no contravenir ninguna ley física. Vuelve la mirada a la pantalla del macbook donde está la foto, y el caudal crece. El embalse en el que se han convertido sus ojos no tiene mucha más capacidad.

Y entonces él observa cómo una gota de humedad se hace consistente y abandona el ojo para atravesar levemente la mejilla.

Un leve rocío que es demasiado grande para evaporarse se escapa por la comisura de su ojo y, después de un corto tramo de espacio, encuentra la mejilla y rueda.

Rueda llegando a la barbilla.

Él lo recoge con la yema del índice, desconcertado.

Ella se olvida y sirve más cerveza. Son las doce de la mañana de un domingo y no parece que haya nada más interesante que hacer, así que él coge el vaso y lo derrama en su interior.

Ella le besa, sin ningún particular olor a hierro. El agradecimiento se ha extendido y se ha hecho labio que recoge los suyos.

La mira a los ojos y no sabe qué decir. Él está en la excepción, ella en la vida misma. No sabe quién está mejor ubicado. No es muy posible saberlo.

“Tenemos que hablar a lo largo de la semana para quedar para hacer la segunda foto”.

Él lo oye como a través de un acuario. Sordo, bocinado, deforme.

Sonríe. Coge el litro y lo revienta directamente contra la garganta. No puede ver pero intuye estrellas creándose contra el cielo del paladar. Universos saliendo de la nada para convertirse en algo.

Se levanta.

Dice “perdona, estoy un poco mareado, ¿te importa si me voy?»

“No, como quieras, te acompaño”.

“Te dejo aquí el macbook y la cámara, vendré un día de esta semana y ya concretamos”.

“Perfecto”.

Ella, desnuda, le despide en la puerta.

Sólo asoma la cabeza.

Una preciosa cabeza.

Él apesta a hierro, lo sabe. Entra en el primer bar. Saca veinte euros. Pide. Por favor. Una cerveza.

Y repite, sin que nadie se lo pida, «por favor».

Hasta que se la llevan.