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montones

Estuve sentado en el suelo,
mirando el techo,
acumulando una a una las gilipolleces
en montoncitos.

Eran todas inmensas.

Quemé el silencio,
a falta de algo mejor,
y me fui fuera.
A buscar.

Dentro del bar todo tiene un sentido cabal,
no importa, ni deja de ser lo mismo.

Cuando salí ya era noche cerrada,
y la luz del sol miraba desde las alcantarillas.

hasta entonces

Recuerdo cuando te dió por follarme lento,
pausada,
cuando en tus manos no cabía la palabra
y rondábamos la noche
como bestias que, acechadas,
cambian de cuerpo y de color y de sangre y de alma

y pensé,
todavía entonces,
que no teníamos cuerpo ni color ni sangre ni alma
y jugábamos a conjugar palabras
como si de la misma vida se tratara
y nos sentíamos abiertos,
bien,
nos sentíamos encubiertos y rozando el encuentro
y pensábamos que jamás nada diría basta
hasta que la noche
optó por salir y nos tomo
desnudos,
en la cama,
mirándonos a los ojos
mientras la oscuridad se hacía día
y todo dejaba entrever
que,
por más que quisiéramos,
no teníamos nada que decirnos.

Que es lo que siempre habíamos tenido hasta
entonces.

bucles

Tenía las manos cansadas
de estar cansadas,
los ojos rojos,
el tiempo anegado de aguas residuales
y estancadas,
la luz anudada al pelo,

los litros de cerveza aún rodaban por el suelo
mientras yo moría,
poco a poco,
contra la pared de la cocina,

nunca dejé de preguntarme cómo,
nunca dejé de decir nada,
de soñar pocas y lentas cosas,
nunca pensé que volver y volar y estar
y dejar de decir tiempo fuera
tan cansado
como estoy
y como soy

endémico de mí mismo

perdido en el azul de estar dormido
a medias
y a medias perdido

(bucle)

y rompía en espasmos
abrazado a la taza,
recuperaba el sentido
perdiendo líquido.

Mientras tanto a la noche
le dio por perder su
carácter ígneo.

Se acabó el kombate, amigo.