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paseando

Las calles siguen mojadas.

Casi se me ha olvidado cómo recitar tu nombre cuando todo lo demás no está.

Hace tiempo que no llueve,
pero las calles siguen mojadas.

La guitarra ha estado bebiendo,
ha estado pegándole duro al vermuth
mientras yo cenaba.

Es difícil compaginar andar a tientas
con tomar decisiones.

Es difícil seguir en pie por mis propios
pasos.

El vaso se acaba y enciendo otro cigarro, en la
botella que bebió la guitarra aún quedan algunos posos.
Es fácil meterlos en un vaso y acercarlos a la garganta.
Es tremendamente fácil.

No comprendo muy bien por qué tomamos altura
siempre bajo techo. Es muy complicado…

El vaso sabe bien, está completo. Tengo la vida
reseca
de adulto golpeándome en los costados.

Tengo tus ojos clavados en mis párpados.

Tengo el corazón en un puño,
pero eso lo sabes bien.

Con eso cuentas.

Tengo muchas cosas que decir, que se diluyen.

Porque cuando estoy contigo no hay mucho más que decir.
Y cuando no estás todo está dicho ya.

Me gusta liarme los cigarros porque saben mejor
hechos de mis propias manos.

Si supiera, me haría la cerveza.

Si supiera, te haría el amor,
porque seguro que te sabe mejor hecho de mis propias manos.

Entretanto las tiendas siguen abriendo y cerrando.
Es una cosa que saben hacer.
Yo sigo paseando a las siete de la mañana,
intentando encontrar respuestas en los cierres metálicos que se levantan.

Me hago a la idea de que han estado ahí desde siempre.
Es mucho más sencillo así.

Me hago a la idea de que nada cambia,
sólo las caras.

Lo demás es escribir por escribir.

De walking around my table.

indemne

Las calles están llenas. Puedes verlo si te fijas un segundo.
Como si hubiera algún modo de evitar fijarse.
Vuelve después.
Hazme caso.
Vuelve después.
Después de las diez.

Las calles son un desierto.

Como si se hubiera perdido algo,
como si algo se hubiera roto,
como si algo hubiera dejado de estar en su sitio.

Como si cada cual en su celda tuviera mucha más vida que aquí fuera.
Como si los bares ya no tuvieran utilidad alguna.
Como si ya no nos hiciera falta conocer a más de nosotros.

A mí me duelen las calles vacías, me parecen tristes.
Me parece que todos mentimos a las calles.
Que les contamos mentiras.

Al final un poco de ron, o un poco de vodka, o un par de cervezas
y volver a la madriguera parece lo único coherente,
porque llueve y el tiempo es desapacible
y uno ya no cuenta con un abrigo de caras que son promesa para protegerse del frío.

Hace frío en este tipo de vida.
Un frío terrible.
Nos quedan los horarios. Sí.
Y los fines de semana, con suerte.
El resto del tiempo está ya tirado,
de antemano,
a la papelera.

Como si fuera suficiente poder vivir cuarenta y ocho
horas a la semana.

Como si no estuviéramos muertos mientras tanto.

Como si fuera tan fácil respirar.

Como si fuera sólo cuestión de estar.

Yo me aferro a tu espalda, que es lo único que queda cuando todo se va.
Me aferro a tus labios hasta hacerte daño.
Y lo siento.

Me gusta cuando te enciendes un cigarro, desnuda, sentada en el sofá.
Cuando entornas los ojos y me sonríes.
Cuando me acaricias el pelo, retorciendo los mechones.
Cuando acabas la copa y pides otra.
Cuando, lúcida, te abrazas a mí pidiendo de todo menos paz.
Cuando comprendo que te es fácil quererme.

Joder, entonces sí que me siento vivo.

O, al menos, indemne.

De walking around my table.

cafés

Tenía las manos rotas y
las palabras pequeñas.

Siempre cayendo,
siempre y sólo cayendo.

Tomaba café sin promesas
en largas tardes vacías.

Todo un sueño,
cayendo siempre y sólo.

Veces y horas de no vernos
cuando evitar la mirada es fácil,
días y años de mirar a otra parte
sabiendo que el otro está al otro lado,

siempre hay más de un lugar donde estar,
es cuestión de saber jugar las cartas.

Manos pequeñas cogen cafés
sin promesas
mientras el dueño baja los cierres fuera.

De walking around my table.