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el principio del invierno

Nos despedimos al principio del invierno,
con lágrimas de adorno. Escandalosas,
pero de adorno.
Sabíamos que estaba todo hecho.
Al menos yo lo sabía.
Al menos aún tenía fuerzas para saberlo.
Cogí un taxi contra mi costumbre
y me derrumbé tras el umbral de la puerta,
que se combó ligeramente para abrazarme
y darme un beso en la nuca.

Después abrí una cerveza,
puse la tele,
encendí un cigarro,
me quedé mirando al infinito.

Más o menos como siempre.

despertar con un ojo cerrado

Comía salchichas directamente de la nevera.
Tenía tus ojos clavados en el modo
inoperante de sonreír de los días sin mí.

Había decidido, después de años de
negarme a mí mismo, saltar
de una vez al abismo.
Pero ahora no lo encontraba.

Me limitaba a comer salchichas,
eso es evidente,
y a romper distancias contra los muros acolchados
de mi falsa impresión de seguridad.

Típico tópico: había un niño que lloraba,
un rescate imposible. Un tipo que era yo
que estaba anclado en el pasado,
sin verme. Sin sentirme. Sin saber nada de mí.
Ese tipo no podía hacerme nada,
se limitaba a estar allí.

Con eso era más que suficiente.

Ese tipo tenía claro dónde estaba el abismo.
No sé si tenía pruebas fehacientes.
Sólo sé que lo sabía.
Eso escuece.
Para bien o para mal,
ese tipo supo dónde ir y no lo hizo.
Y yo quiero ir y ya no sé a dónde.

Hambre

Ella sonreía como un aparato digestivo a punto.
A punto de digerir, supongo.
Me miraba con hambre mientras finiquitábamos
los litros y espumábamos las cervezas.
Qué difícil es escapar de la soledad.
Qué difícil es hacerlo con calma.
Qué difícil es mirar a otra parte mientras sucede.

Cuando no podías tenerte en pie
te llevé a la cama,
te quité la ropa. Te acosté.
Dejé mi teléfono sobre la mesilla
y me fui corriendo a otra parte.

En las calles de Malasaña la gente reía
y gritaba y remoloneaba en la noche que
no quería terminar todavía.
Andando hasta Cibeles. Autobús.
Otro autobús.
Casa.