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el sacrificio de su cuerpo

Susana abre las cancelas
de su tímido, tórrido y
elocuente imperio.

(Ella en realidad no quiere esto, pero
el sacrificio de su cuerpo es
el único que entiende y el
único único al que estoy dispuesto).

Todos los cerrojos se liberan, y
todos aquellos que soy en sus umbrales
ahora franqueables saludan con
estentórea risa los horizontes
descubiertos.

Y cada uno de mis inventos
toma posesión de su reino.

Y cada uno de los juegos sale
de su caja y extiende el
tablero.

Tras largo tiempo, todo está ya
bien dispuesto.

Y corro uno aunando mis cuentos
para salvar aquel otro que ahora es
el punto cero de estas nuestras
distancias.

Tiro el dado, y cuento.
La partida ha llegado desde tu
infinitud transitable hasta todos
tus más renuentes escondites.

Te tomo la mano y lucho por
soslayar tu espejo, que es aquel
lugar donde tan fiel y
terriblemente me reflejo. Construyo
otro que me dice que soy el
señor de tu tiempo. El maldito
amo de nuestro universo.

Así puedo ver y veo
cuando Susana abre y
sólo sin ver lo que no veo
abrazar abrazar todo su
esfuerzo inútil e inmenso y
amarlo con fuerza y
olvidar olvido el sopor del
olvido y que todo y
la casa los gestos los
cuadros los rostros son sólo el
cristalizar de las reglas que
invento y aplico en un
cuento que cuento y me cuento
jugando cretino a vivir
en este como en cualquier.
En otro. Sitio.

En cualquier otro sitio.

El sacrificio de su cuerpo.
De Los cuentos,
libro primero de Cercos Vacíos.

cuando las cosas suceden

Tomé la decisión de acabar rápido con aquello.
Silencié un exabrupto
me comí un par de silabas
levante el cobre
lo giré
lo retorcí

creo que llamé a las cosas por su nombre,
me parece recordar algo así,
creo que dije que algo era
como afeitar el cielo y llenar
el lavabo de bolas de algodón de nube…

pero no sé a qué me refería exactamente.

Intentaba acabar con aquello,
examinar lentamente el fuego
a la luz del fuego,
reventar el momento, domeñarlo
(ni se os ocurra pensar que los
momentos suceden solos, sin ayuda…).

Ni se os ocurra pensar que
todo es como sucede,
debajo, muy por debajo,
donde las relaciones y las casualidades
se tejen,
donde hay nubes en lavabos
y las caras tienen caras y
dibujan
lentas historias que se rumian
y se digieren después, cuando
se pone en movimiento la historia;
ahí, tan dentro, tan abajo,
es donde es posible meter un
soplo
para rarificar el aire,
especiar el momento,
sublimar (puto pedante)
las
cosas
hasta
hacerlas
parecer
fuerza.

Así que agarré el cobre,
me senté cómodamente en medio,
abrí un corazón de lata
que parecía estar compuesto
enteramente de lata,

metí mi cabeza en las orejeras del
segundo exacto en el que las cosas
suceden

tomé aire

y salí expelido…

ventana

la ventana tiene paredes,
y cierres, y mirillas, si te fijas

la ventana es asombrosamente
parecida a una puerta

mientras arrastras tu cara
entre las otras caras, enciendes
un solo cigarro
tomas el camino del centro
para no dar vueltas y perderte
y buscas

entre tantas señales vacías,
sin referente,
una huella que reconocer

para ir a algún punto en concreto

mientras sumas,
sigues,
vacías cervezas risueñas
compartes
te buscan
buscas
encuentras un asidero

lo coges con ambas manos
jugándotelo todo a rojo o negro

aunque la ventana tiene paredes
clavos, espinas, sierras mecánicas,
botellas de ron y momentos únicos
y momentos concisos
y momentos estupendos
y momentos y momentos

en la ventana que miro
que parece una puerta.