Categoría: poemas
recordatorio propio
La razón en general y el proceso del raciocinio en particular nos engañan.
Sólo hay dos indicadores reales:
los vértigos
y lo que queremos que exista de tal modo que a efectos prácticos es como si no lo hiciera.
Hablemos a partir de ahí. Sí. Abre tú las cervezas y pon -las cartas- sobre la mesa. Desdibuja el momento, que aún es demasiado cuerdo -vesanía como punto inicial de la lucidez visual- vayamos ingiriendo cerveza y fumando cigarros lentos que se dejan prender entre los dedos, formando un cilindro de ceniza tambaleante. Sí. Dímelo lento, que de otro modo no consigo entenderte. Lento, pero dilo. Pongamos -los vértigos (miedos) y lo que no queremos que exista (la mierda)- sobre la mesa. Después tendremos que revolcarnos en todo ello. Prescindamos de la luz, que apesta. No quiero que me iluminen, estoy llegando. No necesito aditamentos y
pongamos
-los ojos-
sobre la mesa.
Estorban en sus cuencas.
supongo que aún queda algo de humano
Tenía los ojos cansados
y un rastro de cabello entre los dedos
cuando
(pensaba)
todo se concentró en un solo punto,
desde él tomó fuerza,
y el aire rompió a llover.
Fue sencillo decapitar las cervezas,
escandir los cigarros,
remendar los sueños con pedazos de ilusión inacabada
y escapar un segundo,
tan solo uno,
del ritmo obsceno de las cosas que se repiten
y se repiten
y no llegan a ningún sitio.
Con una pinza aséptica retiré el cabello
de entre mis dedos y
lo introduje en una bolsa azul con asas de cierre
hice un nudo
salí con todo a la calle
abrí la tapa del contenedor
metí la bolsa dentro
y giré sobre mis talones.
Y fue extraño,
porque ni siquiera así
sentí haber acabado algo,
ni siquiera así
sentí haber terminado algo,
ni si quiera así dejó de soplar el viento
o el aire de llover tormenta.
