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caras-rizos-recelos

No es siempre sencillo aniquilar la prisa, destrozar el impulso que te obliga a quedarte donde estás haciendo lo que no quieres porque tú sólo quieres salir por ahí y dar una vuelta y lanzarte en la espiral maquiavélica de la calle que es y huele y tiene sensación despistada de vida mientras un rizo te mira y tú miras un rizo

y un rizo te mira y tú miras un rizo

y todo está bien y es bueno y te preguntas dónde quedó Damocles (que se le siente pero no se le ve) y dónde quedaron los besos que no se dieron y, en cualquier caso, dónde se estarán quedando los que sí, efectivamente, estás dando y dónde los que recibes y dónde los ojos que se miran a los ojos y dónde las risas que compartes y das y estimas y te da igual porque están sucediendo,

no importa dónde vayan si están sucediendo

en cualquier caso será otro día un poco más dolido algo más despistado algo menos enfermo quizá otro día venidero miraré con más recelo el presente y seguramente el pasado y ciertamente me preguntaré dónde quedó todo esto.

Desde luego no hoy. Hoy sólo salgo a ver las caras a traves de los rizos.

contar

Me hacen preguntas, y a veces no puedo responder. ¿Por qué es tan necesario contar? Pues se van desgranando las respuestas. Muchas veces se cuenta para acercarse a otro. No es lo mismo un viaje en tren con un conocido yendo en silencio que el mismo viaje comentando algo. Es una perogrullada, pero a mí me pasa. Muchas veces me pierde más el silencio potencial que la propia necesidad de contar. Pero esa, aunque ocurre y entonces lo es, no es la razón. Lo fundamental es que tengo una media existencia, una memoria flaca, y cuento las cosas para que se sepan, porque sólo si se saben pueden existir. Si dependieran de mi capacidad de recordarlas podían darse por olvidadas. Y esas cosas serán comentadas, o no, en boca de otros cuando los años se hayan ido y ni siquiera yo las recuerde, y de algún modo velado seguirán siendo en boca de otros lo que fueron algún día en mi vida.

Que es el sentido de esta bitácora, por ejemplo. Decir se dicen muchas cosas, sobre todo yo. Algunas no son ciertas más que cuando se enuncian, otras ni llegan a eso. Algunos me dirán que a lo que existe le basta con haber sido, y pueden tener razón. De hecho seguramente la tengan. Pero lo que no se cuenta, me da a mí la impresión, se borra. Desaparece. Y no merece la pena.

La última razón de contar tanto (o todo) es que es el único modo que tengo de que me conozcan a mí los que conozco, en vez de lo que represento.

escribo

Siempre me he preguntado por qué no me arreglo las uñas después de una gran noche de guitarra, por qué las llevo desconchadas, rotas, heridas, siempre con un par de pellejos abiertos en la carne, que duele. Y me viene a la cabeza cierta historia que leí no sé dónde (en el club de la lucha, creo) según la cual las mujeres de cierto pueblo descubrieron que la ropa se lavaba mejor en una parte del río, casualmente donde iban a parar los restos de los rituales sacrificiales humanos, grasa-jabón-amoníaco. La guitara española es una blandez, porque no duele, no hace daño, y consecuentemente su sonido siempre es más burocrático, más fácil, menos hincado. La española me gusta como me gusta tenderme al caer la tarde, por puro hastío. La acústica, sin embargo, nunca deja de hacer daño si la preguntas con daño y violencia. Responde, destroza las uñas, saca pellejos de la piel tersa. Y supongo que después de eso llevo mis uñas con orgullo, sabiendo que responden a un kombate, sabiendo que están ahí porque hubo y se retuvo la vida, la sensación de atrocidad y de gesta. Uno destroza y es destrozado por la guitarra y, en consecuencia, toques lo que toques, el sonido es un bramido animal, vivo, enorme. Y mis uñas me lo recuerdan, arreglarlas es una pura blasfemia, una ignominia, vergonzante y falso. Están rotas, sí, porque se rompieron, ese es el hecho inviolable, se rompieron viviendo y la vida es una suma y acumulación de cicatrices, si es que has vivido. Si no quédate con la piel tersa, suave, eterna, lisa, burocrática, blanda, indiferente, inatacada, pura, incólume, vacía. Pura y vacía, sinónimos de lo mismo.