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lo mejor de los dos mundos

Un conejo blanco con un reloj de bolsillo en la mano. Corriendo. Murmulla todo el tiempo que llega tarde a algún sitio. Mientras, en otra parte, el sombrerero loco canta una estrofa tan larga que la reina grita: «¡está matando el tiempo!». Desde entonces, el tiempo no quiere saber nada de él y siempre son las seis de la tarde. De un modo extraño y afín, me siento como un híbrido de los dos personajes de Carroll, corriendo a todas partes sin que nada se mueva en realidad.

Esto me ha salido del tirón como firma de un correo, y me ha intrigado.

todas entran al cuerpo por el mismo punto

Nunca te ponen problemas para currar, las cosas vienen dadas por el lado de cobrar. Unos no te pagan un duro y te cortan el trabajo a medias (y medio curro ya hecho, en algunos casos, tiempo perdido en todos) y otros te pagan tarde, todo lo tarde que pueden (a 90 días con fecha de vencimiento 29 de febrero y mediante cheque que se envía por correo ordinario, que en un 150% de las veces llega tarde o no llega).

Como en los anuncios de la tele cuando no recuerdas qué estabas viendo antes de que empezaran, muchas veces cobras cosas y no tienes ni puta idea de a qué corresponden. Y así, es inevitable verlo como pasta fácil (que, según la cocinera chusquera y adorable del primer bar en el que trabajé —un beso—, fácil viene y fácil se va), y te dispones a pulírtelo como Dios te dio a entender: mojado y con amigos. Mareado, claro.

Y el problema viene porque lo facilitamos, lo aceptamos. No tiene sentido que tú hagas un trabajo en mayo y lo termines cobrando en septiembre, tampoco tiene sentido que después de cuatro meses de trabajo te digan que el proyecto se para y tú no veas un duro, y tires esos cuatro meses bien compactaditos a la basura.

Voy a la Caixa esta mañana para ver qué pasaba, con las hojitas que ellos me mandaron. Me dicen «ah, tiene que darse de alta, señor a un paso del homeless» (desgreñao, con camiseta y pantalones cortos y sucios por encima de la rodilla). Bien, bien. «Facilítenos su documento nacional de identidad (eso es sólo coger el DNI y dárselo, pero siempre pretenden noquearte con magnicidios para que no puedas darte cuenta de lo que estás haciendo; si no reaccionas con estupor y adoración, se dan cuenta y te odian un poquito y te temen otro tanto), y siéntese ahí hasta que termine de introducir sus datos». Si, señorita.

Me siento, cojo el teléfono, contesto a un par de correos intrascendentes. Tengo que justificarme el tener internet en el móvil, así que lo hago con alegría. A los quince minutos me llaman.

«Perdone, pero esto ya está vencido». Lo sé, vengo a cobrarlo. «Pero nosotros sólo gestionamos el cobro como anticipo, para lo demás tiene que esperar a que le llegue el cheque, le recomiendo que cambie la forma de pago porque supone retrasos en el correo, y tres días hasta que la operación está en firme una vez cobrado». Pienso: gracias, eso ya lo sé, yo puse transferencia en la factura, pero a ver quién cambia a un cliente tan grande como este (lo aceptamos). Sin embargo, digo: ¿Se han quedado con mis datos? «Sí, por supuesto, era parte del proceso». Ya, pero no hemos hecho nada, así que me gustaría que los borrasen —y ella me indica el procedimiento para hacerlo— ¿me quiere decir que aunque los acabe de meter no puede borrarlos, y yo tengo que hacer todo esto para que desaparezcan de sus bases de datos? «Sí» —ligeramente avergonzada.

Y así, con 25 centímetros de dilatación anal, vuelvo a mi jornada laboral. Pero primero desayuno, una pequeña victoria a la que me aferro con los dientes, uñas, dedos, pene, brazos, piernas y el velcro de mi vello.

pavesas, rescoldos y ojos

Los fines de semana son cada vez más ese reducto en el que todo se crea y se genera.

Antes tenían más rabia, lo reconozco, más prisa, más presión.

Ahora se han adecentado, se han limpiado detrás de las orejas y han sacado todo el odio que yo tenía escondido ahí.

Antes en los fines de semana había que matar o morir. Normalmente se moría. Había que aprovechar corriendo cada minuto para que cada minuto tuviera al menos una minihistoria que contar. Ahora importa que el fin de semana entero genere una historia. Supongo que llegará un final en el que entonces nada, una especie de enfriamiento entrópico o algo semejante, pero de momento casi pero no.

De momento todo sucede igual de rápido, pero con más calma. Con más serenidad. Los fines de semana son el recinto sagrado donde estoy construyendo un yo que me mola, me cae bien. Me sienta estupendo a los michelines. Será que a la vejez visión, perspectiva.

En cierto modo, de forma estúpida, echo un poquito de menos esa fuerza, esa necesidad de cuando todo era matar o morir. Todo lo demás de aquella época no, pero eso sí. Eso sí que a veces resuena aún con fuerza detrás justo de mis ojos cerrados antes de dormir.