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realidad última o consenso

Aconfesionalidad y laicismo… a vueltas con lo mismo una y otra vez. Yo soy más bien aconfesional declarado y… literal. El estado no se declara partidario de ninguna confesion y no promociona, apoya, financia a unas más que otras. Si soy aconfesional eso es lo que soy. Unir la historia del catolicismo a la historia de España no es más que reseñar un hecho, por supuesto, pero no debemos caer en la falacia naturalista: lo que fue no es lo que debe ser. Reconozco esa historia porque es indudable al revisar los acontecimientos, pero no la vinculo simplemente por ello a un futuro en el que todo deba ser como fue.

Y pese a no creer en nada no soy laicista porque me considero tan libre de escoger mis creencias como los demás de escoger las suyas, en el marco de la constitución y de esa cosa llamada respeto mutuo. Cada cual que crea en lo que quiera, pero sin molestar, tal y como yo me declaro aconfesional en vez de laicista, por ejemplo. Abramos el debate todo lo que se pueda abrir, y fomentémoslo, pero no construyamos un teleférico para que nuestra cabra suba la primerita al monte…

Esta derecha nuestra me sigue fascinando por su facilidad de abanderar el liberalismo en lo económico y despreciarlo en todo lo demás, sobre todo en lo moral, por supuesto. Somos libres de hacer con nuestra pasta y nuestras empresas lo que queramos pero no para creer en lo que queramos. Es complicado mantener este andamiaje sin sentir vergüenza por la tremenda ironía. Se apropian de la definición de matrimonio, por ejemplo, como si de nuevo volviéramos al medieval debate de los universales. Olvidando que las definiciones son un ente sólido que sólo se endurece en el consenso de todos, que no refieren a ninguna verdad última que resida en algún tipo de mundo de las ideas al uso. Si entre todos alteramos una definición, alehop, ya está hecho. Nada es inmóvil.

Ya, lo sé, esto da un poco de vértigo. Es normal. Pero es lo que es. Así funcionan las cosas. Si queremos detener esta realidad sólo podemos hacerlo aludiendo a otra realidad última que, en cada caso, depende de la confesión de cada uno. Y en el caso de las creencias no hay consenso, sólo creencias propias. No es que excluyamos las creencias del discurso, es que por su propia naturaleza se excluyen ellas solas. Por eso no deben entrar en la negociación de la convivencia más que como una opinión más. Sin más ni menos peso.

Cada cual seguirá creyendo en lo que quiera, pero la norma de convivencia será el conjunto de las opiniones de todos.

En un mundo sin realidad última demostrada, el único camino es el consenso a traves del debate. Otra sería abandonar toda concepción basada exclusivamente en la fé, pero eso no tiene mucho presente.

Aunque enriquecería el debate. Me quedo un poco hambriento cuando para defender algo se me argumenta: es que eso es lo que Dios manda. O que debo subir a otro nivel de conocimiento, o cualquier cosa por el estilo. La fé refrena el debate, lo detiene, lo paraliza. Y a medio plazo lo anula.

no me gusta el fútbol

No es ninguna novedad.

Ayer, mientras hacía que leía para engañarme a mí mismo, vagabundeaba por los canales hasta quedarme en el Madrid-Milan. No vi mucho, pero fue mucho más de lo que quería ver.

El fútbol es un deporte de masas. Mucha gente lo sigue, lo vive, se desespera y se emociona con cada resultado. Desde ese punto de vista es innegable que ejerce una tremenda influencia sobre gran parte de la población.

¿Y qué vi? A un tal Inzaghi empujando con saña a alguien del Madrid que ni siquiera tenía el balón. Un segundo después, o menos, gesticulaba intentando transmitir que él no había hecho nada, que el otro se había caído sin ayuda… un poco más tarde vi un gol y un estadio entero aclamándolo mientras todo el mundo veía en la repetición de las pantallas que no había sido gol, sino un evidente y flagrante fuera de juego.

No me alargo más, que no estoy en mi elemento. El fútbol no es un lugar donde haya justicia, sino más bien engaño, ocultación. Y gana quien mejor engaña.

Eso es lo que está transmitiendo, eso es lo que enseña. Que todo vale si nadie lo ve, que todo vale si no te cazan. Una lección estupenda para todos.

Evidentemente, eso viene tarde o temprano de vuelta, y retorna al fútbol en un círculo vicioso.

Durante unos segundos la sensación de Traje del Emperador fue tan tremenda, la angustia por el miedo al engaño colectivo tan sofocante, que tuve que apagar la tele y la luz, apretarme los ojos hasta ver círculos blancos e introducirme en el aletargante dolor de cabeza que llegó puntual y sin excusas.

Porque quizá, empecé a pensar, es al revés. Quizá nuestra imbecilidad comunal tendenciosa e ignorante es lo que se ha adueñado del fútbol como de todo. Esa falta de honradez a la hora de decir «me he equivocado» que nos lleva a enormes discusiones en las que la culpa se diluye, esas horas perdidas justificando lo justificable.

Porque la razón es una pero razones hay para todos. Y somos cada día más partidistas y menos críticos, más pasivamente idiotas y menos activamente gilipollas. Eso me puso triste.

Aunque al fin y al cabo yo ya soy un triste.

miembro fantasma

Es una curiosa sensación. Una extraña deformación del vacío, de lo que no debería estar. Una pequeña intromisión de algo en la nada, supongo. Levantarme por la mañana con la imagen de otra casa, con otra sonrisa en el espejo. Con el pelo corto, más delgado, comiendo otra cosa. Luego me monto en el coche con ese indefinible en la cabeza. Siento que me cruzo conmigo mismo, en otro coche. En un A3 rojo, casi siempre. A veces llevo otro, uno más grande, más familiar, más nuevo.

Siempre me veo con el rabillo del ojo. Cuando enfoco me pierdo. Desaparezco.

Y sigo mi camino, nervioso.

Llego al trabajo y percibo que no estoy haciendo lo que hago, que estoy sentado en un escritorio revisando números. No, definitivamente no es lo que estoy haciendo. Me cruzo con pensamientos que no me pertenecen: pasar por la tintorería, no olvidar planchar las camisas. No sé qué es lo que se está adueñando lentamente de mi cabeza, pero no por eso puedo ignorarlo. Pensamientos de tirar a la basura cosas que no encuentro en un cubo que no está donde lo busco. Así de enfermo. El otro día estuve media hora intentando encender el home cinema que no tengo. Me costó esa media hora completa darme cuenta de que estaba palpando el vacío pretendiendo pulsar botones.

Después me puse en pie sacudiendo la cabeza. Fui a mear y abrí una cerveza. Compulsivamente busqué un vaso, y me pareció oír “¡ni se te ocurra beber directamente de la botella, y coge un posavasos!” Claro, no tengo posavasos. Miento, tengo uno de Forges que alguien me dio, pero no tengo ni idea de dónde está ahora mismo. Me pareció oír, de forma algo lejana, una voz que ya no recuerdo más que a duras penas, saliendo de unos labios de los que ya no guardo mapas ni rutas interesantes garabateadas con lápiz.

Coinciden las trayectorias a veces, y entonces lo siento más fuerte. A veces siento que estoy en el mismo restaurante en el que ya estoy, o en el mismo garito. En esos casos la sensación es tan fuerte que me revuelve el estómago. Tengo ganas de pedirme que salga de mi vida y me busque una propia, pero no sé dónde está el tipo al que debo dirigirme.

Porque sí sé quién es ese tipo. Por supuesto que lo sé. Es el tipo que no dejó a N. y que vive con ella en un piso de protección oficial. El tipo que tiene un sobrino que debe rondar el año ya. Ese tipo lleva otra vida. Es el yo mismo que no hizo lo que hice. Ese tipo a veces entra en mi cabeza después de hacer él el amor, y tengo la sensación de estar feliz y saciado sin estar especialmente feliz ni saciado. Supongo que para él debe ser muy incómodo percibirme cuando estoy borracho, o follando con alguien a quien no conoce.

Coinciden las trayectorias, a veces. El otro día estaba en Aki con mi madre comprando pintura, y supe que estaba ahí. Con N., comprando cosas para la casa de El Casar. Sabía que estaba ahí. Podía casi olerme, oírme respirar. No sabía detrás de qué esquina me iba a encontrar. Mi madre me veía cada vez más pálido y pensó que me estaba subiendo la tensión que y me estaba mareando. Me dijo “vamos a sentarnos aquí un rato”. Pero yo no podía sentarme, no sé si me explico, no podía arriesgarme. No podía arriesgarme a encontrarme a mí mismo ahí. Ni en ninguna otra parte.

Porque puede suceder, y entonces no sé qué me quedará de cordura. Es posible que en algún momento realmente me encuentre con el yo que ya no soy por haber tomado una desviación diferente. Y entonces qué.

Qué será cuando mis ojos se posen en mis ojos y me vea a mí mismo y me sonría. Ese tipo dispone de una información que yo no tengo, y él pensará lo mismo de mí. Seguramente nos vayamos a tomar un café y digamos que somos gemelos si nos preguntan. Gemelos con ganas de individualizarse, de ahí mi pelo largo y su delgadez. Seguro que nos hacen bromas, y nos dicen que pese a todo somos como dos gotas de agua. Al fin y al cabo no ha pasado tanto tiempo, dos años escasos… no es tiempo suficiente como para haber abierto brecha, como para haber generado fronteras definitivas. Las líneas de demarcación tienen la pintura aún húmeda, se pueden borrar con el pie…

Y entonces qué. Qué será de esa conversación. Y de nosotros después de tenerla. Que será del tejido de la realidad, que no puede permitir que nadie disponga de tantos datos sobre dos senderos diferentes, es competencia desleal… Qué será de mis ojos tras posarse en mis ojos.

Qué será de mis ojos, ¿supurarán daño? ¿Se moverán a otro nivel o algo parecido? No lo sé.

Y no puedo afrontarlo.

Cuando salí de Aki sentí un alivio inmenso.

Después de todo debería ser lo normal.

Pero no todo el alivio provenía de mí.

Parte provenía de fuera.

De ese tipo que no soy que piensa que yo soy el tipo que él ya no es.