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Los universos propios

Yendo al trabajo en coche, con los brazos hacia delante moviendo el volante con la parte inferior de las muñecas, como si fuera un zombi. Echo la cabeza hacia atrás y pongo caras de muerto viviente. Son las ocho y media de la mañana y los conductores de los coches que me encuentro de frente sonríen, dos hombres y una mujer. ¿Es eso importante?

Pequeñas cosas. Me gustaría oir la radio pero se me jodió la antena, sólo pilla intereconomía. Para un trayecto de cinco minutos no merece la pena pagar pasta, me digo, y luego me la dejo en un kindle o una gráfica o un ssd sin ningún reparo. Esas constantes pequeñas peleas me dejan exhausto, me agoto en estupideces. Llevo literalmente 600 mañanas discutiendo conmigo mismo por la antena de la radio del coche. Transcurren de forma tan leve que no parecen nada en cada día, pero cuando sumas…

Yo con mi radio. La gente se compone de pequeñas cosas, tiene universos propios en los que suceden cosas que no tienen repercusión, importancia o incluso existencia en los otros. Pompas que no tienen zonas de intersección muchas veces, y cuando las tienen a veces es sólo una ilusión, y cuando no es un verdadero milagro. Me intriga la teoría de conjuntos de las preocupaciones individuales humanas, pero creo que es otra radio sin antena, una estupidez más en la que me agoto sin remedio.

Hago el zombi yendo en coche al trabajo. En realidad lo que hago es el payaso, y creo que es más productivo. Me gusta ser un payaso, siempre me ha gustado.

puta gripe

Tres días, tres días completos sin salir de casa.

Y sin cabeza, que es lo peor, sin tener cabeza. Estos tres días, viendo la tele, me he dado cuenta de que a lo largo del tiempo he sufrido un par de ataques al corazon y tres o cuatro hictus.

Ver la tele es venenoso.

Ver la tele debería estar prohibido. A veces me pregunto si no debería comprarme una pantalla plana, en estos tres días me he dado cuenta de que definitivamente es lo último que debería hacer en cualquier estado de cosas posible. La tele acojona.

Es mejor no verla.

Y si la ves, cuanto peor lo hagas mejor.

recuerdos gráficos

No me importaba una mierda empezar así el fin de semana

—Dame el pie, dame la foto.

Y yo no te daba nada de nada. Porque durante años el reverso tenebroso fue el único modo de hacer las cosas.

Hoy estuve, después de bajarme de la bicicleta estática, tomando algunas cervezas y viendo algunas fotos. Fumando algunos cigarros. Me compré una cámara de combate, en su día, y hacía fotos cuando salía. Tengo cientos, miles de fotos de gente desconocida. Gente que no he vuelto a ver en mi vida. Gente que ahora que reviso no sé quienes son. Pero durante algún tiempo, por breve que sea, fueron parte de eso.

—¿De qué?

De eso. De algún modo de eso. Me intrigan las fechas de las fotos porque siempre coindicen con el fin de semana, como si durante años hubiera estado pausando mi vida de lunes a jueves para reactivarla de viernes a domingo. Pero sin el como. Como si hubiera un modo de medir los días en los que sí es posible.

Hacer fotos.

Después de tanto tiempo no recuerdo tanto las juergas como los viernes en la bañera, con un libro de mierda nuevo recién comprado en alcampo y una cerveza, rompiendo de algún modo el ritmo de la semana. Recuerdo eso. Eso lo recuerdo. El resto es un algo indefinible en el que sé que he estado pero no tengo nada que lo afirme. Nada mas que estas fotos. Que me cuentan cosas y me hablan. Gente y cosas, cervezas y cigarros y libros.

Ese algo indefinido que puede hacer de una vida algo enorme o una puta mierda.

Ese tipo de limbo.

Pero que, en este caso concreto, hace de la vida una gozada.

Porque estuve en todas esas batallas, y vivo para contarlo. Y, si me apuras, para contarlas.

Y aún estoy vivo para más.

—Dame el pie, dame la foto.

No, no te doy nada. No te doy nada de nada.

Tendrás que venir a buscarlo.