# perdiendo.org/museodemetralla

entraron en mi cabeza (202) | libros (21) | me lo llevo puesto (7) | pelis (2) | Renta básica (9) | series (6) | escasez (2) | frikeando (94) | arduino (1) | autoreferencial (11) | bici (1) | esperanto (4) | eve online (3) | git (2) | GNU/linux (4) | markdown (7) | nexus7 (2) | python (7) | raspberry pi (3) | vim (1) | wordpress (1) | zatchtronics (3) | hago (773) | canciones (163) | borradores (7) | cover (46) | el extremo inútil de la escoba (2) | elec (1) | GRACO (2) | guitarlele (11) | ruiditos (11) | Solenoide (1) | fotos (37) | nanowrimo (3) | novela (26) | criaturas del pantano (5) | el año que no follamos (12) | huim (5) | rehab (4) | poemas (363) | Anclajes (15) | andando (3) | B.A.R (7) | Canción de cuna para un borracho (38) | Cercos vacíos (37) | Cien puentes en la cabeza (7) | Conejo azul (6) | Contenido del juego (5) | De tiendas (3) | del pantano (3) | Destrozos (2) | Epilogo (4) | Fuegos de artificio (5) | Imposible rescate (15) | Jugando a rojo (7) | Libro del desencuentro (2) | Lo que sé de Marte (11) | Los cuentos (21) | Montaje del juego (5) | Orden de salida (4) | palitos (31) | Piernas abiertas (7) | Poemas medianos (12) | Privado de sueño (7) | rasguemas (5) | Tanto para nada (17) | Todo a 100 (2) | Uno (4) | relatos (97) | anatemas (9) | orbital (2) | prompts (8) | vindicaciones (103) | perdiendo (1.724) | atranques (1) |

visibilidad

A veces hay tanta distancia entre lo que uno ha decidido creerse ser y lo que es realmente que algunos no ven más que sombras chinescas cuando se miran al espejo. Y es tal el problema de visibilidad que no lo harán excepto si algo devastador, algo como un tsunami emocional de alguna clase bestial, pase por sus vidas arrasando con todo y haciéndole replantearse todo desde lo más básico, desde lo más fundamental.

Tampoco es una garantía de que suceda. No es sencillo ver y destruir el castillo de naipes, asumir el tiempo perdido, el coste de oportunidad, la sensación de futilidad. Pero ser sincero con uno mismo es una de las pocas alegrías que realmente lo son (y la única clave que permite las demás).

zapato

Habíamos visto demasiado. Eso no dejaba de golpearme dentro mientras lo intentábamos de nuevo. Habíamos, simplemente, visto demasiado. Donde la belleza de la humanidad y lo grandes que íbamos a ser, lo otro.

Tu culo ya no estaba prieto como entonces. Mi barriga ahora era enorme. Ya no está, ahora es. De algún modo no nos importaba lo más mínimo. No teníamos otra y lo aprovechábamos.

La vida no es triste. La vida no es más pequeña. La vida es, simplemente, otra cosa. No como aquella especie de punto de partida que tenía la capacidad de deformar, de reificar todo lo que veíamos, todo lo que escuchábamos, todo lo que paladeábamos. Entonces éramos más idiotas. Eso se echa de menos. Ese punto de partida es el que nos ha estado jodiendo desde entonces. Se echa de menos porque está tan dentro que arrancarlo de ti es como tirar de un puñal en medio de las costillas. Sabes que tienes que hacerlo. Sientes cómo duele hacerlo. A veces no tienes tan claro que sea necesario. A veces, entre un montón de brumas, ves lo que te espera ahí enfrente y te animas. A veces no significa nada. A veces lo es todo. Aquello ya no existe y tienes ganas de gritar «¡tierra!» o algo. Tienes ganas de decirte que has llegado por fin a alguna parte.

Cuando reviso mi anecdotario me pregunto por qué tuvieron que edulcorarlo tanto. Vivíamos al otro lado de la calle. Lo que había sido un pisito estupendo para una pareja se había convertido en una enorme ratonera con vistas a un patio interior. No queríamos más que lo que teníamos, pero queríamos que volviera a ser lo que había sido. Lo seguíamos intentando.

Conocer siempre parece resignarse. Pero eso es sólo si aquello no era mentira, o no tanto. Un cuento. Un algo. Aceptar es resignarse. Menguar es resignarse. Vete tú a saber. Nunca dimos para tanto tonto. La realidad palidece ante lo que habías imaginado. Lo que imaginas no es real. Lo real es un cuento barato. Lo barato es el cuento.

Lo demás es el zapato (porque rima y es bonito), o el cuento es el engaño que se empeña en persistir. Tú ya tienes bastante con el puñal incómodo alojado en tus costillas que, mientras no lo saques de ahí, sigue y sigue hablando constantemente y demasiado.

trance colectivo

La lotería de navidad es la gran fiesta de la celebración de la pobreza, de la desesperación. El triunfo de la ilusión de ser menos pobre, menos esclavo de un trabajo o una hipoteca, o de ambos. Experimentar esta estupidez es fascinante y perturbador a partes iguales.

La gente aporta 3.400 millones de euros y se reparte el 70% en premios. En vez de hacer un plan que lleve a alguna parte, se coge todo ese dinero y se reparte al azar. El que más boletos tiene más opciones tiene (eso no te asegura que te toque, pero sí te da más opciones). Todo ello regado con un montón de medios de comunicación que destacan las historias que encajan en una cierta tendencia emotiva. «Lo bien que viene», «allí donde había más desfavorecidos», «lluvia de millones».

La gente se siente feliz, se ha hecho algo. La navidad está aquí, con todo ese altruísmo de cenas con estrellas michelín para pobres (mañana a la calle de nuevo esos mil elegidos entre los dos mil doscientos que se calculan en la ciudad), gestos completamente inútiles de satisfacción rápida e inmediata que nos hagan sentir a unos menos un pedazo de mierda egoísta y a otros más cerca de la subsistencia por un rato.

(¿Qué pasa, preferirías que no se hiciera nada?, ¿por qué las únicas dos opciones tienen que ser siempre algo estúpido o nada?)

Todos a su modo, desesperados por tener más dinero, más opciones, una vida mejor, el dorado, la salvación de la esclavitud, participan en un timo normalizado en el que aportan para que algunos se salven de las cadenas de forma aleatoria. Los elegidos por el bombo. Lo realmente grandioso de esta sociedad es que es capaz de, independientemente del nivel de riqueza de cada uno, hacer que todos nos sintamos pobres.

Eso sí, en el reparto de misería nunca hemos sido más desiguales que ahora.

Quizá es que no estamos haciendo las suficientes rifas.

Unos niños leen bolas que caen y si algún premio importante no sale en su turno lloran desconsolados. Han perdido su posibilidad de gloria.

La fiesta de la miseria, de la desesperación. En realidad, si tienes que depender de un sorteo aleatorio, la fiesta de la impotencia.