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Tú no entiendes nada,
no haces más que pedirme que no
haga nada,
que me esté quieto,
demostrando que no tienes ni
puta idea, que las cosas no son como
entiendes, que quizá
mi corazón piense que no
piensa pero que te

quiero

y tu no comprendes.
Para ti son sólo palabras.
Cosas que no asumes,
que te suenan a poema,
a NADA,
NADA,
NADA,
NADA.

Pero al fin y al cabo los tiempos
ya

cuajaron.

Y hoy aquí estamos sin saber
nada. Tú preguntas y
quieres saborear
y es difícil responderte,
porque los tiempos solidificaron y a ti esto
te parece

poesía.

Y yo me río.
No tienes ni puta idea.
Estás hecha una mierda por nada.

Eres imbécil.
No sabes nada y aún así gritas.

No me gusta que vengas aquí
y me abraces, porque quieres que
yo abandone mi ruina
por idiota y
entienda que la tuya es más coherente.

Y no hay mejores ni peores,
sólo necesidades (y aquí
me detengo ahora).

Y mejor no preguntarse demasiado.

Mejor no plantearse por qué.

Salen.

Y hasta las flores se salen.

Y ya estamos muertos, por muy
bien que nos entendamos

(que creamos entendernos).

Hay ruinas que florecen a lo largo de
los años.

Anual

Subimos,
sobramos,

golpeamos sin entender

demasiado los ojos desmesurados
del desdecirnos en unos
sueños tan voluntarios;
tan falsamente enhiestos.

Si pudiera decir
cómo son las cosas
sin ser demasiado coherente,
si pudiera ser lo suficiente
como para escribir algo
que no llegase a ser nada;

si entendiese cómo comenzaron
los años a caer rodando las
calles que no pasee,
si pudiera inundar de realismo
los recuerdos y no construyese
ciudades perdidas en paraísos
idílicos;

si, anual, concretase en lo que
fue lo que fui,
si animase mi cara que ya
no reza y pidiese por nosotros
a diosas distintas de la cerveza;
si todo eso sucediese quizá
mi espejo callase, al
encontrarle mirándome extrañado
cuando me asomo
a su ojos ciegos.

Agual

Suena en la pecera el
crepitar febril de los peces,
ellos quisieran un aguacero
de primavera entre
los cristales de
su encierro.

Suena en la pecera
y cae,
golpea el suelo,
se afianza en los sofás de
cuero de plástico,
recorre el cristal
?de nuevo cristal?,
de la mesa que centra el
salón,
penetra lento en el
depósito de saliva y
envenena el café.

Pienso que en todo ello
debo encontrar un sentido, que
explique por qué vibro cuando puedo oír
cómo se desintegran los
mismos ceniceros.
Los ceniceros son parte del supuesto.