# perdiendo.org/museodemetralla

entraron en mi cabeza (202) | libros (21) | me lo llevo puesto (7) | pelis (2) | Renta básica (9) | series (6) | escasez (2) | frikeando (94) | arduino (1) | autoreferencial (11) | bici (1) | esperanto (4) | eve online (3) | git (2) | GNU/linux (4) | markdown (7) | nexus7 (2) | python (7) | raspberry pi (3) | vim (1) | wordpress (1) | zatchtronics (3) | hago (773) | canciones (163) | borradores (7) | cover (46) | el extremo inútil de la escoba (2) | elec (1) | GRACO (2) | guitarlele (11) | ruiditos (11) | Solenoide (1) | fotos (37) | nanowrimo (3) | novela (26) | criaturas del pantano (5) | el año que no follamos (12) | huim (5) | rehab (4) | poemas (363) | Anclajes (15) | andando (3) | B.A.R (7) | Canción de cuna para un borracho (38) | Cercos vacíos (37) | Cien puentes en la cabeza (7) | Conejo azul (6) | Contenido del juego (5) | De tiendas (3) | del pantano (3) | Destrozos (2) | Epilogo (4) | Fuegos de artificio (5) | Imposible rescate (15) | Jugando a rojo (7) | Libro del desencuentro (2) | Lo que sé de Marte (11) | Los cuentos (21) | Montaje del juego (5) | Orden de salida (4) | palitos (31) | Piernas abiertas (7) | Poemas medianos (12) | Privado de sueño (7) | rasguemas (5) | Tanto para nada (17) | Todo a 100 (2) | Uno (4) | relatos (97) | anatemas (9) | orbital (2) | prompts (8) | vindicaciones (103) | perdiendo (1.724) | atranques (1) |

un segundo o todo

MENIPO. Un filósofo, Hermes, o, más bien, un mago, un hombre lleno de charlatanería; de modo que también a él desnúdalo; verás muchas cosas ocultas bajo su manto.

Caronte, Hermes y varios muertos. Luciano de Samósata. Diálogos.

Digo últimamente me siento como si últimamente me sintiera de algún modo. Digo como si supiera, como si tuviera que aseverar algo sobre mi propia vida. En una generación de llorones, lloro. Tengo mi casa, tengo mis libros, tengo a mi niña. Rectifico, soy con mi niña. Pero aún así lloro. Escribo desde linux, mi última manía importante cuando lo es. Cuando me obligo a que lo sea. Me pregunto si en medio de todo esto estoy yo: y eso sigue siendo llorar. Cuando las cosas van bien uno se pregunta si no se equivocó en algo.

¿Por qué?

Porque que todo vaya bien no es tan fácil. Y uno se mosquea.

No puedo pagar el alquiler, pero invariablemente lo sigo pagando. Me lo resto de comer, pero no adelgazo. Me tomo cervezas frente a los libros y después, con la escoria (literal, sin interpretaciones), escribo esto. Aunque esto es importante, no sé por qué divago. Suena pearl jam en el ipod, me gusta pearl jam, me gusta el ipod, es lo mejor para un tipo desordenado, está todo ahí. Todo va jodidamente, porque no me encuentro en todo esto. Pero a veces me encuentro, ya. A veces desbarro. Me gustaría dar muerte a una monja con un golpe de oreja. Todo metafórico, por supuesto. Mientras voy llorando percibo como se calienta el portátil con linux, como un acto reflejo. Le puedo dar importancia si yo quiero, me puedo tirar con ello horas hasta solucionarlo, sin pensar en nada. Pero después quedo yo. Eso sí que es importante.

Después de todo quedo yo.

Y aunque duermas conmigo no vas a poder arreglar eso. En todo momento llegará un momento en el que yo piense en yo y todo quede en yo. Puedo pensar en ti y dormirme. Pero aún así lo decidiré yo, eludiendo la cosa, no sé si me explico. Cuando duermes conmigo me levanto con ganas de componer, con ganas de componerte, ha sido todo tan precioso que tengo ganas de cantarte, ya. Pero eso no soluciona nada, más que el momento, porque soy imbécil. Tú sientes lo mismo, estás igual. Mi gran suerte ha sido dar contigo, N.

Cuando duermes conmigo me levanto con ganas de hacerte pan tostado con aceite de oliva, tomate y jamón. Y te lo hago, qué coño. Me voy al ahorramás mientras aún duermes, compro todo, y te lo preparo, y lo disfrutas. Y es importante. Pero leo en tus ojos que alguna noche no sé si esta noche te preguntarás cosas que no tienen que ver conmigo, y que están ahí, y que seguirán estando aunque yo no esté, y que son las mismas cosas o semejantes a las que están aquí para mí cuando no estás, o incluso aunque estés, o aunque te empeñes en estar cuando no… cuando no se puede. Pero leo en tus ojos que nunca se sabe cuando será una noche de lluvia, y los perros tras una noche de lluvia pierden los rastros y están perdidos y no saben bien dónde están porque perdieron todos los olores que se fueron con la lluvia, hacia las alcantarillas, como si saber dónde fueron fuera algo.

¿Es triste?

No creo.

Más bien es una lucha, un marco. Como las horas. Nadie se cuestiona las horas, porque todos llevan reloj. Es cuestión de mirar. ¿Te quiero menos por todo esto? No. Te quiero más por todo esto. ¿Y cuando no estás? Te quiero más, por cuando yo no estoy.

Tengo que quererte en reserva, para cuando no estoy. Tú me quieres en reserva, para cuando no estás. A la mierda todos, joder, que no queda nada, quedan koldos, miguelones, hares, rosas y otros para cuando no estoy. Y cuando estoy en la cama, metido en el descanso final de un día final no queda nadie, más que yo. Quedas tú. Quedan ellos. Quedamos todos. Pero estoy en la cama, mirando el techo.

Escuchando a Pearl Jam.

A la mierda el mundo, joder, que nunca me dio nada. Me lanzó a mi cuarto sin preguntarme. Me metió en medio de mis padres, en medio de todo. Después yo he ido cuajando mi derrota, pero no porque sea un desgraciado.

Siempre he ido pensando en la derrota.

Siempre la he deseado, huele tan bien, a realidad…

Huele tan bien, en realidad…

Tenemos que cumplir penitencia y expiación conforme al orden del tiempo, porque el tiempo sólo entiende de circularidad, y nosotros… somos lineales en el tiempo, nacimiento, muerte, ya se sabe.

Más tarde, en la muerte del sexo y esas cosas, en el tiempo y la deflagración del tiempo, que son también cosas, en el hoy y el supermercado y en el arroz y en el estar viviendo ahora y así… vendrás con una botella de vino… escucharemos algo de música… revisaremos la historia… y entonces… sólo entonces… reconciliado con el mundo si lo hay… me darás un beso.

Y entonces, sólo entonces, por un efímero segundo valioso como el oro todo tendrá sentido.

Y no será nada, lo será todo. Y todo lo demás, como telón de fondo, seguirá esforzándose por hacerme pensar. Pero nada tendrá tanta fuerza, en ese segundo. Qué cosas.

cinta transportadora

Estoy en un garito, deben ser las tres o las cuatro de la mañana. Últimamente me siento como los viejos sentados en un banco en la entrada de un pueblo, soy feliz mirando. ¿Mirando qué? Pues a las niñas. Mientras defino la cerveza miro, con cuidado, no es cuestión de llamar la atención y centrarla en mí. No entiendo muy bien por qué miro, no se puede decir que ande necesitado, supongo que es un reflejo normal de los tíos y la edad, aunque preferiría pensar que es algo mío. Supongo que por una cuestión de mantener mi independencia frente al mundo, eso es importante. De otro modo, si el mundo es imbécil, estoy irremisiblemente avocado a ser imbécil.

Me engaño diciéndome que es una curiosidad de escritor lo que me conduce a mirarlas, que quiero saber lo que hay detrás de los cuerpos. Más bien, si fuera sincero conmigo mismo, querría saber lo que hay detrás de las prendas. Nada serio, un mero escarceo de espeología. La genética impone y uno está dentro del juego mientras aún pueda sentir las miradas, después está todo escrito ya. Ese es el triunfo de los garitos, y no otro: coloca a la gente que entra en la zona de juego.

La gente apura los litros, pocos toman copas. Creo que es complicado con el umbral de mil pavos de nuestra generación apuntar más alto, al menos mientras a alguna financiera no le dé por conceder créditos para copas, que todo se andará. “¿Tiene problemas con sus fines de semana?, pues en sólo cinco minutos y con CreditCopas podrá disfrutar de la fiesta que se merece, y todo en cómodas cuotas mensuales”. Es cierto que, cuando uno llega a un determinado nivel de endeudamiento, empieza a dar igual ocho que ochenta, y en un ritual de indefensión aprehendida empezamos a coger productos financieros sin importarnos ya chorradas como el interés o el tiempo que estaremos sometidos al pago. Total, si nos metemos en una hipoteca cuarenta años, ¿ya que más nos da meternos en todo? Seremos libres cuando cumplamos los setenta, y a estas alturas tan tempranas los setenta es un asunto que ni siquiera sabemos si va a llegar alguna vez, se ve lejos, muy lejos en el futuro. Somos terriblemente jóvenes, y sólo queremos implicarnos en las cosas, cueste lo que cueste, mientras los lobos afilan los dientes con la pluma con la que luego nosotros firmaremos los contratos.

Las niñas, ajenas a todo esto, ríen y charlan entre ellas, mirando de reojo a los tíos del local. Para ellas es un acto reflejo, simplemente. Dominan la situación de todos como Terminator cuando entra en un despacho de oficinas, con un ligero golpe de vista y un software que suda la gota gorda haciendo planos de situación. Tienen espuma en el pelo y hacen complicados movimientos para despeinarse hasta el punto justo de conseguir estar perfectamente peinadas, una insospechada derivación de las habilidades psicomotrices en la adolescencia. Me gusta que estén aquí. Primero por el asunto estético, segundo porque dan la sensación de que por mucho que todos estemos puteados, todo sigue y vienen empujando. Es como si nosotros estuviéramos atascados en un punto de la cinta transportadora y, aun así, detrás todo siguiera moviéndose igual. Lo que no sé es qué va a suceder cuando nos encontremos todos en medio del atasco. En los atascos a quien peor nos va es a los idiotas, con nuestra manía de no impedir que todo el mundo se cuele siempre acabamos fuera de la cinta, empujados al suelo, mirando hacia arriba mientras todo sigue.

Salgo del garito reconciliado con el futuro. En el fondo me da igual lo que pase conmigo, no es preocupante. Esa gente querrá vivir en alguna parte, y se hacinarán en campamentos hasta que les den una casa, o se prostituirán por alimentos mientras pagan la letra, o serán carnaza para la policía en manifestaciones pacíficas que deben ser controladas a ostias, o mandarán a sus padres a residencias a los sesenta para quedarse con sus casas. No sé, tengo la esperanza de que harán algo. Nuestra generación es una generación con mayoría de idiotas educacionales, nos quedamos mirando mientras nos subían los pisos, cabreados de puertas para adentro pero sonrientes de puertas para afuera.

Y es que nos han metido tan dentro el rollo inconsistente de la competitividad y la excelencia, que en el fondo pensamos que es culpa nuestra no ser capaces de pagar una barbaridad al mes, que tiene que ver con nuestra falta de habilidad y competencia. Pensando así es muy complicado protestar de ningún modo. Así que, lo dicho, gritamos tras la puerta y nos esforzamos más aún fuera.

Sin embargo la generación de los dos padres currando es diferente. No veían a sus hijos en todo el día, así que les daban lo que quisieran para poder pasar las dos miserables horas de convivencia diarias del mejor modo posible. Eso lleva a una sensación inconsciente según la cual se merecen todo por derecho propio, por existir. Y eso, tal y como están las cosas, o produce una insostenible psicosis colectiva, o que cambie todo. A nosotros nos enseñaron que existir es un asunto que está siempre en revisión, que viene limpio, sin extras, y que sólo nos da derecho a esforzarnos, que tenemos que ser capaces de estar por encima de la situación siempre y en cualquier caso. Porque las reglas del juego las ponían ellos, y con ellas teníamos que conseguir lo que pudiéramos dentro de lo que queríamos. Ahora el modelo de familia ha cambiado, y es una familia que negocia. Eso genera gente más combativa con los mismos principios.

Salgo del garito reconciliado con el futuro, y es que mientras iba hacia la puerta he oído:

– Le he dicho a mi madre que si no me dejaba ir este fin de semana a Valencia no aprobaba ni una este curso.

Con dos cojones, ya era hora.

lo peor de ser idiota

Lo peor de ser idiota es la relación con las colas. Nunca intento colarme ni en el supermercado, ni en una salida atiborrada de la autopista, ni en ningún trámite en el ayuntamiento, ni tan siquiera en los ascensores cuando están llenos, siempre espero al siguiente. La relación con las colas me obsesiona, ¿cuánto tiempo pierdo al cabo del día, al cabo del mes, al cabo del año? Marina, sin embargo, no tiene ningún problema. Entramos juntos en el edificio en el que trabajamos y siempre me espera arriba, en el pasillo. Me mira con cara de lástima y me invita a un café de máquina en la que, por supuesto, se cuela con una sonrisa mientras los tipos de turno babean. Yo me aprovecho porque no tengo nada que reprocharme. Al fin y al cabo, no pongo ni las piernas ni las tetas. No las pondría ni aunque las tuviera.

Me detengo mirándole las tetas un rato mientras me habla, ella se da cuenta y las pone aún más en bandeja, aunque no creo gustarle creo que sí le emociona el juego. Ser idiota es un arma de doble filo que suele traer desventajas, pero cuando el asunto son las tetas de Marina la idiotez habla a mi favor: ella no cree esperar jamás nada vulgar u obsceno de mí. Triste signo del idiota: al menos se nos permite mirar. Como lo sé, miro con morosidad. Recoge los vasos de plástico, los tira a la papelera, me suelta un batallón de dientes bien ordenados y me recuerda que hemos venido aquí a trabajar. El trabajo es, para un idiota, otra tomadura de pelo. Por mucho que intente negarme a hacer lo que me dicen cuando considero que es excesivo, no puedo. Ellos lo saben y me van dando más y más, y yo voy haciendo más y más. Antes de enfrentarme con mi propia inanidad, prefiero seguir mirando sus tiernas hinchazones un rato, pero se alejan de mi vista. Las sigo, y nada más entrar por la puerta…

– Tarao, ¿te importaría terminar estos informes?
– Claro que no.

Nunca comprendo cómo pueden decir “terminar” cuando ni siquiera alguien los ha empezado. Es una de esas cosas que imposibilita totalmente la condición de idiota. Una persona normal deforma el lenguaje para suavizar las cosas, y no le cuesta ningún trabajo, puede hablar de informes “casi hechos” o “que simplemente necesitan un remate”. Yo no puedo. Tampoco creo que sea una virtud en los tiempos que vivimos. Un día, no hace mucho tiempo, respondí “por supuesto, envíame todo lo que tengas al correo y en cuanto lo reciba me pongo con ello”, sabiendo que no tenía nada, como de costumbre.

Después de un buen rato, me llegó un correo con los archivos. Me llevé una sorpresa, porque pensé que efectivamente, por una vez, había algo hecho. Cuando abrí los adjuntos vi que sólo habían puesto el nombre del documento, y que una vez abiertos estaban todos en blanco. No sabía si reír o pirarme a tomar un café, y opté por redactar los informes para que sólo pudieran pasar la supervisión de un chimpancé, suponiendo inocentemente que cuanto más subieran en el escalafón peor opinión darían de sí mismos. Nunca más volví a saber nada del tema, hasta que vi que empezaban a aplicar mis propias recomendaciones estúpidas en todo el departamento. Siempre me ganan. Por tontos, pero me ganan. Recuerdo una frase de Vindicator en odd:

Lo malo del mundo no es que los sabios, los justos, los ecuánimes, y las gentes de bien, perdieran la batalla. Lo malo es que los crueles, los hijos de puta, los pérfidos y los retorcidos tampoco la ganamos. El mundo está en manos de los memos, y no parece haber nada que podamos hacer al respecto.

Y es cruelmente cierto, es la vieja discusión del árbol y el bosque y nadie cerca. Si no hay nadie para ver que algo es una mierda, deja inmediatamente de serlo. Y en medio de todo esto comemos, nos movemos, intentamos leer, emborracharnos de vez en cuando y currar sin que se nos note que todo nos la suda, porque cuando uno está disconforme con todo no sabe ni por dónde empezar a limpiar. Mientras tanto se aguantan las conversaciones del café y las recomendaciones sobre informes, contrainformes, archivitos de excell… Y mi condición de idiota no deja de complicar las cosas, porque cuando alguien se me cuela en cualquier parte y me animo a gritarle, pienso:

¿De qué coño va a servir?
¿Va a cambiar algo?

Y le dejo pasar. Él ya lleva lo suyo consigo.