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kombate propio

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(Me ha soprendido, o roto aún más, encontrarme con este poema largo. Es de Kippel y/o cuentos, de 1999.)

Fue un combate duro, no puedo negarlo. Un encuentro visceral con el dolor. Con mi propio fracaso. Un golpe seco contra mi propia cabeza. La verdad es que, ahora mismo, no tengo muchas cosas claras, sólo un montón de cosas dentro, desordenadas, desorganizadas y medio rotas. Destrozando los conceptos que me han mantenido vivo. Necesitaba una cámara digital para relatar aquel encuentro y otro millón de ellos que vendrán, y fue tarde. Pero esta mañana me he ido a por una, no me ha gustado, me he ido a por otra. Cosas que pasan. No tengo dinero para esto, puedo decir, pero me suda la polla comer patatas y arroz el resto del mes. Me suda la polla todo, la verdad. Nada tiene verdadero sentido. No sé si me he maltratado mucho, o si algo así es posible. El maltrato psicológico de desmontarse a uno mismo. No puedo seguir viviendo como si nada hubiera pasado en mi vida, necesito esta ostia gorda en el fondo de mi cabeza. Soy demasiado impaciente, no puedo dejar que el tiempo haga el trabajo poco a poco. Violencia contra mi cerebro, vamos a romperlo, me dije, vamos a ver qué pasa si lo rompo, si lo machaco, si me lo cargo de una puta vez. Porque ya no me sirve para nada, me estorba, incluso. Me estorban estas intenciones. Estos sueños. El amor, sobretodo el amor me estorba. Ya no quiero más viajes dulces y placenteros, eso para cuando aún era posible. No quiero un sendero de luz a un remanso del río donde hacer un picnic. Eso pasó, otras eras, otros eones. ¿El pleistoceno, quizá? Es posible. No me gusto, me doy un poco de asco. No me encuentro bien, tengo arcadas. No me encuentro visible, estoy desenfocado todo el tiempo. No tengo intenciones, no tengo pensamientos rotundos. Estoy harto de casi todo, y no digo de todo porque no lo sé, porque sería tener algo claro.

Me cogí por los huevos, para qué negarlo. Fui tanteando los lugares, los sitios en los que el dolor latente era más fuerte, tenía más garras, más dientes. Y los fui encontrando, me fui machacando rememorando y sufriendo por el pasado, por lo que fui un momento o lo que he sido todo el tiempo. Mi camino no era encontrar a Lorelay anoche, pero no pude evitarlo, ella está en los últimos nueve años y medio. Me rompí el pecho en ella, ya al final, cuando había acabado conmigo y con cualquier cosa ya y no me quedaban hilos de destrenzar. Allí estaba, en medio del camino. Fue algo glorioso, porque me quité muchas tonterías de encima. No pensé, sino que me metí en medio de la llama grandiosa que arde y quema. Me rompí, me despedacé a bocados. Toda la noche supurando pus por los poros de mi piel. Ya no dolor, no amor, sino pus, substancia infecta e infectada. Vi como no había culpables, sino víctimas. Lo vi todo, de tal modo que dudo poder ponerlo aquí. Vi su pecho abierto en medio de una conversación, aunque en su momento no fui capaz. Vi mi propio dolor, todos mis miedos de los últimos tiempos, temiendo tanto por la posibilidad de perderla. Y todo lo que hice entonces fue acelerar el proceso. No digo nada nuevo. Mis conversaciones entonces, el foro… todo eran acelerones intentando no perderla. Ayer el seguridad del edificio donde curro se enteró de lo de Lore. Se rió, enigmático, y me dijo «ya era hora». No quise matarle, porque Víctor parece un gurú, un santero, con su piel negra y sus dientes blancos y la ironía perfecta y sólida que siempre ha enfrentado con la mía, formalmente perfecta pero sin contenido real. Él cuando mira lo ha dicho todo, solo tiene que gesticular con las palabras para acompañar los significados que desplazan sus ojos. Se rió, con una risa que sucedía mucho más dentro que en su boca. A su boca sólo llegaban los ecos. Él lo sabía sólo por mis palabras, ni siquiera vio a Lore nunca. Todo eso lo vi bien claro, y también los efectos devastadores, terroríficos, que hizo el miedo en mí. Ah, Lore, tú dices que te machaqué la personalidad sin darme cuenta, pero te juro que no fue un proceso unidireccional, sino que ambos acabamos enanos. Y eso es porque no tenemos ni puta idea de vivir y nos complicamos con demasiadas estupideces que jamás tendrían que haber estado dentro ni en ninguna parte. Ojalá esto fuera explicable, ojalá pudiera meterse en mi cabeza y conectar conmigo al mismo tiempo que yo conecto con ella. Saldríamos llenos de paz, dormidos en medio de la montaña.

El otro día nos preguntábamos si era bueno seguir durmiendo juntos de vez en cuando. Y entonces hablaron los corazones. Y dijeron que mientras que no hiciera daño… (la cabeza siempre dice otras cosas, porque ella entiende sólo de razones). El corazón es listo, porque sabe que el problema no está en dormir o no juntos, en hacer el amor o no hacerlo… ¡sino que está en la propia cabeza de cada uno! ¡En nuestros daños y nuestras vergüenzas y nuestros rotos! Podemos no dormir más juntos, e ir tapando la putrefacción y la belleza con tierra, pero eso… ya hable de eso alguna vez. Eso es joderte la vida a ti mismo. No hay que tapar nada. Después de tanto tiempo no quiero tapar nada con Lore. Hay dos procesos que no sé si son el mismo. Uno transcurre en mi interior, sólo tiene que ver conmigo. El otro radica en lo que hay de mí en Lore. No tengo una sola ubicación, radico en dos cuerpos. Hay una parte de mí que guardo en Lorelay. Hay una parte de mí que aún está componiendo un montón de células de su cuerpo. Y esa parte también debe mutar, porque no va a morir. No tan fácilmente.

Todo depende, por supuesto. Puedo sobrevivir sin nada de esto, construirme una ilusión de felicidad absoluta. Pero apesta. Apesta. Estoy harto de ser un puto crío. No quiero dejar de verla porque es más fácil, no quiero rehuir el problema. Me quiero meter en él, romperme el cráneo contra esa pared hasta meter la cabeza dentro y ver el agua que hay dentro, beber de ella y saber. Quiero dejar seco ese manantial, ponerme enfermo de tanto beber su contenido, tantos y tantos litros que desbordan mi estómago, lo rompen, anegan mis intestinos, mi bazo, mi hígado, mis riñones, mi corazón, encharcan mis pulmones, me vuelven líquido, fluido, y al mismo tiempo enorme.

Vivir el dolor hasta hacerlo parte de mí mismo, de lo que me compone. No voy a echar tierra sobre esto. NO me da la gana (y estoy hablando sólo de mí, por supuesto, un elemento de la ecuación, no todos). El dolor cuando se asume ya no es dolor, sino algo así como un brazo, una pierna, un ojo. Es yo mismo. Y ya no duele, sino compone. Dejar pasar esta oportunidad, este roto, sería como clavarme ahora mismo con escoplos a la nevera. Matarme allí voluntariamente.

Me di cuenta. Comprendí. Entendí que la realidad se ha roto, pero que no era realidad. Que los dioses menores están por todas partes, que hay hadas, enanos, místicos, brujas y ensoñaciones por todas partes. Vi otra realidad más rica, plagada de mitos, plagada de serpenteantes colores que mi ojo lleva mucho tiempo sin ver. Me reconocí, reconocí a aquel de veinte años que cogió un avión a La Palma como si este fuera un dragón inmenso que le llevaba a tierras nuevas, ricas, enormes. No era algo tan frío como un armatoste de hierro, cristal, circuitos y plástico. Y vi a la Lorelay que me esperaba al otro lado, en la estación, pero no es la misma Lorelay que llevo viendo mucho tiempo (y la imperfección estaba en el ojo, no en su cara), y me reconcilié también con aquella Lorelay. La vi enorme, grandiosa, porque era ella otra vez. Me defraudó cada vez que se contenía, pero yo también me contuve. No es ella. O es ella. Pero no es la que está en mi ojo. Esa sólo vive dentro de mí. No sé si Lore quiere pelearse con ella, pero en cualquier caso es indiferente de forma completa, no tiene nada que ver con nada de lo que pueda suceder, porque es su propia decisión personal. Qué gusto pensar a Lore con decisiones propias a este nivel (y no al nivel de la relación simbiótica autodestructiva). Pero no sé si me estoy explicando. No sé si comprendéis lo que quiero decir.
Las razones acotan. Los mitos multiplican. No es cuestión detestar lo racional, sino meterlo donde corresponde. Y rescatar el mito para lo suyo. Eso lo vi mientras me rompía la cara perpetrando el crimen de suicidarme mentalmente. Mientras me reventaba y lloraba y perdía el norte y lo reencontraba y volvía a perderlo y sudaba, sudaba como un cabrón. En un momento de la noche llegué a pensar que los cabrones de mahou le habían echado alguna droga al par de litros que me estaba bebiendo, en tragos lentos, porque no quise coger más y no quería emborracharme. Pero era otra cosa, por supuesto, estaba borracho del pecho, borracho realmente por los ojos, por lo que estaba sintiendo.

Todo lo demás brillaba, porque la razón se encarga de crear cubículos cómodos, pero son cubículos y no tienen brillo, se vuelven mate con el tiempo y el uso. Y ya no hay nada que emocione, nada que te parta en dos la columna vertebral. Eso fue bueno comprenderlo. Ahora me voy a dormir algo. Estoy exhausto.

la latitud

El asunto de la hora depende de la longitud, para él la latitud es indiferente. Hace mucho tiempo que Lele y yo estamos a dos mil kilómetros, pero circunvalando el globo por el ecuador, hasta situarnos en puntos opuestos. Y eso lo sé, y lo demuestro racionalmente cuando queráis, porque siempre hemos tenido la hora cambiada, si para mí eran las ocho cero cero, para ella eran las veinte cero cero. Si yo estaba eufórico ella estaba hundida, y viceversa. Por eso supongo que ella ahora mismo está en la más absoluta de las glorias, más que suponer, lo sé. Uno de los grandes problemas que Lele y yo sufrimos fue el de la longitud.

Vaya leches, podéis decir, todo esto sólo para meter que está hundido esta noche. Pues sí, puede ser. Pero nunca había visto el problema de la longitud como metáfora de un problema real hasta hace un rato. Hay que tener cuidado, no sé si habéis visto la frase de Kundera en el foro, pero hay que tener mucho cuidado con las metáforas.

No he mirado el teléfono. No quiero saber si alguien ha llamado. No he querido leer el correo, sólo le he enviado a Rosa las del finde pasado. He llegado a casa, he bajado la persiana del dormitorio y he apagado las luces del salón. Esto también es vida, hoy me voy a enfrentar conmigo mismo. El martes me enfrenté con Lele, con el DOLOR que me produce verla, sucintamente compensado con el ungüento de tenerla delante y saber qué piensa directamente. He comprado cerveza y unas pizzas para el microondas. He comprado tabaco. He visto fotos de Bukowski en internet. No he hecho nada en el curro (me empiezan a mirar). Estoy sólo en el curro, me han puesto en un sitio en el que estoy sólo. Casi lo prefiero, cuando quiero compañía la busco, pero tengo la soledad de las cosas rotas, o la que las cosas rotas necesitan, como prefiráis. No he vuelto a tener ataques de Lorelaitis desde hace algunos días. El problema está reposado en el fondo del cerebro (por supuesto, es posible que esto sólo sea porque la vi el martes y supe de ella y degusté sin recelos ni recatos el amor de sus abrazos, no podía dormir y la miraba por hacer algo, porque lo importante era estar allí, con ella, ¿cómo coño iba a dormir en esas preciosas horas?, tengo tiempo de sobra para dormir en el resto de mi vida). Pero hoy es distinto, hoy soy yo mismo el que está en la palestra. No pienso pensar en ningún momento, sólo quiero sentirme. Si no puedo hender y blandir mis dientes con Lore lo voy a hacer conmigo mismo. Me voy a roer, me voy a hacer sangre, voy a partirme los huesos y a destrozarme las articulaciones con un hierro. Me emborracharé con mis odios, con mis miedos, quiero tener en la boca el sabor ferroso de la sangre, de la mía propia. Eso quizá no sirva para nada, quizá lo estáis pensando, pero no me importa. Eso es lo que me está pidiendo la vida a gritos ahora mismo. No me pide culpables, me pide víctimas.

Una de las cosas curiosas de ayer, de la conversación de ayer con el colega que dejó a la piba y está destrozado, es el sentimiento de héroes que tienen engarzado en el pecho. Ellos, o al menos Lore, nos echan en cara, o al menos a mí, el sentimiento de víctima que entienden como impostura estúpida que impide moverse hacia delante. Bueno, es posible, pero ellos se sienten héroes, y lo ejemplifican con frases como:
«Dios, nos amamos como nadie se va a amar nunca, pero seguir juntos es imposible».
Jeje, adoptan el roll de figura titánica que tiene el empeño (¡y la consciencia!) suficiente como para vencer a un imposible enemigo, encarnando además la figura retórica de la imposibilidad apodíctica. Dan ganas de vomitar. Se piensan figuras mitológicas que vencen las moiras con voluntad ferrea. Todo son juegos, fueron juegos, serán juegos. Yo me siento distinto, pero seguramente es un puto juego a su vez. No sé quién me creo, en qué juego estoy metido ahora mismo, pero seguramente vosotros lo veis mejor que yo. Odio lo complicado de todo esto. Odio a las víctimas, odio a los héroes. Seguramente sin ellos todo sería diferente, porque sin héroes ni víctimas la conversación tendría mucho menos ruido (podría explicar eso durante horas, seguramente merecería la pena, pero creo que todo el mundo entiende con expresa simplicidad lo que quiero decir). Sin ese tipo de roles, y lo digo con total sinceridad, estaríamos salvados. Habría solución para todo (incluyera vuelta o no), estaríamos salvadísimos. Sin ese tipo de roles Lele y yo podríamos hacer lo que nos saliera del culo. Ahora no. Tenemos roles que impiden que los invitados a la gran fiesta necesaria acudan. Están acojonados. Después de tanto tiempo con nosotros no entienden qué nuevas fichas hemos cogido. Hemos escogido otras que no tienen nada que ver con nosotros. Aunque quizá eso sea mentira.

Mantenemos las que tenemos de los últimos tiempos.

Todo sigue en el mismo punto.

Es lo más triste de todo. Lo juro. Pese al dolor, la separación, la soledad, el echarnos de menos, seguimos en el mismo sitio. Tengo que coger un tren para verla igual que antes, exactamente igual. Bueno, quizá igual en intensidad, pero distinto. Ya no existen las implicaciones de la convivencia, pero en su lugar han llegado el héroe y la víctima. Manda cojones.

Por eso es tan necesaria esta noche. Tengo que extirpar el corazón de mi enemigo, que soy yo mismo, y comérmelo. Le voy a arrancar la vitalidad, pero no voy a comerme las células enfermas. Voy a cortar el cáncer a bocados, me voy a poner los dientes negros de mierda y de enfermedad, y cuando tenga toda la putrefacción en la taza del váter, me voy a comer el resto, devoraré mi propio yo y mi propio sino y mi propia desilusión y saborearé la derrota con pizza y la alegría con cerveza fría. Veré una película cuando ya no quede nada. Bailaré conmigo mismo hasta las cinco de la mañana. Probablemente romperé algunas cosas, o gritaré, o quizá bajen los vecinos y les invite a la fiesta. No sé que van a pensar cuando me vean tanta sangre invisible, visceral y metafísica encima. Quizá piensen que he perdido la cabeza. La habré perdido, de eso pueden estar seguros.

Estoy perdiendo el tiempo ahora mismo, necesito empezar ya.

Para acabar, un pedazo de un poema que tiene cinco años al menos.

«Tú mirabas al vacío, como si pudieras
abarcarlo todo con la mirada. No creo
que entiendas el daño que me causas.
Si así fuera, creo que serías otra, y
sería el fin del cuento.

Desplazabas los actos a fuerza de
palabras, todo tenía un nombre y, cada
nombre, un adjetivo. Todo pertenecía a
un sitio, una patria, un lugar de nacimiento
o de vida. Todo es así tan fácil
que hiede a febril.

(Pero tu mirada pendiente del
vacío, como si todo en ella
cupiera, nunca dejó de estar
ciega.
Si fuera de otra manera ya
no podría reconocerte).

Tú siempre creías poder llegar. Y
siempre llegabas. De ti, yo sólo
conozco tus palabras…
Tu alucinación fue la mas bella, la
más perfecta. Me enamoré de ti entre
cigarro y café y frases y arrebatos. Fue
así, de un segundo a otro y
te miré, como ahora te estoy mirando
(desde el otro lado, donde no brillan
tus remansos),
creo que lloré, que exprimí mi alma
exprimida para decirte algo. Dije: «¡joder!»
y todo y nada y el mundo fueron
juguetes en nuestras manos. Y
no hizo falta nada más; aún hoy
te sigo mirando… no sabes el daño
que me causas, si no, estarías llorando.»

[…]

«Sí, el invierno es un pensamiento huido.
No sabes el daño que me causas, si no,
estarías aquí conmigo. Pero tu mirada
y el vacío tienen una extraña conexión.
Quieres abarcarlo todo y no puedes ver
nada; de otro modo, no serías mi daño,
no serías cosa alguna. Al alma llegué por
el dolor, a él por tu ceguera.
No sé por qué a tu risa.»

su circo, su realidad

Tengo frío, resaca, sed. Siento frío, me come la resaca de los días, la sed es infinita, tengo una piedra de sal en el estómago. Pienso despacio, mascando lento las ideas que me atraviesan la cabeza de parte a parte. Tomo un poleo, agua, fumo un cigarro tranquilo. Hace tiempo que no compongo letanías a largo plazo, que me limito a estar donde estoy cuando estoy.

Ayer quedé con un colega que dejó a la piba hace más de tres semanas y está hundido. No puedo negar que comprendí muchas cosas, y espero que él también. Espero que le haya podido ayudar en algo. Él a mí sí lo hizo. No sé si me siento mejor o no me siento nada en absoluto. Una hoja en medio de la corriente, o varada en la orilla, o fosilizada en el fondo tras doscientos mil años de tiempo en las condiciones adecuadas. Necesito un corazón de regalo y otro de reserva, metidos en una bolsa térmica. Me gustaría volver a repetir lo que le dije ayer, asumirlo. Porque lo sé, sé que lo que me contó es posible, pero me parece antinatural ir así contra los propios sentimientos. Por más que la cabeza no exista y se pregunte el estúpido «yo» quién es. Por más que duela estar ya aquí y no saber aún quiénes somos. No creo que lo sepamos nunca.

No hay nada ahí en medio. No estoy diciendo nada, en realidad. Sólo pienso que tanto empeño como es necesario, dirigido convenientemente, puede salvar cualquier cosa en la que aún queda tanto. La dirección es diametralmente la opuesta. Pero eso no importa para nosotros. Nosotros estamos en el otro lado. Viendo las cosas al otro lado de la botella. A ellos quizá se les haya encajado la boca de cristal en el ojo y estén algo desenfocados, pero siempre están orgullosos.

Este circo es suyo. Esta es su obra, y la contemplan.

Nosotros al otro lado. Es comprensible, nosotros estamos peleando con el culo de la botella. Ese jode menos, porque es más gordo. Pero es más gordo. La creación personal en la base algorítmica de forzar las cosas hasta perderse del todo para empezar de cero. Creación personal es una frase tan estúpida como la de «calidad de vida», fraseologías más o menos ñoñas de ideales estéticos. Comprendido. Todo rueda, no hace ruido, funciona. Hace ruido a veces, por la noche. A veces la echas de menos, ¿verdad?, claro, todo mecanismo tiene imperfecciones, ruidos, roturas, engranajes que no hacen bien su trabajo. Porque esto no es hierro y grasa, sino carne, sangre, piel, huesos. Las máquinas rechinan, las neuronas y las células cardiacas duelen. Hacen sangre. Pero al final es como pegarte una paliza a correr, torturarte te hace sentir vivo, ¿verdad? Es tu obra, la contemplas entre gritos que generan una vitalidad que no recuerdas, que ya no recordabas. Estás ahí, de pie, ululando, mirando la terrible escena, viendo como cae un mundo entero a pedazos, tienes todos los trozos del partenón a tus pies, tomas alguno aún con cariño y te repites es muss sein!, es muss sein!, ¡tiene que ser!, ¡tiene que ser!, te rodeas del halo de lo inevitable, de una guerra santa que debe imponerse a la neurona y hasta al ritmo cardiaco. Así los trozos son menos dañinos, porque es necesario que se rompa todo para volver a reencontrarte contigo mismo.

Eso lo entiendo. Pero entiende que lo importante es dónde coloques el punto de apoyo. Es un espectáculo un tanto triste ver tu sangre salir a borbotones por los poros de tu piel mientras sonríes y repites es muss sein una y otra vez. Todo está justificado en pro de nada, porque ni siquiera sabes si vas a construir algo. Quizá sólo pierdas el tiempo. Pero uno tiene que hacer lo que tiene que hacer, supongo.

Tengo frío, resaca, sed. Aún sigo contento, alegre. La vida es estupenda de todos modos. Alimento mi carne magullada, herida, con la suficiente vida como para que los moratones jodan menos. Nadie quiere volver a lo mismo, es una lección que tenéis que aprender vosotros, los del otro lado de la botella. Nosotros construimos templos donde se os idolatra, es nuestra afición, comenzó como algo serio pero se está convirtiendo en un pasatiempo. Es necesario, seguramente sea también una fase. Pero de repente nos dimos cuenta de que gente que sangra tanto voluntariamente en pro de un supuesto futuro mejor son falsos dioses, equivocados y desorientados. Ya lo dije, demasiado empeño mal orientado. Esta orientación no es instinto de vida, sino thanatos, instinto de muerte. Dirigir la cabeza guiados por la cabeza directamente a la pared, a cien mil kilómetros por hora. Sigue siendo instinto, y eso confunde. Claro que todo seguirá rodando, nos casaremos con otros, probablemente. Pero la contradicción está ahí, y estará mucho tiempo, como un lazo roto en el suelo sanguinolento del pecho. Como una muñeca sin piernas, sin brazos y sin cabeza en el suelo de una ciudad devastada por la guerra. El suelo de los templos que llegamos a construiros es de tierra, la lluvia los convierte en estanques de barro. Tenemos una cierta idea de dónde están los estanques de luz, pero se encuentran en una dimensión paralela de la que no tenemos la llave. Nosotros no. Y va importando menos. Queda el amor, como una llama en el centro de todas las cosas. Queda el frío, la resaca, la sed. Eso es también parte de la historia. Eso es lo que quería explicar hoy, no contar nada, no hacer saltar la espita de lo que no me pertenece. La vida se va llenando, son innecesarios los templos. Para el día que hayamos entrado en el mundo no quiero reproches. No olvidéis que esta guerra no la iniciamos nosotros, nosotros sólo sobrevivimos. Nunca fue fácil, pero sí posible.