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un ignatius reilly de pega

Un ignatius reilly de a tomar por culo se mueve, gordo, perezoso y directamente desubicado, entre los coches perdidos y las aceras grises, grises, grises de baldosas cuadradas y sólo piensa en el bocadillo. No tiene la talla de ignatius, tiene menos información, está de hecho mucho menos confundido por ello. Sabe que hay un sitio. �Qué más da que el mundo esté tan equipado si no te comes las palomitas que te he comprado�, cantaba doctor grillo. Es una interesante cuestión cuando. Uno tiene la sensación de ser un puto crío. Con lo fácil que sería todo si las cosas estuvieran más claras, me digo, si no tuviera tanta enfermedad encima, o tanta niñería, o tanto apego por lo que me produce apego.

Es cuestión de preguntarse dónde estoy. Es difícil responder incluso a eso. Es fácil responder a lo demás. El dolor se mantiene porque no quiero perder lo que lo produce, aunque ya esté perdido, de hecho.

Darle vueltas a eso es lo que quiero. ¿Por qué duele? Porque dejas que duela. ¿Por qué dejas que duela? Porque no quieres otra cosa, no olvidas. ¿Por qué no olvidas? Porque no quieres. Prefieres esto al olvido. ¿Seguro? Sí. ¿Masoquismo, flagelación? No tiene nada que ver con el dolor. El dolor se produce, pero no lo busco. Lo que no quiero de ningún modo es olvidar lo que quiero recordar, aunque duela hacerlo. Eso lleva a la cuestión central directamente, sin puntos de partida errabundos ni ocasos más o menos traumáticos. Lo que no quiero es dejar pasar, quiero luchar. No importa el dolor o mi propia destrucción en el proceso. Merece la pena morir por esto, si es que merece la pena morir por algo. Entonces todo este dolor, toda esta destrucción, ojos rotos, manos rotas, vida rota, responde a una búsqueda, a un objetivo, a una decisión (confusión, según el taxógrafo al que se cuestione). Por ello merece luchar.

Y aquí viene la desolación brutal. Una vez hallado lo que se quiere, lo que se ama… joder, ¿por dónde empiezo a luchar?, ¿alguien sabe cómo?

Un ignatius reilly de mierda, de pega, falso como el solo, deambula como un parásito entre los coches pensando en el bocadillo del pans que se va a comer y no mira a ninguna parte, concentrado en lo suyo. Yo estoy algo detrás, apoyado en un coche, siguiéndole con la mirada mientras pienso en todo esto. Me doy cuenta de que todo lo que sucede lo hace porque así lo quiero. Al menos todo lo que se refiere a mí mismo. Se pueden tapar los sentimientos con cualquier tela. Cosas peores se han visto. Quizá es que es importante. Quizá es que no quiero otra cosa. Saco el golden virginia y un papel, me lío un cigarro. Me lo enciendo y miro al gordo entrar en el pans. Para él todo está listo, sólo tiene que entrar, hacer cola, pedir, sentarse y estará comiéndose el bocadillo. Los pasos están claros ahí. Yo a lo mío.

cyborgs

Llamas a la compañía teléfónica de turno para cambiar el horario de tarifa reducida correspondiente.

«Un segundo, estamos realizando una consulta».

¿Quienes? ¿Yo no estoy hablando con una sola persona? Supongo que con ese trato el objetivo es que el cliente sienta que tiene detrás a toda la compañía atendiéndole. Supongo. Pero a mí me da miedo. Es como hablar con una gran colmena de cyborgs. «Estamos gestionando su petición, Sr. Gutiérrez». Joder, da incluso grima. Tengo ganas de colgar. Tengo ganas de alejarme del teléfono, de tirarlo a una papelera y alejarme de cosas tan peliagudas. «No se retire, por favor». Vaya, ya me ha jodido, no me puedo ir, me tienen vigilado. «No se retire, estamos atendiendo su petición». Casi puedo escuchar el zmmmmmmmmmm, zmmmmmmmmmmmm, zmmmmmmmmmm, cabezas conectadas en un mismo cerebro único, en una sola conciencia. Miro el teléfono, siete minutos. Les está costando, por supuesto, no son tan adaptables como doscientos cerebros trabajando por separado. Doy gracias a quien sea que me escuche cuando oigo «De acuerdo, Sr. Gutiérrez, hemos realizado su petición, recibirá dos facturas que… «. El resto ni lo oigo. Cuelgo, no quiero saber más. Espero no tener nada que ver con esto nunca más. Voy a fumarme un cigarro y tranquilizarme a la espera de que alguien o algo pegue un petardazo y recuperemos el sentido común.

de «la importancia de lo insignificante»

No sé por
qué
hablo demasiado,
no consigo indagar en la causa
no me callo ni aunque me amordaces.

Siempre es más o menos lo mismo:

quedamos para tomar café
o una cerveza o un ron con cocacola
o un güisqui a lo mejor y
yo empiezo,

sin consideración alguna a las palabras,
sin respeto,
comienzo a descerrajar sin tino
ni tiento y me da igual
lavadoras
que taladros
que borracheras
que novelas
que trabajo
o libros que ando escribiendo siempre.

Llenando el tiempo que se escapa
con celeridad de los momentos que
nos son robados por adelantado
cuando
después
tenemos que irnos cada cual por su lado.

La importancia de lo insignificante.
Lo del número de mi zapato me parece imbécil. 2000.