# perdiendo.org/museodemetralla

entraron en mi cabeza (202) | libros (21) | me lo llevo puesto (7) | pelis (2) | Renta básica (9) | series (6) | escasez (2) | frikeando (94) | arduino (1) | autoreferencial (11) | bici (1) | esperanto (4) | eve online (3) | git (2) | GNU/linux (4) | markdown (7) | nexus7 (2) | python (7) | raspberry pi (3) | vim (1) | wordpress (1) | zatchtronics (3) | hago (773) | canciones (163) | borradores (7) | cover (46) | el extremo inútil de la escoba (2) | elec (1) | GRACO (2) | guitarlele (11) | ruiditos (11) | Solenoide (1) | fotos (37) | nanowrimo (3) | novela (26) | criaturas del pantano (5) | el año que no follamos (12) | huim (5) | rehab (4) | poemas (363) | Anclajes (15) | andando (3) | B.A.R (7) | Canción de cuna para un borracho (38) | Cercos vacíos (37) | Cien puentes en la cabeza (7) | Conejo azul (6) | Contenido del juego (5) | De tiendas (3) | del pantano (3) | Destrozos (2) | Epilogo (4) | Fuegos de artificio (5) | Imposible rescate (15) | Jugando a rojo (7) | Libro del desencuentro (2) | Lo que sé de Marte (11) | Los cuentos (21) | Montaje del juego (5) | Orden de salida (4) | palitos (31) | Piernas abiertas (7) | Poemas medianos (12) | Privado de sueño (7) | rasguemas (5) | Tanto para nada (17) | Todo a 100 (2) | Uno (4) | relatos (97) | anatemas (9) | orbital (2) | prompts (8) | vindicaciones (103) | perdiendo (1.723) | atranques (1) |

el pelo

Voy tomando las fuerzas
del cáliz de la pérdida de tiempo
absoluta, de la
desidia, de la
pereza y el descontento,
del reposo de los reptiles
y del sueño de los gatos,
de la inmovilidad de la contemplación
que me da los arrestos
necesarios como
para no sentirme como una mierda
en estos días peligrosos
de efectividad y de control, de resultados
y beneficios y ascensos inútiles.

Voy tomando de todo y
sobretodo de nada,
de no hacer nada,
de tumbarme en la cama y vegetar,
de hacer la fotosíntesis,
de probar el café y la cerveza de los
dioses, de ver la tele con desgana
y leer metralla,
de comprobar que nada se marcha
mientras no intentes atraparlo,
de soñar con estaciones cálidas
mientras siento como llaman a mi puerta,
de comer con calma y de no cambiarme
de calzoncillos en una semana.

4. De El pelo.
Libro segundo de Metralla.

tren

Cogimos un tren en Atocha
cuando aclaró el domingo. Vestíamos
nuestras sonrisas y llevábamos
un saco lleno de instantes.

(Un saco de instantes no es
nada despreciable, pero son volátiles,
sólo existen en promesa cuando
la vida parece que se abre).

Con tanto peso íbamos lamiendo
el suelo, suelo de gris chicle caramelo,
opuesto siempre opuesto al cielo enfermo
que, nos dijo uno que vendía cupones, está
a veces ahí arriba, donde ves el techo,
que es eso que nunca puedes pasar con la cabeza.

Pero no, eso fue luego…

Con tan poco peso íbamos rozando
el cristal azul manchado de borrones
blancos que, a veces, va y nos llueve. Sí,
lo recuerdo porque tú ibas vestida de
color lata y a veces no podía verte, tú
ibas buscando mi mano y yo las
había dejado trabajando en la barra.
Yo intentaba decirte que no había nada
que pudieras aferrar de mí, pero tú no
entendías mi gramática y, además,
te aburre toda aquella saliva
que yo suelto cuando no sé decir y
quiero.

Así que nos fuimos en el tren
y corriendo nos desvestimos dentro,
era tanto el corazón que nos olvidamos
los calcetines y tuvimos que empezar de nuevo.

Ah, sí… y luego…

Luego nos pesaba tanto el saco,
que entretanto se había llenado de
malos ratos, que nuestras lenguas
lamían el piso, iban recogiendo
su siembra de suelo gris chicle caramelo,
sus epitafios húmedos de quién sabe
qué chismes, qué calendarios. Pero
ya no podíamos abandonar la bolsa,
que entretanto se había hecho cuerpo
en nuestros cuerpos, justo debajo del brazo
izquierdo.

(Un saco de sombras no es
nada despreciable, pero son peligrosas,
estampan sus oleajes en las
pieles que les acogen).

Tren.
De Conejo Azul,
libro tercero de Cercos Vacíos.

los días que no suceden

Poder pensar,
sin miedo alguno a la
confusión que vendrá después.

Yo no quería nada más que
seguir mirándote reír. Tú no
evidenciabas tu esfuerzo en esas
sutilezas. Yo, tú… distancias.

Nos gustó vivir de alguna manera
juntos, más de lo que jamás nos
confesamos. No eran buenos tiempos,
yo tenía que andar de lado para
descansar los zapatos, las tiendas
mostraban sus fauces bien abiertas sin
estar dispuestas a tragarnos cuando
aún caminábamos, y los semáforos
jugaban a verde, ámbar y rojo.

Pienso que poco importa ya
que no tuviéramos regazo, que no
supiéramos tenerlo el uno con el
otro. De eso sólo recuerdo
los silencios, ya bien poco.

Nunca supe dónde dejé nuestro
mechero, aquel verde
que, al pulsarlo, erupcionaba
fuego en forma de llama
anaranjada, siempre
dispuesta a encender un cigarro,
un segundo o un mal comienzo.

Nunca sabré por qué te hablaba
como si tuvieras cinco años, por qué
ya no me quedan cuestas abajo o
por qué el sol siempre atardece
cuando empiezo a disfrutarlo.

No sabré ya jamás por qué guardabas
los zapatos con el tacón apuntando
hacia el techo del armario, por qué
no digerías el arroz ni abrías al
cartero cuando él te esperaba agarrado
al pulsador del telefonillo de abajo,
del portal, ese zaguán tan fresco que
siempre nos duchaba en verano.

Como puedes ver, ya bien poco.
Días esquematizados, articulados
en sus rutinas y sus manías que
en estos nuevos tiempos ni siquiera
suceden.

Y los días que no suceden a veces
se sienten mejor si se piensan
olvidados.