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Gilgamesh

«Con la angustia de mis entrañas he caminado hasta aquí,
a causa del frío y del calor mi rostro está curtido,
con fatigas y gemidos he hecho este viaje tan largo,
pero ahora tú ves que me hallo al límite de mis fuerzas».

Poema de Gilgamesh (39 al 41, notación tradicional, de los conservados).

Más o menos 2.650 años antes de Cristo. Más o menos.

Casi cinco mil años son pocos.

«Con la angustia de mis entrañas he caminado hasta aquí».

Salimos, llenamos los odres viejos con nuevos contenidos, siempre frescos. Me sentí bien, por un momento. Pese a estar donde no debía. Pese a volver donde no quería («no pasa nada, joder, esto está más que superado, ostias»).

Claro, pero no pude dejar de recordar los versos del viejo buen poema de Gilgamesh. «A causa del frío y del calor mi rostro está curtido». Dios, hijo bastardo de Cronos y Gea, ¿a santo de qué turbar mi paz? ¿No te sirvió arrancar el falo de tu padre y clavarlo en la tierra para que toda vida surgiera de un puto parricidio?

«Con fatigas y gemidos he hecho este viaje tan largo.» Lo hice. Por judas tadeo que lo hice.

«Pero ahora tú ves que me hallo al límite de mis fuerzas». No, nadie lo ve. Ya me ocupo yo de ello.

Nadie lo ve. Que prime la fiesta. Que reine la alegría. Que viva la vida. Lo demás es tontería. Lo dije una vez, y lo repito. Yo ya estoy muerto, me puedo permitir estar más vivo que nadie.

No tengo nada que perder.

Asqdfer

Perdiendo la luna en un hueso de aceituna vamos a comer arabescos y a leer con los labios libros de cerveza, a pensar seriamente en no volver a pensar más, a coger un coche por los cuernos y disfrazarlo de carromato de heno, a no coger la guitarra, no suplicar, no enternecernos, a curtirnos con hielo y ¿quién sabe? a desbrozar pensamientos impuros y perecederos.

En otro orden de cosas dolor en el costado izquierdo, un tendón no satisfecho con la derrota (en cuanto a trayectoria, «derroteros» (p.e)), que se amotina en cubierta y pide más nicotina, más fermentos, menos manzanas, poleos, judías verdes. Le comprendo perfectamente. Hoy tendrá su consuelo.

No fingido. Semillas de trigo para la nueva era (¿y eso qué coño será?), reblandecer el cerebro para que sea dúctil de nuevo.

Cerveza, Kebbab, risa.

El resto es una puta mierda.

aeiou

Las cosas suceden a su propio ritmo, es inútil meterles prisa. Una canción sale y se acerca, yo tengo un folio preparado y hago una impresión rápida:

«Perfectos borrachos dan tumbos, fracasan y piden perdón,
a ritmo desigual tienden a vaciar sus estómagos ebrios,
y van cayendo en la cuenta de que esta noche no es La Gran Noche,
de que están solos y ajados, y de que todos se esconden detrás de sus voces.»

Y sumo y sigo, y contrapongo (que es lo mío) y me río de quien no supo estar a su altura. Estaban mirando otras caras que querían que fueran su cara, y todo les parecía poco para la mímesis perfecta. No tenían ni idea. No tienen ni idea. No sirve de nada. No es importante. Mira tu cara, imbécil, mírala, y ya sabes quién eres. No me jodas, no quieras ser un cuento (todos lo somos, al fin y al cabo). No tiene sentido salirse de uno mismo según qué veces. No tiene sentido mirar la cara de otros y desear ser esa cara, esa tipología funesta de persona, esos ojos. Vacíos. Como los de una muñeca de trapo, o como los de un tiburón. Inexpresivos. Totalmente inexpresivos.

Y abro un brick de vino y rompo un poema en otro folio preparado a tal efecto:

No-ojos.

La luz en el salón hace requiebros con las cosas,
dignifica de algún modo el microondas,
la mesa, el sacacorchos,
yo me meto debajo y me miro en el
espejo de la pared.

Y veo un mundo de brillos
tras un pálido fantasma gris,
especular de sí mismo en el espejo,

por lo que vuelvo mi mirada de nuevo
a las cosas, la luz del sol hace
requiebros con ellas, dignifica
de muchos modos el microondas,
la mesa, el sacacorchos,
todas son cien cosas distintas
al mismo tiempo, o una sola
con mil ojos,
o conjuntos de existencias
paralelas y contemporáneas,
no importa.

El que preocupa es el fantasma,
tiene la mirada vacía, los ojos hueros,
una sombra de resaca en la frente,
espuma de los días que ya no rompen
en el cráneo, que no desgastan la roca
cerúlea de los pensamientos,
tiene los pómulos caídos, el cuello
torcido, los dientes rotos, la camiseta
sucia de café, de albóndigas en lata,
de poléo, que aduna
en su estómago, de sed.

Una sed infinita que se aparece en sus
no-ojos. No hay mil brillos en su cara.
Pero están las cosas, el microondas,
la mesa, el sacacorchos. Ellas se
dignifican con la luz. Con la luz hoy.

Un cigarro. Tic-tac. Un sorbo de vino. Tic-tac. Un poema, una estrofa de una canción. Leo un rato. Me ducho (y ahora sigo). Viento. Todas las cosas tienen sus propios ritmos. Es estúpido meterles prisa. Es estúpido, de cualquier modo, significar algo.

El significado es una trampa mortal.